(nunca sin el Otro) ROBERT SCHUMAN: SER SANTOS EN POLÍTICA

El 9 de mayo pasado se celebró el “Día de Europa” como todos los años, en recuerdo de la Declaración Schuman que promovía por primera vez una Europa unida y reconciliada. Recordamos a Robert Schuman a los 55 años de su muerte, por tratarse de un gran cristiano y estadista, ya Siervo de Dios, cuya causa de beatificación está en la recta final.

Nació en Luxemburgo y su educación familiar estuvo enmarcada en la práctica de la religión católica que profesaban sus padres. Ya viviendo en Francia y siendo joven abogado se puso al servicio de la diócesis de Metz como presidente de las Obras Diocesanas de la Juventud. Era de meditación diaria, profunda piedad mariana y comunión frecuente. Después de la muerte de su madre cultivó la idea de ser sacerdote. Sin embargo su mejor amigo también católico, Henri Eschbach, le escribió: “Hoy el apostolado laico es una necesidad urgente y no puedo imaginar mejor apóstol que tu para nuestra sociedad. Siendo laico podrás  hacer mucho bien en el mundo, lo que es tu única preocupación. Cuando ya no estarás podremos decir de ti: pasó haciendo el bien”.

Desde entonces asumió como su vocación la política, en la búsqueda constante de la justicia y de la paz; y permaneció célibe. Él mismo llegaría a escribir: “La vida sin responsabilidades políticas es ciertamente más fácil sobre todo hoy, pero nadie tiene el derecho de sustraerse a ellas si se busca el bien común”. Los grupos católicos entre los cuales trabajaba, lo impulsaron gradualmente a escalar posiciones hasta llegar después de la segunda guerra mundial en 1947 a jefe del gobierno de Francia. El 9 de mayo de 1950 presentó frente a más de doscientos periodistas una declaración preparada junto con Jean Monnet, que fue la primera propuesta oficial para construir una Europa integrada y que se conoce desde entonces como Declaración o Plan Schuman. Proponía una comunidad franco-alemana para aprovechar y administrar juntos el carbón y el acero de los dos países bajo una alta autoridad común, independiente de los gobiernos y que tuviera el poder de imponer sus decisiones. Después de cinco años de una guerra sangrienta entre los dos países, era una primera propuesta de reconciliación y cooperación europea. Schuman quería superar de una vez por todas el enfrentamiento secular entre Francia y Alemania, los nacionalismos y los ejércitos nacionales y así con realizaciones concretas ir logrando la agrupación de las naciones europeas. Luchaba por la unidad mientras el mundo se fracturaba en bloques entre el este y el oeste. El Plan estaba abierto a todos los países democráticos que quisieran unirse. Schuman tenía la certeza que una paz basada en la interdependencia y la solidaridad, haría imposible más guerras. Así se llegó al tratado firmado en Roma sobre el carbón y el acero en 1951 entre Alemania, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. Robert Schuman fue llamado “padre de Europa” junto a otros dos gobernantes católicos que lo secundaron: el alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide De Gasperi. Fue justamente en la  primera asamblea del Parlamento Europeo en Estrasburgo que se lo llamó “padre de Europa” y se lo eligió por aclamación su primer presidente.

 

LA FE QUE DERRIBA LOS MUROS
Schuman creía en las raíces cristianas de Europa y escribía: “Las fronteras ya no serán barreras sino lugar de encuentro y de intercambio. Tendemos nuestras manos a los enemigos de ayer, no solo para reconciliarnos sino para construir juntos la Europa del mañana. El Cristianismo nos ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, rescatados por el mismo Cristo sin distinciones de raza, color, categoría social; Europa debe rehacer su alma. La democracia debe su existencia al Cristianismo que nos enseñó la dignidad de cada persona humana, el respeto a los derechos de cada uno y la práctica del amor fraternal para con todos”. Schuman no solo participaba de la misa, practicaba la lectura bíblica y rezaba el rosario sino que tenía una vasta formación teológica; leía a santo Tomás,  Mounier, Maritain… Supo imprimir un tono humanista y cristiano a la política sin rubores, con una permanente acción constructiva y positiva. Igual que De Gasperi y Adenauer venía de un partido cristiano, era dócil y obediente a la Iglesia pero, como dijo el Papa Benedicto de De Gasperi, “era autónomo y responsable de sus opciones políticas sin servirse de la Iglesia por fines políticos y sin nunca bajar a componendas”. También De Gasperi era europeísta; decía de sí mismo: “primero católico, segundo europeo y finalmente italiano”. Y también era autónomo en sus decisiones políticas. De Gasperi que fue ocho veces jefe de gobierno cuando hubo elecciones en la ciudad de Roma en 1952 y el Papa Pio XII favorecía la derecha política para hacer frente al comunismo, él se opuso firmemente. Y cuando después quiso visitar al Papa con su familia, él no lo recibió. A De Gasperi se lo veía demasiado tolerante con el comunismo y reacio a que el Vaticano interfiriera en la política. En esa ocasión, en la que De Gasperi pensó hasta en renunciar, dijo al embajador en el Vaticano: “Como cristiano acepto la humillación, aunque no sepa cómo justificarla; como jefe de gobierno, la autoridad que represento me impone expresar el estupor por un rechazo tan poco común a mí y a mi familia, y pedir una explicación”. De Gasperi sufrió por esas incomprensiones porque para él “el creyente como político compromete a sí mismo, a su clase, a su partido pero no a su Iglesia”. De Gasperi tenía una espiritualidad profunda pero envuelta, igual que la de Schuman, en un manto de humildad y modestia . Le decía a sus admiradores: “No existen hombres extraordinarios. Los problemas se resuelven con la violencia, las intrigas o la honestidad. Yo simplemente tengo la ambición de ser honesto. La inteligencia que Dios me dio  la pongo al servicio de la verdad. Soy un buscador de la verdad y nada más”. Escribía a su esposa Francesca: “No soy un santurrón y tampoco un hombre religioso como debería ser, pero la persona de Cristo vivo me atrae y me arrastra”. Todos los días dedicaba un amplio espacio a la oración y cuando le era posible participaba de la misa diaria; murió con el nombre de Jesús en los labios. También para él se está tramitando el proceso de beatificación. Con De Gasperi Schuman tenía una sintonía espiritual y una amistad profunda. Decía de ambos: “Somos instrumentos imperfectos de una Providencia que se sirve de nosotros para realizar grandes obras que nos superan”. Si en un primer momento Schuman quería dedicarse a los demás haciéndose sacerdote, encontró su vocación a la santidad por el camino de la política. Murió el 4 de septiembre de 1963 tras recibir los sacramentos y una carta de aliento de Pablo VI. Había dicho alguna vez: “Un día los santos vestirán de saco y corbata”.

                                                              PRIMO CORBELLI

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