(tema central) LOS CRISTIANOS DE A PIE

                 (futuro de la Iglesia)

Para muchos, hablar de Iglesia es hablar de obispos y curas.  Es el resultado de varios siglos de cristiandad, en los que la Iglesia se había constituido a imagen de la sociedad civil  donde los que cuentan son los de arriba. Jesús nos había advertido: “Entre ustedes no sea así…” (Mt 20,26 ), pero la verdad es que en los siglos pasados se había acentuado tanto el papel de la jerarquía (es decir de los ministros consagrados con el Orden Sagrado) hasta llegar a dividir a la Iglesia en dos clases: la Iglesia “docente” (que enseña y gobierna) y la Iglesia “discente” (que aprende y obedece). En el segundo  escalón estaban todos los cristianos de a pie que no ejercían el Orden Sagrado, los llamados “laicos”, es decir la casi totalidad del Pueblo de Dios. Recién a lo largo del siglo IX se empezó a hablar de apostolado de los laicos, solo como colaboración en un cometido que era propio del clero. En 1848 Antonio Rosmini denunciaba el muro infranqueable que había entre clero y laicos, como una de las cinco llagas de la Iglesia. Todavía en  1906 el Papa Pio X escribía en “Vehementer nos”: “La Iglesia se compone de dos categorías de personas: los pastores y la grey. El deber de la grey es aceptar ser gobernados por los pastores y cumplir con sumisión las ordenes de quienes la dirigen”.

Esta mentalidad discriminante quedó hasta en el lenguaje eclesiástico actual, cuando de un sacerdote que deja el ejercicio del sacerdocio se dice que “ha sido reducido al estado laical”, es decir a un estado de segunda categoría. Se ha insistido más en formar cristianos obedientes y practicantes del culto, que en formar cristianos maduros, conscientes de su fe y capaces de pensar críticamente su adhesión a la Iglesia. En tiempos del Concilio el p. Bernhard Häring hablaba de una “neurosis de paternalismo” por la preocupación de que los laicos, al dejarles responsabilidades, no fueran preparados y formados. La misma santidad era un ideal reservado a los consagrados por el Orden o por los votos; a los laicos les bastaba con la observancia de los diez mandamientos. Es suficiente mirar el almanaque para notar la escasez de laicos beatificados y canonizados. Hoy también hay gente que piensa que los curas “están más cerca de Dios”; ellos son los intermediarios entre Dios y los hombres. Sin embargo el Concilio nos ha recordado que el único Sumo Sacerdote e intermediario entre Dios y los hombres es Jesús; y que todos los cristianos unidos a Jesús también somos sacerdotes, es decir consagrados a Dios para ofrecer oraciones, sacrificios espirituales e interceder por los demás; y también con Jesús somos profetas y evangelizadores; y también con Jesús somos llamados a pastorear o sea a ser servidores del Pueblo de Dios (se habla de ser “reyes”, pero para el evangelio reinar es servir).
Primero está el Pueblo de Dios y al servicio de él los distintos ministerios (ordenados o no). El Concilio ha vuelto a las fuentes evangélicas, a la verdadera Tradición, que no significa hacer lo que siempre se hizo en el pasado;  decían los Santos Padres que la Iglesia “siempre ha de reformarse” en el sentido de volver al Evangelio tal como lo vivió la primera Iglesia. El Concilio ha puesto en primer lugar el Bautismo (y no el Orden Sagrado), por el cual todos tenemos la misma dignidad frente a Dios. Nadie nace sacerdote u obispo; todos nacemos a la Iglesia como bautizados. Tampoco existe la palabra “jerarquía” en el evangelio; lo que existe es la palabra “servicio”. Por eso se habla de “ministros” (del latín= servidores). No debe haber una Iglesia piramidal sino fraterna. Los pastores han de entender que no han de ser “ni padres, ni maestros, ni doctores, sino hermanos” ( Mt 23,8-10)  y servidores del Pueblo de Dios con la misión de detectar, promover, coordinar los distintos carismas y servicios en la Iglesia. Tampoco deberían  llamarse “pastores” porque a nadie le gusta ser considerado una oveja, ni “superiores” o lucirse con  títulos trasnochados. Esa Iglesia dominada por los jerarcas, los purpurados, los príncipes de la Iglesia, los curiales, el clericalismo y el paternalismo , ha generado la sumisión y el infantilismo de los laicos.

