BRASIL: EL PATRIARCA DE LOS POBRES

Murió a los 98 años el obispo negro de Brasil José Maria Pires el 27 de agosto pasado, coincidiendo con el mismo día y mes en que fallecieron Helder Cámara y Luciano Mendes, ambos camino a los altares. Pires fue arzobispo de Paraiba por 30 años. Participó del Concilio, firmó el Pacto de las Catacumbas; fue defensor de los derechos humanos durante la dictadura y promotor de las comunidades eclesiales de base. Su madre tenía sangre africana y gitana. Provenía de Minas Gerais donde había un alto porcentaje de población negra. Por ser una tierra rica en diamantes con muchas empresas mineras y grandes plantaciones de café  había cantidad de esclavos negros. No se avergonzaba de haber nacido en una familia muy pobre y andar descalzo por muchos años. Fue el primer obispo negro de Brasil y en un primer tiempo lo llamaban “dom Pelé”. Él que le cambió el apodo por otro, fue el obispo Pedro Casaldáliga ya que según él, Pelé no había hecho nada para los negros. Se lo empezó a llamar “dom Zumbi” por ser este uno de los líderes negros más famosos que lucharon por la libertad desde el “kilombo” (= comunidad) de los Palmares. Casaldaliga es justamente el autor de la famosa “Misa de los quilombos” y el primero que presidió esta Misa fue Pires. Este se quejaba de que “la Iglesia no fue suficientemente solidaria con los negros”; él mismo en el seminario había padecido discriminaciones. Promovió la inculturación de la Iglesia entre los afrobrasileros y decía: “para un europeo, cuando hay que orar hay que hacer silencio; nosotros alabamos a Dios con danzas y tambores”. Desde 1992 con la Conferencia de Santo Domingo y gracias a Pires, hubo un cambio en la Iglesia de Brasil. Cuando el Papa Juan Pablo II cerró el Seminario Regional del Nordeste y el Instituto de Teología de Recife, Pires recibió en su diócesis a unos cien seminaristas. Luchó por los sin tierra, sin techo, sin trabajo en la CPT, en el CIMI etc. Después de arzobispo, volvió a ser párroco en su tierra nordestina viviendo en gran pobreza. Seguía recorriendo el país y clamaba: “En la Iglesia falta hoy la profecía. Falta todavía mucho para poner en práctica el Concilio”. Lamentaba que los Sínodos fueran tan solo Consejos de Ancianos, que los Ministerio Laicales instituidos fueran tan solo para varones, que no se abrieran las puertas del ministerio ordenado a hombres casados. La Conferencia Episcopal le pidió que se ocupara del movimiento de curas ya casados; pidió al Vaticano que concediera a quien quisiera, volver a ejercer el ministerio. Por su edad y por su bondad hacia los más humildes se lo llamaba “el patriarca de los pobres”.

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