(aniversario): ISRAEL Y LA IGLESIA

Arthur Balfour

Hace 100 años, el 2 de noviembre de 1917, el canciller británico Arthur Balfour redactó en una nota al líder de la comunidad judía de Gran Bretaña Lionel Rothschild, su famosa declaración que facilitaba la instalación en tierra palestina de los judíos dispersos por el mundo. Se hablaba de un “hogar nacional judío” en Palestina. El documento no especificaba límites territoriales y se declaraba respetuoso de los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías ya establecidas en Palestina. El año anterior Francia y Gran Bretaña después de la guerra victoriosa  contra Alemania, el Imperio Austro-Húngaro y Turquía, se habían repartido las provincias árabes de los Otomanes. Lo que hoy es Siria y Líbano quedó en manos de los franceses, mientras que Irak, Jordania y Palestina, de los británicos. La Declaración Balfour significó, para muchos judíos de la época, la vuelta a la Tierra Prometida por Dios a Abraham; para los palestinos comenzó lo que ellos llaman “nakba” (=la catástrofe).

EL SIONISMO

En enero de 1904 el fundador judío del Sionismo (de Sion=Jerusalén) Theodor Herzl pidió audiencia al Papa Pio X para pedir su apoyo en vista de un futuro regreso de los judíos perseguidos a Palestina. El Papa se negó a apoyar el movimiento: “Esa tierra ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Los judíos no han reconocido a nuestro Señor; por lo tanto no podemos reconocer al pueblo hebraico”. En su diario Hertzl recuerda que el Papa añadió: “La fe judía ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Cristo, no lo han hecho hasta hoy. Tuvieron todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión ni violencia”. Era una respuesta teológica a un proyecto político y el Papa se declaró contrario a pesar de que se le aseguraron todas las garantías para los lugares sagrados del Cristianismo.  En realidad el Papa Pío X no era antisemita y pedía un trato humano y civilizado para todos los judíos; en 1905 condenó públicamente la persecución contra los judíos en Rusia. Sin embargo no estaba dispuesto a reconocer un estado hebraico en esos territorios ya habitados por el 90% de palestinos. Esa postura fue la misma de los Papas siguientes que rechazaban los métodos violentos con los cuales los judíos iban adueñándose de Palestina. Aún frente a la Declaración Balfour, la Iglesia manifestó su desacuerdo. En 1919 en Palestina, sobre una población de 704 mil palestinos musulmanes, había tan solo 56 mil judíos. La emigración judía se aceleró en los años 20 y 30, durante y después de la segunda guerra mundial, mediante el desalojo por la fuerza de los palestinos. Los judíos reclamaban derechos ancestrales y bíblicos. Se abusaba de la religión para objetivos políticos. Su lema era: “Una tierra sin pueblo (deshabitada) para un pueblo sin tierra”. Se afirmaba que la nación palestina no existía, que se trataba de jordanos, egipcios, sirios, libaneses y que se buscaba derivarlos hacia esos países. Sin embargo los palestinos existían y vivían en esos territorios desde hace muchos siglos. En el siglo 7 después de Cristo, esas tierras que los romanos habían llamado “Palestina”, fueron ocupadas por los musulmanes árabes, hasta que en 1516 llegaron los turcos.

Hace 70 años, el 29 de noviembre de 1947 la ONU con la resolución n.181 proponía la creación de dos estados, uno judío y otro palestino, dejando el área de Jerusalén y Belén bajo control internacional. El apoyo económico y militar proveniente de varias zonas del mundo, hizo que el estado de Israel, declarado unilateralmente al año siguiente por Ben Gurion, pudiera enfrentar y vencer la guerra con los estados árabes cercanos. Empezó entonces el gran éxodo, no ya de los judíos, sino de los palestinos por la expulsión forzada, las expropiaciones y la ocupación ilegal de tierras palestinas. Después de 1948, menos de la mitad de los palestinos pudo quedarse en sus hogares; más de la mitad terminó en la situación de refugiados. A través de constantes hechos consumados de apropiación forzada de tierras, Israel llegó a dominar actualmente el 77% de la Palestina, excepto Cisjordania y Gaza. A pesar de las condenas reiteradas de la ONU Israel sigue con la construcción de asentamientos ilegales en territorios palestinos ocupados y sigue construyendo viviendas de colonos en Cisjordania y Jerusalén oriental, obligando a los palestinos a retirarse. De lo dicho se desprende el porqué la Iglesia ha rechazado siempre el Sionismo expansionista y agresivo, el porqué ha reconocido al estado palestino, el porqué ha tomado siempre la defensa de los palestinos y en especial de los palestinos cristianos, y ha rechazado cualquier anexión de los lugares sagrados al Estado de Israel. Es lo que ha sucedido en estos días con la declaración unilateral de Estados Unidos, único aliado del Sionismo, de Jerusalén como capital de Israel y el rechazo inmediato del Vaticano, junto a la gran mayoría de los países.

