(tema central) VIDA Y MUERTE DE LOS “CURAS PARA EL TERCER MUNDO”

El obispo Alberto Devoto

Hace 50 años, el 15 de agosto de 1967, dieciocho obispos pertenecientes al Tercer Mundo de Asia, África y América Latina (9 de Brasil, 1 de Colombia), lanzaron un Manifiesto como respuesta a la encíclica “Populorum Progressio” de Pablo VI, de fuerte contenido evangélico y profético. Se llamaban “países del Tercer Mundo” los que no pertenecían ni al mundo capitalista ni al mundo comunista y eran los más pobres del mundo; a favor de ellos había escrito el Papa la “Populorum Progressio”. Según el Manifiesto de los obispos “los pueblos del Tercer Mundo forman el proletariado de la humanidad actual, explotado y amenazado en su existencia misma por los más fuertes”. Los 18 obispos se ponían “al lado de los pueblos pobres y de los pobres de los pueblos” condenando “la lucha de clases que los ricos han desencadenado contra los trabajadores, acaparando para ellos mismos lo que es necesario para todos”. Los invitaban a la lucha no violenta, “teniéndose confianza a sí mismos y sin esperar pasivamente una conversión de aquellos que “no escuchan ni siquiera a alguien que resucite de entre los muertos” (Lc 16,31). 

 

A pesar de que el Manifiesto tuviera escasa resonancia en Argentina, un grupo de sacerdotes argentinos quiso hacer conocer el documento a los demás sacerdotes del país para que lo firmaran y se adhirieran al mismo. La iniciativa salió de la diócesis de Goya (Corrientes) donde el obispo Alberto Devoto había firmado en Roma -al terminar el Concilio- el Pacto de las Catacumbas y de vuelta a Goya había pronunciado públicamente su voto de pobreza y de opción por los pobres en la Pascua de 1966. Devoto había renunciado al anillo, al báculo, al coche oficial, al apelativo de “monseñor”, al sueldo del estado; viajaba en colectivo y hacía las compras en el mercado como un vecino más, apoyaba las Ligas Agrarias y las reivindicaciones de los trabajadores. Un cura obrero de su diócesis, Miguel Ramondetti con su autorización se puso en contacto con otros curas, entre los cuales Rodolfo Ricciardelli, Alberto Lanzón, Hector Botan de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Juntos lograron publicar el Manifiesto de los 18 obispos entre el clero nacional suscitando una ardorosa adhesión de 266 curas; y allí surgió el Movimiento de los Curas para el Tercer Mundo.  Fueron los periodistas que les dieron el nombre de Curas “del” Tercer Mundo, apelativo modificado después por los mismos curas con el nombre de “Sacerdotes “para” el Tercer Mundo” (MSTM). Fue enviada enseguida una carta oficial de adhesión al Manifiesto por parte de 270 curas argentinos al obispo que había sido su alma, el obispo de Recife (Brasil) Helder Cámara y a los demás 17. Entre los suscriptores de la carta: Lucio Gera, Osvaldo Musto, Miguel Hesayne, Osvaldo Santagada, Alfredo Trusso, Francisco De Vos, Osvaldo Catena, Edgardo Trucco, René Trossero, Fernando Boasso… En enero y febrero de 1968 se organizaron los grupos (ya los curas eran 320) en cada diócesis del país para estudiar como  pastores la realidad económica, social y política de la Argentina, evitando temas de la interna eclesial. El primer encuentro de los coordinadores diocesanos tuvo lugar en Córdoba los primeros dos días de mayo de 1968, con 21 sacerdotes de 13 diócesis distintas. Un documento sobre la violencia que se vivía en América Latina fue enviado a los obispos latinoamericanos que se iban a reunir en Medellín en agosto, con la adhesión de 431 curas argentinos y otros 500 de otros países del continente. El documento fue tomado en cuenta por los obispos y algunos de sus párrafos fueron incluidos en el texto final de Medellín. Se empezó a hablar en Argentina de los Curas para el Tercer Mundo en los medios públicos recién cuando el 20 de diciembre del 68 sucedió algo insólito y llamativo.

