NUNCA SIN EL OTRO: DON TONINO

número especial dedicado a don Tonino

Don Tonino, así lo llamaba el pueblo, era en realidad el presbítero Antonio Bello que más tarde sería obispo de Molfetta en el profundo sur de Italia. Ya como párroco era un pastor fuera de lo ordinario. Al pordiosero que todos los días le traía el diario, le pagaba el servicio. Al minusválido que no podía salir al templo para la misa, lo alcanzaba él en el bar para charlar y tomar un café juntos. Si alguien le decía que había ayudado a alguien que no lo necesitaba: “ya es una humillación pedir”. Cuando visitaba a un pobre siempre iba con algo: una botella, un regalo… A un cura, no sabiendo qué regalarle, le regaló un perfume con esta frase del evangelio: “cuando ayunes, perfúmate la cabeza”. En setiembre de 1982 lo ascendieron de cura de campaña a obispo de Molfetta; llegó al palacio episcopal con un Fiat 500 vistiendo una malla negra sobre pantalones de trabajo.

Tomó como lema de su servicio episcopal: “Que oigan los humildes y se alegren” del salmo 54 y empezó a firmarse: “el hermano obispo”. Quería ser tuteado y que nadie lo llamara “excelencia” y ni “señor obispo”. Se definía “obispo de la calle”; como báculo optó por un bastón en madera de olivo. Él llevaba una simple cruz de madera al pecho. Atendía personalmente a todos y su puerta quedaba permanentemente abierta. Los que llamaban por teléfono eran atendidos; no quería y detestaba el contestador automático.

Salía  a la calle para sus compras personales y por la mañana temprano hacía footing a la orilla del mar. Constituyó un equipo de voluntarios y con ellos buscaba de noche la gente que vivía en la calle y trataba de encontrarle una solución. En ocasión de una huelga de obreros, ofreció para ellos el dinero destinado a nuevas iglesias y cuando se intentó arrestar a los cabecillas de la misma: “Quiero que me arresten a mi también; yo soy su obispo”. Frente a múltiples desalojos escribió una carta que se publicó en todos los diarios de la ciudad pidiendo a las parroquias que ofrecieran la sacristía, el despacho y a las congregaciones religiosas sus casas vacías; “solo entonces podremos ir a la plaza a protestar contra el gobierno”. Por su parte don Tonino llenó el palacio episcopal de gente y él mismo ayudaba a preparar la comida y a atender a las personas. Con su estipendio ayudaba a familias muy humildes; un día que echaron a un pobre se indignó: “Hoy hemos rechazado a Jesús”. Al celebrar la misa en unas Confirmaciones en el momento de la paz invitó a los fieles a salir a la calle para ofrecer la paz a toda la gente que estaba en la plaza.

 

“UN POCO DE LOCURA EN LA IGLESIA”

Sus actitudes suscitaban mucho entusiasmo, pero también muchas polémicas. Él se defendía diciendo: “Es necesaria un poco de locura en la Iglesia”. Después de dos años de trabajo, con el entusiasmo y el fervor del Concilio, ya había logrado un robusto Plan Pastoral con tan solo tres prioridades: la evangelización, la espiritualidad, la opción por los últimos. Don Tonino atraía también a los jóvenes no solo con su acordeón y con la música, sino con su palabra franca y audaz. No se olvidaba de los emigrantes, muchísimos en aquel tiempo y aprovechó varias ocasiones para visitarlos en Australia, Estados Unidos, África, Venezuela, Argentina llegando hasta El Salvador en ocasión de los 10 años de la muerte del obispo Oscar Romero. Dispuso que el seminario regional y los institutos religiosos hospedaran a 125 prófugos de Albania. Famosas han quedado sus cartas pastorales, muy concretas y personalizadas: a Máximo, ladrón eliminado por la policía (“sobre tu tumba no ha ni una flor; te han tratado como un perro cimarrón y tu vida escuálida ha terminado tan solo a los 22 años; te pedimos perdón porque ya te habían eliminado en vida…”); a Antonio el pescador; a Mohammed el marroquí; al ex preso recién salido de la cárcel; al trabajador en una fábrica de armas; a un desocupado; a un drogodependiente… Su oración era: “Señor no quiero entrar al Paraíso si estos pobres no entran conmigo”.

