(tema central): PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS DESDE LA HISTORIA

PREMISA
La crucifixión de Jesús de Nazaret es un dato histórico confirmado no solo por numerosas fuentes cristianas sino por el historiador judío Flavio Josefo casi contemporáneo de los hechos, por el Talmud judío, por el mayor historiador romano Tácito y otros. Los relatos evangélicos no solo tienen en cuenta la historia sino también numerosas tradiciones populares que quieren llevar al creyente a una inteligencia más profunda de unos hechos realmente históricos y trascendentales. Por otra parte los evangelistas, que son también catequistas, quieren demostrar que en Jesús se cumplieron las promesas del Antiguo Testamento. En consecuencia es difícil desentrañar lo rigurosamente histórico de la interpretación teológica de los hechos.

PEREGRINACIÓN ARRIESGADA
En el mes de Nisan (=abril) del año 30 Jesús se puso de viaje con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén con la intención de unirse a su pueblo para celebrar la Pascua como un peregrino más , tal como hacía todos los años. Jesús era consciente del peligro que corría esta vez en Jerusalén. Al acercarse a las puertas de la ciudad, Jesús recorre el último tramo montado sobre un burro, que era el animal de carga de los pobres, como Mesías de paz y no de guerra. Los que siguen a Jesús, ilusionados por la pronta llegada del Reino de Dios, empiezan a aclamarlo cortando ramas de olivo y extendiendo sus mantos por el camino. No se trata de una entrada triunfal de Jesús en la ciudad. Los habitantes de Jerusalén lo tenían como desconocido (como al tiempo de los magos). Fue una aclamación de sus discípulos que lo seguían desde Galilea y Jericó, proclamándolo Mesías.

Esta vez Jesús no puede huir a la montaña, pero hace el gesto profético de cabalgar un burro y no un caballo como hacían los reyes y generales de ejército, para indicar que no era el Mesías que ellos pensaban. Jesús no tiene armas ni soldados como cuando David conquistó Jerusalén. Según el evangelista Lucas (19,41-44)  en el último tramo antes de entrar en la ciudad Jesús llora sobre Jerusalén. Sus palabras no son una amenaza, sino una advertencia. Jesús sufre por el daño que los judíos se hacen a sí mismos por no aceptar su mensaje de paz. La primera cosa que Jesús hace al entrar en la ciudad, es ir al Templo. Al ver el negocio que se hacía de la religión, se indignó y volcó mesas y puestos de venta de palomas, desparramó monedas y echó a vendedores y animales. Esto causó la intervención de las autoridades y fue el hecho que esperaban, para poder eliminarlo. Se trataba de un ataque frontal al poder de los sacerdotes. Ellos enseñaban que cualquier agresión al Templo era una ofensa intolerable a Dios. En realidad el Templo se había convertido en fuente de riqueza de unos pocos que oprimían al pueblo; era una “cueva de ladrones” (Lc 19,46). Jesús después de esto se convenció de que su destino sería el de los profetas y que sería perseguido a muerte. Lo del templo fue la gota que hizo rebalsar el vaso. Pero Jesús no pensó en ocultarse o huir. Lo que hizo fue organizar una cena especial de despedida con sus discípulos. Según los Sinópticos (=los tres primeros evangelistas) se trató de la cena pascual judía. Más fiel a la historia, el evangelista Juan nos informa que por el contrario la de Jesús fue una cena normal de despedida, celebrada el día jueves antes de la Pascua que en aquel año caía en sábado. La cena pascual de los judíos se celebraba recién el viernes por la noche. Jesús en la cena se pone de pie, toma en sus manos un pan casero sin levadura, pronuncia la bendición, luego rompe el pan y  va distribuyendo un trozo a cada uno. Acompaña el gesto con estas palabras: “Esto es mi cuerpo”, como diciendo: “Soy yo que me entrego por cada uno de ustedes hasta el final”. También en la cena pascual judía cada uno bebía una copa en acción de gracias. Por el contrario Jesús comparte su propia copa con todos los presentes y añade: “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre derramada por ustedes y por muchos; hagan esto en mi memoria”. Así la comunión con Jesús, a pesar de su muerte, se mantendrá hasta que un día se beba todos juntos la copa de “vino nuevo” en el Reino de Dios.

