(tema central): la beatificación bloqueada de Pio XII

Este año se celebrarán los 60 años de la muerte de Pio XII (9 de octubre de 1958). Llama la atención cómo su causa de beatificación iniciada por Pablo VI en 1965 haya quedado estancada. ¿Qué pasó?
Pio XII fue Papa desde 1939 a 1958 en momentos sumamente dramáticos de la historia y ha sido declarado “Venerable” en 2009 por el Papa Benedicto. Pero a causa de las duras protestas de los judíos que lo acusan a Pio XII de haber guardado silencio frente a la “Shoá” (el exterminio nazi del pueblo judío), el Papa Benedicto, comprometido en el diálogo interreligioso  con los judíos, retrasó su beatificación. En realidad Benedicto siempre defendió a Pio XII explicando cómo su aparente silencio en realidad era “para evitar lo peor y salvar el mayor número posible de judíos”.

La beatificación fue bloqueada porque también hubo razones de oportunidad político-diplomática. Las negociaciones con el Estado de Israel, muy delicadas y demoradas desde hace tiempo, se hacían urgentes a fin de asegurar allí la presencia de la Iglesia Católica. Había problemas de propiedades, régimen fiscal, personería jurídica, dificultades para la visa de sacerdotes y religiosos, por los cristianos que huían de Tierra Santa. Es cierto que se ha hecho mucho camino en estas negociaciones, pero a muchos le da la impresión que el Vaticano se haya dejado presionar por una estrategia judía que instrumentalizaba cuestiones religiosas e históricas para obtener determinadas ventajas. Es preciso que se entienda que la beatificación de Pio XII (y de paso, la del p. León Dehon, también rechazada por los judíos) es un asunto interno de la Iglesia y los criterios para la beatificación de una persona, no se refieren a sus opciones políticas o a la valoración de alcance histórico de sus decisiones (que hoy hasta podemos juzgar equivocadas) sino a su testimonio de autenticidad cristiana. Lamentablemente, aún si la beatificación de Pio XII y del p. Dehon han sido en forma unánime aprobadas por la Iglesia, el bloqueo por parte de los judíos dura hasta el día de hoy.

 

LA OBRA TEATRAL DE HOCHLUTH

Al finalizar la guerra mundial y en ocasión de la muerte de Pio XII hubo un coro mundial de elogios para el Pontífice, por su acción a favor de la paz y del pueblo judío. Grandes líderes judíos como Golda Meier, Isaac Herzog, Albert Einstein, etc., elogiaron al Papa. Escribió el historiador judío Emile Pinchas Lapide: “Pio XII, el Vaticano, las Nunciaturas y la entera Iglesia Católica salvaron de una muerte segura entre los 700 y 850 mil judíos. El Papa hizo todo lo que pensaba que era posible hacer”. Recién cinco años después de la muerte de Pio XII  se desató la polémica sobre los silencios del Papa con respecto a la Shoá. En 1963 salió la obra teatral “El Vicario” de Rolf Hochluth. No se negaba allí la solidaridad de muchos católicos con los judíos, pero se acusaba al Papa de no haber defendido a los judíos con una condena pública del exterminio judío por parte de los nazis. La polémica se trasladó a los historiadores en una controversia todavía abierta. Por su parte Constantin Costa-Gravas con su película “Amén” y John Cornwell  en el bestseller “El Papa de Hitler” volvieron posteriormente a condenar aún más gravemente a Pio XII tildandolo de antisemitismo y complicidad con los crímenes nazis. En la obra teatral de Hochluth, el jesuita p. Ricardo Fontana es el protagonista. Se entera de que Hitler quiere exterminar a todos los judíos y entonces recurre al Papa para que haga una declaración pública; y el Papa se niega. Fontana entonces se coloca una estrella amarilla en la sotana y termina asesinado en Auschwitz. La frase más fuerte del presunto p. Fontana es esta: “Un Vicario de Cristo que conoce todas estas cosas y se queda en silencio por razones políticas de estado y que posterga un solo día una decisión, un Papa así es un criminal”. La obra teatral de Hochluth, un protestante de 32 años, fue traducida en 20 idiomas. Pablo VI que había sido íntimo colaborador de Pio XII escribió con cierta ironía: “Si Pio XII hubiera hecho un gesto de público enfrentamiento con Hitler, Hochluth hubiera podido hacer otra obra condenando al Papa porque con un gesto teatral había expuesto a miles de judíos a una muerte segura”. En realidad la obra “El Vicario”, irrelevante y superficial, fue la ocasión y el pretexto para que se promoviera un debate a nivel histórico, muchas veces olvidando sin embargo que la historia no se escribe con la mentalidad de hoy y los conocimientos actuales. No se trata de escribir lo que se debiera haber hecho, sino de esforzarse para comprender lo que se ha hecho y por qué, en aquella época y en aquellas condiciones. En 1964 Pablo VI encargó a cuatro jesuitas la publicación de las Actas oficiales de la Secretaría de Estado de aquella época, lo que se hizo con la impresión de 11 volúmenes. No fue suficiente. En 1999 el Vaticano  constituyó una comisión internacional de tres historiadores católicos y tres judíos. Los estudiosos presentaron al final 47 preguntas de aclaraciones a las que los expertos del Vaticano respondieron. No fue suficiente. Se pidió la autorización para el acceso pleno a los archivos vaticanos, lo que por ahora no es factible por motivos prácticos; y el trabajo de investigación histórica se interrumpió.

