Contemplemos la visita de María a su prima Isabel

Sandra Rodríguez

El Evangelio en éste Cuarto Domingo de Adviento nos invita a contemplar el pasaje en el que María visita a su prima Isabel.

Evangelio según San Lucas (1,39-45):

En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

 

Por un lado María, quien estando prometida en matrimonio a José, sin haber tenido relaciones sexuales aparece embarazada, ella sólo sabía con certeza lo que había ocurrido: ese embarazo era producto de ese Sí al Señor determinante para todos, en la que Dios decide encarnarse, hacerse hombre.

Pero está bueno ponerse en situación en esa época, lo que significó en su momento ese Sí asumiendo todos los riesgos. Una mujer en ese entonces comprometida, si no hubiese sido aceptada por José, era víctima de rechazo y de condena a muerte por lapidación.

Nos muestra una María servidora del Señor, humilde y confiada en los tiempos y acciones del Padre en su vida hasta las últimas consecuencias, ya que asume ser víctima del desprecio colectivo confiada en su fe.

Una María que se atreve a salir de las ideas establecidas en cuanto a la imagen de Dios en la que creían en su tiempo, Celestial, Todopoderoso, Rey, castigador… Creer que había decidido abajarse -y hacerse hombre- hoy lo vemos como algo natural, porque sabemos el Amor que nos tiene y de lo que ha sido capaz por nuestra liberación y salvación, pero si nos ponemos en situación en ese momento, fue un acto de fe impresionante.

Embarazada emprende camino hacia la casa de su prima Isabel, seguramente con doble intención: por un lado acompañar a su prima al saberla embarazada -quien por sus años enfrentaba un embarazo de riesgo también- pero podemos pensar también que emprende camino con todas las dificultades de la época huyendo de la situación que ella misma enfrentaba frente a una sociedad acusadora que no perdonaba un desliz semejante de una mujer.

En este pasaje en la imagen aparecen dos mujeres solas, alegres y felices por la vida que llevan en sus entrañas, no hay hombres en esta imagen, de los hombres de esta historia, uno quedó mudo: Zacarías, por su incredulidad; y el otro estaba desorientado sin entender mucho qué es lo que estaba sucediendo: José.

Dos mujeres que por su fe y sus convicciones van a ser protagonistas de un cambio sustancial en la historia de la humanidad, con el nacimiento primero de Juan, que prepara el camino conforme a lo dicho por los profetas; y el de Jesús -Dios con nosotros- que viene a darnos una vida nueva, acercando el Reino de Dios en la historia.

Hoy nuevamente somos las mujeres -dadoras de vida- las llamadas a construir un cambio epocal trascendental en base a nuestra fe y convicciones. Dios ha dejado claro que vino para que seamos felices y para que todos tengamos vida en abundancia.

Nos llama a ser protagonistas de nuestro destino, a conquistar esa libertad y liberarnos de nuestras esclavitudes y en ese sentido hemos comenzado la lucha para romper con estructuras machistas, patriarcales, misóginas, que fueron constructoras de tanta desigualdad, injusticia, violencia y muerte, todo esto tan alejado del Reino de Dios.

Las mujeres nos reconocemos con derechos y vamos por ellos, sin más.

Nuevamente algunos hombres enmudecen incrédulos pero reconociendo que así debe ser y otros están desorientados porque no saben ya cómo actuar ante la decisión firme e irrenunciable de que ya no hay vuelta atrás.

Asumimos los riesgos de la incomprensión, y del señalamiento, con fe en nuestra misión que es en definitiva la voluntad de Dios, de que todos y todas somos hijos e hijas de Dios, que quiere que seamos felices y que tengamos vida en abundancia en pie de igualdad, sin sometimientos, sin avasallamientos, sin humillaciones, sin acoso, sin violencia, sin feminicidios.

Así como Juan el Bautista, preparamos el camino y haciéndonos cargo de la situación decimos: conviértanse, esto ya no puede seguir así. Y con la ferviente esperanza de que con el don de la ternura y el amor que Dios nos dio como gestadoras de vida, podemos contribuir en la construcción del Reino de Dios hoy, hasta la segunda venida de nuestro Salvador, Jesucristo.

Feliz Navidad para todos.

 

Los abrazo con ternura,

Sandra Rodríguez

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