(tema central): LOS CAMBIOS EN LA IGLESIA

Hablar de “reforma” en la Iglesia no significa “cambiar” la Iglesia, sino volver a evangelizar y enfrentar la realidad de hoy con el mismo espíritu de la primera Iglesia. Ni la palabra “aggiornamento” (en italiano= puesta al día) que usó el papa Juan XXIII para el Concilio significa suavizar o traicionar los principios de la doctrina o de la moral; es servir a Dios y al Evangelio en las nuevas circunstancias. El Papa no puede modificar lo que pertenece a la fe revelada, pero sí todo lo que no tenga que ver con dogmas o verdades de fe, para que la Iglesia no aparezca hoy como trasnochada. La Iglesia es un cuerpo vivo que ha de adaptarse a todos los climas y circunstancias. Sin embargo muchos quedan descolocados hoy frente a los cambios que se están produciendo en la Iglesia y quisieran seguir con lo que han enseñado los Papas en el pasado. ¿Es que los Papas son infalibles?

¿SON INFALIBLES LOS PAPAS?
El Papa y los obispos ejercen en la Iglesia, por mandato de Cristo, un “magisterio” (del latín “magister”=maestro) en todo lo que tiene que ver con la vida cristiana. Solamente cuando las enseñanzas son “reveladas”, es decir  se deducen explícita o implícitamente de la Palabra de Dios y son propuestas oficialmente “ex cátedra” (del latín= desde la cátedra del maestro), solo en estos casos se puede hablar de infalibilidad. Estas enseñanzas se llaman “dogmas”. La palabra “dogma” procede del verbo griego “dokein” (=creer) y se refiere a doctrinas que se creen por fe; tienen carácter vinculante para los cristianos. En la actualidad con la palabra “dogmático” se tilda muchas veces a una persona de fanática, autoritaria, intransigente. No es el caso del creyente, para el cual los dogmas son verdades reveladas por Cristo y transmitidas por la Iglesia. No es lo mismo hablar de dogmas que de dogmatismo. Una definición dogmática del Papa es infalible además cuando tiene detrás de sí el consenso universal de la Iglesia; no es una prerrogativa personal del Papa para usar a sus antojos. Además del magisterio extraordinario del Papa está su magisterio ordinario y el de los obispos; también este magisterio precisa el aporte de los teólogos y de todo el pueblo cristiano. No existe una Iglesia maestra por un lado y una Iglesia alumna por el otro ya que el Espíritu Santo inspira al Papa y a los obispos, pero también a toda la Iglesia. Justamente el clericalismo y el paternalismo de los clérigos han llevado al infantilismo de muchos cristianos que no han llegado a ser adultos en la fe y a saber hablar con voz propia. Si bien el Papa y los obispos son los guías del Pueblo de Dios, es preciso esclarecer, advertir, reclamar y hasta protestar cuando los pastores están mal informados sobre la realidad o se demoran en el camino.

LOS DOGMAS EN LA IGLESIA
Son muy pocos. El último dogma declarado por el Papa y los obispos en un Concilio de la Iglesia fue en 1870 cuando se declaró la “infalibilidad pontificia”. Esta palabra significa que el Papa no se equivoca y es asistido por el Espíritu Santo solamente cuando define como maestro de la fe verdades “reveladas”. En raras oportunidades los Papas, actuando independientemente de los Concilios pero sí en unión con los obispos de toda la Iglesia, han definido estos “dogmas” de fe. Después del Concilio Vaticano Iº, solo hubo dos casos: con Pio IX para el dogma de la Inmaculada Concepción de María y con Pio XII con el dogma de la Asunción de María al cielo en alma y cuerpo. No se trata de nuevas doctrinas; son explicitaciones actualizadas de verdades transmitidas por los apóstoles y ya vividas en la Iglesia. Los Papas no actuaron por su cuenta, sino con el consentimiento del colegio episcopal. Es sabido cómo Pio IX y Pio XII consultaron a todos los obispos del mundo antes de definir esos dos dogmas y las respuestas positivas fueron prácticamente unánimes. No hay que confundir además infalibilidad con impecabilidad; la primera se refiere a la doctrina de la Iglesia, la segunda a la conducta de una Iglesia animada por el Espíritu pero hecha de hombres pecadores. Más allá de los casos extraordinarios nombrados antes y de lo que es el depósito doctrinal de la Iglesia desde los comienzos, para el magisterio ordinario del Papa y de los obispos solo se requiere asentimiento religioso y obediencia, pero no un acto de fe. El magisterio ordinario tiene inclusive niveles distintos de autoridad. No es lo mismo el documento de un Concilio, una carta encíclica del Papa o la carta pastoral de un obispo. Además los hermanos protestantes cuestionan muchas veces a los católicos porque creen en todo lo que dice el Papa y no saben distinguir lo que puede ser una simple opinión personal en una entrevista o en un discurso (con la que se puede estar o no de acuerdo), de lo que es su magisterio.