 

PRIMERO ESTÁ EL PUEBLO DE DIOS

Dice la “Evangelii Gaudium”: “Los laicos son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios y a su servicio está la minoría de los ministros ordenados” (n.102). Para el Concilio “laos” (del griego=pueblo), del que viene la palabra “laicos”, somos todos los bautizados. Dentro de este pueblo no hay dos clases de cristianos; hay distintos carismas y funciones. Ya sea los clérigos como los laicos han de sentirse comprometidos todos tanto en la edificación de la comunidad cristiana como en la misión; aún si de distinto modo. Los laicos no son “colaboradores” de los curas; no se les “delega” responsabilidades por la falta de curas. También los laicos están consagrados a Dios por el bautismo y la confirmación; tienen por lo tanto el derecho y el deber de compartir responsabilidades al interior de la Iglesia y en la evangelización. No hay ninguna discriminación o contraposición en esto entre clero y laicado. Tampoco debe haber falsas contraposiciones y discriminaciones entre laicos “comprometidos” y entre laicos de a pie. Al hablar de laicos “comprometidos” se piensa normalmente en el restringido grupo de los que militan en movimientos laicales o en los que son llamados “agentes pastorales”, es decir los que asumen determinados roles en la parroquia o en la diócesis. No se advierte de esta manera que existen muchos otros laicos que nunca se sintieron llamados a integrar un movimiento o a asumir una tarea parroquial y sin embargo viven su “compromiso” cristiano en el mundo con integridad y coherencia, inclusive a veces en grado heroico. Evangelizan fundamentalmente con su testimonio de vida. Cuando  los documentos de la Iglesia  hablan de “protagonismo” de los laicos se refieren a ellos; son ellos los protagonistas de la evangelización en su ambiente, aún si trabajan sin el apoyo parroquial o de ningún movimiento.  También hay que superar la falsa dicotomía de que el clero está hecho para la Iglesia y el laicado para el mundo. El evangelio no habla de la sal por un lado y de la comida por el otro, sino de la sal en la comida. No hay cristianos en el mundo y otros.., fuera del mundo. También los obispos y curas deben salir de los templos y de las sacristías y meterse en los temas que hacen a la vida de los hombres. Por ser ministros de la unidad de la Iglesia, no podrán militar en “partidos” políticos, pero sí deberán luchar por la justicia, la paz, los derechos humanos, como lo hace constantemente el Papa Francisco promoviendo una “Iglesia en salida”. En la  “Evangelii Gaudium”, en el capítulo tercero el Papa afirma que todos los bautizados deben anunciar el Evangelio y ser misioneros. No se detiene a hablar de la jerarquía ni de los agentes pastorales. Destaca el protagonismo del pueblo cristiano por arriba de los mismos movimientos eclesiales de las últimas décadas. Hay una evangelización “informal” (EG n.127) en la calle, la que es posible para todos. El Papa constata sin embargo algo que ya se ha denunciado desde hace tiempo: “Ha crecido la conciencia de la identidad y de la misión del laico en el ámbito intraeclesial, pero ese compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico en pos de la transformación de la sociedad” (n.102). El Papa rechaza el “complejo de inferioridad” (n.79) de muchos cristianos y recuerda a todos que la misión primera del laico es la de ser fermento cristiano en la sociedad. La crisis de vocaciones sacerdotales es seguramente un signo de los tiempos con el cual Dios quiere decirnos algo. Más que concentrar una atención obsesiva sobre el tema de las vocaciones sacerdotales, hay que despertar la conciencia vocacional de todo el pueblo cristiano. Si surge esta consciencia vocacional y misionera entre todos los cristianos, no faltarán tampoco las vocaciones sacerdotales.