 

¿FUE ANTISEMITA?

El cardenal Eugenio Pacelli, el futuro Pio XII, conocía más que nadie el nazismo desde su nacimiento y desde adentro, porque fue Nuncio Apostólico en Alemania por más de 12 años. Ya en un comienzo advirtió sobre la ideología pagana del nazismo, un sistema “racista, totalitario y anticristiano” y sobre la “brutal campaña contra los judíos”. En 1932 la Conferencia Episcopal Alemana prohibió a los católicos inscribirse al nazismo por ser incompatible con la fe católica.

En 1933 el cardenal Michael Faulhaber de Munich pronunció cinco sermones denunciando el nazismo como una nueva “herejía”. Decía: “No es la sangre alemana la que nos salvará sino la preciosa sangre de Cristo Crucificado”.

Es cierto que Pacelli le tenía más miedo al comunismo que al nazismo y Hitler en los comienzos se presentaba como un líder anticomunista y respetuoso de la Iglesia Católica con la que firmó un concordato. El Papa veía a Hitler en función anticomunista, pero las ilusiones se desvanecieron con el tiempo. Pacelli publicó un artículo en L´Osservatore Romano donde negaba categóricamente que el concordato implicara una aprobación moral del nacionalsocialismo. Ya siendo Secretario de Estado, en abril de 1935 Pacelli declaró en Lourdes: “La ideología nazista se apoya en la superstición de la carne y la sangre, sobre principios esencialmente opuestos a la fe cristiana”. El 21 de marzo de 1937 con su colaboración salió en alemán la encíclica “Mit Brennender” (=con viva inquietud), en la cual Pio XI condenaba el nazismo, sin hablar explícitamente de los judíos. La carta fue impresa y hecha circular clandestinamente en Alemania para que fuera leída en todas las parroquias. Como reacción el gobierno alemán arrestó a los responsables de las 12 imprentas que habían impreso la carta, las que fueron cerradas y mandó quemar todos los ejemplares. La encíclica no logró nada; por el contrario se ahondó la persecución contra los católicos y los judíos. La carta había sido redactada por el mismo cardenal Pacelli sobre indicaciones del Papa y un bosquejo del cardenal de Múnich Michael Faulhaber. El Papa Pio XI se aprestaba a condenar el antisemitismo racial con una carta encíclica que no llegó a publicarse porque el Papa murió imprevistamente el 10 de febrero de 1939. Ya antes había declarado: “El antisemitismo es un movimiento odioso con el que nosotros los cristianos no tenemos nada que ver. No es lícito para los cristianos practicar el antisemitismo. Es inadmisible; somos espiritualmente semitas,  porque del tronco de Israel hemos recibido la fe”. Estas frases eran fuertes y fueron omitidas por el Osservatore Romano y Civiltá Cattolica; solo Jacques Maritain retomó las frases del Papa y escribió un artículo sobre el “inadmisible antisemitismo”. Obviamente la del Papa era la misma postura que la del Secretario de Estado. Sin embargo con la guerra el conflicto entre el Vaticano y Alemania fue creciendo y el Papa Pacelli, cambiando las circunstancias, optó por la vía diplomática.

