(tema central) DEBATE Y POLÉMICA EN LA IGLESIA

Los medios de comunicación de masa (prensa, radio, televisión, internet, celulares, redes sociales) han llegado a ser hoy imprescindibles. Para la mayoría de las personas la realidad se reduce a lo que muestran estos medios. Aquello que no tiene cabida en ellos les parece insignificante. Por otra parte, los que manejan los medios se creen saberlo todo y nos indican lo que tenemos que pensar. Son un poder importante para el bien y para el mal. Lamentablemente se está oscureciendo la idea de que los medios son un servicio a la sociedad y de que la del periodista es una misión a la vez que una profesión. La mayor parte de las empresas de comunicación tratan el material que difunden como una mercancía a comercializar; se dejan de lado las noticias que “no venden”.

En última instancia son los anunciantes de publicidad los que imponen sus intereses. Además, según la UNESCO, las cinco agencias de prensa más importantes en el mundo controlan el 95% de la información de todo el  planeta. De allí la necesidad de un uso crítico de los medios. Hay un derecho a la libertad de expresión del periodista (de allí el asesinato de tantos periodistas), pero también hay derecho a una información veraz. No se pide a los periodistas que sean “objetivos”; todo es según el color del cristal con que se mira y una selección de las noticias es inevitable. Lo que sí se exige es la honestidad: no deformar intencionalmente la realidad sacándola de su contexto, no desinformar con datos falsos, dar cuenta tan solo de lo que favorece a la propia ideología o a los propios intereses, manipular las noticias para darles un sentido distinto, no distinguir entre la noticia y el comentario. Peor aún es la calumnia, la difamación, la injuria, la polémica agresiva y violenta. Decía un gran periodista italiano, Indro Montanelli: “Le parece a uno que el público entiende poco; pero tiene memoria, y si uno quiere ganar su confianza tiene que conquistarla día tras día fatigosamente. Lo cual no nos libera de la posibilidad del error, pero hay que reconocerlo y pedir perdón al lector. Es una profesión que exige mucha humildad”.

 

LOS MEDIOS Y LA IGLESIA

Un obispo francés experto en los medios, Jacques Galliot en su libro “Carta los amigos de Partenia” escribe: “Muchos hombres de Iglesia y laicos cristianos tienen miedo a los mass-media y a los creadores de opinión;  huyen cuando son asediados por los periodistas. Les encanta hablar a puertas cerradas. Y así la Iglesia se repliega en su aislamiento, renuncia a explicarse y a entender la cultura actual, ignora lo que pasa más allá de las murallas y se queda con sus boletines parroquiales. La vida de la sociedad y la comunicación se van dando sin ella. Los mass-media son hoy el instrumento de comunicación más extraordinario que ha habido y san Pablo bien lo habría aprovechado. Pero se requiere despojarse de todo dogmatismo y renunciar a la idea de saberlo todo; hoy se rechazan las respuestas dogmáticas y prefabricadas”. Muchos lamentan en la Iglesia una insuficiente respuesta al reto de la información y de la opinión pública; parecería no haber en la Iglesia recursos humanos y económicos para esta causa. Hoy educan mucho más los medios, en especial la TV, que la misma familia, la escuela o la Iglesia. Hay una opinión bastante difundida  que el periodismo de información debe simplemente satisfacer lo que piden los lectores, describir la realidad, ser su espejo, y no tratar de mejorarla. En realidad esa neutralidad de los medios no existe para nadie (siempre hay ideologías o intereses por el medio) y su influjo educativo en la sociedad es incontestable. El periodismo católico ha de enfocar los hechos desde el Evangelio. Lamentablemente lo que se llama “buena prensa” tiene a veces un tufillo de sacristía que hace que sea rechazada y no salga a los quioscos. Es como una extensión de los sermones; no estimula, no provoca, no debate, no lanza iniciativas o propuestas; no es creadora sino repetidora. Se tiene miedo a difundir los hechos negativos que se dan en el seno de la misma Iglesia porque pueden afectar su reputación; y esto a pesar de que la gente hoy se escandaliza más cuando se calla o se censura. Un buen diario, y esto vale para todos los medios, da gran espacio a los hechos positivos en contra de esa aplastante cadena de violencia diaria que se nos suministra aunque venda menos, pero sin callar lo negativo. La prensa católica en los conflictos es “políticamente correcta”. Alguien escribió que las críticas de Jesús a los fariseos no serían publicadas hoy. Se sigue ignorando la potencialidad pastoral y evangelizadora de los medios. Solo hay circuitos cerrados con folletos y boletines o revistas de movimientos. Las noticias importantes de la Iglesia se encuentran en los medios laicos con la profesionalidad que corresponde, pero siempre con el riesgo de la tergiversación. Escribe el conocido periodista católico Antonio Pelayo: “Soy de los que creen que la Iglesia no es aún consciente del reto que representa para su misión (de eso se trata, no de vender un producto) el tomarse con toda la seriedad que merece la complejidad del mundo de la información. Resulta a veces pasmosa la insensibilidad y la falta de preparación de los pastores para jugar el papel que les corresponde de comunicadores. Es verdad que muy pocos de ellos han recibido la más elemental preparación para dicha tarea, pero al menos podrían facilitar la formación de verdaderos agentes de la información”.