 

VOCACIÓN ESPECÍFICA DEL LAICO

El cristiano laico tiene una vocación específica como la tienen los sacerdotes y las religiosas/os; es urgente por lo tanto rezar también por las vocaciones laicales. ¿Cuál es esta vocación?. El Concilio y los pastores de la Iglesia enseñan que, sin descuidar su pertenencia a la comunidad cristiana, la misión fundamental de los cristianos laicos se encuentra fuera del templo, en el mundo. Se trata de dar un testimonio y decir una palabra cristiana en el mundo de la familia, de la vecindad, del trabajo, de la cultura, de los medios, de la economía, de la política. Un laico cristiano  de acuerdo a sus posibilidades podrá sentirse llamado también a una tarea intraeclesial, pero siempre que no olvide su misión primera. En el inmediato post-Concilio se quería desclericalizar la Iglesia y por eso surgieron los Diáconos Permanentes, los Ministerios Laicales, los Movimientos Laicales, pero el resultado hoy es que los laicos  están concentrando su trabajo en las parroquias y al interior de la Iglesia olvidando su misión específica. El Papa Francisco sigue criticando una Iglesia autorreferencial, replegada sobre sí misma; prefiere una Iglesia “accidentada” (EG n.49) por el hecho de salir a la calle al servicio del mundo. Los cristianos laicos  tienen hoy muy poca presencia en la sociedad; y los que actúan en ella, tienen escasa incidencia en los medios, en la cultura, en los gremios, en la economía y en la política. Hay un prejuicio muy común y es que todos estos ámbitos están muy secularizados, contaminados, llenos de corrupción y a veces hostiles; el testimonio cristiano es hasta ridiculizado. La tentación por lo tanto es callarse la boca y adaptarse al sistema o hacer rancho aparte (y así se dejan los resortes de la sociedad en manos a los inescrupulosos). Hay otro prejuicio más grave aún y es pensar que ciertos temas sociales sean ajenos al ser cristiano. Es el divorcio entre la fe y la vida denunciado por el Concilio. Es lamentable la poca resonancia que ha tenido “Laudato sii” en los medios religiosos. Muchos cristianos intelectualmente preparados, están dispuestos a trabajar en la Iglesia, pero no en el barrio, no en una ONG, no por los Derechos Humanos, la justicia social, una economía más humana, por un partido político. Parecería que estas realidades no tuvieran nada que ver con el Reino de Dios que predicó Jesús. Se puede llegar a cometer graves pecados de omisión, no luchando por el bien común. Se puede ser cómplices de múltiples pecados sociales, que son los que menos se confiesan y  los más difundidos. Mezclarse en la masa es obviamente un desafío, porque significa  trabajar con gente de otra ideología, de otra religión, sin religión… Muy difundida también es una mentalidad “espiritualista” de los que creen que el solo hecho de vivir personalmente y en profundidad la vida cristiana, es suficiente para cambiar la sociedad. El ser personas piadosas y honestas no nos dispensa de estudiar la complejidad de la realidad y de luchar por el cambio de la estructuras; con una visión espiritualista , difícilmente se superará la etapa asistencial. Esa mentalidad es fruto también de la ideología liberal que se ha infiltrado en la Iglesia, la cual reduce la fe cristiana a una opción privada e individual. Por el contrario ya el Concilio afirmaba: “El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo y para con Dios, poniendo en peligro su eterna salvación” (Gaudium et Spes, 43). Todo compromiso laical empieza con el testimonio, un estilo de vida sobrio. La sobriedad no es tacañería, sino evitar los excesos, los despilfarros, los lujos en espíritu de solidaridad con los más pobres y en pos de una sociedad más equitativa y fraterna. Los superfluo no se mide por lo que tienen los ricos, sino por lo que le falta a los pobres. Realizar la vocación específica del laico significa fidelidad en el matrimonio, educación humana y cristiana de los hijos, buena vecindad, participar y asumir responsabilidades en las juntas vecinales y escolares etc. La solidaridad en el trabajo, el apoyo legal a los desocupados, las reivindicaciones gremiales son parte de la virtud cristiana de la caridad que ataca las causas de la pobreza.

