Veinticinco años después… El Padre Cacho y su presencia hoy

Mercedes Clara

padre Cacho (Brecha)

Recordar la experiencia de Cacho junto a los vecinos del barrio Aparicio Saravia siempre es sumergirse en una fuente inagotable de inspiración y aprendizaje. La presencia de Cacho nos sorprende, contundente y sencilla, reveladora de caminos posibles en la lucha con los pobres, contra la pobreza que deshumaniza. Construir un nosotros donde todas y todos estemos incluidos desde nuestra dignidad es el desafío que Cacho nos plantea con su propia vida.

El libro, una excusa

La reedición actualizada del libro “Padre Cacho: Cuando el otro quema adentro” es una excusa para seguir encontrándonos a celebrar la vida de este sacerdote uruguayo en toda su hondura y misterio. Muchas son las historias que se entretejen en torno a Cacho, pequeñas hebras que se suman para enriquecer el tejido, y recordarnos que su vida es siempre más grande de lo que podemos abarcar. En todas las instancias en que nos encontramos algunos a recordar a Cacho, aparecen nuevas voces, anécdotas, recuerdos, ecos, que se enlazan unos a otros diluyendo las palabras en un silencio conmovedor. La fuerza de su testimonio nos deja perplejos, no nos permite perder en elucubraciones ni escondernos en discursos. Su vida es tan radical y su opción tan clara que es inevitable que nos confronte, como iglesia, como sociedad, como seres humanos.

 

Encontrarnos con Cacho es encontrarnos con esa parte de uno mismo que es también el dolor del otro, pero que se defiende, se acostumbra, se pierde y, en el momento menos pensado, vuelve a despertar. El misterio de Cacho nos toca. Ahí, en el centro mismo donde late nuestra humanidad. Nos habla con su vida, nos centra en las grandes interrogantes que debemos respondernos como comunidad y, al mismo tiempo, nos formula preguntas en primera persona, lo hayamos conocido mucho, poco o nada.

Cada uno establece una relación personal con Cacho y encuentra en él aquello que le resuena en su propia vida. Pero en este tiempo pude ver que hay hallazgos que muchos compartimos y que nos alientan a caminar nuestro propio sueño. Cacho nos habla del coraje necesario para avanzar hacia lo que amamos, de la fidelidad y autenticidad para responder a ese llamado que lleva nuestro nombre. Apertura y silencio para escucharlo; valentía y creatividad para comprenderlo, para no ceder, para no conformarnos. Paciencia para esperar, y conciencia para saber que esa espera ya es parte del camino. Libertad para soltar, para desaprender y empezar de nuevo, con la sorpresa del niño y el temple del adulto. Cacho nos recuerda que siempre es el mejor momento para cruzar esa frontera que nos acerca al lugar donde queremos estar. Sin demasiados planes, sin tener todo claro, con la confianza puesta en una verdad propia, en un sueño amasado con humildad, compromiso y pasión.

El otro como fuente de conocimiento

Cacho cruzó la frontera que lo separaba del barrio y de una parte de sí mismo a los 48 años. Un paso que lo llevó a situarse del otro lado, del lado de los que están afuera, al margen, de los que no pertenecen al mundo de “los integrados”. Cacho cruzó fronteras visibles e invisibles, físicas y simbólicas. Se mudó al barrio cuando los vecinos se lo propusieron, lo llevaron de la mano. Y esa mudanza no fue solo un traslado de espacio, sino que implicó mudar toda una perspectiva de vida, un lugar en el mundo, en los otros y dentro de sí mismo.

Cacho inicia un proceso de desaprender lo aprendido; de vaciarse para dejarse llenar por la novedad que descubre. Se dedica a una escucha atenta del barrio, de lo que viven y sienten sus vecinos, de lo que dicen con palabras, con silencios. Los escucha en el modo de caminar, de mover las manos, de mirar a los hijos, de enredarse en los pensamientos, de expresar los deseos. Para él: Hasta se puede leer la historia en cada cara de los habitantes de estos barrios que viven en extrema pobreza. Para leer lo latente se necesita mirar mucho, mirar lento, y dejar que lo mirado se vuelva pregunta y trascienda el sentido común y la opinión. Cacho acepta su propia ignorancia, todo lo que no sabe, y todo lo que intuye se expresa silencioso entre los lazos que tejen los vecinos.

Cuenta que: Fueron dos años que viví en esa vivienda como desorientado; sentía admiración y sorpresa, desorientación y descubrimientos. Sin saber qué hacer. Eso me obligó, mate por medio, a escuchar mucho. A saber apreciar la gratuidad de esas conversaciones, de ese lenguaje, de esa comunicación. Para mí fue un esfuerzo grande aprender y emplear el mismo lenguaje de ellos.