 

LIBERTAD DE OPINIÓN

Ya el Papa Pío XII en 1950 había hablado de la necesidad de una verdadera opinión pública en la Iglesia: “También la Iglesia es un cuerpo vivo y si no hubiera opinión pública en su interior, le faltaría algo; sería una falta de la que serían responsables tanto los pastores como los fieles”. El Concilio en Lumen Gentium (n.37) afirma el derecho también de los laicos y “en algunos casos la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que tienen relación con el bien de la Iglesia, tanto en los asuntos espirituales como temporales”. Pablo VI después del Concilio, como primer tema de su magisterio propuso a toda la Iglesia el diálogo. No hay diálogo sin libertad de opinión, debate, pluralismo. La libertad de opinión en los temas que no afecten la fe y la moral, es la prueba del fuego de que existe una Iglesia comunión, como lo pide el Concilio. Muchos piensan que en el campo religioso no hay materias opinables. Toda crítica, aun motivada, es vista por algunos como desacato, falta de respeto y amor a la Iglesia. Por el contrario lo más peligroso en la Iglesia es la mentalidad del funcionario obsecuente, preocupado para quedar bien con todos y no despertar sospechas ni malentendidos; sea cura o laico trata de quedarse siempre sobre terreno seguro para conservar su prestigio y no ser molestado. El servilismo que nace del temor de disgustar al superior o del ansia de agradarle, perjudica gravemente a la Iglesia. Quien pide permiso antes de hacer cualquier cosa, descarga su responsabilidad sobre otro; no paga de persona. En el pasado cientos de teólogos y eclesiásticos han sido inhabilitados por sus ideas; y no hablemos del vacío de presencia laical que por supuesto ha sido llenado por la jerarquía aun en temas de competencia laical. La predicación y el aporte mediático de los laicos, siempre que hablen como laicos y no imbuidos de clericalismo, son fundamentales para que el católico de a pie entienda cómo vivir su fe en la calle, en el ámbito social y político. Muchos todavía piensan que el  mundo católico es algo uniforme donde la única palabra la tienen los obispos y el pueblo ha de ser un rebaño disciplinado; eso termina siendo una Iglesia del silencio. Si se sigue confundiendo la libre opinión con fomentar la división o promover la rebeldía, será imposible cualquier diálogo.

 