 

¿EL PAPA SABÍA?

Entre las raíces del antisemitismo al interior de la Europa cristiana no se puede soslayar la larga tradición del antijudaísmo católico y de una “teología del desprecio” (Jules Isaac). Los nazis decían inspirarse en el mismo y querer proteger no solo al estado sino a la misma Iglesia de esos elementos negativos. Obviamente el paso del antijudaísmo religioso y social al antisemitismo racial, es decir del desprecio al odio, de la marginación a la eliminación fue un salto cualitativo extremo, repudiado por la conciencia cristiana en su mayoría. Pero nadie entre los cristianos podía declarar tener las manos totalmente limpias por aquel clima que se había generado en Europa. Desde la segunda mitad del siglo 19 los judíos y los masones eran presentados como los primeros enemigos de la Iglesia Católica y de la sociedad con ardientes campañas en contra de los mismos, por parte de publicaciones católicas como “Civiltá Cattolica”. Lo que puede decirse es que en general la Iglesia demoró en tomar conciencia de la auténtica naturaleza del nazismo y más todavía del premeditado exterminio judío. En Alemania nadie de los obispos protestó frente a la “Noche de los cristales” en 1934. El tema de la persecución de los judíos  era conocido ya antes de la guerra, pero con el estallido de la guerra la persecución se transformó en masacres y deportaciones; y esto también se sabía. El Vaticano estaba informado por los Nuncios, las Embajadas, los obispos. En mayo de 1940 Pio XII hablando con un Nuncio respecto a Polonia dijo: “Tendríamos que decir palabras de fuego contra todas estas cosas (la masacre del gueto de Varsovia, las deportaciones); no lo hacemos por qué haríamos la situación de aquellos infelices más dramática todavía”. Pacelli conocía desde hace tiempo la determinación, la crueldad y las represalias de Hitler. Hasta agosto de 1942 sin embargo los Aliados, y con ellos el Vaticano, creían que las deportaciones fueran para campos de trabajo. En el Vaticano, adonde llegaban denuncias de masacres brutales en muchos lugares, se temía que fueran fruto de la propaganda aliada. Parecían hechos inconcebibles, increíbles, fruto de propaganda bélica. Algunos se convencieron de la Shoá recién terminada la guerra cuando vieron las fotos de los sobrevivientes de los “lager”. La real destinación de los judíos deportados era un misterio hasta para los propios líderes judíos de Estados Unidos. La existencia de los campos de exterminio y de las cámaras a gas fue uno de los secretos más conservados de toda la guerra. Fue recién al llegar los soldados norteamericanos a Dachau en Alemania al final de la guerra y al encontrar los vagones de carga llenos de cadáveres y a unos 32 mil sobrevivientes reducidos a piel y hueso cuando el mundo descubrió la Shoá. Pero el 17 de diciembre de 1942 los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra y Rusia en una declaración conjunta advirtieron que estaba en marcha un  exterminio planificado de los judíos en Europa. Y entonces habló el Papa.

 

¿TUVO MIEDO?

