TEMA CENTRAL: INTEGRISMO CATÓLICO

Acaba de publicarse un importante artículo por la “Civiltá Cattolica” del p. Antonio Spadaro y del pastor Marcelo Figueroa con el título: “Fundamentalismo evangélico e Integrismo católico”. El artículo se refiere de manera particular a los protestantes y católicos conservadores que han votado a Donald Trump en Estados Unidos, formando una nueva y extraña alianza. Objetivo de nuestro artículo es reseñar la historia y cómo se configura hoy el integrismo católico.

 

LA SECULARIZACIÓN

A la sacralización de la sociedad, propia de la Cristiandad de otras épocas, ha sucedido como una reacción en la época moderna la secularización. La mentalidad moderna ha reivindicado su mayoría de edad en nombre de la razón. En esta sociedad despabilada ya las cruzadas, las inquisiciones, las excomuniones, los decretos de la Iglesia no surten efecto. La nueva realidad ha puesto en crisis en todo occidente la práctica religiosa, ha hecho disminuir las vocaciones, ha causado el cierre de muchos conventos, seminarios, templos y colegios. Ese mundo donde todos eran cristianos (aún los espacios públicos) ya no existe. Esto parece a muchos católicos una derrota en vez que una oportunidad para una nueva y más profunda evangelización y un honesto sinceramiento. Hoy podemos hablar de post-cristiandad, pero no de post-cristianismo como a veces se escribe. La fe ha vuelto a ser lo que debe ser: una opción libre y personal que implica una conversión de vida, un seguimiento real de Cristo y la práctica del Evangelio. La Iglesia ha vuelto a adoptar en su misión, como debe ser, un estilo más humilde, de diálogo y de servicio. Por su parte los cristianos integristas añoran la Cristiandad y quieren reconquistar el terreno perdido tratando de  recristianizar la sociedad desde los puestos de poder y los ámbitos de influencia. Sin embargo el Concilio proclamó la legitimidad de la que llamó “autonomía de las realidades temporales”. Una sana y respetuosa laicidad y aún la separación entre iglesia y estado no impiden una mutua colaboración, ni impiden que la Iglesia se pronuncie en cuestiones públicas; por el contrario la Iglesia así es más libre. Fue el Cristianismo que promovió la distinción entre Dios y el César y esto no significa obligarse al silencio (aunque la voz de la Iglesia sea una entre muchas). En la Cristiandad había educación católica en las escuelas públicas, sostenimiento económico del culto, una legislación según la moral católica sobre todo en lo que se refería al matrimonio y a la familia. Se consultaba a los obispos no como referentes religiosos sino como integrantes de un poder institucional. Ahora las políticas públicas no se encuentran subordinadas a ninguna instancia religiosa particular y ninguna institución religiosa se encuentra hoy en condiciones de imponer sus valores y pautas de conducta. El pluralismo, la tolerancia y la democracia obligan a una nueva metodología evangelizadora que no se realiza desde una posición de poder, sino a partir de una realidad de igualdad con el otro. Se terminó aquello de las “autoridades civiles, militares y religiosas” con los escenarios de poder compartido. Hoy la fe tradicional debe urgentemente rever sus fundamentos y toda la Iglesia ponerse en estado de misión. Los laicos han de sentirse convocados por Cristo para ser misioneros del Evangelio en su propio ambiente. En tiempos de Cristiandad la Iglesia funcionaba con una gran cabeza, muy activa pero con un cuerpo paralizado (el 90% del Pueblo de Dios inactivo). Con la secularización y el estado laico, ahora hay que vivir la fe a la intemperie, sin apoyo de la sociedad ni muchas veces de la familia. Esto no significa vivir en el desierto sino en pequeñas comunidades fraternas como en los primeros tiempos de la Iglesia. En realidad la secularización ayudó a que  la Iglesia volviera al Evangelio despojándose de riquezas y poder; ayudó a purificar una imagen falsa de Dios como rival del hombre, ayudó a que las costumbres religiosas se transformaran en opción de vida.

