(tema central) EL DRAMA OLVIDADO DE LOS CURAS OBREROS

Lisieux, el seminario en 1942

Hace 65 años, en 1953, estallaba el drama de los sacerdotes obreros. En realidad, la evangelización del mundo obrero había comenzado en 1926 con el nacimiento de la JOC (Juventud Obrera Católica) por obra de un sacerdote belga que sería después cardenal: Josepf Cardijin. Pero fue con la Misión de France en 1941, en París, que se empezó a hablar de “curas obreros”. El cardenal de París, Emmanuel Suhard, decía angustiado: “Existe toda una región en la periferia donde se encuentran nuestras grandes fábricas. Allí no se conoce a Cristo. Es una verdadera misión en nuestra propia casa. Para mí es como una verdadera obsesión que no me deja dormir de noche; necesito misioneros”. El año siguiente, en 1942, los obispos de Francia, a petición del cardenal Suhard, decidieron la fundación del seminario de la Misión de France en Lisieux, para los curas que trabajarían en el mundo obrero. Lo hicieron de acuerdo con la priora del Carmelo de Lisieux, madre Inés , hermana de Santa Teresita patrona justamente de las misiones.

Entre los primeros, unos treinta, estaba el p. Henri Godin que había escrito: “Existe un abismo entre la masa popular y la Iglesia” y en abril de 1943 envió un estudio-encuesta junto al p. Yvan Daniel, ambos capellanes de la JOC, al cardenal sobre la evangelización del mundo proletario. El 12 de setiembre de 1943, esa memoria salió a las librerías con el título: “Francia: ¿país de misión?”. El título comparaba Francia a los países de misión en África y en Asia, denunciando la descristianización del país. Los autores del libro declaraban que la parroquia tradicional y los movimientos de Acción Católica eran insuficientes. Hacía falta para curas y laicos una inmersión estable en ese mundo obrero descristianizado, adhiriéndose a sus justas luchas. “La evangelización del proletariado es un trabajo austero que puede seguir siendo árido por mucho tiempo. Hay que hacerse pueblo. Hay que estar absolutamente decididos en la opción del trabajo manual, trabajo preferido por Cristo, con una entrega total”. El libro fue como una bomba, sobre todo en los seminarios, y fue pasando de mano en mano provocando una sacudida formidable en la Iglesia francesa. Se vendieron más de cien mil ejemplares en un solo año.

 

LA “MISIÓN DE FRANCE”

El 16 de enero de 1944, el día después de hacer el juramento de dedicarse de por vida a la evangelización de la clase obrera de París, Godin fue encontrado muerto en su humilde vivienda; un cortocircuito había prendido fuego a su lecho. Poco después el cardenal Suhard tomó la decisión de autorizar, a título experimental, el trabajo de los sacerdotes en fábricas. El Papa Pio XII confirmó esa decisión con la condición de que los obispos los siguieran de cerca seriamente. La iniciativa se apoyaba en algunas experiencias anteriores, particularmente en la experiencia del dominico p. Jacques Loew, estibador en los muelles de Marsella; había querido hacerse obrero para comprender a los obreros, ser comprendido por ellos y poder llevarles el mensaje de Cristo. Uno de los primeros curas obreros al dejar la sotana por el overol y volver a casa cansado después de una jornada frustrante, el p. Víctor Dillard se preguntaba: “¿Qué hacer?, ¿qué decirles?. Tenía la sensación de ser para ellos un extraño. Mi latín, mi liturgia, mi teología, mi misa, mis oraciones, mis ornamenta sacerdotales eran para ellos un fenómeno curioso; yo era para ellos  algo así como un bonzo japonés. No somos del mismo mundo”. Los cardenales Suhard y Saliege apoyaron la iniciativa, pero muchos obispos la desaprobaron. A Roma empezaron a llegar acusaciones de infiltración marxista, denuncias, cartas anónimas. Los curas obreros pidieron la autorización para rezar la misa por la tarde después del trabajo y la flexibilización del ayuno eucarístico, pero encontraron dificultades. En el Santo Oficio gobernaba el cardenal Alfredo Ottaviani, contrario a esa experiencia por considerar que se trataba de dos estados diferentes que no era posible unirlos en la misma persona. Por otro lado varios de esos curas se habían comprometido en campañas políticas, en huelgas y manifestaciones, en acuerdos con el partido comunista y algunos habían dejado el celibato. El 11 de febrero de 1947 el cardenal Suhard publicó una fuerte carta pastoral con tono de encíclica: “¿Auge o decadencia de la Iglesia?”, traducida en todo el mundo católico. Pero el 30 de marzo de 1949 Suhard moría. Había dicho en Notre Dame el diciembre anterior: “Cuando veo a la masa obrera, mi corazón se angustia hasta dolerme. Existe un muro que separa la Iglesia de ellos; hay que derribarlo a toda costa para devolver a Cristo a esa masa que lo ha perdido”.

