ESPIRITUALIDAD DE ENCUENTRO Y ACOGIDA

Recientemente la revista alemana Forum Weltkirche solicitó a Rosa Ramos un planteo(1) sobre una espiritualidad misionera hoy,
para un número dedicado al tema Misión… ahora lo compartimos con nuestros lectores.

forum-weltkirche.de

La Iglesia es, de suyo, misionera

La Iglesia inspirada por el Espíritu Santo ha superado la concepción de Extra Ecclesiam nulla salus”, lo cual la ha liberado de ese postulado tan absoluto y soberbio, como dramático, angustioso y exigente. Asumir este cambio de paradigma no significa dejar de valorar la entrega generosa hasta el martirio de tantos misioneros y misioneras a lo largo de dos milenios que, en fidelidad a su fe y creencias epocales, no escatimaron esfuerzos ni retuvieron para sí la vida, sino que la donaron entera al servicio de la misión asumida. Tampoco significa la renuncia del anuncio de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, hermano y salvador.

 

El valor de la Misión se destaca en el Concilio Vaticano II al dedicar uno de sus 9 Decretos a La Actividad Misionera de la Iglesia donde señala que la fuente-origen de la Misión es Dios mismo. La Iglesia es de suyo misionera, le corresponde a su mismo ser (LG 17, AGD 2); la misión no es una actividad que algunos hacen -a veces- en tierras distantes o de gentiles.

En tanto con la Constitución Dogmática Lumen Gentium la Iglesia da un giro copernicano al auto concebirse como Pueblo de Dios, por lo tanto, la Iglesia toda es Pueblo misionero y cada miembro un testigo enviado responsable. Sigue siendo válido aquello que gritara Pablo: “¡Ay de mi si no anunciara el Evangelio!” (1 Co. 9, 16). El Papa Francisco en su primera Exhortación Apostólica afirma: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar.” (EG 273). Además de plantear el “quehacer” de la misión, al expresarse enfáticamente en primera persona la universaliza. Reitera a misma idea e invita a reflexionar especialmente a los jóvenes este año, 2018, en el Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones en Pentecostés.

La concepción de Iglesia Misionera -y servidora (LG 1)- deberá responder a la realidad actual: la hegemonía de un modelo que genera inequidad entre las personas y expoliación de los recursos naturales (Laudato si); la complejidad e imbricación de las problemáticas sociales; la pluralidad cultural, el secularismo, etc..

La Misión no sólo debe contar con que ha pasado la era de cristiandad a nivel eclesial –o debiera haber pasado, a más de 50 años del Concilio-, sino con el desafío de una globalización que, paradójicamente, no impide la coexistencia en el mismo espacio-tiempo de diversos mundos y culturas: premodernas, modernas y posmodernas; de sociedades satisfechas, hartas, y otras hambrientas; la coexistencia escandalosa del hiperconsumismo -nuevo opio de los pueblos- con luchas de resistencia por el derecho de existir. Esta complejidad exige una inteligencia y una sensibilidad muy grandes para acomodarse al tiempo presente, o quizá -más exactamente- para no acomodarse, y asumir el rol esencialmente profético de misión cristiana.

Ahora bien, junto a esta concepción de Iglesia Pueblo de Dios Misionero en una realidad compleja y de pluralismo religioso -cuando lo hay-, es necesario partir de otra premisa básica:

 

La espiritualidad es patrimonio de la humanidad

La espiritualidad es patrimonio de la humanidad, no de los católicos, ni siquiera de los cristianos. Asumirlo implica una nueva base para la Misión y para la espiritualidad misionera.

Más allá de la religión o de la confesión no religiosa, todas las personas tienen una espiritualidad inherente a la condición humana, desde la cual valoran y construyen su vida. Se trata del aliento –ruah, dynamis- que mueve cada día, anima y sostiene tanto al participar de las grandes gestas de la humanidad como al asumir el gris de la cotidianidad. La espiritualidad es una luz peculiar desde la que se contempla, discierne, valora y actúa en el mundo; es el modo de sentir, amar y vivir, que anima todas las relaciones: con Dios o lo trascendente, con los demás, con la Naturaleza, con la Historia (mundo humano: historia en construcción, Historia de Salvación). Una lentilla propia que permite captar la Luz y reflejarla.

