La huida a Egipto: una lectura desde la realidad de los inmigrantes en Latinoamérica

Diego Pereira Ríos

 

“La Sagrada Familia Inmigrante” Kelly Latimore

Sin querer adelantarnos a la Navidad, que es la fiesta de la alegría y del amor de un Dios que se entrega sin medida en las manos del ser humano, quisiera disponernos a pensar la realidad de tantos hermanos nuestros inmigrantes. No sólo los que salen a diario en los teleinformativos, sino aquellos que ya viven en nuestro país, cuya venida se ha visto incrementada en estos últimos años. Digo no “adelantarnos a la Navidad”, pues el texto sobre el cual invito a reflexionar es el de Mt 2, 13-18, que corresponde a la celebración de los Santos Inocentes del 28 de diciembre. Desde el las vísperas del día 25, cuando comienza el tiempo de Navidad, las lecturas nos van introduciendo en el misterio de la vida divina: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, encomendado al cuidado de José, su padre adoptivo que fue un carpintero pobre de Nazaret. La llegada de los magos de Oriente dan pistas de la universalidad del hecho: Dios viene a vivir entre y para toda la humanidad. Dentro de esos textos tenemos el que describe la huida a Egipto que la reciente familia de Nazaret debió vivir en búsqueda de la salvación de sus vidas, huyendo del peligro que les acechaba. Es a partir de este acontecimiento que queremos intentar iluminar la realidad.

 

Lectura del texto de Mateo 2, 13-15:

“Después que ellos partieron, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José, diciendo: «Levántate; toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Entonces José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. 15 Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo”.

 

Lectura interpretativa del texto:

Luego de la partida de los magos que vinieron a conocer al nuevo rey, Mateo nos cuenta que el ángel del Señor se aparece en sueños a José y le habla con determinación utilizando estos tres verbos: “Levántate…toma…y huye”.  El ángel es la manifestación de Dios que se revela al corazón de José y que le advierte de los peligros que pondrán su vida y la de su familia en una situación límite. Pero no es sólo una advertencia sino que es una orden. El tono con el cual Mateo testimonia lo que José experimenta es definitorio: implica una acción concreta e inmediata como respuesta a la Palabra de Dios confiada a José. El texto no presenta nada que nos indique si José dudó o no en obedecer, si hizo cálculos o pronósticos que le hicieran pensar en otra cosa, o los necesarios arreglos para el camino. Sólo obedece. Prima el cuidado de su familia con una fe firme en Dios por parte de un hombre justo ante los ojos de Dios (Mt 1, 19).

La decisión fue la mejor para el momento: deben huir de una muerte inminente. La palabra del ángel revela el peligro que acecha a todo el pueblo a partir de la decisión que – seguidamente- Herodes tomará de matar a todos los niños menores de dos años, de la ciudad de Belén y de las zonas cercanas. Desde la condición de pobreza en al cual vivían y ante la fragilidad del niño y su madre, José debe sacarlos del lugar para sobrevivir. Sin importar el cómo lo harán ni el qué dirán, la confianza que va naciendo entre los esposos genera una fuerza de confianza y protección mutua que los pone en camino a Egipto. No podría hacerlo solo sin la ayuda de María. Allí deberán quedarse durante el tiempo que sea necesario. El momento del regreso será anunciado por el ángel de Dios, pues así se lo promete. Impacta imaginar la fidelidad con la cual se deja llevar José que demuestra la convicción de un hombre de fe que se abandona en manos de su Señor. Sin duda que esa fe se multiplicó y afirmó desde que el ángel también le reveló a José la verdad sobre Jesús frente al embarazo de María (Mt 1, 20-21).

Reflexión a partir del texto:

Tomando apenas estas pocas notas del texto bíblico, intentando hacer una comparación, queremos proponer tres puntos de reflexión en cuanto al fenómeno de la migración. El primero tiene que ver con el motivo de la huida: escapar de la muerte. Todo ser humano quiere vivir y con ello es normal su miedo y rechazo a todo lo que implique morir. Pero una cosa es morir por causas naturales y otra es cuando las situaciones de injusticia limitan la posibilidad de vivir, y sobre todo, colocan en un callejón sin salida la propia vida y la de nuestros seres queridos. Es natural también buscar el camino necesario para no ser víctima de esa situación, aunque implique correr ciertos riesgos. José y María cargaban en sus brazos no sólo a un niño, sino que también la esperanza de la vida nueva para toda la humanidad, que comenzaba por la realidad de sus propios coterráneos, los vecinos de Nazaret, aldea sometida tanto al escarnio y el maltrato de los romanos, como la discriminación de su propio pueblo judío. De la misma manera, hoy son tantos nuestros hermanos que huyen de la muerte y el hambre que les acosa en sus países de origen y huyen hacia donde creen que pueden sobrevivir. Huyen cargando también la esperanza para los suyos. Huyen cargando sus hijos o dejándolos en la espera de un mejor futuro. Como la familia pobre de Nazaret, se arriesgan en un viaje peligroso, pero al cual están dispuestos a todo, movidos por la fuerza de la esperanza.

Un segundo punto a pensar tiene que ver el lugar del destino: lugar que implica la fe en la vida, lugar donde poder escapar del peligro y vivir. Pero justamente se trata de vivir. Es salirse de la propia tierra para ir a otro lugar que creen seguro, implica poder continuar el flujo de la vida que se mueve en nuestro interior. Es buscar potenciar lo que ya está dado desde el momento de la partida. Es ir hacia allí a reafirmar lo que brota desde lo profundo de cada ser humano. José y María huyen a Egipto pues creen que allí estarán a salvo todos, pero sobre todo la promesa creída: Jesús es el nuevo rey, es el Hijo de Dios. Si él está a salvo estará a salvo también la promesa de Dios a su pueblo, y con ello la salvación alcanzará a toda la humanidad. Huyen a Egipto que pasa a ser signo de tranquilidad y paz, de cuidado, de resguardo y vida. Sí, vida! Aunque esa vida sea sacrificio y lucha. Allí el niño frágil estará a salvo. Esta es la esperanza de tantos hermanos nuestros que viajan buscando en nuestros “Egiptos” Latinoamericanos un lugar mejor, un lugar donde reafirmar su existencia. Frente a esto, surge la pregunta: ¿son nuestros países lugares seguros para el inmigrante? ¿Somos nosotros los ciudadanos latinoamericanos signos de protección, de recibimiento fraterno, de paz y acogida? La respuesta deberemos construirla entre todos…

Y un tercer punto a reflexionar tiene que ver con el mismo peligro de la muerte y su causante. En los tiempos de José y María, correspondientes a su jurisdicción, el peligro era el mismo gobernante, Herodes. Herodes encarna una forma de ver y ser-en-el-mundo donde no hay lugar para otros que busquen ese u otro poder, o que, justamente por inocentes, son confundidos con quienes pueden llegar a ser parte de él. Es el caso de Jesús y de tantos niños que injustamente perdieron su vida ante el mandato de su aniquilación. Herodes, inseguro de sí mismo, representa el sistema que no quiere cambiar por el miedo a perder los bienes terrenos, pero también aquellos sentimientos que pueden habitar en el corazón humano. Miedo, odio, egoísmo, omnipotencia errónea, egocentrismo, son solo algunos de los vicios que ciegan hoy –como ayer- a tantos hombres y mujeres que no ven en la bondad un camino de un mundo mejor. Cegados por codicia, éxito y poder, muchos gobernantes siguen desprotegiendo a los hijos de sus respectivas patrias que sufren un hambre y una inhumanidad que cada día no deja de sorprendernos.

Dentro del mismo poder, pero del otro lado, están aquellos que cierran fronteras y que amenazan también con la muerte a los que llegan, pidiendo un lugar para vivir. No llegan a robar, llegan a pedir trabajo, a pedir respeto. Piden ser considerados como seres humanos. Con sus cuerpos cansados llegan sus almas rotas, sus sueños apretados en manos sucias y sudorosas del camino. Llegan de horas de caminatas, días y noches sin descanso, sufriendo hambre y sed, frío y calor. Llegan con pies ampollados, huesos doloridos, carnes sangrantes. Llegan abuelos y abuelas cargando sus años y el dolor de ver a su descendencia en ese estado. Llegan padres y madres con sus hijos a cuesta cargando la ilusión de verlos felices y realizados. Llegan niños y niñas que sueñan vivir tranquilos y libres, que anhelan un hogar de paz y amor, de juegos y amigos. Muchos de ellos cargan a sus hermanos más pequeños. Ante ellos, los nuevos Herodes de la historia actual son manipulados por sus errores y los ven como una amenaza.

