(opinión): el caso Alfie

Vigilia de oración por Alfie

Alfie Evans era la primera criatura de un matrimonio joven inglés, Thomas de 21 años y Kate de 20. Ambos son católicos y pelearon una gran batalla para salvar la vida de su hijo nacido con una enfermedad neurodegenerativa terminal. Alfie ya había pasado 16 de sus 21 meses de vida en un hospital pediátrico de Liverpool en estado semivegetativo, asistido con mucho amor por sus padres. Había sido hospitalizado en diciembre de 2016 hasta que el 20 febrero pasado sucedió lo imprevisto. Sin la aprobación de los padres los médicos decidieron que había que retirar el respirador, ya que no había más nada que hacer, la muerte era inevitable y el 70% de la materia gris de su cerebro estaba dañada. Hubiera sido una vida “inútil y futil”.

Por ley intervino desde la Alta Corte el juez Anthony Hayden dándole razón a los médicos “porque no hay esperanza de que el niño vaya a mejorar y vivir”. El 15 de abril el Papa Francisco hizo un llamado para que se escuchara a los padres y se intentara mantener en vida al niño. Tres días después el padre del niño viajó al Vaticano y el Papa lo recibió enseguida con este comentario: “Es muy joven pero valiente para defender la vida de su hijo. Es como el Amor de Dios que nunca se resigna en perdernos. Solo Dios es el dueño de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Nosotros debemos hacer todo lo posible para cuidar la vida”. El mismo Papa le sugirió a Thomas, que aceptó enseguida, traer el niño a Roma para que se hospedara en el “Niño Jesús”, un hospital de primera categoría a nivel pediátrico. A pedido del Papa, también se movió el gobierno italiano que procuró un avión-ambulancia equipado con médicos e instrumental necesario para trasladar gratuitamente el niño a Roma. El mismo gobierno le consiguió rápidamente a Alfie la ciudadanía italiana para que pudiera viajar. La directora del “Niño Jesús” Mariela Enoc  viajó expresamente a Liverpool para concretar el viaje, pero encontró todas las puertas del hospital cerradas. También en este caso la Alta Corte Británica negó a Alfie el derecho de recibir ayuda sanitaria en otro estado miembro de la Unión Europea considerando además el traslado, “inútil y peligroso”.

Mientras tanto se le había desconectado el aparato respiratorio al niño y este seguía respirando en forma autónoma, con la ayuda también de la respiración boca a boca de la madre. Pasaron seis largas horas, hasta que los médicos tuvieron que acceder a darle oxígeno y agua y empezar lentamente a tratarlo con la debida responsabilidad. Al parecer, lo hicieron como una concesión frente a las protestas públicas crecientes, no para responder a un derecho fundamental e inviolable. El Papa volvió a pedir que se intentaran “nuevas posibilidades de tratamiento”. Los padres  de Alfie sabían que la enfermedad era terminal, pero Thomas decía: “Alfie es hijo de Dios y como todos los hijos de Dios, si debe morir morirá en el momento que Dios ha previsto para él”. A la semana, efectivamente Alfie murió.

 

¿ENSAÑAMIENTO O EUTANASIA?

Con Thomas Evans, papá de Alfie

Las reacciones a estos hechos en Europa y en la misma Inglaterra, fueron enormes y dispares, sobre todo por el hecho de que médicos y jueces hubieran actuado por encima de la voluntad de los padres. La Federación Mundial de Asociaciones Médicas Católicas condenó el tratamiento infligido por los médicos y los jueces a Alfie: “Acciones como estas del Hospital Alder Hay desprestigian nuestra profesión. La tiranía médica debe detenerse”. Algo parecido ya había sucedido en julio de 2017 en Inglaterra con Charlie Gard enfermo terminal  de 11 meses, al que en contra de la voluntad de los padres le causaron la muerte y no le permitieron llevarlo a los Estados Unidos para otro tratamiento. La esperanza de los padres de Alfie ha sido pisoteada y burlada, pero ahora todos comentan que la breve existencia de Alfie no ha sido “inútil” ni “fútil”; ha sido una sacudida para la conciencia de millones de personas que se preguntan quién tiene realmente el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de un ser humano. Se ha visto que frente a la carencia de humanidad, la fe de los padres de Alfie ha ido más allá de leyes y reglamentos; que hay que recuperar el sentido sagrado de la vida y una alianza indispensable entre médicos, pacientes y familiares. No existen vidas para el descarte, como enseña constantemente el Papa Francisco. También la directora del Niño Jesús llamó a científicos, familiares e instituciones a que “no se repitan estos desencuentros que son dictados más bien por la ideología que por la atención y amor a los pacientes”. El Papa, visiblemente emocionado por la muerte del niño, advirtió: “La ciencia tiene límites que respetar para el bien de la propia humanidad y necesita un sentido de responsabilidad ética, promoviendo la solicitud y el esfuerzo de todos, superando prejuicios, en favor de todos los enfermos”. A nivel de Iglesia muchos recordaron que ningún poder político puede arrogarse el derecho de impedir que otros estados e instituciones científicas reconocidas por su competencia se hagan cargo de un niño para el cual no se sabe más que hacer para curarlo. Por su parte el reconocido teólogo italiano Luigi Lorenzetti ha aclarado que “una cosa es el ensañamiento terapéutico cuando se impide a la naturaleza seguir su curso normal con tratamientos innecesarios y desproporcionados por el resultado que se prevé obtener. En este caso no hay un pedido de muerte o de apurarla; se la acepta cuando llega y el paciente puede legítimamente rechazar esos tratamientos. Otra cosa es la eutanasia con la que se quiere procurar la muerte del paciente terminal porque se quiere acabar con una existencia que se piensa irreversiblemente breve o marcada por el sufrimiento. Se trata de una arbitraria interrupción de la vida humana. No se puede hablar de una vida “inútil” simplemente por una discapacidad congénita. Ni el médico que ha prometido y está obligado a cuidar la vida, puede moralmente obedecer al pedido de un paciente para un abandono terapéutico”. Hoy crece por doquier el desprecio, la indiferencia hacia la vida humana y la intolerancia frente al dolor. La eutanasia (=muerte dulce, en griego) es asesinato y la Iglesia se opone a su despenalización; serviría tan solo para deslizarnos por pendientes cada vez más inhumanas. Es conocido el caso de un ingeniero enfermo de depresión que fue a Suiza para que se le practicara el suicidio asistido por parte de un médico; pero quien sufre de depresión tiene el derecho a ser curado y ayudado, no eliminado. Hay cierto tipo de progresismo que defiende la vida de los culpables condenados a la pena de muerte y deja desprotegida la vida de los más inocentes. Puede lograrse una muerte sin dolor y con dignidad con los cuidados paliativos que hoy han logrado grandes éxitos. Si la muerte llega a ser un derecho, entonces todo está permitido.

                                                  PRIMO CORBELLI

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