(Nunca sin el Otro) EDUARDO PIRONIO: LA VIDA COMO UN MAGNIFICAT

Dentro de pocos meses se celebrarán los 20 años de la muerte del cardenal argentino y Siervo de Dios Eduardo Pironio, profeta de los nuevos tiempos de la Iglesia.

En 1899 José Pironio y Enriqueta Buttazzoni llegaban a la Argentina, a Nueve de Julio, provenientes de Udine en el Friuli (Italia) en busca de trabajo. José y Enriqueta tuvieron 22 hijos que educaron ejemplarmente en la fe católica; el último fue Eduardo que nació el 3 de diciembre de 1920. A los 11 años entró en el seminario de La Plata. A fines de 1943 se ordenó sacerdote en la basílica de Luján; su padre ya había muerto en 1926. Su madre murió en 1960. Escribió de ella: “Era una mujer profunda; todo lo veía a la luz de Dios y me enseñó a vivir la fe”. Y contó cómo “al nacer mi primer hermano ella enfermó gravemente. Cuando se recuperó los médicos le dijeron que no podía tener más hijos; de lo contrario su vida correría peligro. Mi madre fue a consultar a un sacerdote que tenía fama de santo, el cual le dijo: ‘Los médicos pueden equivocarse; usted póngase en las manos de Dios’. Tuvo 22 hijos y murió a los 82 años”.

Pironio, ya siendo docente de teología, fue nombrado rector del Seminario Metropolitano de Buenos Aires. Se acercaba el Concilio y el cardenal Antonio Caggiano representaba la parte del episcopado que no quería que se hablara de reforma de la Iglesia y temía desbordes y desviaciones. El cardenal cerró la revista “Notas de Pastoral Jocista” del presbítero y teólogo Lucio Gera, gran amigo de Pironio. Y en 1963 reemplazó al mismo Pironio como rector del seminario. Después de 3 años de servicio ejemplar fue alejado sin mayores explicaciones, con gran pesar de profesores y seminaristas. Tenía tan solo 43 años y fue invitado a  participar en el Concilio Vaticano II primero como observador y después como perito. En mayo de 1964 el Papa Pablo VI lo nombra obispo auxiliar de La Plata y es consagrado obispo en la basílica de Luján. Como obispo participó de las dos últimas sesiones del Concilio en el marco de la corriente renovadora argentina con obispos como Zaspe, Devoto, Podestá, Iriarte, Rau, Quarracino, Marengo, Angelelli… Se quería una Iglesia pobre, servidora, comunitaria, cercana a la gente. Los tiempos postconciliares fueron apasionantes en Argentina, pero convulsionados, contradictorios y en algunos casos violentos. En 1967 Pironio fue nombrado obispo de la diócesis de Avellaneda, donde el obispo Gerónimo Podestá desafiaba la disciplina eclesiástica del celibato y tuvo que entrar en la diócesis casi clandestinamente, acompañado por pocas personas entre los cuales su amigo Lucio Gera. En ese mismo año Pironio es elegido secretario general del CELAM y el año siguiente el Papa lo nombra también secretario general de la Conferencia Episcopal de Medellín. Su rápido ascenso se debía a que en el Concilio había llamado la atención su apertura pastoral, su equilibrio, su espiritualidad, su sencillez y cordialidad. En aquel tiempo ya era conocido por sus libros, conferencias, retiros espirituales. El protagonismo de Pironio iba creciendo porqué se lo veía un hombre de diálogo sin extremismos, buscando siempre evitar rupturas dolorosas. A Pironio que le presentaba las conclusiones de Medellín, el Papa Pablo VI le dijo: “Ustedes han levantado un monumento en la Iglesia. Estos documentos son el resultado de una Iglesia adulta y responsable; pueden publicarlos así como están”. En 1972 es nombrado arzobispo de Mar del Plata y dos meses después presidente del CELAM. Aún hoy se lo recuerda caminando por la ciudad, visitando parroquias, enfermos, presos, peregrinando con los jóvenes, recibiendo a todos. En 1974 es invitado a predicar los Ejercicios Espirituales al Papa y a la Curia Vaticana en Roma. Llegando de un continente explosivo y lleno de violencia, predica sobre la Iglesia y la esperanza que nace de la Pascua, de Cristo Resucitado.

