(aniversario) HISTORIA DE UNA HOMILÍA

 

El año pasado se han celebrado los cincuenta años de una inolvidable homilía del cardenal Giacomo Lercaro, arzobispo de Bologna (Italia) y uno de los máximos artífices del Concilio (en especial de la Reforma Litúrgica). El 1º de enero de 1968 en ocasión de la primera Jornada Mundial de la Paz impulsada por Pablo VI, Lercaro pronunció una homilía en la catedral de Bologna cuyo título era: “No la neutralidad, sino la profecía”. Fueron sus últimas palabras públicas antes de que un enviado del Vaticano, tres semanas después, le transmitiera la decisión del Papa de destituirlo de su sede episcopal.

Ese discurso era la síntesis de una teología de la paz desconocida hasta entonces en los ámbitos oficiales de la Iglesia. Se respiraban aires de guerra fría y se estaba intensificando cada vez más una guerra atroz en Vietnam. Estados Unidos practicaba bombardeos masivos sobre las ciudades de Vietnam del Norte en una guerra que había empezado en 1965 y duraría casi diez años, matando tan solo a 58.159 soldados estadounidenses, pero a más de dos millones de vietnamitas. El alcalde de Florencia, Giorgio Lapira, cuya causa de beatificación se está estudiando actualmente, había viajado a Hanoi logrando acuerdos que Estados Unidos obstaculizó. En ese marco internacional intervino Lercaro. Lercaro había sido uno de los cuatro moderadores del Concilio y fue el primero que en el Concilio habló de la “Iglesia de los pobres” e intervino con fuerza para que se condenara no solo el uso sino también la posesión de armas modernas. También pidió que se condenara en nombre del Evangelio cualquier guerra como inmoral. Esta última intervención no fue leída en aula porque Lercaro sabía que el papa Pablo VI tenía una postura sustancialmente distinta. Pablo VI pensaba que poseer armas permitía defenderse  de un agresor injusto. Creía en la posibilidad de una “guerra justa”. En noviembre de 1966 Lercaro creó en Bologna un centro de Promoción de la Paz sin discriminaciones ideológicas y pronunció también allí un discurso notable donde afirmó: “Rehusarse a tomar una iniciativa unilateral de paz o desistir de una guerra hasta que no haya del otro lado cierta reparación, puede parecer un discurso de sentido común; pero no es un discurso cristiano y menos aún puede ser confirmado por la Palabra de Dios”. Según Lercaro “la única forma de vencer la violencia no es responder con una violencia “defensiva”, sino salir del sistema de la violencia” como habían hecho Gandhi y Martin Luther King con iniciativas de paz. Mientras el Vaticano buscaba vías diplomáticas, en Bologna la Iglesia y la municipalidad comunista condenaban los crueles bombardeos norteamericanos sobre ciudades y pueblos de Vietnam del Norte.

“Terminar con la guerra en Vietnam y con la crisis social en casa” también dentro de Estados Unidos había manifestaciones por la paz.

El bosquejo de la homilía del 1º de enero del 68 fue preparado por el teólogo Giuseppe Dossetti, ex político italiano y sacerdote asesor de Lercaro en el Concilio y en su etapa posterior, hasta que se retiró para fundar una familia monástica. En la homilía Lercaro decía que “no podía faltar el juicio no político ni cultural sino puramente religioso sobre las decisiones de los responsables del mundo capaces de involucrar a todos en una guerra” y dijo explícitamente que se refería a los bombardeos aéreos sobre Vietnam, los que condenaba como crueles e inmorales. Habían pasado pocos años de la terrible crisis de los misiles rusos en Cuba y de la encíclica de Juan XXIII “Pacem in terris” (1963) en la que se proclamaba: “En nuestra época que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo, algo irracional, sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado” (n.127). Lercaro compartía la enseñanza de Juan XXIII de que ya no existían guerras justas, de que había que trabajar para el desarme de las armas modernas que atentan contra la vida de millones de inocentes y buscar caminos alternativos de justicia y paz.
El papa Francisco al visitar la ciudad de Bologna en octubre de 2017 y hablando de la paz, recordó la “inútil masacre” -frase de Benedicto XV con respecto de la Primera Guerra Mundial- y la frase profética de Lercaro en aquel discurso: “La Iglesia no puede ser neutral frente al mal, desde donde venga; su camino no es la neutralidad sino la profecía”.