 

Interrogaciones conclusivas

Sabiendo que esta es una de las tantas lecturas posibles acerca del texto y, por lo tanto, conscientes de que es apenas una reflexión personal, propongo como conclusiones -al estilo socrático- algunas preguntas que ayuden a quien escribe y a los que lo lean, a cuestionarnos acerca del fenómeno de la inmigración. La Palabra de Dios siempre ilumina los acontecimientos de todos los tiempos, nos ayuda a mantener la esperanza y nos interpela en cada situación, personal y social. En nuestra realidad uruguaya son muchos los hermanos inmigrantes que han llegado a vivir con nosotros buscando un nuevo horizonte y que su presencia es tangible para los que andamos a diario por las calles, en los buses, en los comercios, y empapan el entramado social. Su presencia se nos hace cercana, la tonalidad de sus voces llegan a nuestros oídos, los colores propios de sus culturas, sus bailes, su trajes tradicionales, nos hacen tomar conciencia de que somos un pueblo elegido para muchos hermanos latinoamericanos.

Conociendo las realidades que dejan: su tierra querida, sus familias, sus costumbres, sus anhelos; pero que junto con ello nos traen la dimensión refrescante del que llega con sus ideas, sus cantos, sus propuestas, sus diferencias, me pregunto y animo a preguntarnos: ¿Qué lugar le damos al inmigrante en nuestra sociedad? ¿Sólo se trata de respetar sus derechos, de hacer actividades públicas donde puedan expresarse? ¿Se trata sólo de legalización de su situación, de asegurarles trabajo, vivienda y comida? ¿No será que este fenómeno irreversible debe cuestionar nuestras más profundas raíces que, sabemos, son formadas por inmigrantes? No será que “ser uruguayo” es hoy una posibilidad de profundizar en una nuevo horizonte existencial, más amplio, sin diferencias, donde exista una verdadera comunión? ¿Será la hora de proponernos abrir nuestra cabezas a una nueva forma de vivir en Uruguay, donde realmente todos seamos hermanos sin que nos separen nuestros orígenes?

Las preguntas pueden ser muchas más y en varios sentidos, pero no quiero extenderme. Sólo quisiera proponer una más antes de terminar, ahora sí pensando en la Navidad. ¿Estaríamos dispuestos a compartir nuestras fiestas –que son más que nada un tiempo especial de estar en familia- con hermanos inmigrantes? ¿Seríamos capaces de romper con nuestras costumbres y sumarles a ellas las costumbres del extranjero? ¿Nos animaríamos a invitar a vivir la Navidad acogiendo en nuestra casa a familias de inmigrantes y hacerlos partícipes de nuestras celebraciones? ¿Seríamos valientes para abrir las puertas de nuestros hogares y confiar en el que llega, cuando sabemos necesita tanto? ¿Podríamos poner a prueba nuestro corazón y compartir parte de nuestras comidas y fiestas con hermanos que aún no conocemos? ¿Aceptaríamos el reto de hacernos más humanos y hacer sentir “en casa” a los que están lejos de sus familias, lejos de sus tierra, y poder acondicionar nuestros espacios para recibirlos? ¿Dejaríamos nuestras comodidades diarias para ir allí, donde está el hermano, a vivir la Navidad con ellos, en su intimidad?

 

Invitación para este adviento

Roguemos a Dios que nos ilumine. Que la luz de Belén nos haga llegar la bondad del niño del pesebre, pobre, frágil, dependiente, que debió emigrar de su tierra al poco tiempo de nacer para poder vivir. Que el niño de Nazaret nos regale un corazón bondadoso para poder acoger al inmigrante y que pase de ser un extranjero a ser nuestro hermano. Y no hablo de hacer mucho, apenas refiero a pedirle a Dios a tener pequeños gestos de amor, de cercanía, de compasión por aquellos que sabemos no quisieran estar aquí, sino en su tierra, con los suyos. Jesús mismo nos anima: “En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40). Que el adviento que comienza renueve nuestra esperanza a la altura de la esperanza que Dios tiene por cada uno de los seres humanos. El apuesta a cada segundo que nuestro corazón siempre puede cambiar y ser más generoso, y por eso confiamos en que esta Navidad puede ser una gran oportunidad.

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