editorial: DIÁLOGO EN LA IGLESIA

Hay algo nuevo en las redes sociales y medios, con respecto a la Iglesia. Muchas veces en nombre de “lo católico”, entendido como “tradicional”, hay personas que polemizan con dureza extrema y torpe en contra de los pastores y hermanos en la fe, sin exceptuar al mismo Papa. La agresividad verbal se ha instalado también en la Iglesia, polarizándola cada vez más. Se está dando el mismo tipo de rechazo hacia el otro o hacia el otro bando, tal como está dándose en la sociedad. Crece en nuestras sociedades, supuestamente adelantadas, un rechazo violento hacia el que piensa distinto, al que es de otra raza, religión, cultura, ideología y lo que más abunda es la falta de cultura política. En la Iglesia se advierte una profunda resistencia al Papa y a su magisterio que no proviene de los enemigos de la Iglesia, sino de dentro mismo de la Iglesia y muchas veces de personas muy religiosas, como en los tiempos de Jesús. Los nuevos doctores de la ley diariamente enseñan al Papa lo que debe escribir y cuando, sobre qué debe pronunciarse y como. Instrumentalizan a Benedicto (ejemplarmente fiel a su silencio) para criticar a Francisco. Los que eran más papistas que el Papa en otro tiempo, ahora lo reniegan. Como consecuencia de todo esto, el enfrentamiento entre las distintas corrientes en la Iglesia se agudiza. Es verdad que el Papa cuando opina de cualquier cosa en una entrevista sobre temas circunstanciales puede equivocarse, pero cuando enseña como Maestro de la Fe cumple con el rol recibido por Cristo y se le debe obediencia. En un reciente discurso sobre Liturgia, frente a las múltiples resistencias Francisco tuvo que declarar “con autoridad magisterial” que la reforma litúrgica del Concilio era “irreversible”. Se advierte un clima de malestar en la Iglesia por polémicas demasiado ácidas. El Concilio por primera cosa nos ha enseñado el camino del diálogo. El diálogo empieza con respetar a las personas. Dialogar no es simplemente hablar; es dejarse atravesar por la palabra del otro (en griego= dia-logos). No puede haber diálogo si uno se cree poseedor de la verdad, de toda la verdad y maltrata al otro. No es rendición sin condiciones, pero sí saber aceptar renuncias parciales. No es aflojar en los principios, pero sí saber aplicarlos a la realidad histórica. Es saber aceptar lo que hay de verdad en el otro y estar dispuestos a modificar ideas y conductas. La mentalidad dogmática no puede dialogar, no puede trabajar en equipo, no puede adaptarse a los tiempos. Lamentablemente vemos hoy como el mundo islámico no tiene el monopolio del integrismo y de la intolerancia.

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