Es contundente la afirmación de Jon Sobrino: la espiritualidad es patrimonio universal de la humanidad.(2) Por esta universalidad del concepto, se puede asimilar al de “fe antropológica” de Juan Luis Segundo. La fe no es una categoría necesariamente religiosa. “Constituye una dimensión inseparable del ser humano, lo que podríamos llamar la búsqueda de sentido para vivir su existencia.”(3) Antes que una fe religiosa, cristiana, judía, musulmana, existe una fe antropológica inherente a todo ser humano, que da sentido a su existencia. Se trata de una estructura de valores significativos que orientan a la persona como en torno a un eje central y que da consistencia a su vida concreta. Toda persona –de forma tematizada o no- posee una estructura de significación propia, desde la que elige y apuesta su vida.

Esa fe antropológica o esa espiritualidad, patrimonio de la humanidad,  se puede detectar en las personas y en los pueblos desde una hermenéutica teológica, que es capaz de leer incluso en lo más secular y “profano” la Presencia Fontal desde la cual emerge. Esa hermenéutica será una tarea fundamental de los discípulos misioneros.

 

Una espiritualidad misionera hoy, algunos rasgos

Hay rasgos de la espiritualidad misionera que podríamos llamar permanentes, como celo apostólico, conciencia del envío, enraizamiento en la Iglesia, alimentación de los sacramentos, etc. (AGD 24-25). Pero habrá que cultivar otros rasgos hoy, pues a las nuevas categorías eclesiológicas del Concilio, será necesario sumar una comprensión actualizada de la antropología teológica y una valoración profunda de las exigencias históricas del presente.

Un hoy complejo, difícil e incierto, no sólo a nivel socioeconómico. Un presente también  engañoso, donde se exalta la vida, la belleza, la felicidad, pero se siembra mucho dolor y muerte, o mucho vacío, sin sentido, e incluso cinismo -señalado por filósofos posmodernos-.

En esta sociedad globalizada y plural, es necesaria una espiritualidad misionera capaz de llevar salvación, sentido y esperanza; capaz de ofrecer un “perfume de Cristo”, un “óleo santo”, que sea Buena Noticia para las personas -sobre todo las que más sufren (GS 1)-, llamadas precisamente a humanizarse. Esta humanización será posible desde una espiritualidad que anime la cultura del encuentro, la acogida (EG) y la promoción de la dignidad humana (EN), en el seno de la cual se hará el anuncio kerigmático.

Hoy urge recuperar el talante y el estilo de Jesús Misionero de Dios en la historia: Jesús es el modelo misionero –norma normans non normata-: en su kenosis (Fil 2, 6ss), en su koinonia (Mc. 10, 45), en su predicar el Reino de Dios con palabras y gestos muy concretos (Mt. 11, 2-6), en pasar haciendo el bien (Hch 10, 38). Todo lo cual implicará una espiritualidad misionera empapada y acrisolada en esta configuración al Hijo que se hizo prójimo para salir al encuentro de la humanidad y compartir su experiencia tan fuerte y peculiar de Dios como Abba.

En este tiempo de tantos desencuentros, la espiritualidad misionera ha de ser, precisamente, de encuentro y acogida amorosa generadora de vida. Las narraciones de los Evangelios nos muestran a Jesús siempre caminando con otros, caminando hacia otros; comiendo con mujeres, pecadores, enfermos y pobres; dejándose encontrar y tocar, mirando a los ojos y llevando siempre  vida y vida abundante (Jn. 10, 10). El Resucitado también va al encuentro, se deja reconocer por sus amigos, para sanar sus parálisis, miedos y desconsuelos. Envía en primer lugar a María Magdalena a comunicar la buena noticia a sus hermanos, luego envía a todos por todo el mundo, prometiendo presencia fiel hasta el fin de los tiempos (Mt.28, 20)

