(cultura) Pensamiento pedagógico latinoamericano:

El humanismo crítico del maestro Julio Castro

 

En agosto se cumplió el 40 aniversario de la detención y desaparición en dictadura de Julio Castro, figura de relieve en la historiografía del pensamiento pedagógico nacional, no solo por sus estudios críticos en torno a una educación rural de calidad y a la educación de adultos, sino por su permanente militancia social. Umbrales recuerda al pedagogo, filósofo de la educación, periodista y redactor responsable del Semanario Marcha retomando algunos de sus escritos, para seguir constatando el vigor y la vigencia de su aporte a la construcción de un modelo de acción pedagógica latinoamericana.

 

A la verdad, hay que decirla toda

Julio Castro nació en Florida en 1908. Fue maestro y formador de maestros. Militó en la Unión Nacional del Magisterio, en la Federación de Asociaciones Magisteriales del Uruguay y, a partir de 1945, en la Federación Uruguaya del Magisterio. Fue Subdirector del Centro Regional de Educación Fundamental para la América Latina. Escribió varios textos fundamentales: Vida de Basilio Muñoz, hombre de ayer, de hoy y de mañana, El analfabetismo, El banco fijo y la mesa colectiva. Vieja y nueva educación, La Escuela Rural en el Uruguay, Cómo viven ‘los de abajo’.

Siendo periodista y una de las figuras responsables del Seminario Marcha el 1º de agosto de 1977 según el Informe Final de la Comisión para la Paz: “fue detenido en la vía pública y trasladado a un centro clandestino de detención de la Avenida Millán Nº 4269, donde fue sometido a torturas a consecuencia de las cuales falleció el 3 de agosto de 1977 sin recibir atención médica”.

Visibilizar al otro Uruguay

El centro de gravedad de su investigación y acción educativa comenzó en las misiones socio-pedagógicas las que, como profesor referente, emprendió en los rancheríos de Caraguatá, allá por 1945, y que quedaron registradas en sus crónicas de Marcha del mismo año. Su preocupación por el tema de la educación lo hacía escribir continuamente para el lector corriente sin desentenderse de los hechos culturales ni de la función política y social de la escuela primaria. Para Julio Castro, el trabajo al norte de Tacuarembó se trató de una experiencia de íntima convivencia con la pobreza, de la que no huyó, sino más bien dio a conocer y a denunciar.  “Todo esto me obliga a decir las cosas por su nombre y a respaldarlas con mi firma. No es mucho, pero es lo que humanamente puedo hacer porque se conozca una dolorosa verdad (…)”. Su propuesta era mostrar la situación inhumana que atravesaba la población rural del norte porque consideraba que la tranquilidad e ignorancia relativa a estos temas no eran una opción moral. Su objetivo era acercar, informar y sensibilizar sobre la ruralidad ninguneada como una manera de combatir la tendencia al “blindaje frente al dolor ajeno”: “No hay derecho a vivir ignorando ciertas cosas de lo que sucede entre nuestra gente sin que, en buena parte, nos convirtamos en culpables de un estado de cosas por la tozudez egoísta de seguirlo ignorando (…).Allí, en Caraguatá, el pobrerío no se lava. No vimos un solo pedazo de jabón, ni palangana que hubiera sido usada. La mugre, la suciedad más inverosímil impera en toda su plenitud, especialmente entre los niños. La ropa que éstos usaban – que por otra parte eran sólo andrajos – no había sido lavada ni remendada nunca. Y si uno preguntaba por todo esto, invariablemente obtenía estas respuestas: No tenemos hilo; no tenemos jabón; no tenemos agua; no tenemos frazadas; no tenemos… (…)”. Julio deja en evidencia las contradicciones de la economía capitalista: “Entre vacas, y sin carne ni leche; entre ovejas y muriendo de frío; en el campo y sin agua. Con la escuela próxima y no pudiendo ir a ella por falta de ropa (…). En la mejor zona papera del país, la papa no puede plantarse casi, por la carestía de los fletes y por la carestía de la semilla. Además los habitantes de los ranchos generalmente no tienen más que un pequeño solar, de modo que la producción agrícola es muy limitada. No crían animales, de ahí que no tengan leche. No se ven, siquiera, gallinas. No se ve, tampoco, una herramienta de labor (…). A su vez, trata de desmantelar los prejuicios y preconceptos sobre el hombre del campo: “El hombre del rancherío no es un rebelde, ni un resentido, ni un revolucionario en potencia. Es algo mucho más simple: es un vencido, un entregado (…) La característica más saliente en este caso es la aceptación sin protestas de su destino (…).”

 

En un “mundo de merengue” se puede pensar en una escuela productiva

Así definía Julio Castro al tiempo en que vivimos: “rebatimos claras de huevo y azúcar. Cuando hemos llegado a soluciones, ellas son espuma. Y como espuma que son, sirven sólo de adorno, o se pierden en la nada. Con los rancheríos, con la reforma agraria, con los desalojos rurales, con los créditos agrícolas ha pasado y pasará lo mismo. Todavía estamos en la etapa de la psitacosis: hablamos de un problema y lo damos por resuelto. Pero en los hechos, en lo concreto, NO HACEMOS NADA.”

No es posible separar la vida de este pedagogo luchador y militante de las circunstancias históricas que la rodearon. Recorrió muchos pueblos americanos uniendo la docencia en las aulas y también la docencia en el periodismo, no solo exponiendo el drama de tantas vidas vulneradas, sino saliendo a buscarlas con afecto, inteligencia y modestia. Su enfoque hacia una educación abierta, su atención y compromiso con “los de abajo” tenía un preclaro horizonte: la formación social y moral de un ser humano con capacidad de transitar del silencio y de la disciplina del “banco fijo” hacia el diálogo y la acción comunitaria de la “mesa colectiva”.

Sería una apuesta virtuosa revisar las categorías conceptuales del incansable Julio Castro para iluminar las tensiones que complejizan la realidad actual. El desafío de todo educador comprometido con su vocación es el de generar nuevos análisis en función de abrir continuamente la discusión en torno a las distintas dimensiones de la precarización de la vida presente, el rol social de la escuela pública, la finalidad de las políticas educativas, la formación del magisterio, la matriz curricular. La herencia del pensamiento de Castro sigue siendo útil para leer, pero sobre todo para intervenir críticamente, en los problemas de hoy e imaginar futuros escenarios posibles

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