LA PALABRA QUE DA ESPERANZA

Diego Pereira Ríos

Se están cumpliendo 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, derechos que a diario vemos violados e ignorados, en primer lugar por aquellos que al estar y teniendo el poder, no lo hacen. Pero también refiero a cada uno de nosotros, ciudadanos comunes, que trabajamos y vivimos apostando a una vida mejor, ¿qué hacemos a diario ante la injusticia que nos rodea? ¿Cuál es nuestra actitud frente a la pobreza, la violencia, la intolerancia? ¿Qué nos pasa interiormente al ver tanto desprecio, odio y exclusión por causas tan irracionales? La inmigración, los refugiados, la guerra, la rebelión estudiantil en Colombia, las protestas en Francia, el destrozos de la democracia en Brasil, la retirada de Chile del Pacto Migratorio de la ONU, son sólo algunas de las noticias que nos rodean y nos pueden asustar.

 

Sin duda los problemas más grandes de nuestros países deben ser observados de cerca por los Estados y defendidos por los pactos internacionales. Pero a la interna de cada uno de nosotros hay algo que también debe ser cuestionado. Por un lado, refiero a cuánto conocemos “la palabra” contenida dentro de un documento que afirma y declara (p.e.) que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (Art. 1). Apenas si nos detenemos en este primer artículo debemos sentirnos interpelados, cuestionados: ¿Qué es ser libre e igual? ¿De qué hablamos cuando hablamos de “dignidad”? ¿De qué comportamiento fraternal hablamos? Mucho hay por hacer frente a la realidad de tantos hermanos nuestros que no son tratados como iguales.

Es un tiempo propicio para volver a leer los documentos que proclaman que tú y yo, como los ciudadanos de todo pueblo y nación, tenemos derecho a ser respetados y defendidos, a ser acogidos y bien tratados, en libertad y con un trato de hermanos. Somos hermanos… pero, ¿en qué sentido comprender el alcance de esta afirmación? Pero aún un poco más, ¿qué valor tiene un documento aprobado en 1948, cuando el tiempo posterior ha estado marcado por tanta violencia y egoísmo por parte de aquellos mismos que lo firmaron? ¿Cómo entender las dictaduras latinoamericanas, apoyados por el imperialismo que destrozó almas, familias, pueblos e identidades, en defensa del orden? ¿Cómo entender los gastos del ensañamiento contra Vietnam, el ataque a las torres gemelas? En fin, ¿cómo creer en un documento ante el sufrimiento de tantos inocentes por parte de los que deben asegurar nuestros derechos?

Creyentes y no creyentes vivimos en un mundo en el que la palabra dada o entregada ha perdido valor y sentido. Valor porque se puede cambiar rápidamente por lo contrario a lo afirmado. Sentido porque indica un fin hoy pero mañana podría llevar hacia otro lugar. Esta situación la vivimos  a diario en nuestras relaciones interpersonales, a la interna de las parejas, a la interna familiar, como en las amistades y las relaciones laborales. Quizá siempre hemos sufrido este problema, pero hoy con el avance tecnológico y la facilidad de los procesadores de texto, esta capacidad de dar una palabra y borrarla, cambiarla por otra, modificarla, y expresar otra cosa, genera en nosotros no sólo la ansiedad del no saber qué decir, sino la posibilidad de cambiar cierto estado de situación sin ningún cargo de conciencia.

En este sentido las lecturas del II Domingo de Adviento nos recuerdan el sentido verdadero de la palabra. En el Evangelio es Dios quien nos recuerda en la voz del profeta: “Voz del que grita en el desierto: preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Lc 3, 4). Es una voz que nos invita a revisar nuestro proceder diario, a repensar las palabras que pronunciamos y si ellas liberan a los demás de sus cadenas, sean espirituales o materiales. Esta voz que se renueva constantemente invita a cada ser humano a cambiar su caminar, a la rectitud de corazón. Es una invitación para los cristianos a dejarnos interpelar por una palabra de salvación que busca nuestra liberación. Dice Moltmann “El hablar cristiano se aprender del lenguaje de la Biblia” (1974, p.168) pero no es algo anclado en el pasado sino que “pone de manifiesto por qué el lenguaje de la Biblia no se puede petrificar en un lenguaje sagrado, sino que se orienta al hablar vivo y liberador en las nuevas situaciones y generaciones a través de la historia” (p. 173).

En este sentido las palabras de san Pablo son iluminadoras: “Hermanos: siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría… Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad…” (Cfr. Fil 1,4-6.8-11). El camino del cambio siempre es el amor y la alegría. La palabra de Dios es un amor que es philia, amor de hermanos, cercano, afectuoso, pero que también es ágape, amor espiritual, de unión en espíritu en un mismo compromiso de fidelidad. Pero también es laetitia, alegría por el cambio que esta palabra puede producir si se escucha y se cree. En este sentido también es aletheia, pues contiene algo que debe ser desvelado, sacado a la luz pues está oculto. La palabra de Dios tiene el poder de desvelarnos a la bondad y la pureza más profunda que habita en nuestro corazón. Todo cristiano puede dejarse cautivar por la voz de Dios, que muchas veces grita desde el desierto de la aflicción y el sufrimiento injusto, pero que hace renacer lo que creemos muerto o inexistente.

Esta es la esperanza que Dios mismo tiene en el cambio del corazón humano. A pesar de las situaciones difíciles la promesa de Dios, por medio de diversos lenguajes, posee fuerza de liberación. Frente a documentos humanos escritos y olvidados, la Palabra de Dios tiene una fuerza superior capaz de renovar nuestra realidad. Pero –advierte Moltmann- “los enunciados de la promesa que nos hablan de esperanza tienen, en cambio, que entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente” (Moltmann, 2006, p.22). No podemos negar la crisis actual en todas sus dimensiones, donde la palabra confiada en un voto a un político, se pierde en el momento que el candidato miente descaradamente a su pueblo. Donde los pactos firmados en un papel quedan olvidados a la hora de recibir al extranjero.

Ante todo esto la esperanza cristiana debe ser reafirmada pues sabemos que Dios tiene una gran esperanza –cree- en el cambio del corazón y el proceder de cada ser humano. A pesar de las situaciones injustas, esperamos contra toda esperanza. Esperamos superar y llegar a ver lo que hoy es contradicción y dolor, esperamos alcanzar el gozo de la vida plena. “El que espera en Cristo no puede conformarse ya con la realidad dada, sino que comienza a sufrir a causa de ella, a contradecirla” (Moltmann, 2006, p.27). Y la podemos contradecir anteponiendo el amor fraternal del que habla san Pablo, la alegría de un mañana que está en germen, que está por venir. Renovemos hoy nuestra fe en la Palabra de Dios. Es su palabra la que sostiene nuestra palabra, la que debemos dar a los demás como hermanos cercanos y con la alegría de saber que si Dios cambió nuestra vida, también la cambiará a quien nos escuche. Dios tiene esta esperanza!

 

Bibliografía

Moltmann, Jürgen. (1974). El lenguaje de la liberación, Salamanca: Sígueme.

Moltmann, Jürgen. (2006). Teología de la esperanza, Salamanca: Sígueme.

Declaración Universal de los Derechos Humanos: https://www.humanium.org/es/ddhh-texto-completo/

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