(testimonio) Dr. Héctor Lescano

El particular momento histórico que viven Uruguay y la región ha llevado a Umbrales a poner el acento de su último Editorial en el tema de la ética y la política. Probablemente estemos presenciando una etapa de profundos cambios en la concepción de la política a raíz de los hechos de público conocimiento. Como pocas veces en tan poco tiempo, importantes líderes políticos son obligados a renunciar o han sido procesados a raíz de diferentes actos o circunstancias de corrupción o manejo inescrupuloso de dineros públicos. En este contexto, le hemos solicitado a un importante político católico nos acerque sus reflexiones personales. Agradecemos en tal sentido al Dr. Héctor Lescano, ex parlamentario y ministro, actual Embajador de Uruguay en Argentina, por las siguientes líneas en las que nos expresa la necesidad de seguir apostando por una política basada en valores.

Reflexiones sobre Ética y Política

Héctor Lescano

Tal vez con mayor intensidad que nunca, al menos desde la llamada modernidad y la crisis valórica que supuso en casi toda su trayectoria, se nos exige a los políticos desde la ciudadanía interpelante decepcionada, enojada, temerosa y descreída, hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para trabajar en el sentido de acercar la brecha – amplia y profunda – entre la política y la ética.

La respuesta a ese clamor, supone ciertamente, reconocer la existencia de esa fractura practicando sana autocrítica, ayuno de soberbia, humildad y decencia. Al decir de Fromm “esa ruptura ética de nuestro tiempo… donde la política no viene determinada más por la voluntad humana, sino por el mercado y sus infalibles leyes, que supuestamente gobiernan sin necesidad de la participación de esa voluntad. El destino de la sociedad  es así transferido a un mecanismo automático ajeno al ser humano. He ahí el núcleo del problema ético y político de nuestro tiempo”.

Es exigencia de raíz moral, a todos los políticos de todas las creencias que actúan con la sana intención de contribuir al bien de los pueblos. Es más fuerte aún a los inspirados en corrientes humanistas, sin adjetivos, porque las hay de distinto signo y por cierto a los políticos cristianos o “políticos en cristiano” que deberíamos transitar el camino temporal del mensaje evangélico y la “opción preferencial por los pobres”. “Porque los pobres son el centro del Evangelio. Y la opción preferencial es una consecuencia para subrayar la actividad de un cristiano en la vida social… y eso vale también para la vida íntima de una persona” como nos dice Francisco en  “LATINOAMÉRICA, conversaciones con Hernán Reyes Alcaide”.

Exigencia no sólo a los políticos, a los que ocupamos alguna responsabilidad – por pequeña que esta sea – en el espacio de lo público sino también a los liderazgos de la actividad privada, de las organizaciones sociales, de la academia, de las referencias de cualquier ámbito de la actividad humana. Para tener entonces la autoridad ética para predicar su práctica en toda la ciudadanía.

Actitud que debe expresarse en su doble dimensión: personal y comunitaria. Dimensiones que deben ser inseparables.

Como señala H. Casanueva: “las implicancias de una dualidad valórica personal-social son graves, especialmente en la acción política…no es aceptable una incongruencia entre las dos dimensiones. Allí hay una claudicación. Se tornan tolerables las desigualdades, se valida la indiferencia respecto del destino del prójimo y legitiman posiciones que a pretexto de “lo práctico”, de lo “oportuno” o de lo inmediatamente rentable, sacrifican una línea centrada en el interés comunitario”.

El político cristiano Juan Pablo Terra

Estamos hablando de ética y política. De autenticidad, sin la cual los enunciados teóricos del discurso o el relato político quedan entre vacíos formalismos verbales mientras los sectores populares ven incrementada su exclusión, su desesperanza, su descrédito, atrapados en este sistema cuyas estructuras son de “miseria y opresión” al decir de Juan Pablo Terra.

“Sólo se pide a los cristianos ser auténticos. Esto es verdaderamente la revolución” decía Mounier.

Y Carlos Castillo Velazco, de quien tuvimos el honor de la amistad cercana, creía que “el siglo XXI sería el de una ética de la responsabilidad”. Y él creía en “el comunitarismo, esa corriente del pensamiento ético que privilegia en su epistemología y en su ontología a la comunidad sobre los individuos, salvaguardando siempre la libertad. Esa idea hace responsables a los individuos frente a la comunidad”.

Siguiendo a Maritain, concebimos el ejercicio político cotidiano como el camino de búsqueda de una verdad a la cual servir.

Búsqueda, personal y con compañía porque el fin del camino no está predeterminado, ni es propiedad de iluminados,  es una construcción permanente.

Una verdad, porque ésta al decir del filósofo, es sinfónica, no está dada por una nota de un solo instrumento, busca la armonía con el otro, respeta de veras la diversidad del prójimo. Piedra miliar del pluralismo que, como enseñó Juan Pablo es componente esencial del ideal democrático.

Y para servir, no para ser servido.

Búsqueda, verdad y servicio que no pueden concebirse sin un fuerte anclaje ético.

Es el trabajo diario por la construcción y ejecución de proyectos de desarrollo humano integral. Con optimismo a pesar de todos los dramas que nos duelen y sacuden.

Como expresa Eloy Mealla: “la relación entre ética y desarrollo da lugar a plantearse una ética del desarrollo (muy conectada a la educación para darle a ésta un rumbo trascendente). Dicha perspectiva ética es mucho más que una exhortación moral para sofocar la codicia y cultivar la austeridad, pero que deja intactas las políticas generales que generan la creciente desigualdad…” Por ello, Francisco contribuye a la gobernabilidad mundial proponiendo un nuevo paradigma de desarrollo basado en la comunión de los pueblos mediante la justicia y la solidaridad. Ahora bien , para Francisco “la solidaridad supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” Y añade que “la solidaridad abre camino a otras transformaciones estructurales, las cuales sin generar nuevas condiciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces”.

Corrupción que no parece detenerse (Francisco no es optimista al respecto y la distingue del pecado y la posibilidad del perdón para quien lo comete… “la corrupción anestesia”) y que junto a la soberbia y la tentación hegemónica constituyen una sobredosis letal de la mala política para pueblos que no merecen esperar más.

Por ello, política y ética, como condiciones inseparables, deben constituir desvelo y desafío.

 

Héctor Lescano

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