Se podría afirmar, entonces, que en cada auténtico encuentro de personas, de grupos o de culturas, se reeditan esos encuentros del Rabí -que como buen pedagogo- ha indicado el camino: escucha, se alegra y anima siempre a más. (Lc.10, 17-24; Lc 24)

Cabe aclarar que el anuncio kerigmático no será algo extraño a lo que la gente ya vive, cree, sueña hondamente y espera activamente, sino explicitar lo bueno y bello que allí ya está aconteciendo, “lo nuevo que Dios ya está haciendo en la humanidad” (Is. 43, 19; Lc. 17, 21), en ese espacio-tiempo-pueblo, tal como los profetas y el propio Jesús hicieron. Supone para el Pueblo de Dios misionero el cultivo de la oración-escucha, como decía Monseñor Enrique Angeleli, mártir de la Rioja, Argentina, se trata de vivir “con un oído en el Evangelio y un oído en el pueblo”, con una mirada atenta y pura, capaz de asombro y maravilla ante la obra de Dios incluso en “los infiernos de la historia [que] son también lugares teológicos”.(4) Porque “No basta ver el horror, hace falta ver la salvación que ya crece en la historia.”(5)

La Evangeli Gaudium traza, pinta, la espiritualidad misionera del encuentro: “Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios… La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu… Simultáneamente, un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás. Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros.” (EG 272)

Retoma estas ideas el Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Mundial Misionera de octubre del año pasado, y subrayaba “una espiritualidad del éxodo”, que impide instalarse. Y repite una imagen que mucho se ha difundido: “debemos preferir una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”(EG 49).(6)

Además una espiritualidad misionera hoy ha de ser sólidamente fundamentada y valiente, capaz de afrontar los desiertos y las tormentas, que en medio de la noche no deje de alentar la espera de la aurora y en el rigor de los inviernos no deje de sembrar lo que ha de germinar después. Una espiritualidad que en un mundo fragmentado, esté dispuesta a crear espacios de paz y solidaridad.

Dicho de otro modo, debe ser encarnada, de pie, de marcha común con los pobres y con las víctimas, aunque cueste la vida como a tantos mártires. Y simultáneamente, una mística de rodillas, que nos anime a colocarnos en los caminos donde tantos yacen arrojados malheridos.

Deberá cultivar la sencillez y la humildad, reconociendo la humana fragilidad, para no ufanarse (2 Co. 4, 7) y por fidelidad al Maestro. Es llamativo que la única vez que Jesús pide imitación, más bien aprendizaje, dice de sí mismo que es “manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29).

Es desde esa voluntaria humildad, una vez más kenótica, que Jesús respetaba, no juzgaba, era capaz de tocar y vendar las heridas sin profanarlas. Acogía las vidas rotas con suma delicadeza y precisamente en esa acogida se producía la conversión, el crecimiento humano en libertad y dignidad de las personas.

Esta humildad -humus, base, verdad- no excluye ni la crítica ni la compasión. La humildad impide atropellar, pero no impide señalar lúcida y proféticamente lo que está mal, lo que es falso, las causas y estructuras de pecado en una sociedad. Pero es profundamente compasiva y samaritana con las personas vulnerables y vulneradas por esas situaciones o estructuras.

Cuán necesaria es esta espiritualidad de respeto, humildad, pero también de decidido interés por los otros, por “hacerse cargo, cargar y encargarse de de la realidad”(7), sobre todo de las vidas maltrechas y arrojadas al camino. Lo cual implica una espiritualidad de desposesión y descentramiento gracias a la cual se pueda salir de sí, trascenderse en la entrega generosa de los talentos y de la propia persona: ¡bello signo contracultural y profético para este tiempo!

La humildad de los discípulos misioneros invita también a “dejarse cargar” por los otros.