¿PUEDE HABER CAMBIOS EN LA IGLESIA?
El magisterio ordinario de los Papas ha variado y evolucionado en la historia. Por ejemplo en el siglo XIX el magisterio de la Iglesia no comprendió, tal como había sucedido con el Protestantismo, que algunas de las ideas de la Revolución Francesa y de la modernidad eran de hecho valores evangélicos y asumió una actitud de total condena. Estas posturas fueron rectificadas por el Concilio Vaticano II. Los cambios fortalecen la fe en la inspiración del Espíritu Santo que acompaña, actualiza y rejuvenece la acción de la Iglesia. El papa Francisco ha dicho: “La resistencia a los cambios es frecuente. El famoso “siempre se hizo así” se lo encuentra en todas partes. Es una tentación grande que todos sentimos y hemos experimentado en el postconcilio, la que todavía está presente y lleva a relativizar el Concilio, a echarle agua”. Hasta hace poco no se admitía ningún error en la Iglesia y la apologética hacía saltos mortales para defenderlo todo. El papa Juan Pablo II tuvo el coraje de reconocer cantidad de errores de la Iglesia en el pasado, sin que nunca afectaran lo esencial de la fe y de la moral. Además la Iglesia no es un cuartel que obedece ciegamente al comandante en jefe; el Espíritu Santo reparte sus dones a todos. El Papa no es el obispo del mundo; es un obispo igual que todos los demás, obispo de Roma donde murió san Pedro el primer Papa, con la función específica como sucesor de Pedro de presidir en la caridad a todas las Iglesias. El Papa no es un soberano, y la curia vaticana no es la corte papal. La curia está al servicio del papa y de los obispos, los que gobiernan la Iglesia. Tampoco los obispos son funcionarios, delegados o vicarios del Papa. El Concilio dice que los obispos reciben su misión de gobierno directamente de Cristo, a través del sacramento del Orden Sagrado (Lumen Gentium,22). La Iglesia es una comunión de Iglesias Locales y los obispos forman entre ellos un “colegio”. Siendo un “colegio” deben trabajar juntos como “colegas”, más que mantener una relación totalmente vertical con Roma. El excesivo culto al Papa ha llevado a un excesivo centralismo en la Iglesia; el teólogo Urs von Balthasar llegó a lamentar cierta “papolatría” (=culto al Papa).