 

ARRESTADO Y CONDENADO A MUERTE
Después de haber celebrado su cena de despedida, Jesús es arrestado. Lo rápido de los acontecimientos se explica por la prisa de las autoridades de aquel tiempo, dada la inminencia de la Pascua y el peligro de manifestaciones que perturbaran la “paz romana”. La orden de detención salió del Sumo Sacerdote Caifás que era la máxima autoridad del pueblo judío y sumiso aliado de los romanos. Actuaron las fuerzas de seguridad del templo, debidamente armadas. Al ser Jesús detenido, los discípulos huyen a Galilea; solo quedan en Jerusalén algunas mujeres, tal vez por correr menos peligro. Los discípulos no huyen por cobardía, sino porque Jesús se rehúsa a pelear, impide a Pedro usar armas aún en defensa propia, se lo ve impotente. Ellos lo creían un Mesías poderoso. Si los apóstoles huyen, si Pedro reniega de Él, si Judas lo traiciona es porque ya no lo ven como el Mesías que esperaban. En la cena de despedida Pedro no quería que Jesús le lavara los pies; no quería que Jesús se humillara sino que dominara. Después de la muerte de Jesús hablarán de un sueño frustrado y volverán al trabajo de antes. Por su parte en el día del arresto Jesús no responde a la violencia con la violencia, pero se defiende. Es un rabí no un delincuente; no se le puede arrestar de noche sin motivaciones legales; siempre ha hablado públicamente frente al pueblo. La verdad histórica sobre este hecho es que no fueron los Fariseos, tradicionales adversarios de Jesús en las cuestiones religiosas, a detenerlo. Fue el partido de los Saduceos con el Sumo Sacerdote, la casta sacerdotal y la aristocracia de Jerusalén que colaboraban con los romanos para mantener sus privilegios.

El contexto de la pasión de Jesús es rigurosamente histórico. Caifás gobernó como Sumo Sacerdote al frente del Sanedrín por 18 años. Poncio Pilato fue prefecto romano del año 26 al 37. Eran personas que no buscaban la verdad sino el poder. Después del proceso ilegal que le hicieron de noche los judíos, Jesús debía ser lapidado por blasfemo. Pero los judíos no tenían el “ius gladi” (=derecho a matar); era un privilegio de los romanos. Entonces acudieron al gobernador romano, pero en este caso tuvieron que acusar falsamente a Jesús de actividades subversivas contra el imperio, de oposición al pago de los impuestos al emperador, de querer hacerse rey y así obtener su condena a  muerte. Querían su crucifixión para que quedara como maldecido por Dios frente al pueblo que estimaba a Jesús como profeta. Efectivamente la Biblia dice: “Un hombre ajusticiado y colgado de un madero es maldecido por Dios” (Dt 21,23). Pilato no veía en Jesús un cabecilla revolucionario; por eso no actuó contra el grupo de sus discípulos. Pero la pretensión de Jesús de erigirse como rey de Israel y las expectativas políticas que había despertado en el pueblo, lo preocupaban. Había sido Herodes el Grande el último “rey de los judíos”, nombrado por el senado romano. Adjudicarse ese título a sí mismo era conspirar contra el imperio y merecía la muerte. Este será efectivamente el motivo oficial de su muerte. Jesús no tenía seguidores armados, pero sus palabras atraían multitudes. Era peligroso porque concientizaba la gente humilde en lo que eran su dignidad y sus derechos, hablaba de otro reino diferente del romano, criticaba a los poderosos, afirmaba que los últimos pasarían a ser primeros, infundía esperanza en un mañana mejor. Y uno que concientiza al pueblo en los valores de la libertad, la justicia y la dignidad humana, puede ser más peligroso que un rebelde armado. Por eso fue condenado Jesús y no Barrabás que era un subversivo violento.

 

CAMINO AL CALVARIO
El evangelio de Juan parece disculpar a Pilato y lo hace ver como hombre vacilante; no es así. Pilato, según los historiadores Flavio Josefo y Filón, era un hombre cruel, odiaba a los judíos y sobre todo cuidaba que no hubiera disturbios contra Roma, especialmente en ocasiones como las fiestas de Pascua a la que acudían judíos de todos los países. Los romanos cortaban de raíz cualquier movimiento subversivo. Lo que pasa es que el evangelio de Juan fue escrito cuando arreciaba la persecución romana contra los cristianos y no se quería chocar con las autoridades de Roma. También, igual que Mateo, Juan culpabiliza en general a todos los judíos por lo que le pasó a Jesús. En realidad cuando Juan habla de “los judíos”, entiende hablar de los jefes judíos. No fue el pueblo judío a pedir la muerte de Jesús. Los que frente al pretorio gritaban: ”crucifícalo, crucifícalo”, eran los secuaces de Barrabás y de los sacerdotes. El pueblo, igual que en la crucifixión, miraba de lejos, porque simpatizaba con Jesús. Mateo, el más interesado en criticar el Judaísmo oficial contra el cual luchaba su propia comunidad judío-cristiana, es el que más condena a los judíos en general (Mt 27,25). Y estas expresiones suyas fueron las que en gran parte alimentaron las persecuciones en la historia contra los “pérfidos judíos” acusados de ser un pueblo “deicida”.

