Nunca sin el Otro – CHIARA BADANO: Santa a los 19 años

 

Fue beatificada en Acqui (Italia) el 25 de setiembre de 2010. Chiara era una joven normal, dulce y alegre; soñaba frecuentar la facultad de medicina con la intención de partir voluntaria para África y dedicarse a los niños enfermos. De familia muy católica,  cultivaba la espiritualidad de los Focolares, la devoción a Jesús Abandonado y su lema era: “Tener siempre a Jesús en el medio”. Renunciaba cada mes a algo “superfluo” para dárselo a algún necesitado y cultivarse en la caridad. Era una muchacha deportiva y tenía muchos proyectos cuando un día en un partido de tenis sintió un dolor muy agudo en la espalda y en el hospital se le detectó un tumor; tenía 17 años. Al enterarse exclamó dolida: “¿Por qué a mi?”. Pasaron  25 minutos de silencio interminable  y de oración a los que siguieron estas palabras: “Si lo quiere Jesús, lo quiero yo también”.

Había llegado el momento de identificarse con Jesús Abandonado. No dejó sin embargo su trajín diario; en el hospital se interesaba por los demás enfermos, les llevaba agua y comestibles, les compraba el diario. Dijo un médico que la atendió: “Vivía la enfermedad como un hecho marginal”. Con la quimioterapia le cortaron los largos cabellos color castaño y a cada mechón que caía, repetía: “Para ti, Jesús”. Aceptaba todas las decisiones de los médicos pero ya intuía: “Yo no me voy a curar, pero estoy lista para hacer la voluntad de Dios”. Ahora ya no podía caminar. Lejos de desanimarse, seguía viviendo la vida intensamente alternando el hospital con la casa y las amigas. Decía: “Cada momento de la vida tiene un gran valor y no hay que desperdiciarlo. Tampoco hay que desperdiciar los momentos de sufrimiento; hay que ofrecerlos a Jesús y todo adquiere sentido”. Ella que tenía tantos sueños y amaba la vida le dijo un día a su madre: “Ya no caminaré más; me gustaba tanto andar en bicicleta, correr y hacer deporte, pero ahora me siento más cerca de Jesús. Él me ha sacado el uso de las piernas, pero me ha dado alas. Quizás quede clavada en esta cama durante años, no lo sé. Me interesa solo hacer la voluntad de Dios y hacerla bien”. Su padre no podía creer que su hija estuviera siempre tan alegre y serena y la espiaba por el agujero de la cerradura cuando estaba sola; se asombraba más aún al oírla cantar. A quien la invitaba a una peregrinación a Lourdes para pedir el milagro de la curación a la Virgen, ella se rehusó: “Si la Virgen quiere que me cure, me puede curar también estando yo aquí; y si no me cura es porque esto no entra en los designios de Dios”. Ella deseaba, como es obvio, curarse, pero sentía que no estaba en los planes de Dios. Nunca se la vio llorar aún en los momentos más duros de los tratamientos y a quien se compadecía de ella le decía: “Sin embargo Dios me quiere”. Lo regañaba suavemente a su padre, desconsolado por perder a la hija: “Papá, vive el momento presente; concéntrate todo en el momento presente en unión a Jesús; después está la gracia de Dios que te ayudará”.

MURIÓ VESTIDA DE NOVIA

Mamá y Papá, hoy.

Aún enferma, Chiara seguía estudiando; poco antes de morir expresó el deseo de seguir un curso de inglés y recibir lecciones de filosofía. El día de su último cumpleaños las muchas amistades le ofrecieron como regalo una buena cantidad de plata , pero ella se la entregó a un misionero que partía para Benin (África). Le pidieron que se guardara algo: “A mí no me sirve; yo lo tengo todo”. Hasta su arzobispo la fue a visitar y quedó impactado por la luminosidad de sus ojos y la sonrisa; al preguntarle por qué: “Trato de amar a Jesús”. Contaba las gotas de la medicación y pensaba en los golpes de martillo cuando clavaban a Jesús en la cruz. Llegó a rechazar la morfina “porque me saca la lucidez y yo tengo solo mi sufrimiento para ofrecer a Jesús. Déjenme. Quiero estar al juego de Dios”. Sin embargo no perdía su alegría. Le alegraba la música, las flores que le traían y ese “pedacito de cielo” que se veía por la ventana. Le gustaba la frase de Chiara Lubich, la fundadora de los Focolares: “Seré santa si soy santa ahora”. No hablaba a nadie de sus problemas y se interesaba de la actualidad de la Iglesia y del mundo, siempre deseosa de aprender. A quien sentía lastima por ella: “Jesús me está sacando las manchas con un líquido que quema; así cuando esté en el paraíso seré blanca como la nieve”. Pero ya se acortaban los días. Cuando Clara se dio cuenta de que el final estaba cerca, mandó a comprar un vestido de novia. Se acercaba para ella el día de la boda con el Esposo. Había dicho: “En mi funeral no quiero gente que llore, sino que cante fuerte, porque será una fiesta”. Sus últimos deseos fueron que se la vistiera con el vestido blanco y largo de novia con una faja color rosa y se la peinara de forma juvenil. Eligió ella misma las lecturas, los cantos y las oraciones de los fieles para su funeral. También dispuso que la colecta fuera enviada para los niños enfermos de África. Dejó dicho que quería donar las corneas de sus ojos. A las 24 horas de su deceso ya lo médicos hicieron el trasplante y así la luz de su mirada no se apagó; reapareció en los ojos de dos jóvenes. Murió el 7 de octubre de 1990, fiesta de la Virgen del Rosario en cuyo nombre había reclinado la cabeza, a los 19 años. A los jóvenes de los Focolares les había dicho : “Yo ya no puedo correr, pero quisiera pasar a ustedes la antorcha de estas Olimpiadas. La vida es una sola y vale la pena gastarla para el bien. Lo importante es hacer la voluntad de Dios. También yo estuve absorbida por cosas insignificantes, fútiles y pasajeras. Pero ahora me siento envuelta en un esplendido designio que de a poco Dios me está desvelando. Me siento muy pequeña y el camino es arduo. Pero el Esposo vendrá a buscarme”.

                                                   P.C.

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