La primera encíclica de Pio XII “Summi Pontificatus” condenaba los mismos errores y crímenes que ya había condenado Pio XI y fue prohibida en Alemania. Sin embargo los Aliados tiraron miles de copias del documento sobre Alemania desde los aviones. Fue sin embargo en el radiomensaje navideño de 1942 que el Papa habló claramente a favor de los “cientos de miles de personas las que, sin ninguna culpa propia y a veces solo por razones de nacionalidad o raza, son destinadas a la muerte o a una progresiva agonía”. Es cierto que Pio XII no mencionó la palabra “judíos” (siempre hablaba tan solo de “no arianos”). El Papa diplomático tampoco usaba la palabra “nazismo” y en el caso de la invasión nazi de Bélgica, Holanda y Luxemburgo tampoco usó la palabra “invasión” (pero envió un mensaje de solidaridad a sus gobiernos). Quien quería entender, podía entender perfectamente. De hecho después del mensaje navideño de 1942 la Oficina Central por la Seguridad del Reich comentó: “El Papa ha repudiado el Nuevo Orden mundial nacional-socialista y mira a todos los pueblos y razas como si fueran merecedoras de la misma consideración. Virtualmente acusa al pueblo alemán de injusticia con respecto a los judíos y se hace portavoz de los crímenes de guerra judíos”. La reacción del gobierno alemán por boca de su ministro de exteriores Joachim von Ribbentrop fue contundente: “Si el Papa abandona su neutralidad y toma posición contra Alemania, en tal caso a Alemania no le faltan medios de represalia”. El Papa no se asustó por la amenaza y le dijo al embajador alemán: “No me importa lo que pueda suceder a mi persona; pero una lucha entre la Iglesia y el estado alemán solo podría terminar con la derrota del estado”. A Pio XII se lo ha acusado de cobardía y pusilanimidad por su “silencio” público, por no haber hecho una declaración solemne y precisa sobre la Shoá. Como se ha visto, fue antes que nada un silencio relativo y no por miedo. Dijo de él Pablo VI: “El Papa no era una persona miedosa; todo lo contrario. Él habló, pero no pudo hacerlo más que como lo hizo”. Pio XII estaba convencido de que el rigor doctrinal y condenatorio de su predecesor en las nuevas circunstancias ya no era eficaz ni oportuno; y se limitó a las numerosísimas protestas diplomáticas y a una ayuda clandestina masiva a las víctimas de la guerra y de la persecución racial. Con la ocupación alemana de Roma en 1943, Hitler intentó ocupar también el Vaticano y trasladar el Papa a Alemania o a un sitio neutral como Liechtenstein; fue disuadido por sus mismos generales. El Papa sabía de la intención de Hitler de deportarlo, pero mientras el rey de Italia y todo el gobierno italiano huían hacia el sur, el Papa se mantuvo en el Vaticano y en el caso de una deportación dispensó a los cardenales de seguirlo. “No tengo miedo a terminar en un campo de concentración o en manos enemigas”, le dijo al embajador italiano en el Vaticano. Había redactado una carta de renuncia en el caso fuera hecho prisionero por los nazis que lo odiaban; quería evitar lo que había pasado con Pio VII, el preso de Napoleón.

 