También en América Latina ha llegado la secularización para quedarse. Es necesario acompañar y sostener la religiosidad popular, pero también prepararse a una situación de minoría  que ya se da en muchos países otrora católicos. En la Cristiandad, toda la sociedad (leyes, cultura, tradiciones, costumbres) estaba impregnada de Cristianismo, pero escribe el historiador católico Jean Delumeau: “Lo de la Cristiandad es un mito. La Fe ha sido proclamada, institucionalizada desde arriba pero no vivida en cuanto a convicción y conducta. Ha sido un proyecto, un sueño que ha sido tomado por realidad. No hubo recepción consciente de la Fe por parte de las masas. Solo han quedado los santos y grandiosas obras artísticas”. Aunque pueda resultar drástico este juicio, también hoy en la Iglesia se da un sinceramiento. Debe reconocerse que hubo una preocupante disminución cuantitativa de la práctica religiosa por parte de católicos que lo eran tan solo de nombre. El integrismo, que niega la evolución y la  adaptación de la Iglesia a los tiempos actuales y rechaza la secularización y le echa la culpa al Concilio. En realidad hubo un salto positivo en la calidad de la Fe, más autentica, comunitaria y comprometida que nunca. Jesús no habló de números, sino de que hay que ser sal de la tierra, luz del mundo, levadura en la masa y formó un pequeño grupo. La Iglesia ha perdido un rol protagónico en la sociedad (antes los curas eran autoridad), pero ha ganado en credibilidad desde la pobreza, el servicio, la profecía y desde el seno de comunidades vivas y fraternas.

 

EL INTEGRISMO

La palabra “integrismo” tiene hoy una connotación polémica y denigratoria, pero no fue así en el pasado. El integrismo ha atravesado toda la historia de la Iglesia y es posible encontrarlo en el mismo Evangelio. Fue un pecado de integrismo el de los apóstoles que querían hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos (Lc 9,54-55) o de los que querían castigar al predicador porque no era del grupo (Lc 49-50). En la historia de la Iglesia muchas veces se repitió la frase: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. La Iglesia parecía como el Arca de Noé; quien quedaba afuera del Arca sería sumergido por el diluvio. La Iglesia era la “sociedad perfecta” en medio de un mundo convulsionado. Después de la Cristiandad y del Concilio, el integrismo sigue aún vivo en la Iglesia (y con mucha fuerza también en las demás iglesias y religiones). “Integrismo” es una palabra que ha sido forjada en el pasado para los que creían que solo se podía ser “integralmente” cristianos en una sociedad cristiana. No se puede sin embargo hoy confundir el integrismo con el tradicionalismo o conservadurismo (que se opone a progresismo); tradicionalismo y progresismo son ambos necesarios y deben interrelacionarse en un sano y mutuo dialogo. El integrismo se opone a tolerancia. Significa intransigencia, radicalización, fanatismo; puede ser de derecha o de izquierda. Cuando el tradicionalista se aferra al misal de san Pío V y a la misa en latín de espaldas al pueblo, pasa a ser un integrista; inclusive deja de ser tradicionalista porque a la Tradición de la Iglesia no hay que confundirla con las costumbres inveteradas. Se trata de volver a las fuentes  evangélicas y de la primera Iglesia para que nos inspiren en nuestra tarea de enfrentar los desafíos actuales.  Hay que atender al “depósito de la fe” pero también al “deposito de la esperanza” y para eso hace falta apertura a los signos de los tiempos. También el progresismo, desgajado de la Tradición, puede car en el integrismo. El integrismo es creer que se posee toda la verdad e impedir que los demás propugnen sus “errores”. No hay, según el integrista, un punto medio entre la verdad y el error; hay blanco o negro. La verdad y los principios son inmutables; solo requieren obediencia. Sin embargo para nosotros los cristianos la verdad es una persona, Cristo, que nunca terminaremos de descubrir y abarcar plenamente; y en toda persona o religión siempre hay fragmentos de verdad. Los integristas son los que acusan el Concilio de ser la causa  de todos los males que afectan hoy a la Iglesia: crisis vocacional, abandono de la práctica religiosa, crisis de la vida consagrada, de las misiones etc. El “aggiornamento” del Concilio promovido por Juan XXIII sería en realidad una claudicación a las modas y falsos valores de nuestro tiempo. Se busca así restaurar la autoridad, la disciplina, la doctrina y la identidad avasallada.

 

