(entrevista) González Faus: hoy ‘mercado’ significa ‘engaño’

tomada de vidanuevadigital.com

El teólogo jesuita denuncia que la “democracia” ya ha dejado de ser el “poder del pueblo”. También que, dentro de la Iglesia, la “comunión” no pocas veces se ha usado en el sentido de “sumisión”. Y es que, con frecuencia, los egoísmos humanos han secuestrado algunos de estos conceptos para ponerlos al servicio de sus propios intereses. Por eso, y porque “la injusticia no va a tener la última palabra en esta historia”, el jesuita José Ignacio González Faus (Valencia, 1933) ha querido, en su último libro, “Reconstruir las grandes palabras”, rescatarlas por un momento de tanta falsificación o banalización para que recuperen su esplendor original.

 

¿Por dónde pasa la “reconstrucción” de esas grandes palabras que reivindica en su libro?

La reconstrucción pasa por devolver a las grandes palabras su verdadero significado, en vez de usarlas para disfrazar actuaciones que en realidad las contradicen o las banalizan. Estuve dudando si titular el libro Reconstruir o Rescatar las grandes palabras: porque también da la impresión de que esas grandes palabras están “cautivas” de los egoísmos humanos, egoísmos de grupo y de la cultura ambiental, sobre todo.

¿Qué papel puede y debe jugar el ciudadano de a pie si la clase política prostituye a diario el verdadero sentido de términos como libertad, democracia o diálogo?

Cuando me preguntan qué hay que hacer, suelo responder que yo no soy Juan Bautista, que –según cuenta Lucas– tenía una respuesta muy directa para todos los que le preguntaban eso. Pero añado que cuando uno lleva dentro una pasión (en este caso, la pasión de rescatar esas realidades que designan nuestras grandes palabras), siempre acaba encontrando caminos, solo o en grupo. Sí creo que la ciudadanía debería hacer mucho más en este campo. Quizá lo primero sería liberarse de ese “pan y circo” tan antiguo, que ha sido siempre la manera de anestesiar a las masas. Y que hoy sería, por ejemplo, “consumo y fútbol”.

Un mal signo de los tiempos

Los discursos que hoy más deslumbran suelen estar plagados de palabras huecas. ¿Un signo de los tiempos?, ¿solo una impresión?…

Creo que sí es un signo de los tiempos; un mal signo, que debe ser interpretado negativamente. Basta ver la bajeza de nuestras campañas electorales, que yo suprimiría muy a gusto y en las que tanto se gasta: todas esas fotos falsas de candidatos, bien retocadas y sonrientes, son como otras grandes palabras destrozadas. Pero eso tiene una constante complicidad en nosotros, que siempre tenemos necesidad de aclamar masivamente algo o gritar contra algo. Me atrevo a añadir que el famoso grito totus tuus era una de esas falsas aclamaciones que en realidad buscaban conseguir otra cosa.

¿Necesita también la Iglesia devolver brillo y valor a palabras de las que ha abusado hasta la saciedad? ¿Se le ocurre alguna que reclame una “reconstrucción” urgente?

Por supuesto que lo necesita. Para empezar, la palabra más grande y más malbaratada de la historia por propios y extraños: la palabra Dios. El estudio de los evangelios enseña que aquello que ponía a Jesús más “fuera de sí” era la utilización del nombre de Dios en provecho propio y no como Amor incondicional y gratuito.

Otro solo ejemplo: la palabra comunión –que es una de las más sagradas del cristianismo– se ha usado muchas veces en el sentido de “sumisión”, que no es lo mismo. Porque la sumisión es algo mucho más fácil; mientras que la comunión, que exige siempre participación, requiere mucho más esfuerzo y mucha más paciencia.

Creo que también la palabra sacerdote: porque, según el Nuevo Testamento, sacerdote no hay más que uno, que es Jesucristo, único mediador (1 Tim 2, 5). El ministerio eclesial como tarea de construir comunidad es importantísimo y grandioso, pero no debería designarse como sacerdocio: otra vez según el Nuevo Testamento, es el pueblo el que es sacerdotal. Al ministerio eclesial se le dan allí otros muchos nombres (presbíteros, servidores, trabajadores por vosotros…), pero nunca el de sacerdotes, porque contribuye a crear “casta”.

Democracia y mercado

¿Qué palabra hemos pervertido o vaciado tanto su significado que se antoja casi imposible recuperarla para un uso correcto?

Pensemos en dos. La palabra democracia, que ya ha dejado de ser poder del pueblo. En el siglo XIX (y hoy a niveles mundiales), los opresores eran una minoría y se podía gritar aquello de Marx: “Proletarios del mundo entero uníos”, o lo de “el pueblo unido jamás será vencido”. Hoy los que están mal –y, a veces, muy mal–, en nuestro Occidente que llamamos desarrollado, no llegan al 50% y, por eso, serán siempre vencidos por otra mayoría que a veces es mínima o ni siquiera es mayoría de votos, sino solo de escaños, por todo eso de la Ley D’Hont.

También la palabra mercado, que antaño equivalía a diálogo, cuando implicaba el contacto directo entre vendedor y comprador: en ese sentido pudo decir Adam Smith que buscando cada cual su interés acaba saliendo lo mejor para los dos. La “mano invisible del mercado” era, en realidad, el rostro visible de los interlocutores. Pero hoy lo de mercado significa propiamente engaño: porque no hay contacto directo, sino relaciones anónimas; y aunque tenga un interlocutor –que muchas veces ya no lo tengo–, no es él el verdadero vendedor, sino un peón o agente de quien me vende y que puede estar a mil kilómetros de distancia y con quien no puedo dialogar nada. Pero a ese engaño le seguimos llamando mercado y lo revestimos de todos los himnos que se entonan al mercado.

El resultado de ambas cosas puede que sea esa confesión, tan lúcida como impúdica, del multimillonario gringo Warren Buffet, en el año 2005: “Por supuesto, la lucha de clases existe, pero es mi clase la que está ganándola”. En cambio, si alguien de la clase oprimida habla de lucha de clases, se le desautoriza enseguida con el sambenito de comunista o de incitar a la violencia…

¿Qué le gustaría que encontraran los lectores en estas páginas?

Una cierta actitud crítica ante todo lo que se oye, sobre todo en política y economía, aunque venga de gente de la propia cuerda. Un aprecio y entusiasmo por el valor y la calidad de lo que designan esas palabras falsificadas. Y un propósito de cultivar la autenticidad en todos nosotros (yo el primero), en este mundo tan lleno de mentira.

Pero, sobre todo, que, por pesimista que les parezca la situación (o quizá mi libro), no pierdan nunca la esperanza. Me gusta decir que el cristiano es un pesimista esperanzado. Y si el neoliberalismo nos ha metido en una noche bien oscura de hambre, de vidas perdidas y de lágrimas bien amargas, hay también asombrosas estrellas de bondad y solidaridad y sacrificio por los demás en esta hora nuestra, que son como un sacramento de que la injusticia no va a tener la última palabra en esta historia.

 

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