(Misterios de la Biblia) ¿Qué queremos decir cuando decimos que Jesús resucitó?

Es el misterio central de nuestra fe.  Como dice el propio San Pablo: “Si Cristo no resucitó y nuestra esperanza es sólo para esta vida, somos los más infelices de los hombres” (1Cor 15,19).

Y sin embargo es tal vez, la verdad más desconocida para los cristianos.

Siendo aún un seminarista, me puse a hacer un experimento práctico. A la salida de la misa me puse a preguntarle a la gente que salía del Templo, qué queremos decir cuando decimos que Jesús resucitó.

Las respuestas fueron variadas: “pues se reencarnó”, “Que volvió a la vida en otro cuerpo y por eso no lo reconocieron” y la más extendida fue “que su cuerpo quedó en la tierra y su espíritu fue al Cielo”.  

Platón, San Pablo y nosotros

En el fondo somos deudores de la mentalidad griega, que no concibe la supervivencia del cuerpo  material, y que nos dice que el espíritu es inmortal pero el cuerpo no. Que lo que sobrevive es el alma inmortal del ser humano, pero no su cuerpo.

Esta última afirmación es platónica, y es precisamente este filósofo griego el que más influencia ha tenido en el pensamiento occidental. Y eso que el Credo apostólico nos dice que creemos en “la Resurrección de la Carne”.

San Juan resalta esta verdad, frente a algunos que negaban el nacimiento humano de Jesús.

“ Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” Jn. 1,14

Es que ya cuando Juan escribe su Evangelio, la mentalidad griego platónica estaba contaminando la fe de los cristianos.

Pero Jesús era judío y los discípulos suyos que escribieron el Nuevo Testamento, también lo eran.

Ellos no concebían la sobrevivencia después de la muerte sin el cuerpo. Pues el hombre no es un ángel sino un ser de carne y hueso, con un espíritu que viene de Dios mismo, pues está hecho a su imagen (Gén 1, 26- 28  / Gén. 2,7)

Lejos de pensar como Platón y los griegos de la época de San Pablo, que la muerte era la liberación del alma inmortal del hombre, de la cárcel de su cuerpo, que era imperfecto y malo, los judíos de la época de Jesús no podían pensar en una salvación que no incluyera el cuerpo.  Nuestro cuerpo es parte integral de nuestro ser, no un accesorio del cual podamos desprendernos.

Y sin embargo esta concepción platónica y dualista del ser humano, nos ha perseguido y se ha metido en el pensamiento cristiano, sobre todo a través de San Agustín, que se hallaba influenciado por Platón.

Eso explica por ejemplo cierta moral sexual que ve al sexo y a la sexualidad como algo sumamente negativo, y sólo acepta la vivencia de la sexualidad en el ámbito del matrimonio, y con el único fin de procrear. Si bien el Concilio Vaticano II al plantear el sentido del matrimonio, descarta esta idea, al llamar a los actos sexuales y genitales de la pareja humana, “el acto conyugal” y planteando claramente que no tiene como único fin la procreación, sino la unión y comunión en el amor de los esposos. (Gaudium et Spes Nº 48-50)  seguimos siendo deudores de esta visión platónica. Incluso lo somos cuando defendemos una “vida espiritual” y la contraponemos a una “vida material y profana.” Es un dualismo inaceptable que nos ha llevado a divorciar muchas veces nuestra fe de nuestra vida.

Es esta la causa por la cual los Corintios (que son griegos) no conciben la Resurrección y no la aceptan como parte esencial de su fe. Esto hace que San Pablo escriba lo que es el primer anuncio de fe sobre la resurrección de Cristo que encontramos en el Nuevo Testamento,  para corregir este pensamiento que nada tiene de cristiano. (1Cor. Cap. 15)

Este anuncio es muy importante, pues es anterior a los evangelios, y está escrito por  uno de los que vieron a Jesús Resucitado, que escribe esta carta en el año 50, después de Cristo.

El Evangelista Marcos, que es el que primero, tardará 16 años en escribir su Evangelio luego de este testimonio de Pablo.

 

De ahí el valor que tiene este escrito. Escuchemos al apóstol mismo:

1 Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié. Ustedes la recibieron y perseveran en ella, 2 y por ella se salvarán si la guardan tal como yo se la anuncié, a no ser que hayan creído cosas que no son.

3 En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; 4que fue sepultado; que resucitó al tercer día, también según las Escrituras; 5 que se apareció a Pedro y luego a los Doce. 6 Después se dejó ver por más de quinientos hermanos juntos, algunos de los cuales ya han entrado en el descanso, pero la mayoría vive todavía. 7 Después se le apareció a Santiago, y seguidamente a todos los apóstoles. 8 Y se me apareció también a mí, iba a decir al aborto, el último de todos.