INTEGRISMO CATÓLICO

Con el término “integrismo” se suele indicar hoy en el mundo católico a los que se oponen directamente aunque en forma solapada al Concilio, mientras que se usa la palabra “fundamentalismo” para los superortodoxos del mundo protestante, del Judaísmo, del Islam y demás religiones. Si hay una diferencia es que entre dichos protestantes, judíos y musulmanes los textos de los Libros Sagrados, que son el “fundamento” de la fe, son interpretados en forma literal como si hubieran sido escritos directamente por la mano de Dios. Para la Iglesia Católica no es así y la Escritura va a aparejada a la Tradición que la interpreta. Esto no significa que la lectura fundamentalista de la Biblia no haya estado o no esté presenta aún hoy en la Iglesia; ejemplo clásico en el pasado fue el caso Galileo Galilei y más cerca nuestro la teoría científica de la evolución rechazada por algunos, por ser supuestamente contraria a la Biblia. La Biblia no se interesa de temas científicos. El fundamentalismo ha sido la reacción al relativismo de los que piensan que la Biblia pueda interpretarse libremente, de que todas las religiones son iguales, de que se pueda acudir al concepto de mayoría democrática también para los valores éticos fundamentales. En general puede decirse que sea el integrista como el fundamentalista  manifiestan una actitud de miedo, de inseguridad hacia lo diferente, lo nuevo; de allí la cerrazón al diálogo que es visto como un signo de debilidad y falta de fe. Puede suceder que donde los cristianos son mayoría, no les interese el diálogo pero que lo exijan donde son minoría. Es lo que pasa con el Islamismo; no permiten enseñar la Biblia en los países islamistas, pero exigen que se enseñe el Corán en Europa por la convicción de que su religión es la única verdadera. Sea el integrista como el fundamentalista, al sentirse amenazados y cuestionados, se vuelven polémicos y agresivos. Para ellos  la Iglesia es como una ciudad asediada por enemigos de todas partes y ellos se ofrecen como los defensores, legionarios, heraldos, soldados  de Cristo. “Fanatismo” es justamente un término religioso que vine del latín (“fanus”=templo) porque siempre alimentó la crueldad de las guerras de religión, hechas en nombre de Dios y de la verdad. Se piensa que todas las desgracias en este mundo se dan por la falta de religión. El integrista desprecia los valores humanos de la ética civil o laica, desconfía de la democracia, es xenófobo, rechaza el ecumenismo (la verdad es una sola), practica el proselitismo porque está en tren de conquista. No sabe distinguir entre lo esencial y lo secundario en el campo de la fe, entre unidad y uniformidad, entre lo que debe permanecer y lo que puede cambiar, entre la doctrina y la práctica pastoral. La mayoría de las virtudes se reducen a la obediencia, a lo que siempre se hizo. El integrista puede ser muy rígido y austero en su vida, pero no todo lo más rígido es necesariamente mejor, y más si eso le permite acusar a los demás de laxismo o decadencia. Muchas veces el integrismo va unido a un falso espiritualismo que no asume los problemas sociales como parte del núcleo de la fe y se conforma con el asistencialismo. La verdaderas y únicas cruzadas son contra la pornografía, el divorcio o el aborto, el matrimonio igualitario…, como si el sexto mandamiento fuera el único y más importante, olvidando el de no robar y estafar, el de no matar ni torturar. El integrista venera y aclama al Papa solo cuando sus palabras concuerdan con los sentimientos e ideas propias. Es integrista quien quiere arrancar la cizaña del campo como en la parábola evangélica. El mal es una realidad natural, consecuencia de la libertad del hombre, con el que hay que saber convivir aún enfrentándolo y del cual inclusive se puede sacar un mayor bien.

 