 

Don Tonino durante la marcha a Sarajevo, 1992

En 1985 fue elegido como presidente nacional de Pax Christi y entonces empezó a participar en marchas por la paz, a promover la objeción de conciencia a los gastos de guerra, en contra de la fabricación de armas y de las bases militares. Recibió críticas feroces por su postura pública en contra de la guerra del golfo. Don Tonino fue al parlamento italiano y exigió a los diputados desconcertados que el país terminara de producir y vender armas.

 

En 1992 con un grupo de 500 pacifistas y 10 camiones, 30 curas y 10 Hermanas, con el obispo Luigi Bettazzi viajó a Bosnia en plena guerra y a pesar de la prohibición del gobierno italiano. Entraron de noche y a luces apagadas en Serajevo, una ciudad sembrada de minas para llevar ayuda humanitaria a la población. Escribió don Tonino: “Tendríamos que ser más audaces como Iglesia. El Señor nos ha puesto en la boca palabras que queman y nosotros las aguamos con nuestro sentido común. Nos ha constituido centinelas del mañana, anunciadores de cielos nuevos y tierras nuevas y seguimos hablando de cosas descontadas que no dan escalofrío , que no producen ningún cambio”.

 

LA IGLESIA DEL DELANTAL

A don Tonino el profeta David Turoldo le había escrito palabras de aliento y le advertía: “No avances demasiado en ese camino hacia los pobres. Tendrás que sufrir mucho. Primero, porque los pobres cuando son tantos te dan miedo; te producen una angustia de la que no salís más; segundo, porque otros hablarán detrás de ti y te partirán el alma a pedazos. Te dirán que no exageres, que no  te dejes engañar, que seas prudente…”. Don Tonino soñaba con la “Iglesia del delantal puesto”. Escribió: “Quizás a alguien la mía pueda resultarle una expresión irreverente; preferir el delantal a la estola puede parecer un sacrilegio. La estola es algo sagrado que se conserva en sacristía, con su seda bordada en oro y con hermosos colores. El delantal nos recuerda el lavadero, la cocina, abundantes manchas de suciedad. Sin embargo es la única vestimenta litúrgica sacerdotal que usó Jesús en la última cena. No se habla allí de estolas, casullas, pluviales, amitos. Se habla de un tosco y ordinario delantal que Jesús se puso para lavar los pies a los apóstoles”. Pensando justamente en ese delantal don Tonino escribió a sus curas: “Si la Iglesia, el obispo, los presbíteros, las instituciones religiosas son ricos y aman el dinero, el lujo, las cuentas en el banco y las comodidades, si las instituciones católicas más poderosas no ayudan a los más pobres, estamos engañando a todo el mundo, en especial a la pobre gente como en una farsa”. A fines de 1991 a don Tonino se le descubrió un cáncer en el estomago. Siguió trabajando como siempre hasta que la enfermedad lo clavó en la cama; la agonía duró dos meses. A quien se compadecía de él: “No hago otra cosa que participar en los sufrimientos de Cristo, pero también en los sufrimientos de la gente. Hay tanta gente que sufre como yo, sin la ayuda que yo tengo”.

sitio dedicado a su canonización

Los últimos días los pasó rodeado de su pueblo, en especial de los jóvenes que lo aclamaban bajo su ventana desde la calle y oraban por él. Quiso celebrar la última misa en su pieza con una estola tejida por mujeres de los Andes de Ecuador, sobre una mesa cuya toalla había sido bordada por mujeres serbias y croatas rezando por la paz y la reconciliación entre los pueblos. Murió el 20 de abril de 1993 a los 58 años y, como él quería, tocaron las campanas a fiesta en toda la ciudad. Después de enterarse de su enfermedad, había escrito esta oración a María también en nombre de todos los enfermos terminales: “Maria, mujer de la última hora, prepáranos para el gran viaje. Ayúdanos a soltar las amarras sin miedo, facilita los trámites de nuestro pasaporte. Si está tu firma, no habrá problemas en la frontera. Ayúdanos a cerrar las últimas cuentas, procura que todo esté en regla para que llegados a las puertas del paraíso, ellas se abran de par en par. Amén”. A los funerales de don Tonino participaron cincuenta mil personas, en su mayoría jóvenes. Sobre su ataúd, al aire libre, reposaba el Evangelio cuyas páginas se movían por la brisa que llegaba del mar.

                                                         Primo Corbelli

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