(tema central)

LA MÍSTICA ECOLÓGICA Y LIBERADORA DE LA NUEVA JUSTICIA SOCIAL[1]

Diego Pereira Ríos[2]

 

Vivimos en un momento crucial de la historia. Ricos y pobres, poderosos y víctimas, gobernantes y gobernados, los que viven en el Primer y el Tercer mundo, todos en su conjunto somos testigos de un posible destino común: el final del universo. Ninguno de los extremos socioeconómicos tiene asegurada la vida. Unos creen que la están comprando para siempre pero nada es eterno. Los otros hace siglos la vienen perdiendo pero siguen luchando por conquistarla. De un lado y del otro se sufren las consecuencias de unas estructuras dirigidas por un mercado que castiga con dureza el cuerpo de unos sometiéndolos hasta la muerte y a otros les esclaviza el alma apresándolos en caprichos sin sentido. Mientras unos nadan en el derroche de bienes innecesarios otros mueren cada día por la indiferencia de los primeros, por no tener un mínimo de lo necesario[3].

Algo esencial a todos es la necesidad de cuidar el agua y el espíritu humano.  Agua como elemento fundante de la vida: no hay ninguna función vital que no dependa de ella. Pero más aún el agua sostiene el universo entero y dentro de él al ser humano. Pero cuando no se le cuida, incluso ella misma se revela contra él (agua contaminada, desastres naturales causados por el agua, etc.) Por otro lado el espíritu humano se nos presenta como algo dado desde el nacimiento, pero como una tarea a cultivar, lo mismo que la tierra que pisamos. Es un don regalado pero que implica un finísimo cuidado. Sin espíritu el cuerpo humano es una simple máquina, una pieza del sistema. Es el espíritu que hace valorar al ser humano su mismo ser, al espacio y el tiempo donde vive y se desarrolla. Y también el espíritu puede contaminarse, cegarse, viciarse, si no se lo cuida y cultiva delicadamente. Agua y espíritu son dos elementos que nos ayudan a reflexionar y meditar sobre un posible cambio.

Y aunque afirmamos que la humanidad vive una injusticia nunca vista, rodeada de una maldad que mata a miles de inocentes cada día movidos por el ansia egoísta de riqueza y poder, mantenemos la firme convicción de que no todo está perdido. Creemos que es posible una transformación desde lo más profundo del ser humano y también, a partir de él, del universo. Así como las corrientes de agua renuevan todo lo que tocan a su paso, el espíritu humano es capaz de revivir aquellas mentes y cuerpos que, aún alimentados y respirando, se desplazan en círculos de muerte. Hay una necesidad de un cambio que debemos aprovechar. El ser humano está cansado de promesas de un paraíso que cada vez parece más lejano y reclama una transformación.

El uso y abuso del agua en nuestro mundo tiene que ver con inmadurez humana de no saber administrarse. Esta inmadurez nos muestra que el progreso tan prometido por la ciencia nunca logró traducirse en mejor calidad de vida[4]. El señorío del ser humano se entendió mal: nos creímos con el derecho de hacer lo que queramos con el universo, con la tierra, el aire, el agua. Fuimos totalmente irresponsables del cuidado de nuestra casa común. Desde hace años que la Tierra nos avisa de sus dolencias y no la hemos escuchado. Y en ello, el agua como elemento dador de vida nos ha mostrado su poder: poder de dar vida como de quitarla, poder de hacer nacer algo nuevo desde la nada, como matar desde lo ya constituido. Pero aun así la fuerza y el valor del agua pueden colaborar a transformar la fibra más profunda del ser humano: su espíritu.

Sí, hemos sometido, no sólo a la Tierra, sino que también a nuestros semejantes, pero visto desde su lugar físico en el mundo o desde las relaciones de conveniencia, reduciendo a hombres y mujeres a cuerpos que deben producir para ser parte de una lista numérica, o cuerpos que deben consumir para generar ganancias. En medio de ello muchos seres humanos sufren en sus cuerpos la discriminación: no logran ser parte del sistema de producción ni tampoco tienen capacidad de consumo. Ellos están condenados a vivir por fuera de una sistema que los trata como inexistentes. Pero aún desde el lugar más lejano y olvidado del planeta necesitamos escuchar la voz del corazón, con el oído del mismo corazón. Oír con el corazón es oír con la totalidad del cuerpo que gime a causa de tanta injusticia natural y social[5].

Necesitamos de una verdadera revolución espiritual que nos reconcilie con la Tierra y entre nosotros, pero sobre todo con los que más sufren[6]. Si deseamos realmente una nueva transformación ecológica que traiga consigo una mayor solidaridad humana debemos atender la dimensión espiritual del ser humano. Es en el espíritu humano donde se esconden los deseos más profundos de cada uno y del género humano en su conjunto.  De la misma manera que el agua esconde en su transparencia la fuerza de generar nueva vida, el espíritu humano -aunque aparentemente invisible- contiene en su mismo ser el arjé de un posible nuevo camino para toda la humanidad. Es en el espíritu humano donde  anidan las semillas de vida que genera en tantos hombres y mujeres una inmensa fuerza que los hace luchar contra el pecado[7].

La renovación liberadora y espiritual debe ser una transformación en el modo de proceder ante la realidad. No es solo un cambio interior sino también en la manera de comportarse y relacionarse. Debemos aprender a contemplar la naturaleza y viendo en ella su majestuosidad con respeto, en memoria de los que nos antecedieron. El suelo que pisamos estuvo antes habitado por otros y debe continuar siendo así. El agua que se desplaza y que abraza a todo el universo ha alimentado los sueños de tantos hombres y mujeres que han luchado por los derechos esenciales a la vida. De aquí la dimensión ecológica de esta espiritualidad implica una educación ambiental, un nuevo modo de ver, conocer, valorar y cuidar la casa común[8]. Debemos liberarnos de las estructuras del consumismo actual para ser libres de vivir ecológicamente.

