BRASIL: LOS 90 AÑOS DE CASALDÁLIGA

Se han celebrado el 16 de febrero en Brasil y en muchas partes de América Latina y de España los 90 años cumplidos y los 50 años de episcopado de Dom Pedro Casaldáliga, uno de los últimos padres de la Iglesia latinoamericana posconciliar. Sigue viviendo en su humilde casa de Sao Felix do Araguaia (Mato Grosso), afectado por la enfermedad del “hermano Parkinson”; puede hablar muy poco y está postrado en una silla de ruedas, con la cabeza permanentemente doblada. Hay cuatro agustinianos que conviven con él y lo atienden. Desde el año 1968, hace 50 años y recién llegado de España vive trabajando en un municipio de 10.500 habitantes al que solo se llega tras 16 horas de carretera de tierra desde la capital de Mato Grosso. En 1971 fue nombrado por Pablo VI primer obispo de la diócesis de Sao Felix do Araguaia (grande como un tercio de España) y su sede episcopal fue la misma casa de siempre, pequeña y rural, con las puertas permanentemente abiertas. Iba de vaqueros y sandalias, tenía dos mudas de cada prenda. Cuando tenía que reunirse con los obispos en Brasilia, iba en autobús en un viaje de tres días.

Su lema: “No poseer nada, no llevar nada, no pedir nada, no callar nada”. Sus insignias episcopales fueron un sombrero de paja, regalo de un líder campesino, un báculo hecho con un remo de la barca de un indio tapirapé y un simple anillo donado por amigos. Se hacía llamar padre Pedro o Pedro a secas. Su primera carta pastoral fue prohibida por la policía federal; se titulaba: “Una Iglesia de Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginalización”. Su alianza con campesinos y peones, con los xavantes, los tapirapés, los carajás, lo enfrentó muy temprano con los latifundistas, las multinacionales, la dictadura militar. Amenazado varias veces de muerte, rechazó tener escolta. “La aceptaría cuando la ofrezcan a todos los campesinos de mi diócesis que también son amenazados. La vida de un obispo no tiene porque valer más que la vida de un campesino”, dijo. Tuvo que sufrir cinco procesos.  Su entrega misionera fue como un quemar las naves para siempre. Nunca volvió a Europa, ni al Vaticano ni a  España, ni por la muerte de su madre ni para recibir el premio Príncipe de Asturias. “Yo soy pobre y los pobres no hacen estos viajes”, dijo. Tras la muerte de Pablo VI que siempre lo protegió (“quien toca a Pedro, toca a Pablo”, había dicho), el Vaticano se distanció de él. Juan Pablo II lo convocó en 1988 para dar explicaciones de sus reiteradas ausencias. Obedeció y dijo en esa oportunidad: “Estoy dispuesto a dar la vida por el Papa, pero no por el Vaticano. El Espíritu Santo tiene dos alas y a ciertas autoridades de la Iglesia le gusta más recortarle la izquierda”. El actual obispo de Sao Félix do Araguaia Adriano Ciocca dijo de él: “Solo por el hecho de estar vivo y estar presente en nuestra diócesis, es para nosotros ánimo, fuerza, bandera, una guía evangélica que nos inspira a todos”. A Casaldáliga nunca lo promovieron, no lo hicieron cardenal, no figura entre los mártires; pero lo ha sido con su vida y como tal, figura entre los grandes profetas de América Latina, los que desde Bartolomé de Las Casas hasta Samuel Ruiz lucharon valientemente en nombre del Evangelio por la dignidad humana de los pobres más pobres.

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