(cultura) El tema religioso en la poética de Clara Silva

La presencia de Dios en la lírica de mujeres latinoamericanas

Los artículos que venimos presentando en este ciclo de cultura 2018 pretenden ser reflejo de la crucial importancia que la religiosidad –en tanto salmo de fe, esperanza, duda, rebelión y clamor angustiado– reviste en la poesía latinoamericana contemporánea. Proponen dar cuenta de la rica variedad de enfoques, perspectivas y estilos líricos con que la maravillosa red de espiritualidad, símbolos, creencias y ritos se traducen en la lírica del pueblo. Nuestro esfuerzo se orienta a revalorizar y visibilizar la producción literaria de algunas mujeres no tan conocidas de las letras americanas. Hemos presentado a Rosa Cruchaga (Chile) y a Julia Esquivel (Guatemala). En esta oportunidad abordamos la expresión poética de la uruguaya Clara Silva (1905-1976).

 

La vocación ecuménica de la poesía latinoamericana

La palabra poética y la palabra religiosa se han entrelazado en numerosos textos durante todo el siglo XX latinoamericano. Diferentes corrientes y tendencias conviven bajo un mosaico simultáneo de voces que articulan un polifónico discurso de diversos tonos y matices. Entre ellas asoma la voz singular de Clara Silva atenta al tema de Dios, original en su registro de lo espiritual, ya sea por la belleza formal y fineza técnica de sus piezas como por la incorporación de lo divino a lo cotidiano, tan afín a aquella frase de Santa Teresa: “Entre los pucheros anda el Señor”.

Es que Clara Silva, una gran gestora cultural, conferencista, y crítica literaria, fue criada en un ambiente fervorosamente católico, en el cual se respiraba una espiritualidad posteriormente reflejada en una escritura de presencia, afirmación, y comunicación amorosa y teologal. Fue autora de siete libros de poesía: “La cabellera oscura”, “Memoria de la nada”, “Los delirios”, “Las bodas”, “Preludio indiano y otros poemas”, “Guitarra en la sombra” y “Juicio final”, pero también escribió narrativa. Reseñable es su novela de 1964: “Aviso a la población”, ya sea por la actualidad de la temática que aborda, como por ser otra confirmación más de que los fenómenos de violencia social y doméstica que estamos viviendo hoy se vienen gestando desde hace bastante tiempo atrás.
Casi todos la conocemos por haber sido la esposa del ensayista Alberto Zum Felde, uno de los críticos más importantes del proceso intelectual del Uruguay.
Pero eso no le agrega mérito a una de las voces más originales y vigorosas de nuestro país. Con un delicado sentido de la musicalidad se trata el tema de Dios, el crecido ardor y la devoción intensa, pero también la conciencia desgarrada y agónica de quien enfrenta el problema religioso.

Aquí les dejamos algunas de sus notables estrofas, señeras de una estética vital en diálogo consigo misma, con Dios, y con la sociedad de su tiempo.

 

VISITAME, SEÑOR

 Visítame, Señor, ésta es tu casa,
entra, qué esperas, de mi muerte el juicio?;
es oficio de amor o beneficio
abrazarme a tu vida que me abrasa?

Deja de ser y humanamente pasa,
entra, vive y aprende el ejercicio
de vivir del pecado a tu servicio,
sierva de amor tendida en tierra rasa.

Me oirás, vendrás, o morirás conmigo
sin subir a mis labios que te han hecho
grito de vida que la muerte iguala.

Acaso sin saber esté contigo
si a tiempo de pasar el paso estrecho
el ala de tu pie en mí resbala.

 

TE PREGUNTO, SEÑOR 

Te pregunto, Señor,
¿es ésta la hora
o debo esperar que tu victoria nazca
de mi muerte?

No soy como tus santas,
tus esposas,
Teresa, Clara, Catalina,
que el Ángel sostiene en vilo
sobre la oscuridad de la tierra,
mientras tu aliento
tempranamente las madura.

No soy siquiera como aquellas
que te siguen humildes
en el quehacer del pan y la casa,
pero amamantando tu esperanza
sin saber de tus graves decisiones.

Soy como soy
yo misma,
la de siempre,
con esta muerte diaria
y la experiencia triste
que guardo en los cajones
como cartas;
con mi pelo, mi lengua, mis raíces,
y el escándalo que hago con tu nombre
para oírme;
y tu amor que revivo en mí cada mañana,
masticando tu cuerpo
como un perro su hueso.

Y nada me ha cambiado,
me derriba en el cuerpo de mi sombra
cada acto de amor, cólera o llanto,
espadas que me cruzan y te cruzan.

De todo lo que fue,
de lo que espero,
el alma se me quema.
Y no fulgura.

QUIÉN TIRA LA PRIMERA PIEDRA

El Nuevo Testamento

se derrumba
cuando lo lees
cómodamente instalada en la cama.
Una plegaria sorda
a la imprecación que corre
por las calles.
Estás sola y culpable
de esos muertos que vigilan la tierra.
Estás muerta y salvada
en la ciudad que construye su historia
entre el clamor
y la oscuridad de sus gritos.
Es imposible navegar entre dos aguas
y ser su propia sombra.
Pero quién tira la primera piedra
y pone en juicio al hombre
atormentado
entre sus cruces? 

Silva no es una seguidora humilde, sino un ser humano amparado en la melancolía, la tristeza y “el cuerpo de mi sombra”, y capaz de exclamar:

y el escándalo que hago con tu nombre
para oírme.

y tu amor que revivo en mí cada mañana,
masticando tu cuerpo
como un perro su hueso.

 

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