Sacerdotes frente a Plaza de Mayo

El dictador del momento, general Juan Carlos Onganía, había lanzado un plan de erradicación de las villas de emergencia trasladando a la gente en forma compulsiva a núcleos habitacionales “transitorios” (muchos han quedado así hasta el día de hoy) y prometiendo la construcción de 8 mil viviendas por año. Haciéndose eco de la angustia de los “villeros”, el 20 de diciembre un grupo de estos sacerdotes (23) de la Capital y Gran Buenos Aires se alinearon frente a la casa de gobierno en la Plaza de Mayo como protesta y en silencio durante casi una hora, mientras se entregaba una nota al presidente firmada por 68 curas. Los sacerdotes denunciaban y lamentaban que para ese año se iba celebrar una “Navidad no cristiana”. Desde un primer momento los curas se presentaron como curas y no como activistas políticos. “Nuestra sociedad actual, como en el tiempo de Belén, no hace lugar a Cristo”, clamaban. El obispo de Goya, Alberto Devoto y varios sacerdotes del país, después de haber explicado el significado del gesto, suprimieron la Misa de Nochebuena e hicieron ayuno y oración.

 

EL MOVIMIENTO Y LOS OBISPOS

El impacto en la opinión pública de estos hechos (ya varios sacerdotes iban siendo arrestados en el país) fue relevante e influyó en el contenido del documento episcopal argentino de San Miguel en abril del 69. Fue un documento de gran sensibilidad social y popular  que marcó nuevos y significativos rumbos para el país en la línea de Medellín.

En setiembre de 1969 el obispo Juan Carlos Aramburu nombró un Equipo Sacerdotal para la Pastoral en las villas de emergencia de la Capital Federal, en su mayoría del Movimiento. El 30 de noviembre de ese mismo año, ante la creciente agitación social y política, el presidente Juan Carlos Onganía, hombre vinculado al nacionalismo católico, convocó al pueblo argentino a una consagración solemne al Inmaculado Corazón de María en Luján. El acto se realizó y mitad del episcopado participó. Los Curas para el Tercer Mundo denunciaron la instrumentalización política del hecho preguntando: “¿Qué vamos a consagrar?”; e invitaron a no participar. Para el gobierno la Virgen era “la generala de nuestro ejército” y para los 25 obispos que participaron con el cardenal Antonio Caggiano a la cabeza, una iniciativa que aplaudían con “religiosa satisfacción”. Un mes después, el 28 de diciembre la explanada de la basílica de Luján fue invadida por miles de villeros de  Capital y Gran Buenos Aires con sus curas, en 130 micros repletos, que pedían por la transformación de las villas en barrios obreros. Los sacerdotes “tercermundistas” vivían plenamente su ministerio de la Palabra y de los Sacramentos pero en medio de los más pobres, respaldando su liberación integral, participando en marchas, protestas, huelgas. En 1970 estalla en el sur del país el caso de los obreros del El Chocón en huelga y el obispo de Neuquén Jaime de Nevares toma la defensa de los obreros y del cura tercermundista Pascual Rodríguez. En 1971 en ocasión de una Exposición Internacional del Confort en Buenos Aires, los Curas del Tercer Mundo se desplazan ante la entrada de dicha exposición con una pancarta que dice: “¿Confort, para quienes?”. Estos hechos fueron los primeros de una larga cadena de intervenciones en todo el país que hicieron al Movimiento muy popular también después del golpe militar de 1976 y a la vez muy cuestionado por la jerarquía eclesiástica en general. Unos cinco obispos, sobre 62, vinculados con los tercermundistas, fueron tildados como responsables de la división entre los obispos. Algunos decían que era preferible un pacto de silencio antes que ofrecer la imagen de una Iglesia dividida. Así reaccionó el obispo de Viedma, Miguel Hesayne: “Este no es un criterio teológico sino corporativo. La comunión es con toda la Iglesia, con el Pueblo de Dios del cual somos servidores”. En realidad la jerarquía ya estaba dividida: había obispos que apoyaban al ejército, la tortura,  la represión contra el comunismo y contra “los idiotas útiles del comunismo”; había obispos lefebvristas que acusaban a la Biblia Latinoamericana de “apócrifa, satánica, sacrílega”; había obispos y eran la mayoría, que apoyaban un capitalismo de rostro humano y un aparente y aparatoso diálogo con el gobierno frente a evidentes atropellos contra los derechos humanos. En 1970 un grupo de sacerdotes, entre los cuales católicos nacionalistas como Guillermo Furlong y Julio Meinville publicaron una solicitada firmada por unos cientos de sacerdotes que pedían a la autoridad eclesiástica una intervención contra los curas tercermundistas. Pedían que la jerarquía “hiciera saber a los fieles y a los demás ciudadanos quién es Jesucristo y quién no es, cómo es la verdadera Iglesia y cómo no es, cuáles son los verdaderos pastores y cuales no”. El 12 de agosto la Comisión Permanente del Episcopado liderada por el obispo Adolfo Tortolo advertía sobre “el peligro de considerar solo el aspecto humano y social de la religión con perjuicio de su aspecto primario que es el de la fe y la oración. Este hecho, constatado en múltiples declaraciones de sacerdotes, más que un síntoma es realmente un peligroso error que no debe continuar más”. Los Curas para el Tercer Mundo respondieron pocas semanas después con un librito titulado: “Nuestra reflexión”, redactado por los principales teólogos del Movimiento: Miguel Ramondetti, Lucio Gera, Rolando Concatti, Jorge Vernazza.

