Humanizarnos… Un lento proceso…

Rosa Ramos

“Dicen que Magdalena nunca sonríe

dicen que Magdalena siempre esta triste…

La vida de Magdalena es una condena…”

Pablo Estramín

Mis lectores suelen encontrarse en este espacio con una mirada muy optimista, quizá demasiado para los tiempos que corren; algunos dirán: “esta mujer parece que vive en La isla de la fantasía”. Pues no. Vivo en la realidad, a veces muy dura e interpelante, como todos, en esta humanidad en construcción, que a veces parece desmoronarse o retroceder.
Humanizarnos es nuestra vocación y desafío, humanizarnos mutuamente en la historia, encarnándonos más y más en ella, ésa es nuestra gran tarea, pero es un lento y doloroso proceso milenario.

La vida a veces duele, para muchos duele casi todo el tiempo, escaso tiempo incluso, con tan limitadas posibilidades. Sin embargo, apuesto a la porfiada esperanza, me aferro a ella y pido: “creo, pero aumenta mi fe”.
Estoy sacudida por noticias de abusos de niños y niñas, por muertes violentas, luego de actos no digo de perversión, sino de animalidad. Esto ocurre, me dirán, desde que el mundo es mundo. Ha sido así en todas las historias de dominaciones, colonizaciones, de guerra o violencia armada, y continúa en esos infiernos y en lugares de explotación de minerales como el coltán (tan codiciado hoy para los aparatos electrónicos que usamos, cambiamos, tiramos).
Es cierto que la violencia y el abuso contra niñas y niños ha existido siempre, pero lo terrible es que no deja de ser una herida abierta aún, lo abominable es que esas inhumanidades siguen existiendo, aquí y allá, en lugares remotos, en pequeñas poblaciones, en suburbios, e incluso en ricas mansiones, o en espacios supuestamente sacros, eso sí, más silenciadas.

En mi país se promulgó hace unos meses el “feminicidio” como una figura agravante del delito de muerte, pero esta semana se dictó la primera sentencia con dicha figura; se trató del homicidio de una niña de 9 años, a quien se le diera muerte con golpes en la cabeza contra una piedra, mientras era violada por el autor y testigo, alternativamente. Ese día la niña cumplía 9 años, fue a buscar a un hermanito y no volvió.
No puedo dejar de sentir el horror que golpea mi sensibilidad como era golpeada la niña contra las piedras. No puedo dejar de oír las voces, las de la niña y las de los homicidas –según sus propios relatos– que permitieron esa tipificación de “feminicidio” en tanto supone crimen por odio y desprecio hacia la mujer por ser tal, aún en el caso de una niña.
El hecho en sí es tan doloroso y la lectura del acta del juicio, agobiante, estremecedora. En todo caso podría argumentar que ha sido positivo que se esclareciera, y hubiese una condena.
Pero no es un hecho aislado, y eso es lo que como ser humano me interpela. El caso puntual es como un holograma que contiene o hace presentes todos los casos de violencia, pasados, presentes y los que aún sufriremos todavía, en el lento proceso de humanización.