 

“LOS SANTOS VAN AL INFIERNO”

El 28 de junio de 1949 el Vaticano excomulgaba a los comunistas y prohibía la colaboración con ellos, sin por eso tomar partido por el capitalismo. Escribieron cuatro cardenales franceses: “Comprendemos el sufrimiento que ha podido sentir los trabajadores ante la condena del comunismo. Queremos quitarles la dolorosa impresión de que la Iglesia es insensible ante sus aspiraciones. La Iglesia ha tomado y toma claramente partido por ellos en el conflicto social. La condición de los obreros en el régimen actual de trabajo, es injusta”. El 7 de febrero de 1951, el cura obrero Michel Favreau, cargador del puerto de Burdeos, es aplastado por unos tablones. El año siguiente dos sacerdotes son arrestados por la policía en París durante una manifestación. En 1953 aparece la novela de Gilbert Cesbron: “Los santos van al infierno”, con un éxito resonante: 800 mil ejemplares vendidos. Pero con la llegada a París del nuevo nuncio Paolo Marella que sustituye a Angelo Roncalli, estalla la crisis con el Vaticano. El 27 de enero de 1953 el cardenal Giuseppe Pizzardo, prefecto de la Congregación de Seminarios prohíbe la práctica pastoral en fábricas durante las vacaciones a todos los seminaristas “para evitar la contaminación intelectual y moral”. El 6 de setiembre el Vaticano cierra el seminario de Lisieux, con sus 244 seminaristas. El 23 de setiembre el nuncio Marella convoca a obispos y superiores de órdenes religiosas para comunicarles la decisión romana de interrumpir la experiencia de los sacerdotes obreros. Los cardenales Lienart, Gerlier y Feltin viajan a Roma pero Pio XII, fundado en su preocupación por la vida espiritual de los sacerdotes, se muestra inflexible. El Papa quería un clero misionero, pero no una nueva forma de sacerdocio metido en tareas específicas de los laicos. Era además el tiempo en que en Italia el Siervo de Dios Giorgio Lapira era tildado de comunista en el Vaticano, Carlo Carretto obligado a renunciar de presidente de la Acción Católica Juvenil, el  Siervo de Dios Alcide De Gasperi, jefe de gobierno , no era recibido por el Papa y la Iglesia optaba por la derecha en su afán anticomunista. Para muchos en el Vaticano el modelo de país católico era la España franquista y al comunismo había que declararlo fuera de ley.

 

LA CONDENA

El primero de marzo de 1954, el Vaticano obliga a todos los sacerdotes obreros a regresar a su trabajo pastoral anterior en su diócesis o a reincorporarse a sus comunidades religiosas. Desde ahora en adelante, los curas para trabajar en el medio obrero deberán ser elegidos por los obispos, tener una sólida formación doctrinal y podrán dedicar al trabajo manual tan solo tres horas diarias, sin desatender la tarea parroquial y renunciando a cualquier compromiso sindical. Formarán equipos sacerdotales. Los teólogos Marie-Dominique Chenú e Yves Congar son alejados de París por haber enseñado en el seminario de Lisieux. Se trata de teólogos que más tarde serían entre los más grandes artífices del Concilio Vaticano II, pero para el cardenal Alfredo Ottaviani eran “reformadores del apostolado que con el pretexto de ir a los hombres, hablan más del pan temporal que del Pan celestial”. Uno de los que más protestaron contra el Vaticano desde las páginas de Le Figaró fue el escritor católico François Mauriac: “Los sacerdotes obreros son nuestro orgullo. Tocarlos y herirlos mortalmente equivale a dinamitar a cualquiera de nuestras catedrales”.