LA CRÍTICA

Una verdadera opinión pública incluye necesariamente la crítica. Esta palabra es muchas veces interpretada solo negativamente. La palabra viene del griego antiguo (krinein= medir, valorar). La crítica es constructiva si se propone ayudar al hermano y lo hace con amor; es destructiva cuando él que critica goza en hacerle daño al adversario para que fracase. Él que denuncia el mal desde el Evangelio es el profeta; pero el profeta no siembra odio ni agresividad, no condena ni calumnia, no es amargo, no se cree superior a los demás; es hombre de esperanza. No hay que confundir profetismo con rebeldía. El profeta surge de la oración, transmite la Palabra de Dios y respeta a las personas. Decía hace poco el Papa Francisco: “En la Iglesia hacen falta profetas, los que se juegan la piel proclamando la verdad evangélica aunque incomoda, pero no se precisan criticones que están disconformes con todo y se ponen de jueces de los demás”. El profeta tampoco es uno que se rebela a las autoridades de la Iglesia. Primo Mazzolari, aun en constantes desacuerdos con su obispo, siempre se profesaba y firmaba: “obedientísimo en Cristo”. Lorenzo Milani: “No me rebelaré nunca a la Iglesia porque necesito muchas veces el perdón de los pecados y no sabría donde ir a buscarlo fuera de ella”.  A la vez Milani escribía: “Es un preciso deber de piedad filial decir la verdad en la Iglesia, criticar las deficiencias, informar la jerarquía y no tratar a los obispos como niños o personas irresponsables”. La crítica bien intencionada y hecha con amor y humildad es necesaria en la Iglesia para su propio progreso. Hubo santos como Bernardo, Catalina, Antonio etc. que la usaron abundantemente: lo mismo hicieron en nuestro tiempo figuras prominentes como De Lubac, Congar, Haring, Rahner… Esta crítica sirve más a la Iglesia que la obediencia ciega. Hay lugar en la Iglesia para la discusión de ideas, la polémica sana y respetuosa según el dicho antiguo: “Unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. El cardenal Martini denunció como algo muy grave que los jóvenes no critiquen más a la Iglesia y que se alejen sin decir palabra. “Yo creo que donde hay diálogo, inclusive conflictos, está ardiendo todavía el fuego, está actuando el Espíritu”, decía. Y con respecto de las críticas que llegan desde afuera de la Iglesia escribe el teólogo Severino Dianich: “Hay una primera cosa que no hay que hacer: denunciar un complot contra la Iglesia, hacerse los perseguidos. Hay católicos que dan la impresión de no saber vivir en democracia. Ellos ven solo la alternativa de una Iglesia hegemónica o de una Iglesia perseguida. En realidad otras son las persecuciones, las que hoy se dan en la India, Pakistán, Oriente Medio… La Iglesia como respuesta a las críticas aún injustas ha de entrar con mansedumbre y respeto en el debate público ofreciendo sus razones y dando testimonio del Evangelio. Su finalidad no es vencer sino convencer”.

 

LA POLÉMICA DESPIADADA

Roma: carteles anónimos

Hay también una crítica destructiva que solo ve y busca lo negativo; y es a veces feroz y despiadada. Acostumbrados a la obsecuencia y al silencio  en otros tiempos , hoy en un clima de mayor apertura han salido con virulencia voces opuestas al Concilio y a cualquier tipo de reforma. Hablando de este tipo de críticas corrosivas y salvajes el mismo Papa habló de “resistencias malvadas”, de “corazones endurecidos”, de “mentes perversas”. Un persistente criticismo de ciertos ambientes obligó hasta al Papa emérito Benedicto a calificar de “insensato prejuicio” el de quienes califican a Francisco de falta de formación teológica y filosófica. En realidad la resistencia se da por una radicalidad mayor en la vivencia del Evangelio que ofrece y al mismo tiempo exige este Papa, un profeta incómodo. Como pretexto critican al Papa por desviaciones doctrinales, por acercarse demasiado a los que antes se llamaban “hermanos separados”, por su opción por los pobres y un nuevo orden social, por su austeridad de vida, por reconocer errores y pedir perdón, por su rechazo del clericalismo, por echar al suelo el prestigio papal. El mismo Francisco en una conversación familiar con los jesuitas de Chile y Perú reconocía: “Algunas personas creen que poseen la verdadera doctrina y me acusan de hereje. Cuando en estas personas, por lo que dicen o escriben, no veo bondad espiritual, simplemente rezo por ellos. Siento pena, pero no me detengo en estos sentimientos… El hecho de las resistencias es signo de que se va por buen camino. Si no fuera así, el demonio no se molestaría para hacer resistencia”. Es un hecho inédito; como nunca se vio, hay una campaña organizada de ataques feroces y calumnias contra el Papa a través de diarios, panfletos, páginas web y redes sociales. Todos son maestros de teología. Hay prelados, escritores, periodistas, vaticanistas que hablan de una Iglesia sin rumbo, que ha perdido el timón y va a la deriva. Lo acusan al Papa de populista, comunista, de abrir las puertas a divorciados y homosexuales, de promover el indiferentismo religioso etc. No faltan los más fanáticos que lo acusan de hereje, antipapa, anticristo… Estos autotitulados católicos parecerían ignorar que golpeando al pastor en nombre de una ortodoxia fundamentalista, desorientan a la grey. A muchos feligreses escandalizados le entre la duda, la desilusión y se retiran. Es una pena que la fe del pueblo sencillo sea oscurecida por este tipo de Iglesia paralela que quiere llevar a la polarización. Afortunadamente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios sigue el magisterio ordinario del sucesor de Pedro y se siente interpretado por él. El debate y la polémica en la Iglesia son de desear, siempre que se tenga en cuenta lo dicho por san Agustín: “Si te callas, hazlo por amor; si hablas, habla con amor; si corriges, corrige con amor porque de la raíz del amor solo puede brotar el bien”.

                                                              PRIMO CORBELLI

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