(nunca sin el otro) PONCE DE LEON: OBISPO Y MÁRTIR

Con este título, el sacerdote Enrique Ciro Bianchi, de san Nicolás, recuerda los 40 años de la muerte trágica del obispo Carlos Ponce de León en la revista “Vida Pastoral” n.363. Ponce de León fue obispo de San Nicolás (Argentina) por 11 años desde el 18 de junio de 1966 hasta el 11 de julio de 1977. Había participado como joven obispo auxiliar de Salta en el Concilio Vaticano II y encarado con entusiasmo la renovación de la Iglesia. Durante la dictadura en Argentina entre 1976 y 1983, se comprometió con los familiares de los presos políticos y desaparecidos, levantando su voz junto a unos pocos obispos en la denuncia de los atropellos a los derechos humanos. En su despacho recibía permanentemente a los familiares de las víctimas de la represión, fueran del signo político que fueran y se movía para encontrar una solución. Visitaba a los presos y hacía gestiones para conseguir informaciones para los familiares.

Jefe del área militar que abarcaba San Nicolás era el teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant. En una ocasión el obispo acudió a una parroquia donde Saint Amant estaba haciendo un operativo de requisa. El militar le preguntó al obispo: ¿Qué hace usted aquí?, a lo que Ponce respondió: “Dígame usted qué hace aquí; yo soy el dueño de casa”. Saint Amant mandaba controlar al obispo y enviaba informes secretos a sus superiores denunciando “el accionar subversivo” del obispo que “dirigía fuerzas enroladas sustancialmente en las filas del enemigo”. Según el militar, que se declaraba católico, “el marxismo se había infiltrado en la diócesis” y por eso acusaba al obispo de “traidor de la Iglesia”. Ya el obispo Angelelli había advertido a sus colegas: “No dejemos que los generales del ejército nos usurpen la misión de velar por la fe católica”. San Nicolás fue la diócesis donde hubo más sacerdotes diocesanos, más que en La Rioja, que sufrieron acciones de terrorismo de estado. El 1º de abril de 1976 Saint  Amant encarceló a tres sacerdotes. Se acercaba la Semana Santa y los militares le exigieron al obispo que enviara a otros sacerdotes para atender  a las tres parroquias. El obispo se opuso y mantuvo las parroquias desiertas; si hubiera una causa justa para la detención de los sacerdotes, les contestó, que la explicaran a la gente. Le habían prohibido celebrar misa de campaña en el regimiento porque “allí no entran los curas comunistas”. El 2 de julio de 1976 un grupo armado irrumpió y registró toda la casa donde Ponce tenía viviendo a sus seminaristas en la ciudad de Buenos Aires. Dos días después se produjo la masacre de san Patricio contra los curas palotinos entre los cuales estaba el p. Alfredo Kelly, su amigo y confesor.

 

EL MARTIRIO
A los que le sugerían dejar la diócesis por un tiempo les decía: “Yo no estoy haciendo nada malo; estoy ayudando a los que me necesitan”. Tenían los teléfonos controlados. Las personas cercanas al obispo sabían que este recibía amenazas permanentes. Saint Amant había intentado gestiones para que el Vaticano retirara al obispo. Habían transcurrido once meses de la trágica muerte en las rutas riojanas del obispo Enrique Angelelli. Los mensajes decían: “el próximo sos vos”. Todos los sacerdotes de la diócesis de San Nicolás firmaron una carta dirigida al obispo Servando Tortolo presidente de la Conferencia Episcopal y al nuncio Pio Laghi donde se afirmaba: “Nuestro obispo ha sido amenazado de muerte y lo es ya reiteradamente” y pedían ayuda. En ese clima el 11 de julio de 1977, a la altura de Ramallo, camino a Buenos Aires mientras el obispo viajaba en su coche, se le cruzó repentinamente en la ruta una camioneta que venía en sentido contrario. Murió a las pocas horas en una clínica de San Nicolás. El rápido y breve proceso judicial que siguió, incluyó únicamente el relato del conductor de la camioneta con varias contradicciones, pero no hubo autopsia, ni informe médico sobre las heridas causadas por el choque; no se sabe quien llevó al obispo al hospital de Ramallo y qué pasó entre el choque y la muerte. Ponce de León había preparado una carpeta para la Nunciatura Apostólica con datos sobre secuestros y torturas en San Nicolás y Villa Constitución. La documentación que llevaba, desapareció. El certificado de defunción estableció: “Murió por un paro respiratorio”.

El diario “El Norte” habló de una “imponente manifestación de pesar en las exequias”. El 26 de junio de ese mismo año había muerto por un cáncer también el obispo de Rafaela, Antonio Brasca, otro seguro candidato a la muerte forzosa. La investigación de la muerte de Ponce de León ha sido sobreseída varias veces, pero todo hace suponer que ese era el método criminal ya empleado con el obispo Angelelli y lo será después con el obispo Vicente Zaspe en 1982 y quizás con Gerardo Sueldo en 1999 para acallar la voz de los obispos. En su testamento Ponce había escrito: “No tengo enemigos, no guardo rencor ni odio  a nadie; si ofendí a alguien le pido perdón y si alguien se considera mi deudor queda perdonado”; y pedía exequias sencillas, sin flores y que “la colecta se destinara a los pobres, mis amigos e intercesores”. Vivió como un buen pastor y sufrió un largo Getsemaní en silencio y soledad. Ponce de León se añade con su martirio a los 62 sacerdotes, 11 seminaristas, 4 religiosas y religiosos, un obispo… totalizando 79 víctimas de la dictadura, sin contar los laicos,  que derramaron su sangre en nombre de Cristo y del Evangelio.

P.C.

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