NAVIDAD: REGALO DE AMOR, MISTERIO DE FRAGILIDAD

Diego Pereira Ríos

Cottolengo Femenino Don Orione, Montevideo

Faltan pocos días para la Navidad y entre tantas cosas nos podemos perder lo central, lo importante, diríamos lo imprescindible. Pero sobre todas las cosas nos podemos perder la oportunidad de vivir la experiencia de un amor tan grande y fuerte, muy similar al humano, pero aun así muy distinto. La Navidad es, por un lado, el acontecimiento por el cual el ser humano es visitado habitado por Dios, lo que muestra su fragilidad y por ello su necesidad de Dios. Por otro lado, es la entrega de una total confianza de parte de Dios en el ser humano, colocando en manos de María y de José, el cuidado de su propio hijo. Regalo inmerecido y misterio a la vez: Dios cree y apuesta todo, lo entrega todo en total confianza hacia el ser humano. En nuestras manos frágiles Dios coloca lo más valioso que posee: su propio Hijo y apuesta a que sabremos reconocerlo y cuidarlo.

La experiencia de la Navidad es una experiencia de amor. Así lo escribió el Doctor Místico San Juan de la Cruz en su Romance IX: del Nacimiento: “…abrazado con su esposa, que en sus brazos la traía, al cual la graciosa Madre en su pesebre ponía…”. Dios abraza a su esposa, la Iglesia (según la intención del autor) que es toda la humanidad. Dios no se da a un grupo selecto de personas, sino que por medio de María y de José, se entrega a cada ser humano, sin distinción alguna. Abrazado a ella –la humanidad- en un lazo de amor esponsal, le confía su hijo a la Madre que coloca en el pesebre como símbolo del amor maternal. Dios mismo se da, se confía en los brazos de una mujer joven pero fuerte y decidida a todo. Junto a ella está José, hombre que asumió el desafío de aceptar este hijo que sabía no lo había engendrado, y que le haría ser mal mirado, pero lo asume con coraje y decisión.

Experiencia de amor de parte de Dios, experiencia de amor de parte del ser humano. El Espíritu Santo que se entrega luego del “sí creo” de María; María que confía en José y se confía a su cuidado luego del “sí, creo” de José;  José que asume a Jesús luego de ambos “sí”. En esta unión de síes, de disposición a hacer posible lo imposible, de hacer aparecer lo inesperado, es que se da la posibilidad del don, del regalo. Dios da sin reparos su santo Espíritu a María y con ello el regalo más grande jamás pensado: Dios en persona, Dios como niño dependiente y necesitado de ser cuidado. Es un regalo frágil, pero frágil son también María y José, y Dios los sabe. Pero allí, en esa fragilidad compartida, la de Dios y la del ser humano, se da algo increíble, incomprensible. Dios se da de forma frágil y el ser humano frágil lo recibe como tal. La fragilidad es la nota característica del amor de Dios, pero que nos hace fuertes. En medio de esa fragilidad, envuelto en un papel de necesidad, llega el regalo más grande: Dios-Amor hecho carne, uno de nosotros.

Necesidad y fragilidad, fortaleza y coraje; son experiencias opuestas que parecieran contradecirse. Pero no, pues se viven al mismo tiempo. La experiencia del amor humano se da en medio de las fragilidades de la vida, de la conciencia de los límites, de la aceptación de la necesidad propia. Pero la gloria de Dios es que el hombre viva (dice San Ireneo) y que viva bien, aún en medio de sus fragilidades. Desde ello el amor de Dios es el que hace fuerte al ser humano, es quien lo capacita para recibir a Dios en el seno de su alma, similar a María que recibe en su vientre a Jesús. Allí, en la fragilidad humana, Dios es la fuerza. Allí en los miedos humanos, Dios es esperanza. Allí en la inseguridad humana, Dios es firmeza. Porque como dice san Pablo, cuando “me siento débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12, 10). Es Dios quien regala su presencia amorosa, en medio de la fragilidad, pero que se transforma en fuerza y poder humano-divinos.

