(tema central): LOS DERECHOS HUMANOS Y LA IGLESIA

Eleanor Roosevelt

Hace 70 años, el 10 de diciembre de 1948 en París (Francia) la Asamblea General de la ONU aprobaba oficialmente la llamada “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Eran 30 artículos orientativos no vinculantes, por lo que no se preveían sanciones para los que los violaban, pero que fueron la fuente del derecho internacional después de la Segunda Guerra Mundial que causó 60 millones de muertos. De los 58 países miembros de la ONU  en aquel tiempo todos votaron a favor, menos 8 abstenciones y dos ausencias.

Entre los 48 países a favor estuvieron Uruguay y Argentina. Hasta en la elaboración del documento trabajó el jurista uruguayo Justino Jiménez de Aréchaga, de quien se recogieron propuestas para la redacción de los artículos 14,17 y 29 del documento. Las 8 abstenciones fueron de los países comunistas Bielorrusia, Checoslovaquia, Polonia, Ucrania, Yugoslavia, Unión Soviética, más Arabia Saudí y Sudáfrica. Los dos ausentes: Honduras y Yemen. La que trabajó  para elaborar el documento a lo largo de dos años fue una comisión de 18 representantes de estados miembros de la ONU, hasta que la redacción final quedó en manos de un comité restringido de 8 personas presidido por la esposa del presidente de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt. La versión definitiva fue obra sobre todo del jurista judío francés René Cassin, que recibirá más tarde el Premio Nobel de la Paz. Los demás integrantes del comité provenían de Líbano, China, Chile, Unión Soviética, Inglaterra, Australia.

Jacques Maritain

Hay que subrayar la influencia del filósofo católico, también judío, Jacques Maritain en la elaboración del documento, aunque no formara parte del comité. El término “persona” (y no “individuo”) aparece 28 veces en el documento gracias a Maritain. Es notable la inspiración judío-cristiana, aunque no se la explicite en el texto. La dignidad humana es el tema central de la Doctrina Social de la Iglesia desde los tiempos de León XIII. El primero que acuñó el concepto de “derechos humanos” luchando por la abolición de la esclavitud fue el fraile español Bartolomé de las Casas en su obra: “De los hombres hechos esclavos”. El documento de la ONU tuvo un éxito mundial enorme, fue traducido en 500 idiomas y su validez dura hasta el día de hoy. En el título se sustituye la fórmula “derechos del hombre y del ciudadano” que empleó la revolución francesa por “derechos humanos” y eso significa que valen para todos los seres humanos “los que nacen libres e iguales en dignidad y derechos” (art.1). La Declaración, cuya autoridad era tan solo moral, debía complementarse, como de hecho fue sucediendo, con acuerdos y pactos que tuvieran carácter vinculante para los estados que los firmaban.

LA REACCIÓN DE PIO XII

El Papa Pio XII no recibió la Declaración con satisfacción y adhesión. No hubo ni una alusión explícita, favorable o no, en su vasto magisterio para esta Declaración. Su pertinaz silencio  y reserva solo pueden interpretarse por la ausencia en ella de cualquier referencia a Dios, de cualquier fundamentación trascendente. Lo mismo había sucedido con la fundación de la ONU; en un clima de cristiandad no se entendía como se prescindiera de la Iglesia y faltara la inspiración cristiana. Habrá que esperar los tiempos del Concilio y en especial del pontificado de Juan XXIII para que la Iglesia se uniera a todos los demás hombres de buena voluntad en la defensa de los derechos humanos. No se puede negar la excepcional contribución de Pio XII a los derechos humanos, pero siempre en paralelo con las instancias no eclesiales y sin nunca llegar a encontrarse. Estaba todavía viva la polémica de la Iglesia con el mundo moderno y sus iniciativas. Durante todo el siglo XIX y en la primera mitad del XX, la actitud mayoritaria de la Iglesia fue contraria a los derechos humanos, especialmente a las libertades cívicas y políticas (los llamados “derechos de la primera generación” nacidos de la revolución francesa). Los Papas condenaron la libertad religiosa, de opinión, de imprenta, el sufragio universal… Es una actitud que se puede comprender, no justificar, porque esos derechos se reivindicaban en un contexto liberal violentamente hostil a la Iglesia.