 

LA “CARIDAD POLÍTICA”

Melo: pequeñas comunidades

También el compromiso político partidista, siempre según las capacidades y posibilidades de cada uno, es tarea del laico. Por mucho tiempo en la Iglesia se aceptó el compromiso social, pero no el político. En realidad existe una “caridad política” (Pío XI) que ayuda a las personas no a través de una ayuda inmediata, sino de leyes, medidas económicas y sociales… No hay un modelo político cristiano, una política cristiana única para todos; lo que hay son cristianos en política. Los une una serie de exigencias como la justicia social, la defensa de los marginados, la protección de los extranjeros, la condena del capitalismo salvaje, del derroche y el descarte, la cultura de la vida y de los valores democráticos. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos políticos diferentes y hasta opuestos, de los cuales cada uno debe hacerse responsable sin reivindicar en su favor la autoridad de la Iglesia. Quizás en algún momento haya que optar por el mal menor, cuando no hay opciones que concuerden plenamente con las exigencias del Evangelio. Por eso los cristianos en política necesitan también intercambiar y tener ámbitos de reflexión entre ellos a la luz de la fe. Lo seguro es que no existe partido político, ideología o disciplina partidaria que pueda obligar a un cristiano a herir o avasallar la dignidad de la persona humana. También la actividad partidista, si es vivida en espíritu de servicio, es muy útil a la sociedad y agradable a Dios. Obviamente la obligación que tiene todo cristiano de colaborar con el bien común, no siempre se ha de traducir en la militancia  partidista y menos todavía en el desempeño de una responsabilidad de gobierno. No todos son idóneos para tales responsabilidades, pero es evidente también que la mayor eficacia se obtiene desde donde se toman las decisiones. También hay que recordar que para la evangelización en el mundo sea realmente eficaz, no basta el testimonio ni la palabra individual; todo debe hacerse desde y con el apoyo de la comunidad cristiana. Jesús dijo que el testimonio más eficaz y creíble siempre será la fraternidad entre los cristianos: “En esto los reconocerán como discípulos míos” (Jn 13,35 ). Aunque muchos cristianos comprometidos en el mundo solo puedan participar de la eucaristía dominical, lo mismo deberían sentir la solidaridad de todos los hermanos como parte integrante de la  comunidad. Dejados solos, fácilmente  sufrirán el desánimo y fácilmente se alejarán de la misma Iglesia que no los comprende ni los ampara. Pero tampoco esto es suficiente. Lamentablemente la parroquia tradicional sigue siendo en general aún hoy el encuentro de una colectividad religiosa y no de una comunidad fraterna; está en función del culto y no de la vida. La parroquia ya no es la de antes cuando era el centro y el corazón del barrio. El cambio estructural de la parroquia contempla, en los mismos documentos de la Iglesia, su transformación en una red de pequeñas comunidades. La pequeña comunidad reunida alrededor de la Palabra de Dios es más cercana a los problemas de la gente; tiene una dimensión humana que facilita el conocimiento recíproco, el diálogo y el apoyo recíproco; se descubren carismas, se crean servicios, surgen líderes. Estas comunidades precisan cierta autonomía, aunque el clérigo vaya perdiendo poder, sin por eso desvincularse del pastor y de las demás comunidades. Como laicos no se precisa pedir permiso ni esperar orientaciones en los campos que les pertenecen. Antes, para saber de la vitalidad de una parroquia, había que saber cuántos bautismos y cuantas comuniones se celebraban en la misma; hoy habría que preguntarse cuantas pequeñas comunidades atendidas por los mismos laicos hay en la zona. Se prefiere hablar actualmente de “pequeñas comunidades” y no de “comunidades eclesiales de base” para alejar quizás el fantasma de la politización y el horizontalismo. Las CEBs sin embargo siguen siendo las células básicas de la Iglesia en los puestos de frontera y en las periferias con un mínimo de estructura y un máximo de vida fraterna y de compromiso al servicio sobre todo de los más pobres y marginados. Han heredado el espíritu de la JOC y estudian la realidad a la luz de la Palabra de Dios, con la metodología del ver, juzgar, obrar, en orden a un compromiso más concreto y eficaz. No son iglesias paralelas y participan de la pastoral de conjunto.

