(opinión) “ECCE HOMO” Y LOS CONDENADOS DE HOY

Diego Pereira Ríos

En el día viernes de Semana Santa, Viernes de la Pasión del Señor, los cristianos recordamos (volvemos a pasar por el corazón) los momentos finales de la vida de Jesús antes de ser crucificado. Al comenzar, la lectura del evangelio de Juan nos ubica en la escena en la cual Jesús es apresado por medio del beso traidor de Judas. Allí existe un diálogo en el cual se muestra que, aún en medio del miedo por lo que le fuera a suceder, Jesús da la cara y habla con franqueza. “Yo soy” (Jn 18,5), responde ante la pregunta que había hecho él mismo, segundos antes: “¿A quién buscan?” (Jn 18,4). La inminente consecuencia de los actos y las palabras de Jesús con total transparencia ante Dios y los hombres, contrasta con todo el aparato armado para detenerlo que incluyen a Judas, los soldados judíos y los sacerdotes del Sanedrín. La maldad, la mentira, el engaño, la traición, la entrega, son las consecuencias también de un miedo que corroía la situación de seguridad y comodidad de los sacerdotes del Templo. No podían permitir que un cualquiera colocara en peligro la tradición religiosa.

Ante el sumo sacerdote, Jesús vuelve a hablar con franqueza: “Yo he hablado abiertamente al mundo; siempre he enseñado en las sinagogas o en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído hablar, que ellos deben saber lo que dije”. (Jn 18,20). La sinceridad de Jesús no parte de una confrontación contra quien lo acusa con una defensa directa. Es aún más veraz: aquellos que escucharon su mensaje son lo que pueden hablar por él pues son testigos de las grandezas que Dios ha hecho por él. Jesús no tiene dudas sobre su actuar ni su hablar. Lo mismo ante Pilatos. Éste no tiene interés en matarlo pero sabe que es causa de problemas. Luego de mandarlo azotar y de la burla de los soldados Jesús sale afuera y Pilato lo muestra a la multitud: “Aquí tienen al hombre” (Jn 19,5). Luego del rechazo de los judíos ante su libertad, Pilato se asusta y vuelve a hablar con Jesús: “De dónde eres” (Jn 19,8) -le pregunta- a lo que Jesús no responde. La única respuesta de Jesús intenta hacer entender a Pilatos su propio lugar: “No tendrías poder contra mí si no te lo hubiera dado el cielo. Por eso el que me entrega es más culpable” (Jn 19,11). Y ante el pedido de la multitud, lo mandó crucificar.

Les propongo detenernos a pensar en la condena de Jesús a partir de los hermanos de hoy. En estos tiempos se habla que en nuestro país crece la delincuencia y los informativos nos apabullan con crónicas diarias de robos, asaltos, muertes. Delincuencia por todos lados. Tanta importancia se le ha dado al tema que es lo primero en la lista de tareas en las actuales campañas de los partidos políticos. Candidatos, propagandas, carteles callejeros, nos hablan de las promesas del orden necesario para vivir en paz. Pero se deja de lado tantas otras necesidades que tiene nuestro pueblo, sobre todo trabajo, vivienda, salud y educación. Se arma todo un circo alrededor de la imagen del delincuente, se propaga miedo a partir de su peligrosidad exacerbada, se habla de “mano dura”, pero poco se habla de resolver el problema por canales humanos. ¿Qué se les promete? La cárcel, las condenas más rápidas, una policía que debe ser más efectiva, un sistema tecnológico de mayor control para asegurar mejores respuestas. ¿Eso eliminará el problema? Creo que no.