 

ACIERTOS Y ERRORES

“Nuestra reflexión” era una amplia afirmación de postulados doctrinales en la línea del Concilio, Populorum Progressio, Medellín y San Miguel con una sólida fundamentación bíblico-teológica y concluía invitando a los obispos a continuar el diálogo. El episcopado nunca respondió. Este documento ha sido analizado ampliamente hace poco en la revista “Vida Pastoral” de octubre pasado por el teólogo Ezequiel Martin Silva. Se trata, según él, de uno de los más notables textos de la recepción del Concilio Vaticano II y de Medellín en Argentina. El Movimiento nunca había incitado a la violencia, tal como se lo acusaba, y gozaba de la simpatía del pueblo. La formación en la Doctrina Social de la Iglesia de sacerdotes y obispos en aquel tiempo era muy pobre y reflejaba predominantemente la mentalidad antipopular de las clases media y alta. Según Ezequiel Silva el texto de los Curas para el Tercer Mundo “es un documento profético, inteligente, con apertura al Espíritu, con la mirada atenta a los signos de los tiempos, de una lucidez que impresiona. El espíritu contenido en muchas afirmaciones en aquel tiempo escandalosas, se encuentra plasmado hoy en varios documentos de nuestro episcopado e inclusive del magisterio pontificio”. La actuación de los Curas para el Tercer Mundo despertó y creó una nueva conciencia en la Iglesia Argentina y más allá. Ellos habían hecho suyo el lema del obispo mártir Enrique Angelelli: “Un oído al Evangelio y un oído al pueblo”. Aún cuando su opción por los pobres se transformó en opción por el peronismo, en realidad era porque la gran masa de los marginados y explotados era peronista y solo a través de un cambio estructural y político podía darse un real avance para ellos. Se decía que el pueblo difícilmente se equivoca porque las consecuencias las paga él, y solo él, en carne propia.

Frente a las ambigüedades del peronismo, la confianza ciega de muchos de ellos en el mismo, puede sonar hoy  a ingenuidad; pensaban quizás que los que llevaban determinadas banderas, tuvieran todos la misma pureza de intención y soñaran todos con las mismas grandes causas.

Los curas tercermundistas no aspiraban a cargos políticos; prueba de ello fue cuando a fines de 1972 el p. Carlos Mugica de acuerdo con todo el equipo de sacerdotes, renunció a ser elegido diputado nacional por Capital Federal. Cometieron errores y se excedieron en el caos político de aquel entonces. No albergaba sin embargo en ellos odio de clase. Prueba de ello fue el funeral de Mugica al que asistieron 7 mil personas, donde estaban todos, chapoteando en el barro de la villa de Retiro, representando a grupos diversos y antagónicos. Todos, sin marcar diferencias. La dimensión religiosa y profética siempre estuvo presente en el Movimiento. La mayoría se identificaba con el espíritu del p. Carlos Mugica que escribía a fines del 70 al obispo coadjutor Juan Carlos Aramburu: “He dedicado y dedicaré mi sacerdocio a los oprimidos, aunque hubiera podido dedicarme a las clases altas, lo que me evitaría problemas. Elegí el camino de la cruz, la contradicción, la calumnia de dentro y fuera de la Iglesia. Lo elegí porque me une más a Dios, me hace más útil al prójimo en la Iglesia de los pobres, me sirve de reparación a Dios por los pecados míos y de la Iglesia”. Los sucesivos hechos de violencia y la vuelta del general Perón a la Argentina terminaron radicalizando a algunos sectores del Movimiento, a la vez que se iban polarizando las ideologías.