 

UNA IGLESIA MUY CLERICAL

Xingú: faltan sacerdotes

Nuestra Iglesia es todavía muy clerical. Los Consejos Parroquiales y Económicos, cuando funcionan, no son representativos ni mucho menos deliberativos. Los laicos, salvo excepciones, no son consultados en la elección de obispos. No cabe duda de que la imagen de la Iglesia frente a la opinión pública sea una imagen clerical; se la ve como una organización de obispos, sacerdotes y monjas. Hace falta un cambio profundo antes que nada en la estructura interna de la Iglesia.  La asociación de curas católicos más grande de Estados Unidos con 1.200 miembros, pidió el año pasado al episcopado que sean los líderes laicos a administrar las parroquias, fuera de las que son las incumbencias propias de los pastores y trabajando en forma conjunta con ellos, para guiar y acompañar a las comunidades en su camino de fe y tomar las decisiones ordinarias. Por otra parte en los últimos 50 años el número de sacerdotes en Estados Unidos se ha visto reducido a la mitad, mientras la población católica se ha casi duplicado; de las 17.156 parroquias, más de 3.500 no cuentan con un pastor ordenado. En algo que tendría que ser por derecho, la realidad nos obliga a cambiar por necesidad. Por otra parte es muy raro que un laico aparezca en los medios opinando desde la fe sobre cuestiones inclusive de orden temporal. Sobre un Sínodo como el de la familia, tema laical por excelencia, han hablado sobre todo cardenales y obispos, todos varones y célibes, a pesar del esfuerzo del Papa Francisco de consultar a  todo el Pueblo de Dios. Los Diáconos Permanentes parecerían ordenados para suplir a los sacerdotes y no para el servicio de las mesas como en los primeros tiempos de la Iglesia. No son una solución a la falta de sacerdotes; parecen clérigos de segunda categoría y hasta se les impone a veces ornamentos de presbíteros. También los Ministerios Laicales amenazan con clericalizar aún más a los laicos. Hoy lamentablemente hay muchos laicos mini-curas que viven (la gran mayoría) de espaldas a su compromiso temporal. Es difícil hoy contabilizar la cantidad de intelectuales, políticos, gremialistas, médicos, maestros, periodistas, abogados “católicos”; y si los hay, no se muestran. El Papa Francisco recientemente recordó el dicho del tiempo del Concilio tantas veces repetido: “Ha llegado la hora de los laicos”, pero añadió: “parece que el reloj se haya parado”. En Chile recordó a los obispos como la “Iglesia no es una élite clerical y los laicos no son nuestros peones o empleados. No tienen que repetir como loros lo que nosotros decimos”. Los primeros apóstoles y misioneros que acompañaron a san Pablo eran todos laicos.; fue Lidia y su familia que introdujo el Cristianismo en Europa. Muchos de los primeros grandes teólogos eran laicos (Justino, Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes…). En realidad la Iglesia hoy se presenta  como un cuerpo con una enorme cabeza y unos miembros frágiles como los de un niño. La Iglesia además está compuesta del 61% de mujeres frente al 39% de varones y sin embargo ellas brillan por su ausencia en cuanto a visibilidad y toma de decisiones. El pueblo cristiano es mudo, no solo en la liturgia sino en la vida de la misma Iglesia; ese vacío es llenado por un exceso de voces eclesiásticas. Los católicos no están acostumbrados a debatir dentro de la Iglesia y menos afuera, en los medios públicos. Frente a los desafíos de la Iglesia de hoy, todos se callan en público y  prefieren hablar en privado con la excusa de la obediencia y la prudencia. A lo largo de muchos años la problemática fue que el pueblo no entendía el lenguaje de los pastores; ahora se espera que el pueblo hable y los pastores escuchen. Ya Pío XII había defendido la libre opinión en la Iglesia sobre asuntos opinables. Cuando a la Iglesia se la defiende mal, se le hace más daño que cuando se la ataca. Decía el presbítero Lorenzo Milani: “Es un preciso deber de piedad filial decir la verdad en la Iglesia, criticar lo que está mal, informar a los pastores y no tratarlos como niños o personas irresponsables y desinformadas. Sería la mejor forma para no cambiar nada, para favorecer la impunidad y la hipocresía”. Colegialidad, sinodalidad, subsidiaridad, libre opinión y  el fin del silenciamiento de teólogos y laicos, son elementos que podrían darle otra cara a la Iglesia. Con el Papa Francisco se ha entrado en este proceso de mayor transparencia o “parresía” (del griego= audacia).