Para los derechos económico-sociales (de la “segunda generación”), con León XIII y la Rerum Novarum fue muy diferente porque la Iglesia reivindicó el derecho al trabajo, al salario justo, a los sindicatos, a la protección de la mujer y del niño en el trabajo… El tema de los derechos humanos entró así lentamente en la Iglesia. Pero en el caso por ejemplo de la libertad religiosa, ya en vísperas del Concilio Vaticano II, todavía no se consideraba un derecho humano por parte de la Iglesia. Su aceptación en el Concilio fue uno de los momentos más difíciles; hubo nueve borradores del documento con cantidad de debates, intervenciones, modificaciones. De entre los derechos inalienables e inviolables de toda la humanidad, el primero y fundamental derecho en la Declaración (y también para la Iglesia) es el derecho a la vida (art.3). Sin embargo hasta hace poco la Iglesia aceptaba la pena de muerte aunque únicamente “en casos de extrema gravedad” (n.2266 del Catecismo Católico). Fue el papa Francisco que en agosto de este mismo año borró la pena de muerte del Catecismo como “inadmisible” para un cristiano. En los mismos Estados Pontificios entre 1796 y 1870 hubo 527 ejecuciones. Dos meses antes de que Roma fuera ocupada por las tropas italianas, murió guillotinado el 9 de julio de 1870 el último condenado por homicidio. Quedó la pena de muerte (hasta 1969) por cualquier intento de homicidio del Papa, aunque nunca fue aplicada. También en el caso de la guerra, si bien se declara que toda guerra es hoy injusta e inmoral (cfr. Pacem in terris), en el Catecismo Católico se admite la doctrina de la guerra justa y la “legítima defensa de los gobiernos mediante la fuerza militar, con determinadas condiciones” (nn.2308-2309). Evidentemente, en lo que no es materia dogmática, la Iglesia va cambiando y evolucionando, pero muy lentamente por tratarse de tradiciones de muchos siglos.

DOCTRINA SOCIAL

“La guerra es la negación de todos los derechos” Francisco en la ONU, en 2015

Así como León XIII abrió la Iglesia a los derechos económicos y sociales con la Rerum Novarum (1891), Juan XXIII la abrió también a los derechos civiles y políticos con la Pacem in terris (1963). Añadió también los derechos de la “tercera generación”: derecho de los pueblos a la autodeterminación, a la propia identidad cultural y al desarrollo, derechos de la mujer, de las minorías étnicas y religiosas, derecho a la paz. A diferencia de Pío XII, Juan XXIII hizo un elogio explícito de la Declaración Universal. La única gran diferencia es que mientras la ONU exige el consentimiento de los países y solo hay derechos cuando son garantizados por la ley, el Papa Juan afirma que se trata de derechos naturales; es decir se reconocen, no se conceden (porque son inherentes a toda persona humana). El Papa además hace una formulación más integral de esos derechos con sus correspondientes deberes y los fundamenta en la igual dignidad de todos los hombres como hijos de Dios. También Juan Pablo II definió  la Declaración como “una piedra miliar puesta en el largo y difícil camino del género humano” y afirmó que “la promoción de los derechos humanos es requerida por el evangelio y es central en el magisterio de la Iglesia”. Con las encíclicas sociales de los últimos Papas hasta llegar a “Laudato sii” del papa Francisco en defensa del ambiente, se ha consolidado una enseñanza llamada “Doctrina Social de la Iglesia” que está en la vanguardia del pensamiento social. Enseñanza que lamentablemente es desconocida por la mayoría del laicado católico y hasta por muchos sacerdotes. Cierta reserva de la Iglesia se debe a que después de los movimientos sociales del 68 se han introducido en algunos países “nuevos derechos” que la Iglesia considera falsos y pseudo derechos como el aborto, la eutanasia, el suicidio asistido, los matrimonios homosexuales etc., promovidos inclusive por organismos internacionales. La lucha por los derechos humanos es difícil y peligrosa porque aún en muchos estados que se han adherido formalmente a los derechos humanos, estos no se practican. Lo es aún dentro de la misma Iglesia, como lo fue en el caso del obispo Romero. Según la ONU solo desde 2015 han sido asesinados 1.100 activistas y defensores de los derechos humanos. En ocasión de los setenta años, el  Papa Francisco ha clamado por la peor injusticia que hay actualmente en el mundo: aumentan los que no tienen la alimentación necesaria para vivir y más de la mitad de los niños que nacen en el mundo no llegan a crecer. El Papa ha pedido en esta ocasión a los gobernantes “poner los derechos humanos al centro de todas las políticas”. ¿Seguirá siendo un voz que grita en el desierto?

PRIMO CORBELLI

 

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