Poncio Pilato, instigado por sus aliados, las autoridades judías, fue el responsable oficial de la muerte de Jesús. Antes interrogó a Jesús y le preguntó si de veras era rey. Jesús contestó que sí (ahora no había peligro que lo interpretaran mal), pero su Reino no era como los de este mundo; se fundaba en la verdad, la justicia y el amor. Pilato aprovecha para reírse de él (como también lo hace el rey Herodes que lo trata como un payaso) y lo presenta al público como “vuestro rey”. También en la tablilla donde se motiva su ejecución hará escribir: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”. El prefecto Poncio Pilato firmó la condena a la crucifixión. Se hizo traer una tablita de cera y con un punzón de hierro escribió la sentencia: “Ibis ad crucem” (=irás a la cruz). Antes, Jesús fue flagelado salvajemente. Normalmente la flagelación se practicaba antes de la crucifixión. No se prolongaba por lo general más allá de los cuarenta azotes, porque no se quería matar al reo de esta manera. El “flagrum” era un azote con correas de cuero que en la punta tenían bolitas de plomo. El suplicio era tan brutal que a veces los condenados morían durante el suplicio. Al tener que llevar el palo transversal de la cruz (el palo vertical ya estaba plantado), Jesús cayó varias veces y debió ser ayudado por su extrema debilidad; inclusive murió antes que los demás dos reos crucificados con él. Estos dos condenados no eran ladrones, ya que la crucifixión estaba reservada a los esclavos y a los subversivos. En el trayecto desde el pretorio hasta el Calvario, Lucas habla de mujeres que lloran por Jesús, como testimoniando que es inocente. No eran las “lloronas” tradicionales, las que estaban prohibidas por los romanos. Jesús les pide a estas mujeres que lloren más bien por el “leño seco” (los culpables) y no por el “leño verde” (el que es inocente). Las mujeres discípulas de Jesús lo habían acompañado desde Galilea a Jerusalén. Estuvieron en el Calvario, mirando desde lejos porque los soldados no les permitían acercarse. Hay tres mujeres especialmente nombradas por el evangelista Juan: las tres Marías. Son la madre de Jesús, María de Cleofás (su esposo) y María del pueblo de Magdala. Según Marcos y Mateo estaba también Salomé, la madre de los apóstoles Santiago y Juan (y esposa de Zebedeo); otras dos mujeres recordadas son Juana y Susana. Las mujeres fueron las primeras en ir al sepulcro el día después del sábado para terminar el trabajo que había hecho a la apurada José de Arimatea. Serán las primeras en ver al Resucitado y el primer anuncio de la resurrección será confiado a ellas.

 

LA CRUCIFIXIÓN
No todos los detalles de la pasión y muerte de Jesús narrados por los cuatro evangelistas son estrictamente históricos. Antes que nada hay que recordar que por 40 años no hubo evangelios escritos; eran distintas tradiciones que se transmitían oralmente. Además los evangelistas se interesan más por el sentido de los hechos que por su exacto desarrollo. A veces es difícil identificar y separar lo histórico de lo que es interpretación teológica. La coreografía por ejemplo de Mateo en la muerte de Jesús (27,51-53) no es historia. Es la respuesta teológica de Mateo a la terrible injusticia humana y usa el género literario  apocalíptico, de contenido simbólico. La principal preocupación de los evangelistas es hacer ver cómo se cumplieron las Escrituras y los designios de Dios. La burla de la coronación de espinas no era parte de la crucifixión; fue al parecer un escarnio espontáneo de los soldados romanos que se burlaban por la pretensión de Jesús de ser rey (Mc 15,15-20). El ofrecimiento de vinagre (“posca” en latín) en los momentos finales, será una burla más de los soldados en plena agonía de Jesús (Mc 15,36). Tres eran los tipos de ejecución capital más crueles de los romanos: la muerte lenta en la cruz, ser devorados por las fieras, ser quemados vivos en la hoguera. La crucifixión era la peor de todas: una tortura continuada durante horas y días. Los condenados se retorcían del dolor entre gritos y maldiciones.