 

SITUACIÓN “INÉDITA”

El arzobispo argentino Víctor Fernández ha dicho que “hoy la Iglesia goza de una “inédita” libertad de expresión y ya no hay que pensar qué diría el Papa para poder opinar. Hasta lo tratan a él de hereje y cismático sin que les llegue siquiera un pedido de aclaraciones desde el Vaticano”. Decía el cardenal Godfried Dannels: “No hay que tenerle miedo al debate en la Iglesia”. Y esto vale para el simple feligrés que advierte una falla en la comunidad cristiana y no la denuncia, y también para el obispo que oculta abusos sexuales en su diócesis. Hacia afuera, se le tiene miedo a los medios de comunicación; se prefieren los  boletines parroquiales. Expresar respetuosamente una opinión sobre temas opinables a través de una entrevista, un artículo, un medio radial o televisivo no significa faltar de respeto a la autoridad religiosa; por el contrario es un enriquecimiento, una invitación a la profundización de los temas. No significa desacato ni ruptura de la comunión; no significa romper la paz (de los cementerios) en la Iglesia; no significa escandalizar a los que se piensa que son todavía menores de edad. El mismo Papa Francisco da el ejemplo. Obviamente habrá que rechazar la violencia verbal y la polémica agresiva, siguiendo el dicho de san Agustín: “Unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo” y evitar  los conflictos interminables o lo que es peor, sabotear la realización de las decisiones tomadas. Transmitir una imagen de Iglesia donde todos piensan lo mismo, no es tan solo inútil sino alienante. Será en las pequeñas comunidades donde se dará la formación de los laicos que desde hace tanto tiempo se lamenta por su ausencia. El Papa Francisco denuncia en el n.28 de Evangelii Gaudium  que el llamado de la Iglesia a transformar la parroquia en comunidad de comunidades “todavía no ha dado suficientes frutos en orden a la cercanía de la gente, a la comunión y participación y a la orientación hacia la misión”. El eminente teólogo Karl Rhaner vaticinó para el futuro de la Iglesia una situación de “diáspora” . Esta palabra griega significa “dispersión”; la primera fue la de los judíos y ahora les tocaría a los cristianos en un mundo cada vez más materialista, donde el único punto de referencia cristiana serían estas comunidades. La tan mentada “formación cristiana” de los laicos no debería ser una cadena de largos estudios académicos y de reuniones interminables. Dice Evangelii Gaudium en el n.120: “Si un bautizado de veras cree en Jesús y ha hecho la experiencia del Amor de Dios, no necesita mucho tiempo de preparación para ir a anunciarlo; no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones”. No se trata tanto de adoctrinamiento sino de asimilación profunda de la Palabra de Dios. Los evangélicos y pentecostales han tenido un éxito enorme porque toda su pastoral se fundamenta en la Palabra de Dios, no en el catecismo. Si se quiere inclusive avanzar en el ecumenismo con las demás iglesias, hay que tener una formación bíblica. La formación ha de hacerse en la acción, siendo “callejeros de la fe” (EG n.106). Inclusive el acceso de los laicos a la teología no debería ser a una teología “para laicos”, sino a una teología repensada “laicamente”. Quejarse constantemente de la falta de preparación de los laicos es un círculo vicioso si no se les abren caminos de corresponsabilidad en la misión. El vino nuevo del Concilio no ha logrado romper los odres viejos. La estructura de la Iglesia sigue siendo fuertemente jerárquica y el papa Francisco clama constantemente contra el clericalismo y por ende  la pasividad de los laicos. No hay que pretender recrear una sociedad cristiana (cuando se intentó, la sal perdió  su sabor), pero sí es necesario que los laicos sepan “dar razones acertadas a los que les piden cuenta de su esperanza” (1Pe 3,15). Al cristiano laico se le debe reconocer no tanto por el hecho de que va a misa o por cómo habla de Dios  y del Evangelio, sino por cómo habla (desde Dios y el Evangelio) del matrimonio, de la familia, del trabajo, del dolor y la enfermedad, de la muerte… El testimonio de vida ha de ser acompañado por la palabra: una palabra amigable, no dicha en tono de sabedor o catequista, en el momento oportuno y sin quemar etapas.