“Ecce homo”, dijo Pilatos: “Aquí tienen al hombre”, y entregó a Jesús luego de haber sido maltratado injustamente por soldados que obedecen órdenes sin razonar, y a lo le sumaron la burla por su fama de rey. En medio del circo de juicios injustos armados por los poderosos, donde media la traición de Judas y la inacción de los discípulos, muere un justo. Muere alguien que pasó toda su vida haciendo el bien (Hc 10,38), que sólo proclamó el amor de un Dios cercano al hombre, cercano sobre todo a su dolor. Y justamente, para demostrarlo, Jesús no le escapó a su condena: aceptó morir, y de la peor manera. Asumió la consecuencia de ser valiente en un mundo de miedosos y acomodados, de privilegios y acomodaciones donde siempre los pobres, los débiles, los enfermos, son los pecadores ante la religión y por ende excluidos de la sociedad. Por eso lo que recordamos en este viernes santo es el ejemplo de Jesús que se actualiza en tantas situaciones similares a lo largo de la historia alcanzando a nuestro hoy.

Hoy la mayoría de nosotros reclamamos seguridad y paz ante la delincuencia existente y promovida por los medios de comunicación. Pero también somos parte de ese juicio social que sigue condenando injustamente a tantos inocentes que son consecuencia de un sistema económico que excluye, de una educación que no alcanza y que genera reacciones en las clases más pobres de nuestra sociedad. No estoy consintiendo la situación, pero creo que nosotros seguimos sin movernos del lugar de la comodidad. Preferimos hablar de que tenemos miedo a salir a la calle, de pasar por un cajero automático porque tenemos miedo a que nos roben y nos hagan algo. Seguimos estigmatizando personas, barrios, estereotipos sociales, y nos plegamos al circo armado por otros. Por momentos, muchos quieren ser Pilato que manda matar, otros el sumo sacerdote que no asume responsabilidad, otros prefieren ser Judas. ¿Judas? Quizá sea otras de las tantas víctimas del sistema: sometido religiosamente, limitado en su ser por los romanos, puso toda su esperanza en Jesús pero sin atender a su mensaje. Al entregarlo, aunque luego dimensionó lo sucedido, simplemente lo hizo por decepción. Jesús no era lo que él esperaba.

La condena injusta de Jesús terminó con su vida para comenzar una nueva. El viernes santo nosotros lo vivimos con la esperanza que el domingo de Pascua, la resurrección de Cristo nos alcance, nos llene de su luz y nos renueve la esperanza. Pero me pregunto: ¿qué esperanza tiene una sociedad que, ante la situación actual de inseguridad, sólo grita a una voz: “Crucifícalo!”? Hoy la mayoría de nosotros considera que acabar con los robos y muertes, es acabar con los ladrones y asesinos. ¿Es ese un proyecto humano? ¿Cómo pensamos en recuperar a los jóvenes que están en la cárcel, a los adolescentes que están sin estudiar y que callejean a diario? ¿Cómo ayudar a las personas que, sin poder estudiar, no encuentran un trabajo digno? ¿Qué haremos por los niños que esperan nacer en una sociedad que los acoja y proteja? Para poder resolver la situación actual debemos salir del miedo y de la comodidad. Jesús enfrentó su situación con miedo, pero un miedo sanador. Las personas condenadas a diario, vivieron toda su vida con miedo, pero un miedo destructor y por eso cometen errores. ¿Seremos capaces de comprometernos a no seguir enviando inocentes a muertes injustas?

La sociedad la construimos todos y los sistemas de convivencia también. No podemos esperar que las autoridades resuelvan todos los problemas, sobre todo, cuando entre ellos también están algunos ladrones y aprovechados, o ¿acaso no lo sabemos? Y así como no podemos generalizar no podemos desilusionarnos de la humanidad por causa de algunos. ¡No podemos condenar a todos, y aún menos, sin pruebas! Pero así como podemos situarnos ante el juicio de Jesús, debemos recordar lo que dijo acerca de vestir al desnudo, de visitar al preso (Mt 25, 36). No esperemos condenas injustas, reaccionemos antes, no esperemos ver al hombre, a la mujer, presentadas ante quienes lo condenan para sentir dolor. No basta visitar a los presos, llevarle comida y compañía, cuando como sociedad seguimos condenando. Necesitamos comprometernos y hacer las cosas mejor, con más cariño, con más compasión, con más dedicación para poder cambiar esta sociedad que sigue condenando inocentes. La Cruz en la que murió Jesús es el símbolo de todos los condenados de este mundo y es la esperanza para nosotros de poder cambiar esta situación.

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