El amor, la familia y el principio económico de la competencia

Pablo Guerra

Buena parte de cierta teoría económica heterodoxa ha contribuido a mostrar cómo el amor forma parte de nuestros actos racionales en la economía. De esa manera, autores tan diversos como Samuelson, Etzioni, Razeto, Boulding o Zamagni, han contribuido a cuestionar aquella máxima del individualismo liberal según la cual se espera nos comportemos de manera egoísta en nuestros mercados.  Sobre esa base, en esta oportunidad quisiera referirme a cómo el amor es fundacional en la institución familiar y cómo algunos antivalores instalados por parte de la economía moderna, como el egoísmo y la competencia desenfrenada, también invaden los espacios más íntimos y se constituyen en un fuerte enemigo de la que consideramos la institución más básica de nuestra sociedad.

¿Cómo llegamos a tal conclusión? Comencemos diciendo que las ciencias sociales y las “ciencias duras” tienen mucho que decir respecto al amor. Desde la neurobiología, por ejemplo, sabemos que ese sentimiento tan especial y agradable no encuentra su origen en el corazón, sino en el cerebro, fabricante de múltiples sustancias como la oxitocina, la serotonina y la dopamina que alteran químicamente nuestros comportamientos. Los científicos sociales, mientras tanto, sabemos que lo biológico es tan constitutivo de nuestra especie como su carácter social y que por lo tanto, todo comportamiento humano también se rige por una serie de normas que hemos ido adquiriendo a través del tiempo y del rico tejido relacional gestado con nuestros pares.

Pues bien, la familia es una institución fundada en el amor, y por lo tanto responde tanto a estímulos neurobiológicos como a los contextos sociales. Si el amor es en lo medular salirse de uno mismo para desarrollar nuestro potencial en una relación dialógica, entonces podemos pensar que uno de los principales enemigos de las familias y de su base fundamental (la pareja) es la falta de amor, expresada en la centralidad contemporánea de los proyectos individualistas y de placer inmediato de esa “economía que mata” al decir de Francisco. Una postura que defiende uno de los investigadores más encumbrados sobre la evolución biológica del amor en la especie humana, el profesor Gerald Hüter, quien ensayando una explicación que une estos aspectos al mundo económico, expresa que ese amor está en riesgo de perderse “porque nuestra sociedad está basada sobre pensamientos económicos y el principio básico de la economía es la competencia” (“La evolución del amor”, Plataforma, 2015).

En conclusión, debemos defender a las familias por sus funciones insustituibles en nuestras sociedades y para ello no hay nada más adecuado que avanzar en una cultura del encuentro, donde la solidaridad y el amor logren una mayor centralidad en nuestras vidas por encima de los antivalores del egoísmo (el “hacé la tuya”) y de la competencia elevados como principios fundamentales por parte del discurso neoliberal. En otras palabras: una sociedad más fraterna construye familias más sólidas.

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