9 Porque yo soy el último de los apóstoles y ni siquiera merezco ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. 10 Sin embargo, por la gracia de Dios soy lo que soy y el favor que me hizo no fue en vano; he trabajado más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

11 Pues bien, esto es lo que predicamos tanto ellos como yo, y esto es lo que han creído. 12 Ahora bien, si proclamamos un Mesías resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos ahí que no hay resurrección de los muertos? 13 Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. 14 Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene contenido, como tampoco la fe de ustedes.

15 Con eso pasamos a ser falsos testigos de Dios, pues afirmamos que Dios resucitó a Cristo, siendo así que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan. 16 Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar. 17 Y si Cristo no resucitó, de nada les sirve su fe: ustedes siguen en sus pecados. 18 Y, para decirlo sin rodeos, los que se durmieron en Cristo están totalmente perdidos. 19 Si nuestra esperanza en Cristo se termina con la vida presente, somos los más infelices de todos los hombres.

Cristo nos abrió el camino

:20 Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, siendo el primero y primicia de los que se durmieron. 21 Un hombre trajo la muerte, y un hombre también trae la resurrección de los muertos. 22 Todos mueren por estar incluidos en Adán, y todos también recibirán la vida en Cristo. 23 Pero se respeta el lugar de cada uno: Cristo es primero, y más tarde les tocará a los suyos, cuando venga a pedir cuentas.

24 Luego llegará el fin. Cristo entregará a Dios Padre el Reino después de haber desarmado todas las estructuras, autoridades y fuerzas del universo. 25 Está dicho que debe ejercer el poder hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies, 26 y el último de los enemigos sometidos será la muerte.

27 Dios pondrá todas las cosas bajo sus pies. Todo le será sometido, pero es evidente que se excluye a Aquel que le somete el universo. 28 Y cuando el universo le quede sometido, el Hijo se someterá a Aquel que le sometió todas las cosas, para que en adelante Dios sea todo en todos.

29 Pero, díganme, ¿qué buscan esos que se hacen bautizar por los que han muerto? Si los muertos de ningún modo pueden resucitar, ¿de qué sirve ese bautismo por ellos? 30 Y nosotros mismos, ¿para qué arriesgamos continuamente la vida? 31 Sí, hermanos, porque todos los días estoy muriendo, se lo juro por ustedes mismos que son mi gloria en Cristo Jesús nuestro Señor. 32 Si no hay más que esta existencia, ¿de qué me sirve haber luchado contra leones en Efeso? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.

33 No se dejen engañar: las doctrinas malas corrompen las buenas conductas. 34 Despiértense y no pequen: de conocimiento de Dios algunos de ustedes no tienen nada, se lo digo para su vergüenza.

¿Con qué cuerpo vamos a resucitar?

35 Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven?

36 ¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida. 37 Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla. 38 Dios le dará después un cuerpo según lo ha dispuesto, pues a cada semilla le da un cuerpo diferente.

39 Hablamos de carne, pero no es siempre la misma carne: una es la carne del hombre, otra la de los animales, otra la de las aves y otra la de los peces. 40 Y si hablamos de cuerpos, el resplandor de los «cuerpos celestes» no tiene nada que ver con el de los cuerpos terrestres. 41 También el resplandor del sol es muy diferente del resplandor de la luna y las estrellas, y el brillo de una estrella difiere del brillo de otra.

42 Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. 43 Se siembra como cosa despreciable, y resucita para la gloria. Se siembra un cuerpo impotente, y resucita lleno de vigor. 44 Se siembra un cuerpo animal, y despierta un cuerpo espiritual. Pues si los cuerpos con vida animal son una realidad, también lo son los cuerpos espirituales.

45 Está escrito que el primer Adán era hombre dotado de aliento y vida; el último Adán, en cambio, viene como espíritu que da vida. 46 La vida animal es la que aparece primero, y no la vida espiritual; lo espiritual viene después. 47 El primer hombre, sacado de la tierra, es terrenal; el segundo viene del cielo. 48 Los de esta tierra son como el hombre terrenal, pero los que alcanzan el cielo son como el hombre del cielo. 49 Y del mismo modo que ahora llevamos la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

El día de la resurrección

50 Entiéndanme, hermanos: lo que es carne y sangre no puede entrar en el Reino de Dios. En la vida que nunca terminará no hay lugar para las fuerzas de descomposición. 51 Por eso les enseño algo misterioso: aunque no todos muramos, todos tendremos que ser transformados 52 cuando suene la última trompeta. Será cosa de un instante, de un abrir y cerrar de ojos. Al toque de la trompeta los muertos resucitarán como seres inmortales, y nosotros también seremos transformados.