Cacho lee la realidad sin prejuicios, sin proyectos, sin expectativas. Solo lo acompaña una certeza: ese lugar y esas personas son espacio de revelación de Dios. El Espíritu Santo está haciendo descubrir nuevas formas. A los pobres no se los puede usar como bandera, no se los puede utilizar en una vitrina. […] El pobre es como el pan de la Eucaristía, tenemos que tratarlo como cosa santa.

Cacho encuentra lo que busca entre los vecinos: Yo sentía la necesidad del encuentro con Dios. Parecía que me decía: te espero en la esquina de Aparicio y Timbúes. Así como una cita de amigos. Efectivamente se ha dado, siento que se ha dado como nunca en mi vida. Ese mismo encuentro lo lleva a interrogarse sobre la vocación cristiana y el rol que, como sacerdote, está llamado a encarnar. Es un espacio nuevo que tiene que construir a partir del vínculo que se va gestando con los vecinos y lo que construyen juntos. Cacho quiere ser un vecino más, compartir la vida cotidiana, y que sea ese encuentro de las personas con sus propias capacidades, necesidades y aspiraciones las que orienten el camino.

La gente no tiene que salir de la casa, del barrio, no tiene que ir a misa, para descubrir al Dios del que Cacho habla. Para encontrarse con Dios no tienen que dejar de ser lo que son, ni querer parecerse a los demás, al contario, tienen que profundizar en lo que son, porque Dios ya está presente en sus vidas. En un grupo humano que se siente al margen y experimenta gestos de exclusión y rechazo, este mensaje implícito en la elección de Cacho de vivir allí y encontrar a Dios es muy poderoso, y abona la tierra para el crecimiento de personas y comunidades.

Cacho busca romper con esa imagen de iglesia-poder que genera relaciones de beneficencia con la gente, y refuerza la causa de la pobreza, que es esa misma dependencia y falta de recursos, no solo económicos sino de desarrollo de capacidades, de confianza en sí mismos. En lugar de intentar solucionar los problemas que ve, Cacho propone enfrentarlos a medida que surgen, que se desnaturalizan, y solucionarlos juntos. Para él los vecinos no son un problema, la desigualdad es el problema, y nos implica a todos como sociedad, todos somos responsables de este proceso de deshumanización que mutila vidas. Cacho se siente parte de ese pecado social que no podemos permitir que se prolongue más tiempo, porque: estamos llegando tarde para salvar muchas vidas. Para él los vecinos son una fuente de conocimiento, aprende de ellos, descubre un gran potencial de lucha, fortaleza y solidaridad que, si se encausa y fortalece con otros, puede llegar lejos y enfrentar las condiciones inhumanas que impone vivir en la pobreza.

Cacho encarna una Iglesia sin obra, sin propuesta elaborada, sin recursos. «No fue a hacer una obra de promoción social», asegura Daniel Bazzano, «se empezaron a dar cosas alrededor de él. Cacho fue un catalizador, un signo positivo que empieza a cambiar signos negativos, pero no porque se lo propusiera. El gesto profético es profético justamente cuando no pretende serlo». No es él quien fija las metas. Tiene sueños, propuestas, pero son los vecinos quienes toman la palabra. Recuerda Esther del Pino, vecina de la Comunidad Santa María, que «él nunca traía ideas desde afuera que cayeran como paracaídas, sino que tenía el don de escucharnos. Entonces lo que salía era algo sentido por nosotros y por eso participábamos».

«Fue uno más de nosotros», coinciden los vecinos, así lo sienten. «Más que un cura fue un vecino». «Yo nunca había visto curas que vinieran a vivir al barrio, a pasar las buenas y las malas, a compartir la lucha. Él dejó de vivir bien, digamos, por venir con nosotros, nos trató de igual a igual, como personas». «Supo ponerse a la altura de nosotros. Le hicimos un ranchito para vivir de adentro lo que nosotros vivíamos. Él quiso sentir con nosotros el frío, las goteras, pero también el calor humano».

Cuando en una entrevista, César di Candia le pregunta sobre los comienzos en «ese quehacer suyo de identificación con los grupos humanos más necesitados», Cacho, con el arte de no dejar que las preguntas lo alejen de su centro, responde: En realidad no empecé ningún trabajo de identificación, pertenezco a ellos, siempre me sentí parte de ellos. Simplemente no dudé, comencé a tener vecinos nuevos, poco a poco fui conociéndoles y aprendiendo a quererlos. «¿Y qué ha recogido?», quiere saber el periodista. Fundamentalmente, la satisfacción de sentirme querido y acompañado. Eso llena de plenitud al ser humano. Me siento amado y el amor es lo que hace crecer y da felicidad al hombre. Gracias a ese amor, he podido ir desarrollando esta vida de peregrino.

