(opinión) INTERROGACIONES SOBRE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

Diego Pereira Ríos

Comenzaron las clases y un nuevo año nos llena de esperanza de continuar con nuestra misión cristiana de invitar a otros a la fe cristiana. Para ello, debemos ser muy conscientes que hoy, al igual que ayer, la enseñanza religiosa en nuestros colegios católicos sigue siendo un gran desafío. Si bien cada año se brindan algunas herramientas metodológicas que buscan unificar las nuevas corrientes pedagógicas con los fines propios de la evangelización, considero que hay algunos puntos que deben ser analizados más detenidamente. En este texto apenas me animo a interrogarnos en algunos aspectos a los que llevamos adelante la educación religiosa y que nos llaman catequistas. Confieso que no me gusta este título que popularmente se ve como la persona buena, que cree en Dios y que es divertido dentro del aula. La educación en la fe es cosa seria y que también conlleva una presentación que hoy no se ajusta a la mentalidad popular.

 

Desde lo personal, la formación filosófica es la que me ayudado a no sentirme –algunas veces- fracasado en mis clases de religión (o catequesis, o formación cristiana, o reflexión cristiana) ya que como catequista, no sólo trabajo con alumnos que pueden aburrirse frente al tema religioso, sino que tampoco se entusiasman con otras asignaturas. Es ahí el gran desequilibrio que podemos sufrir los que somos catequistas: ¿debemos tener explícitamente un programa de contenidos a cumplir?, o ¿los contenidos elegidos colaboran con competencias que deseamos nuestros alumnos desarrollen?; nuestras clases ¿siempre deben ser “entretenidas”?, ¿debemos convertirnos -por momentos- en “payasos” para divertir a nuestros alumnos?; ¿cuánto de vivencial puede haber en clases puramente formativas?; ¿la formación en la verdad cristiana, colabora con el mensaje de la fe?, ¿anunciamos el kerigma con avidez y valentía, o nuestras clases son apenas pasatiempos donde hablamos de Dios, de Jesús, de la Iglesia?.

Son muchas las preguntas que surgen y sobre todo, en momentos donde la Iglesia está siendo tan señalada y donde muchos teólogos y personajes importantes afirman que nunca la Iglesia Católica ha caído en tanto descrédito. Las interrogantes nos avasallan y al pensar en esto pienso sobre todo en los y las catequistas que somos laicos, que tenemos una situación bastante más compleja que la vida religiosa y los sacerdotes, porque debemos seguir confiando en una estructura que también nos ha dado un lugar donde llevar a cabo nuestra misión, pero que nos puede condicionar. Nosotros enseñamos un camino de realización humana donde todo comienza en Jesús y termina en él, pero en ese proceso seguimos creyendo que nuestra Iglesia es un camino verdadero y posible, no el único, pero sí un camino seguro. ¿Seguro? He aquí el problema al cual nos enfrentamos, ¿seguro para quién?; ¿podemos confiar, nosotros en primer lugar en el Iglesia en al cual estamos viviendo?.

Para nosotros no sólo la educación está en crisis sino que nuestra Iglesia está en crisis. Pero no hay que tenerle miedo a la crisis. Ello nos lleva a replantearnos el problema de la enseñanza religiosa no como algo a resolver, sino que también debemos resolver el cómo seguimos viviendo y trabajando dentro de una Institución que sigue dando que hablar. El gran desafío sigue siendo el cómo vivir nuestra fe, anclados en Jesús, para que podamos seguir anunciándolo como Buena Noticia. Nadie da lo que no tiene, nadie transmite algo que no vive, nadie seduce si no ha sido seducido. Y un catequista que no haya sido alcanzado por Jesús, podrá buscar infinitos medios para la enseñanza religiosa, pero no logrará contagiar a nadie.

He ahí algunos de los interrogantes que cada catequista debe hacerse: ¿soy alguien realmente alcanzado por Jesús, enamorado de él, seducido por él y su propuesta de vida? Además de toda la planificación necesaria en mis clases, de las actividades institucionales, de los desafíos como educador, de la formación permanente que debo tener, ¿soy alguien fascinado por el Maestro de Nazaret? ¿Creo firmemente que él está vivo y es quien habla en mí, si me dispongo a dejarlo hablar? ¿Que su Espíritu sigue haciendo maravillas cada vez que anunciamos al mundo que el Reino está presente? Estas preguntas no son solamente preguntas de fe pues tienen una raíz antropológica: nos cuestionan acerca de nuestra condición humana y nuestra posibilidad hacia la fe. Por ello dije anteriormente que un aliado para mí ha sido la filosofía. La filosofía no me deja caer en ningún extremo, me ayuda a cuestionarme, a levantarme, a buscar soluciones que sabemos pueden ser pasajeras. El único que permanece es Cristo y allí debe estar firme nuestra fe.

La misión del educador en la fe es bien diferente a la del maestro o el profesor de matemática o historia, pues enseñamos lo que nos mueve las entrañas. Somos el instrumento que Dios llama a servir como camino de su Palabra, y a la vez somos recibidores de esa Palabra. Su Palabra nos supera, se mete en lo más profundo de nuestro ser para que la aceptemos o no, nos atraviesa y por nuestra boca salen esas Palabras que quieren llegar a la vida de nuestros alumnos. Esto cuestiona nuestra forma de ser dentro de la institución, del aula, de las cosas que hablamos, que decimos, que pensamos, al estar con nuestros alumnos. Dijo Heidegger: “El lenguaje es la casa del Ser” y con ello nos ayuda comprender que si en nuestra vida Jesús no ocupa el primer lugar, de lo que hagamos o hablemos, todo será pasatiempo. Si su Palabra sigue siendo Palabra de Salvación para nosotros, lo que digamos a nuestros alumnos irá en ese camino.

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