(aniversario) HACE 50 AÑOS: EL CATECISMO HOLANDÉS

Hace 50 años salía a  la prensa en Holanda con una difusión extraordinaria, después del Concilio, el “Nuevo Catecismo para adultos”. El libro había sido fruto de 10 años de labor realizada por expertos del Instituto Superior de Catequesis de Nimega (Holanda), que habían recibido el encargo de los obispos holandeses. La obra, que salió con la autorización del cardenal Bernard Alfrink, arzobispo de Utrecht, encontró una entusiasta acogida; fue un best-seller con muchas ediciones y traducciones. También encontró objeciones y denuncias que enseguida llegaron al Vaticano.

Pablo VI fue sensible al tema y encargó a tres teólogos nombrados por Roma y a tres por el episcopado holandés para estudiar el tema, pero no se llegó  a ningún acuerdo. Entonces el Papa confió el asunto a una comisión de cardenales: Frings de Colonia, Lefebvre de Bourges, Jaeger de Paderborn, Florit de Florencia, Brown de la curia vaticana y al teólogo suizo Journet. Estos establecieron que el Nuevo Catecismo debía ser totalmente reexaminado y en algunas partes modificado. Entretanto el Instituto de Nimega no autorizó ninguna versión a otros idiomas, hasta que los revisores no terminaran su trabajo. Se constituyó entonces otra comisión de teólogos pertenecientes a siete países para que aportaran las modificaciones pedidas. Sobre la base de sus conclusiones, para la redacción final, la comisión cardenalicia encargó a cuatro teólogos (de los cuales dos del episcopado holandés). El trabajo se terminó en febrero del 68. Mientras tanto el texto original del Nuevo Catecismo venía sorpresivamente publicado en varios idiomas sin la aprobación del episcopado holandés y sin ninguna corrección. Posteriormente, por instrucciones de Pablo VI, se publicó la redacción final de los cuatro teólogos como “Suplemento” al Catecismo, sin condenarlo. El Suplemento debía ser añadido en un apéndice aparte al Catecismo. El Suplemento corregía o completaba el texto original sobre diez temáticas (creación, pecado original, concepción virginal de Jesús, la Redención, Eucaristía y presencia real, infalibilidad papal, sacerdocio y autoridad en la Iglesia, más otros puntos de teología dogmática y moral). Importa destacar que en ningún momento los críticos más severos del Catecismo llegaron a denunciar la obra como herética; y que la expresión “nuevo” catecismo para los autores jamás significó cambiar la doctrina de la fe, sino que se buscó expresar la fe de siempre, en forma moderna. Antiguamente se redactaban los catecismos con fórmulas breves, fáciles de aprender de memoria. Lo más novedoso del Catecismo holandés es que no se dirige a los niños sino a los adultos, padres y catequistas, pero también a todo laico necesitado de formación permanente y de un catecumenado en la fe; lo que hoy es de gravísima actualidad. El estilo es nada abstracto; es accesible a todos, expositivo. Ha sido propuesto como guía para una fe madura en los adultos. Hoy en los adultos se requiere saber dar razones de la fe, esclarecer sus fundamentos y encarar las cuestiones actuales a la luz del evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Las líneas estructurales del Catecismo holandés se apoyan en una base histórica, bíblica y ecuménica. Habla del misterio de la existencia humana, las grandes religiones, el camino de Israel, Cristo y el Evangelio, la historia de la Iglesia, los sacramentos, la vida eterna.

 

LA OBRA DE JUAN PABLO II

 

El teólogo holandés Edward Schillebeeckx escribió  que “el Catecismo holandés fue pensado y escrito antes del Concilio. No están por lo tanto todas las innovaciones traídas por el Concilio. Ha sido una obra admirable de los jesuitas de Nimega pero, siendo preconciliar, a pesar de todo lo encuentro individualista; falta la dimensión socio-política. Es un libro bello y fascinante, pero resiente de la atmósfera de los años sesenta”. El Catecismo holandés, aún con las enmiendas, tuvo un éxito enorme y se sigue usando hasta el día de hoy. Rechaza el lenguaje eclesiástico y tiene un método inductivo que parte de preguntas existenciales, hace grandes síntesis históricas y encara los temas de la vida cristiana diaria. Evidentemente la primera edición tenía varias ambigüedades y conceptos discutibles por lo que fue necesaria y oportuna la intervención del Vaticano. Con el tiempo se apagaron las polémicas y el Catecismo fue adoptado en todas partes; fue el primero de varios Catecismos que después del Concilio se fueron difundiendo en todo el mundo. Frente a cierta dispersión, el papa Juan Pablo II recogió la propuesta del Sínodo de Obispos de 1985 de un Catecismo Universal consultando a todos los obispos. Redactado por una comisión internacional a lo largo de seis años, fue firmado por el Papa y promulgado a fines de 1992 como “Catecismo de la Iglesia católica”. También es una guía de reflexión, mucho más complejo y doctrinario, con intensas referencias a la Escritura, a la Tradición, al Concilio y a documentos eclesiales. Pero tanta documentación lo convierte más bien en un manual de consulta, en un archivo documental útil para expertos pero no a nivel popular (ni para niños ni para adultos). Tiene más sabor a manual de teología que a catecismo. Su intención no fue por otra parte monopolizar y unificar la catequesis, sino servir de marco de referencia doctrinal a los Catecismos que se fueran elaborando en el futuro, en los distintos países. En 2005 con el Papa Benedicto se compuso un “Compendio” del Catecismo de la Iglesia Católica, pero con el mismo estilo y contenidos. Muchos, como el cardenal Christoph Schonborn, querían un nuevo “Catecismo menor”, no una síntesis del anterior. Seguramente el Catecismo holandés, aún con sus límites, ha quedado en la historia de la Iglesia como una audaz tentativa de inculturación de la fe. En el prólogo de la edición original, los obispos holandeses escribían: “La fe en su totalidad sigue siendo la misma; es nueva la manera de acercarnos a ella. Todo lo vivo permanece igual a sí mismo, pero se renueva. El mensaje de Cristo es algo vivo. Este Catecismo se esfuerza de anunciar la fe imperecedera en una forma moderna, en el lenguaje de hoy”.

                                                    Primo Corbelli

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