El mundo-historia actual necesita testigos -no “palabreros” sin la autoridad de una vida que al menos intenta ser coherente- que llevando el perfume de Cristo traigan, contagien y así animen al seguimiento, por convencimiento de que la realidad puede dar más de sí -de hecho hay ya otro mundo posible gestándose- y que la vida puede ser más humana y abundante para todos. Atraerá y contagiará una espiritualidad sana, libre y alegre -auténtica-, que evidencie una vida salvada, capaz de acompañar a otros dando testimonio del Dios amigo de la Vida.

Los misioneros-testigos serán portadores del perfume de nardos y estarán dispuestos cada día a ungir a otros como María de Betania a Jesús. (Jn. 12, 3) Pero los misioneros de hoy deben saber también detectar el valioso perfume presente en los demás, en las otras culturas y estilos de vida, a los que se acercarán con pies descalzos por ser tierra sagrada.

Será necesario cultivar una espiritualidad de fina sensibilidad, de exquisita ternura, capaz de percibir ese perfume en otros aromas diferentes y acogerlo con fe; una espiritualidad que pueda no sólo dar, sino aprender a recibir humildemente ese perfume como Buena Noticia de un Dios presente en todo tiempo y lugar, siempre a la espera de mayor comunión entre sus hijos. Dejándose perfumar y regalar por la novedad de otras experiencias vitales, será posible recorrer juntos el lento y hermoso proceso de recíproca humanización.

En suma, una espiritualidad misionera en el presente, animará a mujeres y varones a ser Evangelio vivo. Vistiendo y trabajando como el pueblo al que sirven  -siguen vigentes el estilo de misión paulino y el sugerido por la Carta a Diogneto-, sin importar si tienen o no el mismo color de piel, si tienen o no la misma historia y cultura compartidas desde pequeños. Vivirán ese “ministerio”, en poblaciones rurales, en la universidad o en los barrios, en los centros urbanos hipermodernos o en los marginales. En fin, en el mundo plural de hoy donde se mezclan todas las culturas y situaciones vitales.

En todos los espacios estarán los y las misioneras movidos por el Espíritu a ser alter Christus, dispuestos a padecer con los crucificados en sus cruces actuales y vivir ayudando a bajar de las cruces, como exhorta Jon Sobrino;  a vivir como testigos de la resurrección y a celebrar todas las resurrecciones parciales que su gente vive ya en el presente, incoadas, como primicias o arras del Reino de Dios definitivo que juntos ruegan y esperan.

NOTAS:
1- He de aclarar para mayor comprensión del planteo, que escribo este artículo desde Uruguay, un país muy secularizado, con fuerte tradición laical, por tanto, bien diverso dentro del contexto latinoamericano. La  Iglesia y el Estado están separados desde hace 100 años, precedidos de 30 años de disputas de poder. La Iglesia uruguaya es pequeña, pobre y sin poder, por tanto muy libre. Esto, a mi juicio es muy bueno, puesto que quienes tenemos fe, la hemos escogido y la vivimos con autenticidad y compromiso, respetando la laicidad y pluralidad de nuestro pueblo.

2-Sobrino, Jon. Espiritualidad y seguimiento de Jesús en MYSTERIUM LIBERATIONIS, tomo II, pp 449-452. Allí afirma (continúo la cita) “que va siendo cultivada en el claro-oscuro de la historia -en función de las condiciones existenciales-, para responder a la realidad en lo que tiene de crisis y de promesa. Así la espiritualidad va dando unidad y forma a la vida toda de la persona.”

3-Segundo. El dogma que libera. Fe, revelación y magisterio dogmático. Sal Terrae, 1989, pág 369

4-González Buelta, Benjamín. Ver o perecer. Mística de ojos abiertos. Sal Terrae, Santander, 2006

5-González Buelta, Benjamín. Tiempo de crear polaridades evangélicas. Editorial Sal Terrae. Santander 2009

6-Afirmación que el Papa reitera en el Mensaje de la Jornada Mundial de las Misiones, 2017

7- Laguna, José. Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad. Hoja de ruta samaritana. Cristianismo y Justicia, publicación de Cristianismo y Justicia, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.