 

TIEMPOS  DIFÍCILES

Mientras tanto, la turbulencia política y la violencia estallaban en el país. Pironio se preocupaba por la libertad y la vida de las personas secuestradas, perseguidas, encarceladas. Finalmente empezó a recibir amenazas de muerte. Su predicación en la línea liberadora de Medellín, era tildada de marxista. Amenazas de bomba hicieron desalojar varias veces el edificio del episcopado. En 1974 es asesinado su fiel amigo y discípulo espiritual, el p. Carlos Mugica. La noche anterior al Domingo de Ramos de 1975, unos desconocidos pintan las paredes de la catedral y de vario colegios católicos con la inscripción: “Pironio, montonero”. La presidenta Isabel de Perón le ofreció custodia policial, pero él no la aceptó. Su respuesta fue esta: “Confío en la providencia de Dios y considero inaceptable que un pastor desarrolle su actividad rodeado de guardaespaldas. Además pueden matarme no solo a mí, sino a mis custodios; y sus vidas valen tanto como la mía”. Su vida llegó realmente a correr peligro en aquel entonces. Hubo en 1975 episodios significativos a nivel de Iglesia por parte de unos pocos pero valientes obispos como la carta pastoral del obispo Devoto de Goya en defensa de los sacerdotes detenidos por ser asesores de las Ligas Agrarias, la “huelga de misas” decretada en Formosa por el obispo Scozzina ante la detención de un sacerdote, la polémica pública entre el obispo De Nevares de Neuquén y las autoridades por la detención y apremios ilegales de catequistas. También Pironio clamó públicamente contra los sectores ultraderechistas y violentos de la “Triple A”, los mismos que mataron al p. Mugica. Fueron estos sectores que  secuestraron a la decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica, Maria del Carmen Maggi. Esta era una persona muy cercana al obispo y para Pironio el hecho fue una “espina dolorosísima”. El cadáver de esta profesora aparecerá un año más tarde y aún se desconocen los autores de su asesinato. Pablo VI, enterado de la situación, lo llamó sorpresivamente a Roma para que integrara la Curia Vaticana en la Congregación Pontificia  para los Religiosos e Institutos Seculares. Algunos meses después estallaba en Argentina el golpe militar.

El Papa Pablo VI que consideraba a Pironio su confidente (lo elegirá como confesor), después de sacarlo del peligro y a pesar de sus resistencias para aceptar cargos, le expresó su estima y le dijo: “Pídame lo que necesita; considéreme un amigo, si me permite ser su amigo”. El año siguiente ya Pironio era cardenal y prefecto de la Congregación de los Religiosos que servirá por casi diez años. Sin embargo aún no habían cesado las calumnias. Antes del cónclave que elegirá a Juan Pablo II, corrió entre los cardenales un panfleto editado en Argentina con el título: “Pironio: extraño maridaje entre Evangelio y marxismo” y además la ironía de un insulto: “Pironio, pirómano”. Pironio, frente a todos los ataques, siempre prefirió guardar silencio.

Fue papable durante los dos cónclaves de 1978, pero era considerado demasiado progresista; se lo veía muy amigo de monseñor Romero y del p. Arrupe. En el diario del obispo mártir Oscar Romero se pueden leer párrafos de sincera y agradecida admiración por Pironio a quien visitaba en Roma. “Me abrió el corazón diciéndome que él también sufría porque los problemas de América Latina no eran del todo comprendidos por las altas autoridades de la Iglesia y que el hecho de ser acusados de ser instrumentos del comunismo, era la herencia de todos los que predicaban la justicia social en nombre del Evangelio”.

 

ONCE AÑOS CON EL TUMOR A CUESTAS

Cuando en 1984 Juan Pablo II lo nombró presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, cargo que desempeñará por más de doce años, comentó jocosamente: “Me parecía haber retrocedido a un rango de serie B. Después me di cuenta que en realidad había sido una promoción, porque los laicos son la mayoría del Pueblo de Dios”. En el primer año de su llegada a Roma había escrito en su diario: “Todo me resulta muy nuevo y algunas cosas me parecen absurdas. No quisiera perder mi sencillez latinoamericana”. El mismo Papa Pablo VI le había advertido: “Vas a sufrir mucho”. En ese ambiente curial Pironio buscaba llevar un soplo de cordialidad y humanidad y se lo podía encontrar en mangas de camisa con los amigos, tomando mate o en la ciudad manejando su coche. Su alegría era proverbial; llamaba a todos familiarmente por su nombre de pila; no dejaba de contestar una carta o un saludo. Nunca dejó de visitar periódicamente a Argentina. Cuando la guerra de las Malvinas, le preguntaron para quien auguraba la victoria y él contestó: “Yo rezo por la victoria de la paz”. Fue Pironio que propuso al Papa Juan Pablo II la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud y fue él quien organizó las primeras 5 Jornadas internacionales fuera de Roma. En 1987 dio comienzo, justamente en Buenos Aires, a la primera y multitudinaria asamblea juvenil mundial fuera del Vaticano, la que superó todas las expectativas. La última que organizó fue la de Manila (Filipinas) en 1995, con cinco millones de jóvenes. Pironio tenía un gran arrastre juvenil, aunque siempre se mantenía en segunda línea detrás del Papa.