UN SILENCIO OPEROSO

El Papa Pio XII no calló frente al nazismo ni a la persecución de los judíos, pero es verdad que no hubo un documento público de condena del exterminio judío durante la guerra. El Papa aplicó el principio moral del mal menor; no fue por ignorancia de los hechos, ni por simpatía nazi, ni por miedo. Fue una opción dolorosamente meditada, seria y responsable. Este silencio fue objetado ya en aquel tiempo por personalidades católicas como Emmanuel Mounier, François Mauriac, Jacques Maritain, el p. De Lubac; y para el Papa fue un terrible drama de conciencia. Según dijo el mismo Pontífice, después de muchas oraciones y consultas, eligió lo que le pareció “el más oportuno y único camino eficaz de ayuda” a tantos inocentes. Escribió el sacerdote y político italiano Luigi Sturzo que vivió esos momentos: “Si Pio XII hubiera excomulgado a Hitler o revocado el concordato con Alemania, no habría salvado ni un judío y Hitler hubiera matado por represalia el mayor número posible de judíos; y nadie se lo hubiera impedido”. La postura del Papa fue la misma de la Cruz Roja Internacional y de las Iglesias cristianas; no se quería entregar a la venganza nazi a los judíos que quedaban. De la misma manera actuaron países neutrales como Suecia y Suiza; todos sabían que una denuncia internacional no habría servido de nada y habría agravado la situación. A la Iglesia Católica se le  hubiera prohibido además la ayuda humanitaria que llegaba a todos lados, a sabiendas del nazismo. Pio XII dejó en libertad a los obispos de cada país para que según las oportunidades levantaran sus voz profética de condena y premió con el cardenalato después de la guerra a obispos valientes como von Preysing, Faulhaber, von Galen, Saliege, De Jong, Sapieha… Las represalias nazistas por otra parte no se ensañaban directamente contra los obispos, sino con los curas, religiosos y fieles. Solo en Dachau fueron deportados desde 1938 a 1945 y desde varios países 2.579 curas, religiosos y seminaristas católicos. De ellos fueron asesinados 1.034, sin contar a otros 141 eclesiásticos protestantes y ortodoxos. Varios episcopados le pidieron al Papa que no hiciera denuncias públicas porque todas las veces que ellos lo habían hecho, las represalias habían sido terribles. La monja franciscana alemana Paschaline Lehnert que por 42 años fue la doméstica del Papa, en el proceso de beatificación de Pio XII contó que el Papa se enteró enseguida cómo frente a la protesta pública de los obispos holandeses por la deportación de los judíos, por represalia los alemanes deportaron también a 3 mil judíos bautizados (entre los cuales a Edit Stein) que antes no habían sido tocados. La reacción del Papa que estaba preparando un artículo para el Osservatore Romano en contra de la persecución de los judíos, fue la de quemar lo que había preparado. El Vaticano apeló a los países católicos para que dieran refugio a los judíos bautizados, los que más fácilmente podían sustraerse a las redadas de Hitler; y por eso se repartieron decenas de miles de certificados de bautismo falsos para salvarlos. El interés del papa para con los judíos se hizo evidente cuando en Roma, en su propia diócesis ocupada por los nazistas, empezó la deportación de los judíos. El Papa convocó secretamente a los superiores religiosos, entre los cuales el beato Santiago Alberione que recuerda el episodio, para que todos los institutos, aún los de clausura, alojaran a los judíos. Les pidió “poner en práctica las obras de misericordia y proteger a todos los que necesitaban ayuda”. Cuando los alemanes irrumpieron en el gueto judío de Roma, el Papa hizo de todo para salvarlos; no pudo y 1.259 judíos fueron deportados a Auschwitz. Pero abrió las puertas de 155 institutos religiosos en Roma y así salvó a 4.447 judíos durante los nueve meses de la ocupación nazi. Alojó a 447 familias en el Vaticano y hasta en su propio palacio de Castel Gandolfo nacieron 42 criaturas. El rabino jefe de la comunidad hebraica de Roma, Israel Zolli, reconoció que el Papa fue el único en intervenir para impedir  la deportación de los judíos y después de la guerra se convirtió al Catolicismo y se bautizó con el nombre de Eugenio (el nombre del Papa). La intervención del Papa y de sus asesores logró además la suspensión de nuevos arrestos masivos y el proyecto alemán de deportar a 8 mil judíos, se interrumpió. El historiador alemán Michael Hesemann asegura que el Papa estuvo considerando la idea de vender las mejores obras de Raffaello para ayudar a los refugiados judíos.

