(testimonio) Detractores de Angelelli

El enfrentamiento entre los Menem y el obispo beatificado por Francisco

Cuando llegó a La Rioja, Enrique Angelelli confrontó con empresarios, terratenientes y militares que lo acusaban de comunista porque apoyaba las luchas de los pobres. Los hermanos del expresidente estaban entre sus detractores.

A Angelelli, sus padres inmigrantes y chacareros lo llevaban al seminario en el carro de la verdura. Enrique empezó su tarea pastoral en los barrios pobres de la ciudad de Córdoba. En la capilla Cristo Obrero había un hogar sacerdotal que frecuentaban curas del interior de la provincia. Allí se reunía con otros religiosos, pero también con obreros y estudiantes. Cuando vio los aviones y tanques que participaron en los bombardeos de la Revolución Libertadora con la insignia de Cristo Vence, Angelelli sintió que la Iglesia debía hacerse una autocrítica. “Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa”, confesó Angelelli en 1958. Su popularidad creció. En diciembre de 1960, fue nombrado arzobispo auxiliar de Córdoba y vicario general por Juan XXIII. No quiso abandonar la moto que usaba como le sugirió el arzobispo. Tampoco escuchó la solicitud de unos empresarios que le pidieron sanciones para los curas que apoyaban los reclamos de los obreros de una fábrica. “Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla”, les dijo, contundente. En una de sus primeras decisiones dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros para tomar contacto con esa realidad. Un grupo de curas jóvenes seguían sus recomendaciones. Durante una reunión de equipos de sacerdotes de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires, realizada en Quilmes y bautizada como “El pequeño Concilio”, se criticó a la jerarquía. El Nuncio Humberto Mozzoni, el cardenal Antonio Caggiano y otros obispos tradicionalistas denunciaron que se asistía a un “derrumbe de la obediencia”. Angelelli defendió el Pequeño Concilio en la asamblea episcopal con su estilo temperamental y apasionado. Ya nombrado obispo de La Rioja en 1968, siguió muy atento lo que sucedía en su provincia. Celebró en 1969 el Cordobazo e instó a comprometerse para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido. En su primera homilía riojana, anunció que venía a servir a “los pobres, hambrientos y sedientos de justicia“. El poder, en manos de los Menem y los terratenientes, se sintió amenazado. Un documento surgido de un plenario de curas y monjas denunció “una situación de injusticia y violencia que constituye un pecado institucionalizado” y proclamó que la tierra debe ser para quien la trabaje. Lo que Angelelli venía a generar excedía los gestos irritantes pero inofensivos. El obispo dejó de celebrar la misa de Nochebuena en la Catedral de la Capital e instaló el altar en un rancho humilde de un barrio marginal, que comparó con la gruta de Belén. Denunció la persecución de los servicios de inteligencia y los privilegios y el oscurantismo de los obispos. Cuando el general Roberto Levingston reemplazó a Juan Carlos Onganía en la presidencia, Eduardo Menem quedó a cargo de la intervención federal en La Rioja. Su familia tenía una bodega que compraba la uva a bajo precio a los pequeños campesinos. Su hermano Carlos Menem era candidato justicialista a la gobernación y prometió que entregaría un latifundio a una cooperativa apoyada por el Prelado.

Angelelli se sintió confiado luego de la victoria de Carlos y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal del gobernador, Anillaco. Ahí se encontró con un alzamiento en su contra conducido por un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado, César y Manuel Menem, hermano y sobrinos del exinterventor y del electo gobernador. A pesar de la presencia policial, que no actuaba, se manifestaron frente al templo, denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco por dos sacerdotes capuchinos,declararon a Anillaco “capital de la fe” y entraron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Usando como argumento la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundioy la Legislatura decidió venderlo en parcelas. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos dura y ofreció su renuncia a la Santa Sede como prenda de paz. No lo destituyeron, pero enviaron al obispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, a evaluar la situación. Hubo una nueva protesta en un pueblo cercano Los Molinos. “Se va por las buenas o se va por las malas”, dijo uno de los sancionados. “Si no es por las malas, será lo peor”, sentenció. En su informe al Vaticano, Zazpe consignó que las posiciones eran irreductibles. Mientras los sectores pobres y de la juventud apoyaban la actuación de Angelelli, muchos integrantes “de instituciones anteriores como la Acción Católica, Cursillos de Cristiandad, Ligas de Padres de Colegios”, la repudiaban. En este sector se “mezclaban motivaciones de índole religiosa, política y socioeconómica” especificó el santafesino. Desde el Vaticano, le recomendaron al Pelado que no abandonara la opción por los pobres, pero que “propiciara el diálogo con los disidentes”. La Triple A lo amenazó de muerte y el gobernador Carlos Menem le aconsejó que se fuera, porque corría peligro su vida. No lo hizo. En la base aérea, en marzo de 1976, un vicecomodoro interrumpió la homilía de Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos. “Usted hace política”, lo acusó. La tensión entre militares y el obispo creció, hasta que dos semanas más tarde, el obispo suspendió los oficios religiosos en la base. Cuando ya habían comenzado los arrestos ilegales de religiosos en otras provincias, en La Rioja, los curas tercermundistas Gabriel Longueville y Carlos Murias fueron secuestrados, torturados en la base aérea, maniatados y acribillados.

Esposo y padre de familia, trabajador solidario, Wenceslao Pedernera.

También mataron a Wenceslao Pedernera, del Movimiento Rural Católico. Cuando murió en lo que quiso presentarse como un accidente en la ruta, Angelelli llevaba una carpeta con información sobre el asesinato de Murias Longueville y Pedernera. Viajaba con otro sacerdote y era un excelente volante. Le cruzaron otro vehículo deliberadamente para hacerlo chocar. La autopsia revela que fue rematado en el lugar con un golpe en la cabeza. Hay testigos que aseguran que efectivos militares no permitieron que se lo auxiliara mientras yacía en el asfalto. Una monja, encargada de limpiar el cuerpo, vio un hundimiento en la nuca, muy profundo. Después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un llamado al cardenal Primatesta en busca de protección. El cardenal respondió que los obispos habían elegido ser “prudentes como las serpientes” porque estaban convencidos de que hay tempus loquendi y tempus tacendi (tiempo de hablar y tiempo de callar). El silencio de la Iglesia sobre el verdadero destino del obispo ahora beatificado se prolongó durante décadas.

                                              Miriam Lewin

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