En este sentido son los pueblos originarios de Latinoamérica los que nos pueden ayudar a desarrollar una espiritualidad ecológica, pero más aún una mística ecológica. Para ellos la producción y la reproducción son actividades eminentemente espirituales[9] y en su cosmovisión los vínculos con la naturaleza son tan sagrados como los vínculos humanos, tanto los vivos como los muertos. Desde siempre ellos viven en una armonía  natural con el medio ambiente, con los demás, bañando todas sus prácticas cotidianas de una fuerte espiritualidad[10]. Sus creencias en el porvenir parten de una convivencia íntima con el mundo de los espíritus, el mundo sagrado, haciendo de su ortopraxis una firme búsqueda de lo que metafóricamente conocemos como la “tierra sin mal”, o en términos cristianos, el Reino de Dios.

La mística ecológica a desarrollar debe volver a unir tres dimensiones que en occidente las vivimos como separadas: la sensible, la inteligible y la espiritual[11]. Son las tres vías posibles para alcanzar a vivir una experiencia ecológica que marque un nuevo camino de convivencia con el todo de la realidad. Sentir la naturaleza, pensarla en términos de un hogar común para todos los que necesitan relacionarse pacíficamente, implica una transformación de las estructuras mentales desde donde las comprendemos. Pensar la naturaleza, desde esta mística, sería amarla. Y es ese amor el que se experimenta en el espíritu: dimensión humana que nos conecta directamente con lo divino, lo sagrado de lo creado, como presencia indudable de la divinidad.

Como camino espiritual la mística ecológica implica una conversión, que no es completa sin una clara ruptura y el comienzo de un camino de solidaridad. Es una  transformación desde la corporeidad de la persona que a lleve a entregarse por un mundo más justo, donde la opción por los pobres es la nota máxima[12].  Es necesario un proceso de purificación interior donde la pobreza es la gran opción de reconciliación. Pero no sólo una pobreza material, como quien intenta dejar de vivir fuera del consumismo atroz donde tener implica ser. Hablamos de un nueva manera de estar-en-el-mundo, donde el espíritu guíe el cuerpo hacia un nuevo lugar: el de los pobres y débiles. La mística ecológica y espiritual lleva a vivir una pobreza de voluntad, donde hay que renunciar a poseer bienes y personas, buscando una ascesis de toda satisfacción egoísta, pasando del plano individual al plano del nosotros[13]. Somos agua y somos espíritu, somos cuerpo y somos alma, y debemos ser místicos para lograr un verdadero cuidado de nuestra casa.

 

BIBLIOGRAFÍA

Boff, Leonardo, San Francisco de Asís, Ternura y Vigor, Sal Terrae, Bilbao, 1982

Boff, Leonardo, Moltmman, Jürgen, Há esperança para a criação ameaçada?, Vozes, Petrópolis, 2014

Carta Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco, de fecha 24 de mayo de 2015

Comblin, José, A vida, Em busca da liberdade, Paulus, Sao Paulo, 2007

Gutiérrez, Gustavo, Beber en su propio pozo, Sígueme, Salamanca, 2007

Mo Sung, Jung, Sementes de esperança, Vozes, Petrópolis, 2005

Jordá, Enrique, Ivipora vitaresira, Cosmovisión y espiritualidad de los pueblos de la Amazonia y Tierras Bajas, La Paz, 2011

Panikkar, Raimon, De la mística experiencia de la vida, Herder, Barcelona, 2007

Pikaza, Xabier, El desafío ecológico, PPC, Madrid, 2004

 

[1] Artículo publicado en Diálogos A, Revista de Culturas, Espiritualidades y Desarrollo Andino-Amazónico, editado por el Instituto Superior Ecuménico Andino de Teología, Ed. Itinerarios, N°10, Bolivia, julio 2016, pp. 54-56

[2] Diego Pereira Ríos, Diego Pereira Ríos, 39 años. Uruguayo, docente de filosofía y religión en Enseñanza Media. Escritor y ensayista. Miembro de Amerindia Uruguay, de la Sociedad Filosófica del Uruguay y del Centro de Estudios Bíblicos de Brasil. 3er puesto en el 1er Concurso Internacional de Ensayo 2015, de la REDLAPSI. Autor del libro “La fuerza transformadora de la esperanza” (Nueva Visión, 2016).

[3] Mo Sung, Jung, Sementes de esperança, Vozes, Petrópolis, 2005, p. 56

[4] Pikaza, Xabier, El desafío ecológico, PPC, Madrid, 2004, p. 113

[5] Boff, Leonardo, Moltmman, Jürgen, Há esperança para a criação ameaçada?, Vozes, Petrópolis, 2014

[6] Mo Sung, Jung, Op. Cit., p. 61

[7] Comblin, José, A vida, Em busca da liberdade, Paulus, Sao Paulo, 2007, p. 40

[8] Carta Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco, de fecha 24 de mayo de 2015, 216-221

[9] Jordá, Enrique, Ivipora vitaresira, Cosmovisión y espiritualidad de los pueblos de la Amazonia y Tierras Bajas, La Paz, 2011, p. 25

[10] Ibidem, p. 32

[11] Panikkar, Raimon, De la mística experiencia de la vida, Herder, Barcelona, 2007, p. 168

[12] Gutiérrez, Gustavo, Beber en su propio pozo, Sígueme, Salamanca, 2007, p.132

[13] Boff, Leonardo, San Francisco de Asís, Ternura y Vigor, Sal Terrae, Bilbao, 1982, p.65

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