Lo que más llama la atención y es digno de admiración, es que Pironio ya sabía desde comienzos de 1984, a pesar de sus múltiples actividades, que tenía un cáncer maligno. Recibió la noticia con extraordinaria serenidad el 10 de enero de ese año; un cáncer óseo. Agradeció a los doctores que le habían dicho la verdad y cuando se retiraron, cuenta su secretario el  p. Fernando Verger, le dio un fuerte abrazo conmovido diciendo: “¡Qué alegría cuando me dijeron..; mis pies están pisando tus umbrales Jerusalén! Ofrezco mi vida por la Iglesia, por el Papa, por los Religiosos” (acababa de ser su presidente). Ya con el cáncer a cuestas, fue animando las Jornadas Mundiales de los Jóvenes y preparando el Sínodo de Obispos sobre los Laicos. Tuvo que pasar meses en el hospital: “Es la experiencia que me faltaba y me hizo muchísimo bien. He predicado mucho sobre la cruz. ¡Qué fácil es hablar de la cruz!”, comentaba. Durante 11 años convivió con el tumor. Empezó primero a usar el bastón, después la silla de ruedas. No quiso que le administraran nunca morfina, a no ser estrictamente necesario. Decía: “Quiero ser consciente de la cruz que el Señor ha dispuesto para mí y poder ofrecérsela hasta el último momento”. Recuerdan unos amigos suyos que un domingo desde la cama los invitó a rezar y cantar el Magnificat. Era muy conocida su devoción a la Virgen. Es el autor de famosas poesías que se han hecho populares: a Nuestra Señora del Silencio, a la Virgen de Noche Buena, a Nuestra Señora de América (“Virgen de la esperanza, madre de los pobres, Señora de los peregrinos, hoy te pedimos por América Latina, el continente que tu visitas con los pies descalzos..; América despierta, sobre tus cerros despunta una mañana nueva..”). Dijo alguna vez: “Mi experiencia personal es siempre la de rezar el rosario antes de preparar mis escritos, predicación y actividades”. En su testamento espiritual la palabra más repetida es “Magníficat”, el canto esperanzador de la Virgen.

Por voluntad suya sus restos mortales descansan en Lujan. Allí fue ordenado sacerdote, allí fue consagrado obispo, de allí partió para radicarse en Roma donde estuvo 22 años y allí volvió para siempre. Una dolorosa agonía lo tuvo postrado los últimos cinco meses de su vida. Dejó dicho dónde quería ser enterrado, cómo debía ser su sepultura, a quién había que agradecer: “Que no  anden con mi cajón por toda la Argentina; llévenme a la Virgen de Luján”. Murió a los 77 años invocando a María, la Virgen de la Luz y la Esperanza y sus últimas palabras mirando al cuadro de Nuestra Señora de Luján fueron: “María, María.. madre, madre..”. Los presentes acababan de terminar el rezo del Salve Regina. Era el 5 de febrero de 1998. Sus funerales en Luján reunieron  a 438 obispos de toda América, a 300 sacerdotes y a una inmensa multitud. El lema de su vida había sido en esos tiempos difíciles que le tocó vivir, un canto a la esperanza acompañando las palabras de María en su canto del Magníficat.

                                                         PRIMO CORBELLI

Un comentario en “(Nunca sin el Otro) EDUARDO PIRONIO: LA VIDA COMO UN MAGNIFICAT

  1. mi nombre es Alfredo Fernandez, soy un laico que vive en Bolivia convencido de que la evangelización de la doctrina social de la iglesia es la herramienta para orientar a nuestro mundo en el camino de la justicia social pregonado por Cristo Jesús, estudiando y conociendo a quienes se preocuparon mas por hacer conocer esta palabra de Dios en todos los ámbitos, estoy fascinado y elevo mi humilde reconocimiento a estos mártires que son un ejemplo de una evangelización profética.
    A trabajar hermanos cristianos, invocando el espíritu santo, sigamos a nuestro pastor francisco.

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