LAS REFORMAS DEL PAPA FRANCISCO
El papa Francisco es un Papa reformador. Pero los cambios producidos por él a los cinco años de su pontificado para algunos parecen pocos y para otros excesivos. Hay que recordar a los primeros que este Papa, como lo ha dicho repetidas veces, solo se preocupa por abrir caminos. Los cambios que en la Iglesia abren nuevos horizontes se dan lentamente: no al son de tambores sino con discreción, no con mandamientos y prohibiciones que caen desde arriba, sino con una laboriosa concientización de las bases y el testimonio de los pastores. Ni los mejores discursos y documentos del Papa, ni tan solo su ejemplo van a cambiar las cosas si los obispos, el clero y los fieles no logran esa “conversión pastoral” que pide el Papa y no asumen todos, la responsabilidad de la renovación de la Iglesia. Escribe el teólogo José María Castillo: “Mientras hay obispos viviendo en palacios, clérigos luciendo vestimentas solemnes, diócesis e institutos religiosos que manejan mucho (pero mucho) dinero, con grandes privilegios que la mayoría de los ciudadanos no tienen, personas jóvenes que entran en el seminario y conventos para hacer carrera.., esta Iglesia no tiene arreglo”. A los segundos se les puede recordar que el Papa a más de 50 años del Concilio solo quiere llevar a cabo sus postulados fundamentales. El Concilio fue “pastoral” y las reformas del Papa son “pastorales”; suponen una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Además a los que se  quejan de que las reformas no son tan rápidas o se quedan a mitad camino, hay que recordarles que el Papa quiere caminar junto a todo el pueblo de Dios. El Papa no es antes que nada un jefe de estado sino un padre, máximo responsable de la unidad de la familia de los creyentes. Y Jesús en su cena de despedida manifestó como último deseo que nos mantengamos unidos. Hoy la resistencia a los cambios del papa Francisco, si bien minoritaria, ha llegado a niveles que en otros tiempos hubieran provocado profundos cismas en la Iglesia. Por eso  Francisco está pasando por humillaciones muy duras (hasta lo acusaron de “hereje”) por intentar acercar posturas; por eso ha optado por el camino del testimonio evangélico, predicando con el ejemplo. En virtud de su “potestad suprema” afirmada por el Derecho Canónico, el Papa podría haber modificado con un decreto toda la curia vaticana, la liturgia; podría haber suprimido el celibato obligatorio para los curas, exigido que en cada diócesis el obispo fuera elegido por votación popular, concedido el diaconado a las mujeres… No lo hizo y no lo hará. La Iglesia no debe parecerse a una “monarquía absoluta” tal como lo era en la edad media, ya que la Iglesia debe ser una comunidad de hermanos e iguales por el bautismo.

UN PAPADO MÁS MODESTO
Los evangelios no hablan de “jerarquía” (=poder sagrado) sino de “servicio” y el servicio lleva consigo cargas y sacrificios, no honores, títulos y privilegios. El Concilio no comprendió ni definió la primacía del Papa como monarquía, y menos aún absoluta, sino como una presidencia en la unidad de la fe y en la comunión. Tampoco se trata de un régimen democrático donde el pueblo es soberano, ya que en la Iglesia el único soberano es Cristo. Sin ventilarlo, Francisco está logrando la reforma más grande y más difícil de todas, la del Papado; le ha dado un giro que no tiene ya vuelta atrás. El Papa ya no será más un ser sagrado y distante, superior e intocable; se terminó el hieratismo, la solemnidad, la parafernalia vaticana de antes del Concilio. Desde que se presentó llevando zapatos viejos y una carterita en las manos, desde que pidió la bendición al pueblo de Roma como su obispo y dejó el palacio pontificio para vivir en una casa de huéspedes, muchas cosas han cambiado.
Este Papa prescinde de todos los protocolos que lo alejan de la gente, ha rechazado el trono y los anillos de oro, da entrevistas, llama por teléfono a quien quiere desde su propio móvil, sale de visita, usa twitter, no teme ponerse una nariz de payaso para alegrar a los niños o de intercambiar solideos o sacarse una foto con los jóvenes. Reconoce que a veces se equivoca, pero sabe pedir disculpas. No hay memoria de un Papa, si se exceptúa a Juan XXIII, tan cercano a la gente y esto molesta a quien les gustan los pedestales. A las palabras y gestos han seguido los hechos. El papa Francisco quiere descentralizar el poder papal a través de una mayor corresponsabilidad en la Iglesia. Ha creado el Consejo de los 9 Cardenales para que lo asesoren en el gobierno. Critica constantemente el clericalismo; se hacen encuestas, consultas y procesos pre-sinodales, se responsabilizan mayormente a los obispos.  Francisco jamás se cita a sí mismo en los documentos, pero cita las Conferencias Episcopales de todo el mundo y les pide que se hagan cargo de sus fieles sin esperar siempre la respuesta de Roma y que no tengan miedo a equivocarse.