 

LO QUE DEJÓ EL MOVIMIENTO

En el primer viaje de vuelta de Perón al país, los dos líderes del Movimiento, el p. Mugica y el p. Vernazza, fueron invitados por Antonio Cafiero a integrar la comitiva en el avión. A pesar de las protestas de parte del clero y de las autoridades eclesiásticas, ellos aceptaron con esta motivación: “Es un hecho histórico que excede ampliamente el marco de los político-partidista”. Al volver el peronismo al gobierno, las distintas tendencias del peronismo se reflejaron también en el Movimiento y esta fue una de las causas que lo llevó a su desintegración. Se pecaba de mesianismo y había una fuerte contaminación ideológica. Además en el sexto y último encuentro nacional de agosto de 1973 en San Antonio de Arredondo (Córdoba), hubo un casi copamiento de curas que luchaban para la abolición del celibato obligatorio. La presencia inesperada de varios ex curas casados (por no haber sido invitados) y del ex obispo Podestá que ya se había juntado con Clelia Luro, cambió el clima del encuentro. Participaron 150 sacerdotes de todo el país y la reunión fue tumultuosa. El secretario general del Movimiento Miguel Ramondetti, renunció. El grupo de Capital Federal y del Gran  Buenos Aires, donde militaban las figuras más prestigiosas del Movimiento como Mujica y Vernazza y los teólogos más famosos como Gera y Tello, el mes anterior habían hecho conocer un documento de absoluta fidelidad a la jerarquía eclesiástica y a la disciplina de la Iglesia en cuanto al celibato. Habían escrito: “Sin descartar futuras modificaciones en la disciplina del celibato, pensamos que Cristo lo ha colocado en función directa con el Reino de Dios al cual está ordenado. Para nosotros el celibato adquiere en nuestro continente hoy un nuevo resplandor y talante profético, no en si mismo sino en orden al seguimiento de Cristo y a la lucha a la que el Señor nos llama en pos del Reino”. El p. Mugica añadía: “Negar el valor del celibato es negar una parte del Evangelio. No podemos llevar adelante una valiente autocrítica de la Iglesia, sino partiendo de una tenaz adhesión a ella”. En el encuentro nacional, después de una borrascosa reunión, los 40 curas de Capital y Gran Buenos Aires abandonaron la reunión.  No hubo documento final, ni habrá más documentos a nivel nacional. El p. Osvaldo Catena, nuevo secretario general, no logrará recomponer las filas de un Movimiento unitario. Al año siguiente, coincidiendo con el asesinato del p. Carlos Mugica y la muerte de Perón, el Movimiento a nivel nacional se disuelve, después de seis años de intensa actividad. El 11 de mayo de 1974 en la parroquia San Francisco Solano, el p. Mugica era asesinado por uno de los jefes operativos de la Triple A, una banda armada derechista de José Lopez Rega, el ministro de Bienestar Social del cual Mugica se había distanciado. El abad de Los Toldos, en aquel entonces Mamerto Menapace, lo había encontrado un mes antes haciendo allí un retiro espiritual. Mugica le había dicho que no tenía miedo a morir; lo único que temía era ser echado de la Iglesia por sus superiores jerárquicos y tener que abandonar el ejercicio del sacerdocio. Su arzobispo lo consideraba, equivocadamente, un montonero. Su actitud, sobre todo en los últimos tiempos, había quedado bien clara.

Escena de la película Elefante Blanco

Dice Menapace: “A pesar de ambigüedades y errores que pudo haber cometido en el pasado, su final vino a confirmar el compromiso al lado de los pobres que verdaderamente había asumido: estaba dispuesto a morir, pero no a matar”. Poco después empezará  con la dictadura militar el martirologio más frondoso en la historia de la Iglesia argentina donde curas, obispos y laicos tercermundistas pagaron el precio más elevado. Ellos no solo nos dejaron, como en el caso del p. Carlos Mugica, el testimonio de una vida entregada totalmente a Dios y a los pobres hasta el martirio, sino el legado de una Iglesia pobre, defensora de la justicia y los derechos humanos, cercana a la gente, a la religiosidad popular y a sus valores, de fidelidad a la Iglesia y a una “teología del pueblo” que lejos de cualquier contaminación marxista ha alimentado a varias generaciones llegando hasta nosotros. Han quedado las comunidades eclesiales de base, los curas villeros y un montón de movimientos y pastorales sociales que siguen su ejemplo de entrega en los lugares más difíciles. El p. Mugica solía repetir que no había que preocuparse si el Movimiento se iba disolver; las semillas brotarían con el tiempo y darían su fruto.

                                                            PRIMO CORBELLI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s