(Nunca sin el Otro) JEAN VANIER: EL EVANGELIO DE LA FRAGILIDAD

El 7 de mayo pasado, a los 90 años, murió en París Jean Vanier, fundador de “El Arca” para discapacitados mentales, un laico católico que ha fundado 152 comunidades en 37 países en la que cohabitan personas discapacitadas mentalmente con los que las asisten, formando una sola familia. Jean Vanier, que medía casi dos metros de altura, ha sido llamado también “gigante de la caridad”.

Era el hombre de la gente descartada. No pertenecía a ningún instituto religioso, pero dedicó su celibato y su vida a Dios conviviendo con enfermos mentales por 55 años. Mirada profunda y voz pausada, sabía el nombre de todos sus conocidos. Abría los brazos de par en par para saludar y prestaba una atención única, doblando su cuerpo para escuchar mejor. Se lo encontraba entre gente en silla de ruedas, con síndrome de Down, enfermos de Alzheimer, trabajando con los más sanos en huertas, talleres de cerámica etc. Recordaba a todos que “Dios eligió a lo débil, a lo necio del mundo para confundir a los fuertes” (1Cor 1,27). Había nacido en Ginebra (Suiza) de una familia canadiense muy católica. Hizo la carrera de oficial en la marina británica por ocho años, estudió filosofía y teología por diez años y fue profesor de  filosofía moral en la universidad de Toronto. En París, visitando un hospital psiquiátrico, quedó aterrado de la inhumana atención que se les brindaba a los disminuidos mentales. En 1964, a los 36 años, decidió acoger en una vieja casa de campo en Trosly (Francia) a las dos primeras personas sin hogar provenientes de un hospital psiquiátrico. La obra se llamó “El Arca”, nombre bíblico que despierta sentimientos de acogida y protección.

El movimiento se fue organizando en “hogares”, no ya asilos u hospitales. Acudieron desde un comienzo muchos voluntarios, casados y solteros, dispuestos a convivir con los discapacitados por un tiempo o en forma permanente. Se encontró un asesoramiento gratuito de médicos y sicólogos. Escribió Jean Vanier: “Yo he estado en la marina y la dejé para seguir mis estudios de filosofía. Sabía cómo mandar en la marina. Sabía enseñar en la escuela, pero no estoy seguro de que supiera amar. Es entonces que hice girar mi vida hacia este universo del sufrimiento. Dejé de lado mis ideas sobre el ser humano para descubrir lo humano de cada persona”. Tiempo después escribirá: “Lo que más me conmueve es asistir a la transformación de estas personas que llegan aquí quebradas por el sufrimiento y la soledad. Al poco tiempo ya no son las mismas personas. Nada me hace más feliz que verlos en paz por sentirse en familia”. La obra se sostiene a través del trabajo, la ayuda de organismos internacionales, la condivisión de bienes y solo en algunos casos con la ayuda del gobierno. La espiritualidad de la obra puede entreverse en estas palabras de Vanier: “Hemos tratado de poner en práctica lo que dice el Evangelio cuando se dice que si se invitan al banquete los ricos, ellos se excusarán y no irán; los minusválidos de los cruces de los caminos serán los que acudan”. Y agrega: “Una comunidad cristiana sin minusválidos es una comunidad mutilada. La Iglesia necesita de los fuertes y de los débiles. Si fuera menos sociedad jerárquica y más cuerpo, descubriría que cada persona es importante no obstante cumplir funciones distintas. San Pablo enseña que aquellas partes del cuerpo que no son nada presentables y más débiles, son sin embargo esenciales para la salud del cuerpo. Lamentablemente se comprueba a veces que también en la Iglesia hay escaleras; y hay obispos que son como príncipes. El desprecio de las personas minusválidas es muy fuerte también en la Iglesia. El pobre siempre molesta y más si es discapacitado; pero es Dios que nos molesta a través de esas personas. No bastan las lindas palabras. En las parroquias y en los movimientos una verdadera integración con ellos no es fácil y tampoco se busca”.