LA CULTURA DEL ENCUENTRO
El Papa actual, desde el comienzo, tuvo el coraje de adoptar un nombre que nunca ha figurado en la larga lista de los papas de Roma a través de los siglos: Francisco. El del santo de Asís es un nombre que suena como todo un programa. San Francisco no era ni sacerdote, pero era el hombre del Evangelio “sine glossa” (=sin comentarios), de la pobreza y de los pobres, de la mansedumbre y de la misericordia, de la paz y el amor a la creación, el hermano de todos. La revolución franciscana en la vida de la Iglesia del siglo XIII, significó un Cristianismo amigo de las personas, instalado en la calle, humano y cercano. El papa Francisco hizo suyo también el legado de Juan XXIII rechazando a los “profetas de calamidades”, acudiendo a la “medicina de la misericordia” y predicando el “gozo del Evangelio”. Hablando del Concilio Vaticano II, dijo en una homilía en Santa Marta: “¿Después de 50 años hemos hecho todo lo que nos dijo el Espíritu Santo en el Concilio? ¡No! Festejamos sus aniversarios, casi levantamos un monumento al Concilio, pero lo que queremos es que ya no nos fastidie. Hasta existen voces que quieren retroceder. Lo que pasa es que no queremos cambiar”. El papa Francisco frente a la supuesta crisis de la Iglesia, quiere sacarla a los caminos para que anuncie con entusiasmo la actualidad del Evangelio; quiere una “Iglesia en salida”. Promueve la “cultura del encuentro” con todos (aún con los que piensan diferente), insta salir a la calle para encontrar y dejarse encontrar; rechaza los coches blindados en sus viajes para mirar en la cara a la gente y abrazarla. Dijo alguna vez: “Es cierto que si uno sale a la calle le puede pasar lo que a cualquier hijo de vecino: accidentarse. Pero yo prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una Iglesia enferma por el encierro”. Salir de los recintos obliga también a adoptar un nuevo lenguaje. Nunca se ha escuchado a un Papa hablar como lo hace Francisco, con la espontaneidad, la contundencia y el estilo popular de un cura de barrio. Puede resultar, para algunos intelectuales o teólogos eruditos, un lenguaje populista y demagógico, pero es una palabra que quiere ser accesible a todos, entusiasma a la gente y la acerca a la fe. No por nada el Papa, para que la voz de la Iglesia sea entendida por todos, dedica en el tercer capítulo de la Evangelii Gaudium nada menos que 24 párrafos a la homilía y a la predicación.

PROFETA DE LA MISERICORDIA
Francisco es el gran predicador de la misericordia divina contra una teología y una catequesis rígida, moralista, del si se puede o no se puede; de una Iglesia que rechaza el pecado pero ama al pecador, que no juzga ni expulsa, sino que acoge y recibe. Es el profeta latinoamericano que grita contra la injusticia, la indiferencia inmisericorde de los países prósperos. Fue un gesto profético aquel primer viaje a la isla de Lampedusa para recibir a los inmigrantes africanos en junio de  2013. Hoy parecería que ni la izquierda política estuviera más concentrada en la lucha contra la pobreza y se limitara a reivindicar derechos y pseudo derechos civiles (divorcio, aborto, matrimonio igualitario, etc.). Por eso llama fuertemente la atención que un Papa lidere movimientos populares y condene sin vueltas la actual economía de mercado como inhumana. Hoy la miseria y el hambre creciente de millones de personas ya no causan escándalo; es como algo normal, inevitable. Lamentablemente la evangelización social en la Iglesia ha quedado reducida hoy a los pronunciamientos claros y fuertes del Papa y la palabra “evangelización” ha adquirido en boca de muchos una connotación exclusivamente religiosa. Contra el carrerismo en la Iglesia y el espíritu burgués, el Papa -desde que aún siendo cardenal viajaba en ómnibus y en tren junto a los trabajadores- insiste en la pobreza y la austeridad solidaria con los pobres del mundo. Ha fustigado la riqueza de ciertas congregaciones religiosas y les ha pedido que abran sus casas vacías a los inmigrantes. Dijo en una oportunidad: “Cuando una congregación religiosa no va por el camino de la pobreza, normalmente Dios envía un administrador que hace derrumbar toda la economía; y esta es una gracia de Dios”. Soplan vientos de cambio en la Iglesia. Han caído muchos tabúes y hay más libertad de opinión y de expresión; hay una nueva sensibilidad para la promoción de las mujeres, para el diálogo con las iglesias cristianas y las religiones… Ha escrito Walter Kasper: “Los laicos han de presionar ahora a sus obispos para que apoyen y apliquen estas reformas porque el Papa quiere involucrar a todo el pueblo de Dios en estos cambios. La verdadera crisis que afecta a la Iglesia es la falta de energía misionera, de gozo en la fe. Nos hacía falta una fuerte sacudida para volver a ser una Iglesia en camino”.  

Primo Corbelli

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