El amor entre Dios y la criatura es justamente lo que hace posible el misterio: pasar de la fragilidad a la fortaleza, de la incertidumbre a la convicción. Afirma Cantalamessa “La causa de la debilidad de Dios es, por tanto, su amor por el hombre” (2006, p.53) y aquí encontramos una clave del intercambio divino-humano: la fragilidad y debilidad de Dios, se transforma en fuerza de Dios y poder de Dios en y a través el ser humano. La decisión del ser humano de recibir como regalo al mismo Dios, lo hace superar la fragilidad natural y aventurarse a una empresa de características imposible, gracias a la fortaleza que surge de ese encuentro. Por lo tanto ambos se alimentan mutuamente, teniendo como fundamento el amor. Es al amor el mayor regalo que podemos recibir de Dios y es el amor el misterio más grande. El amor humano puede vivirse como intercambio de entrega, de valoración, con cariño y cuidados. Pero el amor divino, el amor de Dios  hacia el ser humano, se experimenta en una dimensión aún mayor.

Reza el salmo 8: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” (Sal 8, 4-5). El amor de Dios como misterio se revela en la grandiosidad de un Dios Creador que le da al ser humano un universo entero para habitarlo y dándole el poder necesario para conocerlo, explorarlo y cuidarlo. Pero de toda la Creación, el ser humano es el ser elegido desde siempre y aún más desde la Encarnación. Dios se hace uno de nosotros para enaltecernos, transformando toda nuestra fragilidad en fuerza y poder de Dios. Como dice Pablo a los Efesios: “Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya” (Ef 1,5). Es un amor de predilección: Dios elige al ser humano, le da su poder aun siendo frágil. Por ello, los que creemos en este Dios encarnado, podemos experimentar el misterio del amor que nos hace fuertes en las dificultades, que nos da esperanza y gozo en medio de los sufrimientos.

En el pesebre Dios es recibido como un niño necesitado del amor de su madre y de su padre, de la caricia consoladora ante el peligro, del beso suave y protector ante el miedo. Ese niño pequeño y frágil se llamara Jesús, que significa “Dios salva”. Jesús salvará a su pueblo gracias a que es recibido por el ser humano, pero eso esconderá algo mayor. San Bernardo coloca en boca de Dios lo siguiente: “haré una nueva combinación y pondré un sello más difícil de romper y más fuerte. Será aquel que no fue hecho a mi imagen, sino que es la misma imagen, el reflejo de mi gloria e impronta de mi ser” (Martínez, 2000, p.93). El ser humano es imagen y semejanza de Dios, Jesús es alguien mucho más grande. En Jesús, un ser aparentemente igual en todo al ser humano, hay una leve y gran diferencia: es Dios. En medio del regalo de su venida, en medio de su fragilidad, se da el misterio del amor que siempre es fuerte. En medio de una apariencia solamente humana, Dios se revela y se encarna para darse a nosotros, en total humildad.

Como escribió San Juan de la Cruz con finísimo entendimiento y con el único e inigualable lenguaje de la poesía: “y la Madre estaba en pasmo de que tal trueque veía: el llanto del hombre en Dios, y en el hombre la alegría, lo cual del uno y del otro tan ajeno ser solía”. Dios llora por la fragilidad que experimenta en la carne humana y le regala al ser humano la alegría de ser habitado por Él. Llanto y alegría de saberse amados, el uno y el otro. Esto no se logra comprender sino es desde la fe, desde la conciencia de que somos merecedores de un amor tan grande como es el de Dios, y que nos elige para venir a vivir en nosotros. Es un regalo de amor y a su vez un misterio que luego Jesús en su predicación lo dirá: “Si alguien Me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada” (Jn 14,23). Que en esta Navidad podamos prepararnos para recibir a Dios y que recibamos el regalo de su visita para experimentar el misterio del amor.

Referencias

Cantalamessa, R. (2006). Predicamos a un Cristo crucificado, Buenos Aires-México: Lumen.

Martínez, P. (2000). Encarnación 2000. “Y la Palabra se hizo carne”. Madrid: Edibesa.

San Ireneo. Contra las Herejías, Libro 4, 20,7

San Juan de la Cruz.  (1928). Obras de San Juan de la Cruz. Madrid: Apostolado de la Prensa.

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