 

CADA PERSONA ES UNA HISTORIA SAGRADA
Vanier ha escrito varios libros y en ellos denuncia la sociedad actual en la que no solo hay una profunda brecha entre ricos y pobres sino entre fuertes y débiles; y se pregunta quienes son realmente los normales y los anormales. Para Vanier la lógica del Evangelio no es tanto hacer el bien al pobre, sino aceptar que sea él a hacernos bien a nosotros, descubriendo la presencia de Dios en ellos. Escribe: “He descubierto que estas personas que nosotros creemos inferiores, si compartimos con ellos la vida pueden darnos lo más importante, todo lo que buscamos de paz y amor. Ellos te enseñan a no vivir en el furor de la competencia y en la búsqueda exasperada del éxito. Ellos le dan otro sentido a la existencia; son vulnerables y tiernos, abiertos a las cosas de Dios, con una gran capacidad de amar. Cuando falla la inteligencia, se desarrolla más el corazón”. En los distintos hogares del Arca se procura que todos llenen su tiempo con la escuela, la oración y el trabajo. Pueden integrar las comunidades también personas de otras religiones; a todos se los anima a profundizar en su propia fe y a crecer como personas. El primer objetivo que se propusieron Vanier y sus compañeros fue “demostrarles a los disminuidos psíquicos lo importante que son, viviendo y comiendo con ellos, a la par de ellos. El camino del Arca es un camino hacia Dios; es un camino de pobres porque para acoger a Jesús hay que ser pobres. Lo nuestro no es solo solucionar un problemas social; queremos ser signo de que cada persona es una historia sagrada que encierra un valor único como hijo o hija de Dios”. Vanier no quería oír hablar de “acompañamiento”; prefería la palabra “comunión”. “En la comunión uno se baja, se vuelve vulnerable y se deja tocar por el otro; es una reciprocidad de amor que no precisa palabras y se manifiesta con el gesto, la mirada, el tono de la voz, la sonrisa, el juego. Para la comunión el lenguaje más importante no es el verbal”. Vanier cuenta como en la comunidad, al acabar la comida, puede suceder que los comensales se tiren las cáscaras de naranja unos a otros, por la simple alegría de estar juntos. “Con ellos se aprende a reír, a disfrutar la vida con poco; y así van cayendo nuestras barreras y mecanismos de autodefensa hasta llegar a decirles a cada uno de ellos: hermano, te necesito”. Vanier fundó también el movimiento “Fe y Luz” que reúne a tres mil grupos  de familiares y amigos. Recibió varios premios como el Templeton y fue candidato al Premio Nobel de la Paz. Su satisfacción más profunda fue sin embargo cuando uno de sus amigos discapacitados, Jean Pierre Crepieux, recibió  la Legión de Honor de Francia. Los que lo han conocido lo han descrito como un hombre tierno igual que un niño, que transmitía bondad a través de su voz, sus ojos, sus manos. Parecía estar encorvado por inclinarse constantemente hacia los demás. Fue un grande que se hizo pequeño. Decía de sus hijos espirituales: “A ellos les repetimos: “Dios te ama, pero yo también te amo; sos importante para mí. Ellos no tienen desarrollada la mente, pero tienen el corazón; aman y quieren ser amados. Para Dios son los últimos que pasan a ser primeros. También la primera evangelización no es tanto la de anunciar el Evangelio, sino la de ofrecer lugares donde se vive y trabaja fraternalmente, donde se ríe y se celebra. La alegría y la esperanza nacen del sentirse amados. El medio más grande hoy para evangelizar se encuentra en las pequeñas comunidades donde la gente realmente se quiere”. El de Vanier es el mensaje fuerte y subversivo del Evangelio; a todos los cristianos debería despertarnos de nuestra modorra.

                                    PRIMO CORBELLI

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