No hay acción transformadora en un solo sentido y Cacho lo sabe; todo lo que lograron en el barrio es fruto de ese encuentro donde tanto él como los vecinos se descubren nuevos. Esa relación los potencia en su originalidad, los hace más personas, los abriga en la tibieza del amor incondicional, y los lanza como comunidad, desde una fortaleza imprevista.

El nosotros: un lugar nuevo

Cacho coloca a las personas que la sociedad desvaloriza y excluye en el centro de su vida, como fuente de conocimiento y afecto insustituible para ser quien llega a ser. Yo me he sentido como nunca antes persona y sacerdote en medio de mis vecinos, dice, acompañando las palabras con un silencio tan hondo, que uno puede verlo mirarse a sí mismo, y redescubrirlo todo a partir de esta experiencia. Él es porque ellos son. Porque juntos transitan un proceso de transformación que los lleva a conquistar un lugar nuevo: el nosotros. Un lugar donde todos encuentran espacio para ser, para crecer, para aprender, y logran sostenerse en esos lazos de respeto y amor recíproco que tejen en medio de los límites y posibilidades de cada día. Ese nosotros: lugar de confianza y revelación, de utopía, de lucha cotidiana. Un trampolín que los impulsa a crear caminos para una vida mejor.

Los ecos de Cacho resuenan en el presente con fuerza renovada. Cacho, veinticinco años después, sigue siendo novedad, pregunta, desafío. Su modo de estar en el barrio, de mirar y sentir al otro, de relacionarse con los vecinos, enciende luces que nos ayudan a transitar este presente donde la convivencia entre los distintos grupos sociales es un problema que no logramos enfrentar, y la desigualdad, una red invisible que atrapa el futuro de tantos.     La realidad hoy no es la misma que en tiempos de Cacho, pero muchos de los desafíos a los que él respondió permanecen intactos. Su testimonio rompe estereotipos, lugares comunes, teorías, y nos enfrenta a este tercer lugar, que supera el “ellos y el nosotros”, que nos exige aprender nuevos idiomas, aceptar nuevos maestros, y recordar que somos humanos en la medida que encarnamos gestos de humanidad. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Qué frontera estamos dispuestos a cruzar?

La experiencia de Cacho testimonia que la creación de relaciones profundas es central para descubrir lo que Gustavo Gutiérrez llama «la fuerza histórica de los pobres» y hacer alianzas con ella. «Yo recuerdo a un Cacho con mucha visita a los ranchos, mucha mateada, mucho tiempo gratuito, silencio, escucha, paciencia […] Y aquí radica el mayor problema de las organizaciones gubernamentales y de la sociedad civil cuando quieren trabajar en estos medios. Con su búsqueda de eficacia inmediata y cortoplacista, porque tienen que rendir cuentas a “sus fuentes” o sacar rédito político para “esta administración”, desde esa impaciencia se ponen en contacto solamente con las “estrategias de supervivencia” de los pobres y no van más allá. Y estas tienen patas muy cortas para recorrer caminos nuevos».

Esta alianza con la fuerza de los pobres supone otras lógicas, los resultados se evalúan con otros parámetros que miran procesos y no pueden recortar la realidad, menos forzarla con plazos e intereses ajenos. Esta alianza implica tiempo, riesgos, contradicciones, incertidumbres, paciencia, hondura y una gran dosis de rebeldía y confianza. Rebeldía para que de la indignación ante la pobreza surja la creatividad y capacidad de lucha para enfrentarla. Y confianza para crear encuentros que trasciendan las estrategias de supervivencia y logren contactar con la verdad del otro, con esa fuente de conocimiento que solo se encuentra allí, y de la que necesitamos beber para entender el mundo que vivimos.

Cacho integra las ambigüedades; aprende que los procesos humanos nunca son lineales y llevan tiempo. Sabe que: Hay semillas que tardan dos o tres primaveras para germinar. Confía en que los frutos tardan pero llegan si se gestan en el silencio de un encuentro auténtico, donde no existe el binomio benefactor-beneficiario, sino un vínculo horizontal entre personas que se influyen mutuamente a partir de un proyecto que las une. Cacho reconoce que en cada comunicación humana hecha «encuentro» las tinieblas retroceden […] y el amor hecho amistad emerge con resplandores de gracia a impulsos del Espíritu.