La crucifixión era un acto público, pensado para escarmentar a la población y se buscaba una pequeña altura como el Gólgota (=lugar de las calaveras) para que todos vieran. No había costumbre de enterrar a los condenados que permanecían en la cruz como alimento de las aves de rapiña y los perros salvajes. Los restos se depositaban en una fosa común. La altura de la cruz no superaba los dos metros y los pies del crucificado quedaban casi a ras del suelo. Se clavaban las manos del condenado en el travesaño, que luego era levantado con cuerdas y escaleras sobre el palo vertical; después se clavaban los pies. “Fue contado entre los malhechores”, dicen las Escrituras. Los soldados se repartieron las vestiduras de Jesús y para Él empezó la tormentosa agonía. Jesús fue clavado en la cruz entre las nueve y las diez de la mañana. Una asfixia progresiva lo llevó a la muerte hacia aproximadamente las tres de la tarde (Mc 15,24-33). Probablemente los primeros cristianos no sabían exactamente las palabras que Jesús pudo haber murmurado durante su agonía, ya que no hubo testigos cercanos. Una antigua tradición nos relata que Jesús perdonó a sus verdugos y a uno de los reos, tuvo un diálogo con su madre y con Juan y pronunció otras palabras que reflejan admirablemente sus actitudes más íntimas. Entre los primeros cristianos existía el recuerdo que al final de su vida, Jesús vivió una lucha interior angustiosa. Incluso pidió a Dios que lo liberara de aquella muerte tan dolorosa e injusta. Todo esto ha sido representado en la escena del huerto del Getsemaní por Marcos, Mateo y Lucas. A muchos escandaliza la debilidad y fragilidad de Jesús en el Getsemaní. No es un héroe. Acude en  búsqueda de ayuda y consuelo. Tiene miedo, siente la angustia de sentirse abandonado. Lo que más le tortura es su aparente fracaso, el porvenir de su obra. Acude a la oración mientras los apóstoles duermen. De la oración sale fortalecido para enfrentar sereno su arresto, mientras los apóstoles huyen. Pero su oración es una agonía (de “agon”= lucha), una lucha desgarradora entre los planes de Dios y sus deseos; hasta que se entrega totalmente al Abbá.

 

LAS ÚLTIMAS HORAS
Pero es en la cruz donde Jesús se siente abandonado hasta por el Padre. Jesús muere lanzando fuertes gritos. El primer grito es acompañado, en la tradición más antigua de Marcos, por un pregunta al mismo Dios en arameo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (15,34). Este grito suplicante, en la lengua materna de Jesús, en medio de la soledad más absoluta, es estremecedor. De no haber pronunciado Jesús estas palabras, ¿se hubiera atrevido alguien en la comunidad cristiana a ponerlas en sus labios? Jesús muere con una pregunta en sus labios, desde la fe desnuda. Como uno de tantos. Sin embargo el grito de Jesús no es un grito de desesperación. Se dirige a “su” Dios; está rezando el salmo 22. El salmo empieza con un grito casi de protesta; es el grito de tantos inocentes abandonados, atropellados, masacrados: ¿por qué Señor? Pero termina con la certeza del triunfo. Jesús está seguro de que lo espera el Reino (lo prometió a uno de los dos ajusticiados); su lamento es por la aparente ausencia de Dios. Pero hay alguien que ha visto y escuchado todo; es un pagano, el capitán de la patrulla romana que exclama asombrado: “Realmente era un justo” (Lc 23,47). Jesús no gritaba de rabia, no insultaba ni maldecía, callaba ante las burlas, rezaba, pedía perdón por los verdugos, se interesaba por los demás… Eso superaba las fuerzas humanas. El capitán no necesitó ningún signo extraordinario ni que Jesús bajara de la cruz. Jesús siguió rezando hasta el final. Lucas recuerda su última oración, el salmo 31, en el momento en que se tocaban las trompetas en el templo para la oración de la tarde; Jesús reza: “En tus manos Señor encomiendo mi espíritu” (Sal 31,6). Sin embargo al final Jesús muere lanzando un fuerte grito, como un clamor. Dios escuchará los gritos de Jesús y lo resucitará liberándolo de la muerte y de sus enemigos. Jesús muere el viernes 14 de Nisan del año 30, día de “parasceve” (=preparación) a la Pascua judía. Hubiera sido un feo espectáculo para los judíos mantener esos cuerpos desnudos en la cruz durante la Pascua. Por eso los soldados recibieron la orden de romper las piernas de los crucificados para apurar su muerte. Jesús ya había muerto; un soldado para cerciorarse con una lanza le traspasó el costado del que salieron las últimas gotas de sangre mezcladas con agua. Juan ve en este hecho un símbolo de lo que fue la vida de Jesús: una entrega total al servicio de Dios y de los demás hasta la última gota de sangre. Recuerda además una prescripción de la Ley referente al cordero pascual de los judíos: ”No le quebrarán ni un solo hueso” (Ex 12,46). Esto se cumplió con Jesús, que es el verdadero cordero pascual de los cristianos. José de Arimatea y Nicodemo, dos fariseos simpatizantes de Jesús, obtuvieron el permiso de enterrar a Jesús honrosamente en un sepulcro. Nicodemo llevó 32 kilos de una mixtura de mirra y áloe para lavarlo, perfumarlo y cubrirlo con vendas. El sepelio fue muy apurado porque al caer el sol para los judíos ya empezaba el día siguiente, en este caso la fiesta de Pascua y cesaba por lo tanto toda actividad. Hicieron después rodar la piedra. La crucifixión romana era símbolo de humillación y vergüenza. En los primeros tiempos los cristianos no se atrevieron a representar a Jesús en la cruz; era una ignominia. En las catacumbas romanas se lo representa como el buen pastor y con el símbolo del pez. En griego “pez” se dice: “ixthus”; son las iniciales de “Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”. La crucifixión no aparece en el arte cristiana hasta el siglo XI.

