ENIGMAS DE LA BIBLIA

El rey de un país pequeño, que por su fe detuvo a un poderoso Imperio

 

 

El rey Ezequías ora al Señor.

Esta historia comienza con un rey tonto que no confiaba en Dios.

Se llamaba Acaz. Había cometido muchas imprudencias y había permitido que la adoración a los falsos dioses de los pueblos vecinos contaminara a el pueblo del reino de Judá.

Cuando Acaz comenzó a reinar Israel -que en la época de David y Salomón (s. IX a.C.) estaba unificado en un solo reino con capital en Jerusalén- hacía ya años que estaba dividido.

Cuando Salomón murió su hijo Roboam no estuvo a la altura de su padre.

Quiso conducir el Reino imponiendo a la fuerza su voluntad, pero diez tribus de Israel le dijeron que no le iban a hacer caso y se separaron de su Reino, formando el Reino de Israel del Norte.

Fue tràgico porque el pueblo de Israel era un pueblo hasta el momento unido. Así que se formaron dos reinos.

El del norte con capital en Samaría, y el del Sur con capital en Jerusalén, que estaba gobernado por los descendientes de David, padre de Salomón (1Re Cap. 12).

 

Dios había prometido que mantendría ante él a la “Casa de David”  o sea a su familia. Pero en Judá e Israel, los reyes deberían gobernar a sus pueblos en el servicio a Dios, y respetando sus mandamientos.

Ni las dinastías de reyes del Reino de Israel en el Norte, ni la dinastía de David en el  sur, gobernaban con justicia y respetando las leyes de Dios.

Dios enviaba a sus mensajeros los profetas, pero los reyes de uno y otro reino, por lo general no los escuchaban y a veces los asesinaban.

Un día el Rey de Israel del Norte se alió con el rey de Siria, y juntos atacaron al Reino del Sur.

Cercaron Jerusalén, pero el profeta Isaías, le prometió a Acaz que no temiera porque Dios le iba a auxiliar (ver Isaías 7, 1-9)

Pero Acaz, que realmente no creía en Dios, no le hizo caso a Isaías y cometió el peor error de su vida.

Se alió con un poderoso imperio del Norte, que era famoso por su crueldad con los pueblos que conquistaba (ver 2Re Cap. 16): el Imperio Asirio, un imperio militar y cruel.

Asiria tuvo la excusa que necesitaba, e invadió Siria y el Reino de Israel, así Israel dejó de existir.

El reino de Juda sobrevivió, pero perdió su libertad, puesto que a partir de ese momento Acaz se transformó en un rey aliado de Asiria al que se le exigió tributo (esto ocurre en el año 747 a.C.).

Isaías  el profeta reprochó al rey su falta de fe en Dios y el desastre al cual había conducido a su Pueblo. Pero le prometió que de una joven doncella, que iba a casarse con el rey Acaz, saldría un niño que reinaría con justicia y haría que Dios volviera a estar en comunión con el pueblo.

Este niño tuvo un nombre simbólico, “Emmanuel” que significa “Dios está con nosotros” (ver Isaías 7, 10-14).

Los cristianos vemos en este anuncio una profecía sobre el nacimiento de Jesús. Y si bien es legítimo pensar esto, en realidad lo que el profeta tenía en mente cuando la pronunció era que el hijo de Acaz sería ese niño, que haría que la fe de Israel en Yavéh se renovara y la comunión con Dios  y su pueblo sería fortalecida. Y así ocurrió.

 

El rey justo

Así nació Ezequías, que a diferencia de su Padre, tenía fe y amaba a Dios y a su Pueblo.

Siguió, a diferencia de su padre, los consejos del profeta Isaías y renovó la fe de Israel.

Mandó destruir las estatuas de los dioses paganos y sus templos y restableció el culto a Yavèh.

Celebró una hermosa Pascua en homenaje al Señor, en la cual incluso participaron israelitas del norte ( 2Re 18, 1-8)  (2Crón Cap.30)

Otra cosa que hizo fue romper relaciones con el imperio Asirio. Pero eso fue muy  peligroso…

El rey Senaquerib subió con su ejército y amenazó a Jerusalén. El rey Ezequias le ofreció oro y plata, para que se alejara de la ciudad.