PLURALISMO  RELIGIOSO

Con el Concilio, de la excomunión se pasó al diálogo. La primera encíclica de Pablo VI después del Concilio fue sobre el diálogo. Juan Pablo II pidió perdón por los numerosos pecados de la Iglesia a lo largo de los siglos, dejando de lado una apologética triunfalista y tendenciosa. Se aceptó el pluralismo dentro de la misma Iglesia, se promovió el respeto hacia las demás religiones con sus valores, la hermandad entre los cristianos de las distintas confesiones. Tan solo un siglo y medio atrás Gregorio XVI (+1846) en la encíclica “Mirari vos” condenaba “ese delirio que afirma de que se debe procurar y garantizar a cada uno la libertad de conciencia”; también condenaba “la plena e ilimitada libertad de opiniones”. Pio IX (+1878) en el Syllabus condenaba 80 supuestos errores modernos y las afirmaciones de que “todo hombre está libre de abrazar y profesar la religión que juzgue verdadera guiado por la luz de la razón” y que “hoy ya no es necesario considerar la religión católica como única religión de estado”. En los primeros decenios del siglo XX con el Papa Pio X se lanzó la llamada “última cruzada” contra el modernismo católico, en la que cayeron tantos inocentes. La libertad religiosa, entre muchas polémicas, recién fue considerada un derecho humano con el Concilio  Vaticano II después de 9 borradores, 120 discursos y dos mil sugerencias. Esto explica, no solo el cisma del obispo Marcel Lefebvre y sus seguidores, sino la dificultad aún actual de muchos para aceptar este cambio de mentalidad. La libertad religiosa es para todas las religiones y no es simplemente libertad de culto o libertad de conciencia; el creyente puede expresar públicamente su fe y comunicarla a los demás. No es indiferentismo, ya que todos los hombres están obligados a buscar la verdad religiosa y una vez conocida, a abrazarla y practicarla. La libertad religiosa es un derecho que dimana de la dignidad humana. No se la puede avasallar con el proselitismo que es la corrupción del testimonio, cuando el halago, las dádivas, la presión, la intimidación son puestas en práctica para obtener una conversión. Es cierto que hay que evangelizar y ser misioneros. Sin embargo una cosa es compartir la fe con el testimonio y la palabra, otra es hablar de “conquista”. El diálogo empieza por acercarse al otro con respeto y tratar de comprenderlo. La combatividad de algunos católicos y de algunos movimientos es hoy contraproducente y odiosa. No se trata de vencer sino de convencer y “dar razones de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto” (1Pe 3,15-16). La frase de Jesús: “El que no está conmigo está contra mí” (Lc 11,23) vale solo para Jesús. A nosotros se dirige la otra frase de Jesús: “El que no está contra ustedes, está con ustedes” (Lc 9,50). Es cierto que hay que ser intransigentes con el error y señalarlo, pero ni el error ni la verdad son sujetos de derechos; solo las personas son sujetos de derechos y no se puede impedir a nadie que sea ateo y siga su propia conciencia aunque errónea. Juan XXIII enseñó que hay que distinguir siempre entre el error y el que yerra.

 

¿TOLERANCIA O  PLURALISMO?

La cultura moderna difundió el concepto de “tolerancia”. Sin embargo el Concilio no habló de tolerancia, de algo que se tolera como un mal menor por exigencia de la paz social. Nunca el Concilio habló de tolerancia, sino de “libertad” y de “derecho”. Los derechos no son objeto de tolerancia, sino de reconocimiento. Hoy la Iglesia habla de “pluralismo” para toda la sociedad y para todas las religiones;  y también para adentro de la Iglesia. No se trata solo de “tolerar” sino de acoger y aceptar la diversidad de ideas políticas, costumbres, credos y opiniones. Inclusive hay ateos que defienden a la Iglesia y a la religión como resguardo de la moral burguesa. Ya decía Voltaire: “Soy ateo pero mi empleada ha de ser católica porque así sé que no me va a robar, guarda los mandamientos y, lo más importante, me obedece siempre porque la Iglesia enseña a obedecer al patrón”. La intolerancia sin embargo sigue estando presente aún hoy y no solo en el mundo islámico; está en la base de ciertas ideologías, del racismo, del ultranacionalismo, de la xenofobia, en la demonización del diferente, del que piensa distinto. Cuando la polémica y la violencia verbal reemplazan el diálogo, el hermano en la fe o el conciudadano se va transformando en el adversario al que se agrede, se humilla, insulta y denigra por todos los medios. En la Iglesia hay atisbos de integrismo cuando se rechaza a los grupos y ONG no confesionales, buscando crear tan solo instituciones “católicas”; cuando se crean movimientos o grupos eclesiales con casi ningún contacto con la comunidad cristiana, con iglesias paralelas o guetos dentro de la misma Iglesia; cuando surgen congregaciones religiosas sin transparencia donde campea el autoritarismo y se desconoce lo comunitario (puede que tengan inclusive muchas vocaciones por su militancia). Ellos creen que la sociedad está en crisis porque se ha alejado de la Iglesia y que la Iglesia está en crisis porque se ha modernizado. Prevalece entre ellos el clericalismo, tan criticado por el Papa Francisco. Ya escribía hace muchos años el p. Michel Quoist: “Hoy ciertos seminaristas y sacerdotes jóvenes acumulan signos distintivos con gran satisfacción; parecen dispuestos a subir otra vez al pedestal del que nosotros habíamos descendido, y esto para ser reconocidos. Encima cuestionan la promoción de los laicos en términos de poder, marcando fronteras y limitaciones. Olvidan que Jesús se hizo “uno de tantos” para estar junto a los pobres y no quiso conservar su rango o jerarquía o rasgo distintivo”.
Hoy la Iglesia está llamada a ser una Iglesia que escucha, cercana a la gente, alejada del poder, samaritana y pobre. Que pueda decir como Pedro: “No tengo oro ni plata, pero en el nombre del Señor, camina” (He 3,6), y así dar un testimonio creíble de que su única riqueza es Cristo.

PRIMO CORBELLI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s