 

SIGNIFICADO DE LA MUERTE DE JESÚS
Dios no quería la muerte de Jesús. Le pedía dar testimonio de su amor a la humanidad hasta el final, ser fiel a sí mismo, ser fiel a los pobres, a los últimos, a los pecadores hasta dar su vida por ellos. Responsable de la muerte de Jesús no es Dios; son los humanos. Dios respetó la libertad de ellos, pero no quiso la muerte de Jesús; por el contrario se la devolvió resucitándolo. La pasión y muerte de Jesús es también “evangelio”: es decir buena noticia. Porque allí realmente se revela lo que es el amor de Dios en Jesús.

Jesús no buscó la muerte, ni se resignó a la cruz. Jesús buscaba llevar a cabo el Reino de Dios. Después de una dura lucha interior en la cual pedía a Dios que lo liberara de esa muerte prematura y violenta, entendió la voluntad del Padre y la aceptó libremente. Lo que es incontestable es cómo Jesús libremente enfrentó la muerte como parte de su misión, con extrema dignidad. Jesús no se defendió a lo largo de todo el proceso, constatando la mala fe de los que lo perseguían y lo insultaban. Tampoco la muerte de Jesús fue para apaciguar a un Dios ofendido por nuestros pecados y que reclamaba sus derechos. Dios no castigó a Jesús en lugar nuestro, para que expiara o pagara por nuestros pecados. Dios no castiga a un inocente en lugar de un culpable. Dios nos lo entrega por amor. El Padre sufrió la pasión de Jesús junto a Él, en silencio. No es la cruz ni el sufrimiento de Jesús que nos salvan. Es su amor por nosotros que lo llevó hasta el extremo de dar la vida por nosotros; “no hay mayor amor que dar la vida”. Es el servidor sufriente de Isaías que sufre a causa de nuestras culpas. Tampoco es la intensidad del sufrimiento de Jesús en la cruz (era igual al de los compañeros ajusticiados), sino la intensidad de su amor por el Padre y por nosotros. Por eso Jesús no nos quitó ni el sufrimiento ni la muerte (son propios de la naturaleza humana); nos enseñó a transformar estas realidades en gestos de amor. Y esto les da sentido. Cuando Jesús invita al cristiano a cargar con la cruz y seguirlo, no apunta al sufrimiento sino al seguimiento de Cristo que muchas veces trae aparejada la cruz y la persecución. “Negarse a sí mismo” no es rechazar el cuerpo, la alegría, el gusto de vivir, sino negarse al egoísmo. Tampoco para el cristiano el sufrimiento es un precio para pagar a Dios, ni es tan solo una prueba purificadora de la fe. Es participación en la pasión de Cristo para la salvación del mundo y solidaridad con todos los inocentes crucificados. Nuestra solidaridad con Cristo es la que nos salva. Él nos va transmitiendo su Espíritu. Dice Juan (19,30): “entregó su Espíritu”. Y Dios nos adopta como hijos, hermanos de Jesús. Y nos resucitará a nosotros también junto a Él.

                          PRIMO CORBELLI

Un comentario en “(tema central): PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS DESDE LA HISTORIA

  1. Excelente. Cómo en uno , hay ideas equivocadas. Muy esclarecedor y calma el ánimo. Y logra aclarar lo que dice, querer ser solidarios con El, para ser solidarios con los hombres.

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