 

CONCLUSIÓN

Ha habido en estos últimos años cierto revisionismo histórico por parte judía. El Museo de Yad Vashem de Jerusalén dedicado a la Shoá sustituyó un texto muy negativo bajo la foto de Pio XII el 1º de julio de 2012, con otro texto más objetivo. Ya no se dice que el Concordato con Alemania fue un “reconocimiento del régimen nazista” sino que era “para preservar los derechos de la Iglesia católica en Alemania”. Se cita el radiomensaje papal de 1942 donde se habla de que “cientos de miles de personas, sin culpa propia y a veces tan solo por nacionalidad o raza, son destinadas a la muerte..” , subrayando sin embargo que “los judíos no eran explícitamente mencionados”. Se reconocen la condena del Papa a las “persecuciones étnicas” y los esfuerzos del Papa para salvar judíos. Se critica al Vaticano por “sus silencios y una falta de clara orientación” pero se admite la perspectiva de los que sostienen que “la neutralidad evitó medidas más duras y permitió un considerable número de actividades secretas de rescate”. Ha sido eliminada la frase que decía: “Cuando los judíos fueron deportados de Roma a Auschwitz, Pio XII no intervino en ningún momento”. Se afirma allí que la actitud de Pio XII para con los judíos “es objeto de controversia entre los estudiosos, la que hasta que todos los documentos no sean accesibles, quedará abierta para ulteriores búsquedas”. Por otra parte los responsables del Yad Vashem negaron cualquier presión por parte del Vaticano y se remitieron a los estudios recientes. Es sabido cómo, igual que en Roma, el Papa ordenó a los diplomáticos vaticanos y a los obispos de las zonas ocupadas por los nazis y en los países del este, intervenir a favor del pueblo judío en peligro. El Vaticano empleó sumas enormes de dinero para ayudar a los judíos a emigrar a países seguros. Pio XII podía haber hecho más y él mismo lo reconoció. Pero las graves acusaciones que se le han hecho, son calumnias. Los detractores del Papa no tienen ninguna prueba para sostener sus acusaciones principales, es decir que nunca habló, que era favorable al nazismo, que tuvo miedo y que hizo poco o nada para ayudar a los judíos. El Papa sabía que su supuesto “silencio” público le sería reprochado algún día, pero no estaba preocupado por su reputación; su preocupación era salvar más vidas posibles. De hecho todos reconocen que ninguna organización mundial ha salvado a tantos judíos como la Iglesia Católica por orden de Pio XII, que solo lo pudo lograr de la manera que actuó. El Papa mismo después de la guerra, refiriéndose explícitamente a los judíos afirmó: “Después de muchas lágrimas y oraciones hemos juzgado que una protesta pública no habría ayudado a nadie sino que hubiera suscitado las iras más feroces contra los judíos y multiplicado los actos de crueldad contra esas personas indefensas. Quizás esa denuncia nos habría traído el elogio del mundo civilizado, pero hubiera causado a los judíos una persecución aún más implacable”. Son declaraciones de Pio XII al sacerdote romano Piero Scavizzi. Durante la guerra la Secretaría de Estado se transformó en un “puerto” donde llegaban pedidos de ayuda  de todo el mundo. Ya en 1940 se había creado la Oficina de Información bajo la dirección del subsecretario Juan Bautista Montini, que daba noticias sobre desaparecidos, prófugos, presos de guerra y establecía puentes con las familias. Desde la sensibilidad de hoy es fácil encontrar errores y omisiones, que seguramente hubo como en toda actividad humana, pero no deja de emocionar lo que escribió Pio XII en su testamento: “Sé indulgente conmigo, oh Dios, según tu misericordia”. Estas palabras expresan el drama espiritual que vivió este Papa por el afán de querer hacer más y no poderlo hacer.

PRIMO CORBELLI

2 comentarios en “(tema central): la beatificación bloqueada de Pio XII

  1. Si, como puede suceder esto, juicios lamentables ante testimonios de verdadeiros santos. El Querido P.Dehon, tenía marcada por el Papa, hoy San Juan Pablo II la fecha para declaralo Santo, pero falece 2 días antes…..todo para atrás hasta hoy. Outro Consumato est, Oremos sin desfalecer por esta causa.
    Oblatas del Corazon de Jesus
    Gracias P.Primo

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