(CATEQUESIS DE ADULTOS) ¿SIRVE LA ORACIÓN DE SÚPLICA?

El papa Francisco en su catequesis sobre el Padre Nuestro recordó hace poco que “no es cierto que la oración de petición sea una oración débil de la fe, mientras que la oración más auténtica sería la de la alabanza pura, la que busca a Dios (no sus dones) sin el peso de ninguna petición. No es verdad. La oración de petición es auténtica; es un acto de fe en Dios que es padre, que es bueno, que es todopoderoso. Dios quiere que todo sufrimiento, toda inquietud se eleve al cielo y se convierta en diálogo con Él. Nosotros somos pequeños, pecadores, necesitados de ayuda. La oración para pedir algo es muy noble. Dios es padre y quiere que sus hijos le hablen sin temor. En el Padre Nuestro Jesús nos invita a dirigir a Dios varias peticiones. Y lo llama “Padre”, no “Dios Todopoderoso”, para que tengamos confianza en Él. Las peticiones y los gritos de auxilio no molestan a Dios, como los gritos de Bartimeo no molestaron a  Jesús”.

El Papa así responde a los que critican la oración de petición aún en la liturgia cuando repetimos constantemente: Señor óyenos, Señor acuérdate, Señor ten piedad, como si se tratara de un Dios distraído, apático y olvidadizo. Critican las oraciones para los difuntos, los rezos a los santos porque es imposible interceder frente al amor inmenso de Dios que nos precede; Jesús es el único mediador e intercesor. Dios no necesita nuestras oraciones, ni le convencen de nada, ni lo mueven a actuar de otra manera, ni va a retirarnos su favor sin ellas. Frente a estas objeciones dice el Papa que con la oración de súplica reconocemos a Dios como Dios, su superioridad, su cuidado permanente para con sus hijos. No podemos decir de creer en Dios si no esperamos nada de Él. Jesús, que conoce nuestra sicología humana, nos ha dicho: “Pidan, busquen, llamen..” (Lc 11,9-10). La consecuencia de la oración de petición no es necesariamente que se le cure a uno la rodilla o que gane en la lotería, sino paz interior, alegría, luz para actuar, fuerza espiritual. Cuando decimos que Dios interviene sin cesar en nuestro favor , no es en el orden natural de los fenómenos. El nos inspira para darles un sentido, una salida positiva; nos fortalece con los dones del Espíritu Santo. Cuando decimos “Señor ten piedad” no es para arrancarle a Él un poco de piedad y misericordia, sino para reconocernos pecadores  y poner nuestra confianza en Él que siempre nos perdona. La oración de petición tampoco es pretender conseguir de Dios lo que uno debe lograr con su propio esfuerzo. Dios ha entregado la administración de este mundo en nuestras manos; no se puede vivir esperando milagros. Dios es padre, pero no paternalista. No nos ofrece los peces en bandeja; nos ha dado la caña para pescar (inteligencia, voluntad, carismas, brazos), nos enseña y capacita con su Palabra y su Gracia. Si estamos preocupados por el hambre en el mundo, Él lo está mucho más que nosotros. Sin embargo no podemos decirle tan solo: “Señor dales de comer”. El nos contestaría como en el evangelio: “Denles ustedes de comer” (Mt 14,16).

P.C.

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