 

EL DIÁLOGO  RELIGIOSO

Si el Sionismo sigue siendo un tema político espinoso y conflictivo entre el Vaticano y el Estado de Israel, no así sucedió con el diálogo interreligioso y teológico, que dio frutos inesperados. En realidad el antijudaísmo religioso existió en la Iglesia desde el siglo cuarto con acusaciones de deicidio, de pueblo maldito por Dios, etc.; y tantos siglos de hostilidad anti hebraica no podían no dejar huellas profundas. En los siglos 19 y 20 ese antijudaísmo adquirió una fuerte dimensión cultural y socio-política con acusaciones de usura, concentración de dinero, dominio político mundial. La Iglesia desde la Revolución Francesa en adelante luchó contra la modernidad, involucrando en ella a todos sus enemigos y entre ellos a masones y judíos. Obviamente que este antijudaísmo católico no tuvo nada que ver con el antisemitismo racial del nazismo. Ya el 25 de marzo de 1928 el Papa Pio XI había condenado “el odio hacia ese pueblo que Dios había elegido y que hoy se llama antisemitismo”. La inmensa mayoría de los católicos rechazó el antisemitismo, al desencadenarse la violencia racial contra ellos. En abril de 1933 la judía Edith Stein, hoy santa Benedicta de la Cruz, dirigió a Pio XI el pedido de escribir una encíclica sobre la cuestión de los judíos: “Santidad, esperamos que la Iglesia haga oír su voz en nombre de Cristo para terminar con estos atropellos contra los judíos. ¿Esta violencia no es un ultraje a la misma humanidad de Cristo, de la Virgen Maria, de los Apóstoles?”. Ahora sabemos que el Papa Pio XI efectivamente había encargado al teólogo p. John Lafarge que preparara lo que sería una encíclica para condenar el racismo y en especial el antisemitismo. El documento había sido escondido, y recién llegó al escritorio del Papa poco antes de su muerte el 10 de febrero de 1939.
El primero que denunció los elementos cristianos que sirvieron de pretexto como suporte de todo tipo de antisemitismo fue el judío francés Jules Isaac. Isaac era un historiador francés autor del notable libro, publicado en 1948, titulado: “Jesús e Israel”, dedicado a los “mártires del nazismo y a toda mi familia asesinada simplemente porque se llamaba Isaac”. Ya unas 60 personalidades entre judíos y cristianos, con Jules Isaac a la cabeza, se habían encontrado en una conferencia internacional en Seelisberg (Suiza) donde entre otras cosas se había propuesto una revisión de la doctrina católica sobre los judíos. Participaron el célebre teólogo católico p. Charles Journet y el filósofo Jacques Maritain. Fueron diez las propuestas; se recordaba que los primeros en pertenecer a la Iglesia fueron judíos, que hasta en su oración Jesús había perdonado a sus asesinos, que Cristo murió por los pecados de todos los hombres, que el precepto del amor al prójimo obligaba a judíos y cristianos…
Isaac, que había fundado “Amistad judeo-cristiana”, se encontró en junio de 1960 con el Papa Juan XXIII y le sugirió las 10 propuestas de Seelisberg para superar el antijudaísmo religioso por parte de los cristianos. El memorándum presentado al Papa se titulaba: “Necesidad de  una reforma de la enseñanza cristiana respecto a Israel”. Las propuestas fueron aceptadas casi en su totalidad por el Concilio Vaticano II. Isaac pidió en especial que se terminara con “la enseñanza del desprecio hacia los judíos”. Como consecuencia el Papa Juan XXIII borró en la oración universal del viernes santo la expresión “pérfidos judíos” y encargó al cardenal Agustín Bea un documento que repudiara en especial la teoría del deicidio y la maldición. Ese documento figuraría en el Concilio con el nombre de “Nostra Aetate” (=en nuestro tiempo). Allí se afirma: “Lo que pasó con la pasión de Cristo no puede ser imputado a todos los judíos de aquel tiempo ni a los judíos de nuestra época. Los judíos no son repudiados ni maldecidos por Dios, siendo que las promesas de Dios son irrevocables y sin arrepentimiento” (n.4).
Posteriormente, Juan Pablo II les pedirá perdón por los agravios hacia ellos desde la Iglesia y los llamará “nuestros hermanos mayores”. Este acercamiento y diálogo religioso con los hermanos judíos tuvo un desarrollo notable. Esto no significó ni significa apoyo de la Iglesia al estado de Israel, que por su cerrazón hasta logró que Benedicto XVI congelara la causa de beatificación de Pio XII abierta en 1965 por Pablo VI y la del sacerdote francés p. León Dehón (+1925) acusado de antisemitismo por luchar contra la usura de las corporaciones judías.

P.C.

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