MADELEINE DELBREL

Por el contrario el también escritor católico Paul Claudel escribió: “El sacerdote no puede hacerse verdaderamente útil, más que manteniéndose diferente”. Madeleine Delbrel, que en la actualidad está en vísperas de ser beatificada, vivía en aquel entonces en los arrabales obreros de París y acompañaba con entusiasmo la experiencia de los curas y como asistente social era invitada a darles charlas y cursos. Ella jamás excomulgó a los comunistas sin por otra parte dejar de denunciar sus errores. Decía: “Dios no nos dijo de amar a todos, excepto a los comunistas”. Madeleine invitó a los curas a obedecer al Papa aunque “comprender esta lluvia de disposiciones negativas resulta difícil”. Reconoció por otra parte que a muchos de ellos les había faltado la oración: “Han querido ser como un obrero más sin anunciar el Evangelio; y a la fe no hay que ostentarla, pero tampoco ocultarla”. Ella por su parte hizo una peregrinación de fe a Roma y en la basílica de san Pedro rezó durante nueve horas para reencontrar la paz; y la misma noche retomó el tren para París. Fue una tormenta que sacudió a toda la Iglesia.

 

MUERTE Y RESURRECCIÓN

Los curas obreros en su última reunión fueron unánimes en el rechazar el compromiso de las tres horas de trabajo autorizadas; unos obedecieron a las órdenes del Vaticano como el p. Loew, descargador del puerto de Lýon que llegó a ser un gran maestro de espiritualidad, y otros siguieron con su trabajo de siempre. En realidad el decreto del primero de marzo del cardenal Giuseppe Pizzardo tuvo poco efecto y muchos siguieron trabajando, sabiendo que los obreros no comprenderían su abandono. El obispo auxiliar de Lyón, Alfredo Ancel, que había creado en el barrio popular de Gerland una comunidad religiosa cuyos recursos provenían únicamente de un trabajo asalariado y él también trabajaba de zapatero desde hace cinco años, obedeció. Y sin embargo se preguntaba: “Si el ambiente de fábrica es tan peligroso para la vida espiritual y la castidad de los sacerdotes y conduce necesariamente al marxismo, ¿tiene el obrero cristiano el derecho de trabajar en una fábrica o incluso en empresas más importantes?”. Se tuvo que reorganizar la Misión de France y la pastoral obrera, pero con el tiempo las cosas se fueron aclarando. Hubo que esperar el Concilio Vaticano II para que en 1965 el Papa Pablo VI rehabilitara oficialmente a los curas obreros y así pudieran expandirse en el mundo hasta el día de hoy. Esta cuestión de los sacerdotes obreros fue muy dolorosa y mal llevada desde el comienzo hasta el fin. A estos sacerdotes generosos, en su mayoría animados por un gran espíritu apostólico, les quedó un estigma que hizo que con el tiempo fueran en muchas partes olvidados y hasta marginados en la Iglesia. Su experiencia tuvo el mérito de despertar el compromiso de los laicos en el mundo. Su celo apostólico los había llevado a las periferias, a las fronteras porque el testimonio del laicado católico era todavía inexistente. “La experiencia ayudó a renovar el rostro del sacerdote, del hombre de Iglesia que comparte, que escucha, presente en el trabajo y las luchas diarias, heraldo de la justicia social en nombre del Evangelio”, escribió Henri Fesquet en “Le Monde”. Los curas obreros fueron, a pesar de sus errores y contradicciones, el signo profético de una Iglesia pobre para los pobres como la sueña el Papa actual, de una Iglesia servidora, accidentada muchas veces, pero en salida, con el coraje de arriesgar la vida por Cristo y ser fermento evangélico en la masa.

                                           PRIMO CORBELLI

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