(opinión) ¿Laicado encerrado o abierto al mundo?

Por Pablo Guerra

Desde hace algunos años diversas estructuras de la Iglesia me han invitado a apoyar en los procesos de planificación o disparando iniciativas que requieren como punto de partida realizar un diagnóstico del contexto en el que estamos parados. Tradicionalmente, en esta parte del mundo seguimos utilizando el método del VER – JUZGAR – ACTUAR y justamente me suelen solicitar como profesional de las ciencias sociales, que comparta con diferentes comunidades una suerte de “Ver” que analice las grandes tendencias sociales, culturales y económicas que caracterizan a nuestra época.

En una de estas últimas oportunidades tuve la oportunidad de intercambiar reflexiones y opiniones en una intensa jornada de trabajo junto a numerosos laicos y laicas, acompañados por presbíteros y monjas y convocados por uno de esos buenos Obispos que escuchan al Pueblo de Dios. Unos días después, recibo unas líneas de un sacerdote amigo que participó de esa instancia, compartiéndome su preocupación: a la hora de “ver” la realidad de las comunidades, los delegados parroquiales prescinden del análisis del contexto y se sumergen en la microrealidad de sus parroquias. Es así, que sus preocupaciones pasan por la poca gente que participa de las misas, por el poco compromiso con las tareas parroquiales, por la ausencia de jóvenes, y así sigue una larga lista de hechos que parece no observar  lo que ocurre fuera de las paredes del Templo.

Esta situación de no ver más allá de nuestras narices, es algo que se viene repitiendo con mucha frecuencia.   Por lo tanto la pregunta surge inmediatamente: ¿por qué el riñón más comprometido de nuestras parroquias y comunidades reacciona de esta manera?

Creo que existen razones psicológicas y otras sociológicas para entender esta tendencia a encerrarnos en las carencias de nuestras estructuras eclesiales a la hora de hacer un diagnóstico de nuestra realidad más amplia. Entre las primeras, claramente puede existir una tendencia a que el contexto de un evento eclesial nos predetermine a pensar sólo en los asuntos cotidianos de nuestra Iglesia y nos inhiba a abrir opinión sobre el resto de los acontecimientos sociales que nos rodean y de alguna manera también nos impactan. Si esto fuera real, entonces nuestro deber sería esforzarnos por cambiar los lentes con los que habitualmente vemos la realidad.  Pero por fuera de esa manera de razonar, también hay a mi parecer algunas causas de raíz mayormente sociológicas.

En tal sentido, probablemente podamos explicar estos asuntos por el perfil específico del laicado que participa de estas instancias. Claramente es un laicado que muestra un mayor compromiso con las tareas diarias de la estructura y funcionamiento eclesial, antes que el de un mayor compromiso o inserción en las estructuras y funcionamiento de la sociedad en su conjunto. Me pregunto, ¿no nos faltará incluir en las discusiones a aquella parte del laicado que es “fermento en la masa” y que participa activamente del sistema político, de las ONGs., del movimiento sindical, movimiento feminista, movimientos por los derechos humanos o ambientalitas, entre otros?  Por diversas razones que no podemos enumerar aquí, la mayoría de los cristianos y cristianas que tienen algún tipo de  involucramiento y responsabilidad a nivel de organizaciones sociales no la tienen a nivel de sus estructuras territoriales de Iglesia, y viceversa.

De esta manera,  como se podrá comprender, no solo estamos perdiendo la oportunidad de integrar valiosísimos aportes de quienes construyen el Reino con los demás, sino que además estamos integrando estructuras de laicado con un perfil poco conocedor de las vivencias del conjunto de la sociedad. Esto acarrea por un lado la limitación de no entender de la mejor manera algunas de las cosas que nos ocurren, y por otro lado, el peligro de sumergirnos en aquel clericalismo del que nos advirtió Francisco. Necesitamos laicos y laicas en salida, insertos en las comunidades seculares, construyendo el Reino desde los diferentes espacios posibles. Verdaderos actores en las estructuras de la Iglesia, pero también en el trabajo por sociedades más justas y solidarias.

Mucho hay para hacer en este sentido. Numerosas personas de fe deben ser acercadas para que aporten en la Iglesia con sus experiencias “en el mundo”. De esa manera nuestro “VER” se acercará un poco más a aquella verdad que como nos lo recuerda Von Balthasar, es sinfónica…

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