EL CARDENAL DESTITUIDO
En la guerra de Vietnam los norteamericanos utilizaron el napalm, una sustancia inflamable que se usaba para cargar bombas y proyectiles incendiarios, capaces de incinerar todo tipo de material. El amplio  uso del napalm mutiló y mató a muchísimos civiles. También usaban agentes tóxicos que privaban de comida y agua potable a las poblaciones. Estados Unidos lanzó sobre Vietnam del Norte 8 millones de toneladas de explosivos, de los cuales quedaron 800 mil sin detonar, los que causaron la muerte de decenas de miles de víctimas inocentes. El Vaticano estaba al tanto de los hechos y se esforzaba para lograr el cese de la guerra, pero tenía la contra del episcopado norteamericano. El poderoso cardenal Francis Spellman de New York había bendecido las armas de los soldados y apoyado la intervención en Vietnam “en defensa de la civilización cristiana”. En cuanto a Lercaro, es sabido cómo la curia vaticana lo detestaba desde los tiempos del Concilio; era llamado “el nuevo Lutero”. Se lo acusaba por su diálogo con los comunistas, por sus críticas a la Democracia Cristiana (el partido de los católicos), por su discurso social y su revisionismo. No es de extrañar que Pablo VI, que siempre había sido su amigo, haya sido acorralado y presionado por la curia vaticana y los políticos. Lo que más le dolió a Lercaro fue que mintieran. Se dijo oficialmente que  Lercaro había presentado su renuncia por motivos de salud. Reaccionó vivamente contra esa mentira, pero obedeció: “el Papa me dijo: ven y yo he venido; el Papa me dice: ándate y yo me voy”. Fue una obediencia dolorosa y silenciosa. Ya el 12 de febrero le sucedía en Bologna el obispo Antonio Poma. Lercaro se retiró a la periferia de la ciudad en una comunidad de jóvenes. Tenía 77 años. En una carta del 21 de febrero del 68 al cardenal Frings de Colonia (Alemania) decía Lercaro: “He sido removido del gobierno de la diócesis y el motivo presentado por L´Osservatore Romano y la carta del cardenal Cicognani de mis malas condiciones de salud, es falso. Todos lo pueden constatar. En cuanto a la edad avanzada, el Papa me había asegurado que las dimisiones podrían ser efectivas a los ochenta años. El 27 de enero vino a verme el secretario de la Congregación de Obispos y en nombre del Papa me dijo que había llegado la hora de retirarme, y cuanto antes. No me dio ningún motivo, dejándome sin ninguna otra tarea en la Iglesia. El Papa no me llamó, aún estando yo en Roma. No me queda más que el silencio; pero me siento un hombre destruido”.

LA GRABACIÓN RECUPERADA
Lo más notable es que esa famosa homilía del 1º de enero del 68 había desaparecido y recién ahora, 50 años después, ha aparecido una grabación de la misma encontrada en la sacristía de la catedral. Allí se oye la misma voz del cardenal: “Es mejor arriesgar la crítica inmediata de algunos que tildan de imprudentes cualquier acción conforme al evangelio, a todo el evangelio, que ser criticados un día por todos por no haber sabido, cuando era el tiempo, contribuir a evitar las decisiones más trágicas. No podemos confundir las conciencias con falsas justificaciones de la guerra y sus métodos de destrucción indiscriminada”. Es la voz y el destino de los profetas.
El papa Francisco que ya ha rehabilitado a profetas incómodos como Oscar Romero, Rutilio Grande, Enrique Angelelli y a otros en América Latina, a Lorenzo Milani, Primo Mazzolari, Tonino Bello en Europa, lo hizo también con Lercaro. Francisco ha impulsado repetidas veces el discurso de la no violencia activa, dedicándole en 2017 la Jornada Mundial de la Paz. Volverá a hacerlo en su viaje a Japón en noviembre próximo, desalentando la carrera armamentista que sigue siendo el mayor escándalo frente a la miseria y el hambre de millones de personas.

                                                             PRIMO CORBELLI

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