Hace 7 años una noche, en otro país, mientras se terminaba un Congreso y se celebraba con música y comidas típicas, una religiosa me contó que su congregación dedicada a la educación de las niñas que llegaban del interior a trabajar en casas de familia, las atendían los domingos, y habían conseguido un convenio con el Estado por el cual se certificaba la alfabetización y la escolaridad. El trabajo era loable, la Hermana lo contaba con satisfacción, porque era un gran logro obtener ese certificado que abría puertas a esas niñas y adolescentes. Además de lo que significaba para la autoestima de las chicas.
“Claro -pensé- si son chicas que ni han ido a la escuela…”, pero la razón que me dio la Hermana fue otra: “porque ellas vienen huyendo de la violencia de sus pueblos, de sus hogares de origen, son chicas que han sido sistemáticamente abusadas; huyendo de la mala vida llegan a la capital, y muchas veces ese abuso se repite en las casas donde vienen a trabajar…”
Dejé de oír la música, dejé de saborear la cena, entré en otras escenas y en otro mundo que me sacudió hondamente, sobre todo porque de pronto, para mi desconcierto y pavor, el relato giró a lo personal: esta religiosa joven, orgullosa del carisma y misión de su comunidad, me confesó que esa también había sido su historia: “no eran malos, pero cuando bebían y se emborrachaban, mi padre y mis tíos me violaban… Yo escapé y llegué aquí, yo fui sirvienta también, las hermanas me salvaron…”
Tengo memoria auditiva, –y afectiva, claro–, por eso muchas palabras viven en mí. Las hermosas, de mis poetas entrañables, y las que hieren el alma, como las de esta mujer, cuyo nombre callo, aunque era un nombre hermoso y que hacía honor a su nuevo nacimiento.
Las palabras que guardo, las expresiones más bellas y las más duras, martillean una y otra vez mi inteligencia, mi búsqueda permanente de sentido, y acaban en el silencio de la oración, buscando allí la respuesta que tarda.

“No sean malos, esto que hacen está mal” decía entre sollozos la niña violada y asesinada –confesó uno de sus agresores–. “No eran malos”, decía a la luz de los años, el perdón y la comprensión alcanzada, la religiosa dedicada a la educación –salvación– de niñas que habían corrido su misma desgracia.
Sócrates en el 399 AC ante la condena a muerte entiende que se obra mal por ignorancia del bien, Jesús en el año 30 de nuestra era, en la cruz, le dice al Padre: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Ellos, y quién sabe cuántos a lo largo de esta historia en construcción, que gime con dolores de parto, lo siguen diciendo. O intentando decir entre lágrimas de dolor e impotencia. Con temor y temblor, quiero sumarme a esa convicción. No en todos los casos, lo aclaro.
Sí en los casos de mundos tan estrechos, sin futuro, y sin presente, sin letras, sin arte, donde la vida poco vale y “hacer una maldad a la niña” es un entretenimiento, genera algún placer, un placer violento y animal, sí, porque se ignoran otros más dignos, compartidos y humanos.
Amigos lectores, una vez más no puedo con mi genio, y esta entrega quiere ser también hoy porfiadamente optimista, porque creo y quiero creer con más fe, que estamos en un lento y doloroso proceso de hacernos humanos, de parirnos unos a otros como humanos.
Pero para ello tenemos que poner medios concretos como la educación, el trabajo creativo, la posibilidad de enseñar otros juegos, de soñar otros horizontes más altos y nobles. También para acelerar la humanización se requiere cambiar la cultura dominante donde todo es objeto de consumo y descarte, cambiar intereses, y ¡valorar la vida de todos y todas!
Hago mías, siempre con temor y temblor ante misterios que me superan, expresiones de una mujer extremadamente sensible, apasionada y lúcida, Etty Hillesum(1), escritas en medio de la locura, crueldad y sufrimientos de un campo de concentración. Precisamente por eso creo que sus palabras tienen autoridad:
“La ausencia de odio no implica necesariamente la ausencia de una elemental indignación moral. Yo sé que quienes odian tienen buenas razones para ello. Pero, ¿por qué vamos a escoger siempre el camino más fácil y más trillado? En el Campo he sentido con todo mi ser que el más pequeño átomo de odio que se añada a este mundo lo hace aún más inhóspito”.

Valentina vivió 9 años, Etty escasos 29, la hermana que me contó su historia contaba entonces unos pocos más, y todos vivimos apenas un instante en este largo proceso incoado de humanización. Pero la brevedad de nuestra participación no nos exime de responsabilidad, al contrario, nos apremia en el desafío de crecer en humanidad. De contribuir a “aflojar los odios y apretar amores.”

(1) Nació en Países Bajos en 1914 y murió en noviembre de 1943 en las cámaras de gas del campo de concentración y más propiamente exterminio de Auschwitz. Su Diario que la revela como una joven brillante, y también como mística, ha sido objeto de múltiples estudios.

Artículo publicado en http://blog.cristianismeijusticia.net/author/rosa-ramos

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