(catequesis de adultos): LA VIDA ETERNA

A raíz de unas declaraciones del papa Francisco, que simplemente recordó que el infierno no es un lugar, en la prensa mundial se difundió la noticia de que el Papa había dicho que el infierno no existe. Lo positivo del episodio es que gracias a la ignorancia religiosa de tanta gente se encaró un tema serio, tabú para muchos pero esencial para los cristianos: la vida después de la muerte. Para el cristiano no existe ni el “destino” ni la “suerte”. Dios tiene para cada uno de sus hijos un plan de felicidad plena y eterna. Todo camina hacia un encuentro con Dios que la Biblia llama “cielo”, “paraíso”; será vivir con Cristo para siempre, como El nos prometió (Jn 14,1-21). No será un lugar sino que consistirá en ver y conocer a Dios (1Cor 2,9) y en Él a todas las personas y a la creación entera.  No será un descanso eterno ni simplemente una vida sin sufrimiento, sino “vida en abundancia” (Jn 10,10). Quien dice “vida”, dice actividad, comunicación, creatividad, relacionamiento que será con todos, en el cielo y en la tierra. El amor siempre va descubriendo sorpresas y nuevas maravillas. No será “otra vida” sino esta misma vida humana transformada por el Espíritu; no “otro mundo” sino este mismo mundo redimido “donde no habrá ya muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor” (Ap 21,4). Será una felicidad plenamente humana (no seremos ángeles) donde tendrá cabida todo lo bueno, lo bello, lo verdadero, lo justo que hemos buscado y querido. Nada se perderá de nuestros esfuerzos y de nuestros afectos porque el cielo es la absoluta realización humana. Seguiremos siendo nosotros mismos con nuestra identidad personal; también siendo adultos somos diversos de lo que éramos cuando éramos niños y a pesar de ellos seguimos siendo los mismos. Entenderemos el sentido oculto de la historia, de nuestra vida. Será la fiesta de los ojos; se podrá ver el corazón de las personas, de las cosas, de Dios. Antes  habrá un proceso de purificación (=purgatorio) para todos; por eso la Iglesia desde siempre reza por los difuntos. Si el Reino de Dios es amor (en los evangelios se habla de un banquete fraternal), los que se rehúsan a amar a Dios y a los demás, optan ellos mismos por lo que se llama “infierno” que tampoco es un lugar. La palabra viene del latín e indica oscuridad, dolor, soledad absoluta. El infierno, que como el paraíso ya empieza en esta tierra para los que son animados por la violencia, el odio, la mentira, no es ni un lugar ni es obra o castigo de Dios sino consecuencia del propio actuar humano. Sin embargo el cristiano espera en la misericordia de Dios para con todos, ya que Él quiere la salvación de todos.

                                                                         P.C.

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