53 Porque es necesario que nuestro ser mortal y corruptible se revista de la vida que no conoce la muerte ni la corrupción. 54 Cuando nuestro ser corruptible se revista de incorruptibilidad y esta vida mortal sea absorbida por la inmortal, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: ¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido devorada. 55 ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

56 El aguijón de la muerte es el pecado, y la Ley lo hacía más poderoso. 57 Pero demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor.

58 Así, pues, hermanos míos muy amados, manténganse firmes e inconmovibles. Dedíquense a la obra del Señor en todo momento, conscientes de que con él no será estéril su trabajo.

(1 Corintios Cap. 15)

 

Pablo no da detalles sobre la apariencia de Jesús, sólo pone ejemplos.

Compara la resurrección con la siembra y la cosecha.

Nuestro cuerpo, como la semilla en la tierra debe morir y desintegrarse, para transformarse en algo que será incorruptible.  El mismo Jesús lo dijo, cuando comparó su cuerpo como un grano de trigo que debe morir para no quedarse solo, y así dar frutos.

¿Cómo es el Cuerpo de Jesús Resucitado? no lo sabemos, pero es un Cuerpo Glorioso vivificado por el Espíritu Santo, es una nueva creación.

La resurrección de Lázaro, o del hijo de la viuda de Naím, o la hija de Jairo, no fueron resurrecciones verdaderamente. Pues ellos siguieron viviendo la vida biológica y temporal que todos tenemos. Luego envejecieron y murieron.

El mismo San Pablo lo aclara sin lugar a dudas, diciéndonos que la muerte no tiene poder sobre el Resucitado, y  que la Resurrección de Jesús es definitiva. “Él no muere más”, la buena noticia es que todos nosotros estamos llamados a vivir lo mismo.  “Sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más pues desde ahora la muerte no tiene poder sobre Él” (Rom 6,9)

Jesús lo expresó así cuando dijo:

“Yo  soy la Resurreción y la Vida, el que crea en mí, aunque muera vivirá. Y todo aquel que por la fe cree en mi, no morirá para siempre.”  (Jn 11, 25-26).

Pero no se puede, siguiendo la mentalidad platónica, “espiritualizar” al Resucitado. San Lucas lo dice claramente, cuando el Resucitado se aparece a los apóstoles. Él aclara bien que no es un espíritu, porque tiene “carne y huesos” e incluso come con ellos para que lo entiendan. (Lc 24, 40-42)

Algunos alegan que estos textos son anuncios de fe, que no se los debe interpretar literalmente.

Pero esta objeción nos hace ver que el viejo Platón sigue muy anclado en nuestra mente.

En resumen, no es el mismo cuerpo que tenemos ahora, pues no podría sostenerse y moriría al cabo de un tiempo. Es una realidad nueva,  por eso se llama a Jesús el nuevo Adán, o el primero de los que duermen. Es una nueva creación la que principia con la Resurrección del maestro.

 

¿Será cierto?

Ninguno de nosotros vio a Jesús, pero sus discípulos son testigos. Pablo habla de 500 hermanos, la mayoría de los cuales aún vivía cuando el apóstol escribe. Todos entienden que estos “privilegiados” eran todos los discípulos que Jesús tenía en el momento de morir.

¿Y qué pasó con ellos? La mayoría fueron martirizados por el Imperio Romano.

Según las cartas que poseemos del Emperador Trajano (Siglo II) y del gobernador imperial Plinio, a los cristianos se les daba la opción de renegar públicamente del Maestro, pero ninguno lo hizo. ¡Cómo no creerle a alguien que apoya su testimonio con la firma de su propia sangre!

No  en vano la palabra “Mártir”, de origen griego, significa literalmente “testigo”.

Un mundo nuevo

La Resurrección del Señor lo ha cambiado todo. Ella nos dice que el sentido de nuestra vida no es vivir para este mundo, y que la felicidad no la obtendremos de las riquezas, del poder, o de los placeres egoístas que nos pudiéramos dar.

Se trata de construir un mundo nuevo, se trata de apoyar la construcción del Reino de Dios. De apostar a la vida, y a la defensa de los más débiles.

Obviamente el Reino de Dios no depende de nuestros esfuerzos humanos, pero podemos ayudar a construirlo.

Ya nada puede asustar a los que creen en el Resucitado. Pues la misma muerte ha sido vencida.

 

Eduardo Ojeda

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