 

LA DOCTRINA SOCIAL ES DESCONOCIDA

Padre Dehon, apóstol de la Doctrina Social

Sigue habiendo una gran deuda pendiente para con los laicos en la Iglesia y es el desconocimiento escandaloso, que se da aún por parte de los curas, de la Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia. Del comunismo la Iglesia ha condenado los errores, pero no la parte de verdad que encerraba. El derrumbe del comunismo no debería haber rehabilitado el capitalismo, también condenado por la Iglesia, con sus desastrosas consecuencias. Desde hace años el obispo argentino Miguel Hesayne, uno de los pocos defensores de los Derechos Humanos durante la dictadura militar, grita que ha fallado la catequesis social en las parroquias, colegios y centros educativos católicos, debido a una “esquizofrenia” que ha dejado de lado la enseñanza de la moral social. Esta no debería ser una catequesis aparte, sino parte integrante del mensaje cristiano. Se ha hablado mucho de la opción preferencial por los pobres, pero sin entender muchas veces su real significado. ¿Se puede decir que nuestras parroquias han hecho esta opción y los últimos han pasado a ser primeros?. En muchas parroquias no existe ni “Justicia y Paz” ni Pastoral Social. Hay una pregunta que duele: “¿Los cristianos comprometidos en las luchas gremiales, políticas y culturales, son acompañados por los pastores y las comunidades, o más bien encuentran indiferencia y desconfianza?” El diagnóstico de la realidad por parte de la jerarquía se reduce muchas veces a denunciar una crisis moral. Según Miguel Hesayne, la mayoría de los políticos católicos tienen una mentalidad preconciliar y se conforman con la práctica religiosa. No hay que lamentarse de que los líderes de la sociedad , muchos de ellos formados en colegios y universidades católicas, no tengan actitudes cristianas. La pregunta es  si no ha habido una gran falencia en la formación cristiana. El conocimiento de la Doctrina Social debería llevarnos, más allá del asistencialismo a luchar también contra la injusticia, la guerra, el narcotráfico, la tortura, la explotación sexual, la depredación del ambiente. Vivimos en una sociedad muy politizada, pero con una falta alarmante de cultura política inclusive en los católicos.  Prima la confrontación y no el diálogo, el desconocimiento total de lo público como un valioso bien de todos (que por lo tanto muchos piensan que no es de nadie), la ley del menor esfuerzo aparejado con la astucia de engañar al prójimo y echarle después la culpa a los demás, la resignación frente a una corrupción imparable. Tiempo atrás, y muchas cosas no han cambiado hoy, en un libro (“El péndulo de la fe”) Hesayne afirmaba: “Las comunidades católicas no tienen conciencia del pecado social. No conocen ni denuncian las injusticias; en las parroquias solo se hace beneficencia. Los pobres no son protagonistas ni sujetos de evangelización”. En la Iglesia hay muchos tipos de católicos. Están los que dicen tener fe, rezan y bautizan a los hijos; van a la Iglesia el domingo de ramos, para un funeral o un casamiento. En ocasión de una misa funeral hasta comulgan  para homenajear al muerto y acompañar a los deudos. Están los que cumplen únicamente lo que está mandado; su religión está orientada por lo que es obligatorio y por lo que está prohibido. Van a misa los domingos para cumplir con el precepto y no pecar; observan los mandamientos de Dios, pero el Evangelio influye muy poco en su vida. Están los enamorados de las devociones a los santos; no se integran a ninguna comunidad cristiana, pero no se pierden nunca de ir a San Cayetano, Santa Rita, San Expedito, San Pancracio, San Pantaleón…Hay  laicos metidos en la parroquia que parecen monaguillos; han encontrado su refugio, sus amigos y allí se encuentran bien y cómodos. Hay gente que reza rosarios, cadenas de oraciones, novenarios.., pero no hace nunca nada por los demás y fuera del templo vive igual que todos. Inclusive a los mejores cristianos les falta muchas veces un resorte interior que anime y le dé  sentido a su fe las 24 horas del día.

 

¿HAY UNA ESPIRITUALIDAD LAICAL?