Tuvo que desmontar incluso objetos de plata y oro del Templo. Pero se salvó de la guerra y del ataque a la ciudad (2Re 18, 13-16).

Pero esto era tan sólo algo temporal. El Rey sabía que Senaquerib volvería.

Así que puso manos a la obra, cegando los manantiales que podrían darle agua al ejército asirio en caso de que sitiara Jerusalén  (2Crón 32, 1-8)

Construyó un canal subterráneo que llevaba el agua de un torrente cercano a la ciudad. El canal todavía funciona y sigue dando agua.

Así Jerusalén resistiría un gran asedio.

 

El sitio de Jerusalén

Senaquerib volvió con un gran ejército y amenazó a la ciudad (año 722 a.C. apróximadamente)

Incluso mandó mensajeros que desde fuera de las murallas, anunciaron que vencerían y que ya habián destruido varios pueblos, que el rey Ezequias no les debía engañar (2Cro 32,9-19)

Por otra parte si confiaban en su Dios eso no les iba a servir de nada pues los dioses de los pueblos vecinos al reino de Judá, no habían podido salvar a sus pueblos. Todos tenían miedo de los asirios y tenían razón, ya que eran muy crueles.

Arqueólogos británicos descubrieron ruinas de la ciudad israelita de Laquish, que pertencía al Reino de Judá, y que está mencionada en el pasaje anteriormente citado. Senaquerib la quemó con flechas incendiarias y troncos con las que la rodeó.

La quemó (ya que no había podido conquistarla) con hombres, mujeres y niños adentro.

Se encontró una estela en las ruinas de Nínive en la cual el rey Senaquerib se jactaba de haber encerrado a Ezequías en Jerusalén como un  pájaro en una jaula.

 

La victoria contra los asirios

 

Pero Jerusalén estaba muy bien defendida. Sus muros eran altos y estaban reforzados.

Contaban con agua y podían resistir un asedio prolongado.

Pero eran vulnerables puesto que podían ser sitiados y tendrían luego de varios meses, que rendirse a causa del hambre.

Esto había pasado en el año 70 después de Cristo, cuando los romanos habían logrado vencerla luego de un prolongado sitio. La ciudad se terminó rindiendo por hambre.

Ezequías lo sabía pero el profeta le había aconsejado que se mantuviera firme, puesto que Dios no le fallaría y por la insolencia del Rey asirio intervendría y le castigaría.

Y así ocurrió según nos cuenta el libro de Isaías, el ángel del Señor destruyó gran parte del ejército asirio, y estos tuvieron que abandonar el cerco (2 Cro 32,20-23) (Isaías 37, 21-37)

 

¿Qué había ocurrido?

En 1970 arqueólogos del Reino Unido escarbaron en las ruinas de la antigua Jerusalén y llegaron a desenterrar parte de las murallas antiguas de la època del Rey Ezequías. Cerca de allí encontraron algo impresionante: una fosa común, llena de restos humanos. Esqueletos,  pero estos esqueletos, estaban apilados en forma desordenada, y tenían pulseras de bronce con inconfundibles características asirias. La explicación era clara. Los enterraron rápido y apresuradamente. Ni siquiera les quitaron los adornos y las pulseras. No, los tiraron en la fosa y se fueron.

Fue una peste. La enfermedad los aniquiló. Producida tal vez por malas condiciones higiénicas.

El hecho es que Senáquerib, no pudo conquistar Jerusalén, y como había anunciado Isaías falleció asesinado en su propia tierra, por sus propios hijos, que le dieron muerte. Esto muestra cómo Dios realmente protege a quien en él confía, como Ezequías.

Ezequías fue realmente un hombre de fe. Por supuesto que también era un hombre sensato y práctico. Puesto que organizó muy bien la defensa de la ciudad. Y obró rectamente, pues su preocupación no era ni su gloria ni su prestigio, sino cumplir la voluntad de Dios y salvar a su pueblo. Él fue un rey que realmente se vio a si mismo como el servidor y defensor de su pueblo, no su dueño.

Y claro que Dios ayuda a la gente que como él se comporta.

 

Eduardo Ojeda

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