El resorte interior se llama “espiritualidad”. Espiritualidad es una palabra que, equivocadamente, hace pensar a algo específico de los presbíteros, religiosos y monjas; y no es así. Esta palabra no deriva de “espíritu” con minúscula en contraposición a “materia”, sino del Espíritu con mayúscula, del Espíritu Santo que desde el Bautismo y la Confirmación debe orientar la vida de todos los cristianos y en todas sus dimensiones. Escuchar al Espíritu que está en nosotros, ayuda a buscar y conocer la voluntad de Dios, no para un alejamiento del mundo sino en vista de su transformación. En la Iglesia hay distintas espiritualidades, es decir distintos caminos en orden a la santidad, que es la plenitud de la vida cristiana. No es lo mismo ser cura que casado, ser monja que madre de familia, ser párroco que obrero de una fábrica o empleado en una empresa. Jesús no era sacerdote, ni rabino, ni pertenecía al grupo religioso de los Fariseos; era de profesión carpintero. No era de la tribu de Leví, la tribu elegida para el culto, para la cual Dios era su herencia (en griego =kleros). Jesús era laico. El 90% de su vida, destinada a salvar el mundo, la pasó en el anonimato de una vida de familia , de trabajo, de buena vecindad en la humilde aldea de Nazaret. Así como hay una espiritualidad sacerdotal o de la vida religiosa, también hay una espiritualidad laical. Hablar de espiritualidad no significa hablar de cosas extraordinarias o heroicas; no es pretender la perfección ética ya que nadie es perfecto en este mundo. Un trabajador no se santifica yendo necesariamente a misa todos los días si no puede, o rezando las Horas Litúrgicas todos los días como hacen los sacerdotes y las religiosas. Puede que un laico no pueda colaborar en nada con la parroquia, pero a Cristo se lo puede encontrar no solo en el templo sino también en la calle, en la casa de Marta y Maria, cerca de un pozo con la samaritana, camino a Emaús. Por supuesto que esta espiritualidad hay que alimentarla con la oración diaria, el ofrecimiento de la jornada, la lectura orante de la Biblia, buscando vivir en la presencia del Señor y agradarle. Hace unos años atrás se hizo famoso, con una cantidad excepcional de ediciones, un libro del p. Michel Quoist que se titulaba: “Oraciones para rezar en la calle”, es decir desde la realidad de la vida. Dice san Pablo: “Sea que coman sea que trabajen, háganlo todo por la gloria de Dios” (Cor 10,31). Lamentablemente muchos católicos no saben que su trabajo diario, aún el más humilde, es valioso a los ojos de Dios y es parte de su espiritualidad. En una encuesta hecha en España solo el 31% de los católicos estima que cumplir bien con su trabajo tiene que ver con la fe y es por lo tanto una obligación religiosa. Es como si el trabajo fuera algo profano, olvidando que Jesús fue trabajador manual hasta los 30 años. El trabajo ayuda a crecer, a madurar y ser libres, a relacionarse con los demás y nos da la oportunidad de ser útiles a los demás con nuestras capacidades para hacer un mundo más habitable. Cristianamente hablando, es la forma con la que colaboramos con Dios en la creación, que aún no ha terminado. Bien se puede decir que “otro mundo es posible”. El trabajo no es un castigo de Dios ; se transforma en  castigo penoso por culpa de los hombres cuando explotan a sus semejantes. Es imitar a Jesús que “vino a este mundo para servir y no para ser servido” (Mc 10,45 ). El cristiano trabaja todos los días para ganar lo necesario para su familia y también tiene que luchar por sus derechos, pero no trabaja exclusivamente por la plata sino sobre todo para servir y ser útil al prójimo. A los hijos no hay que enseñarle simplemente a ganar plata, sino sobre todo a descubrir su vocación de servicio. También la vida matrimonial y familiar tiene que ver con la espiritualidad. Si se entiende lo que es el sacramento del matrimonio, que se puede renovar periódicamente, toda la vida matrimonial y familiar, también el sexo,  pasa a ser algo sagrado, algo que agrada a Dios. Se trata de ser signos del Amor de Cristo en el mundo: un amor gratuito y fiel hasta la muerte. Se trata de dar testimonio de que el amor verdadero es posible con la ayuda de Dios. No hay que evadir por lo tanto de lo cotidiano; también el trabajo puede ser oración; también la vida matrimonial y familiar puede ser oración; también la lucha por un mundo mejor puede ser oración. El documento de Puebla en el n.797 pedía que “los laicos no huyan de las realidades temporales para buscar a Dios sino que perseveren presentes y activos en medio de ellas, y allí encuentren al Señor”.

                                                             PRIMO CORBELLI

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