Conectar con esa «fuerza histórica de los pobres» es encontrarnos con una intensidad de vida que no reconocemos en otros lugares. Con una capacidad humana que, bajo condiciones límite, es llevada hasta el extremo y es capaz de mostrar, en su más aguda y profunda versión, la belleza. Una belleza enredada en el dolor, la frustración, la violencia, pero que late en los detalles, en los rostros, en los gestos heroicos que los vecinos encarnan cada día. Cacho ya la percibía de lejos, en su peregrinar incansable hasta ese Dios que lo llama en ellos. Y una vez allí no puede dejar de verla, de tocarla, de respirarla.

Cacho no solo es testigo de esa belleza que se gesta en las entrañas del barrio sino que se enamora de ella. No puede evitar enaltecerla, compartirla, festejarla. Cacho admira a sus vecinos. Los voluntarios y amigos que confían en él la intuyen, algunos más, otros menos, pero se dejan llevar. Y cuando logran atravesar las fronteras, las de fuera y las de dentro de uno mismo, la encuentran, escondida y visible a la vez. Es necesario preparar la mirada para reconocerla. Pero una vez que encandila ese destello, ya no hay marcha atrás. Con su cariño, con su solidaridad, con su apego, te atrapan de tal manera que no te escapás más, dice Cacho, aceptando que ese es y será su lugar para siempre. No he encontrado gente más emprendedora y con ansias de superarse que esta. Son tremendamente solidarios. Acá ves gestos que no los ves en otros lados, como recibir un hijo ajeno y tenerlo en la casa meses o años.

Cacho les devuelve a los vecinos la belleza que les pertenece. Disfruta al escucharlos, descubre esos detalles que son poesía en la densa prosa cotidiana. Que son ligereza en la marcha, ritmo en la monotonía, color en el gris, brisa en el sopor. Ellos, los vecinos, captan la belleza en el reflejo de sus ojos. Después de desconfiar un par de veces, y de no saber bien de dónde viene, terminan por reconocerse en ella. Cacho los elige una y otra vez, más allá de todo; por algo debe ser. Él distingue en ellos las capacidades, dormidas y despiertas; mira a cada uno como un ser donde anidan todas las posibilidades. Y se acerca con el «termo» vacío, siempre, para que el otro lo llene con lo que tenga. Descubrir al otro como necesario, necesitarlo verdaderamente, desde la libertad, hace la diferencia. Recuerda Elsa Tassara que «de a poco descubríamos las cosas buenas de la vida, que también pasan acá. Tan lindo charlar con él, sentías que te quería, que te necesitaba, contaba con vos para mejorar el barrio. Mirá que yo soy brava, pero siempre me sentía más buena después de estar con él».

La belleza que Cacho descubre no es una belleza ingenua, superflua, romántica. Para llegar a ella hay que atravesar el dolor, el dolor profundo, devastador. Y ser capaz de convivir cada día con la propia indignación. Esa que lo subleva y lo desespera, al mismo tiempo que le da una enorme paciencia y compasión para acompañar a los demás. Cacho se deja moldear por la belleza y el dolor de los vecinos.

Jamás se acostumbra a la desigualdad. La siente en carne propia, la sufre, todos los días, minuto a minuto. Logra ver: la situación de horrible injusticia en la que esa gente ve transcurrir sus vidas. Ellos no eligieron tener que vivir de ese modo. […] Y nosotros todavía perdemos tiempo en discusiones, investigaciones, reuniones, mientras la vida continúa, o por mejor decir, mientras la muerte continúa. Cacho percibe la muerte de las posibilidades, la mutilación de las vidas, de los cuerpos, de los sueños, de la humanidad. El hombre que se aniquila a sí mismo. Negar a las personas la posibilidad de ser quienes están llamadas a ser, arrebatarles el futuro: ese es el verdadero robo, el pecado inaceptable, la mayor vergüenza.  El dolor de la gente se te va metiendo en la carne. Y muchas veces te sentís impotente para poder cambiarlo. Y el cambio no se arregla solo con dinero. Por eso la parábola habla de la visita al enfermo y al preso. No solamente habla de la comida o el abrigo. Es escuchar. Es compartir. Es muchas veces no poder remediar un problema. Pero sí comprenderlo y acompañarlo.

En el fondo Cacho replantea el significado de la palabra ‘inclusión’ que, en definitiva, es el horizonte hacia el que avanza. «¿Inclusión significa que ellos están afuera y hay que meterlos para adentro?», se pregunta el sacerdote Adolfo Ameixeiras. «¿Los vamos a traer adentro a la misma sociedad que los expulsa, o vamos a incluirnos todos en un proyecto nuevo que haga posible cosas distintas? El desafío es transformarnos como sociedad; la inclusión en serio implica movernos todos de lugar».

Esta realidad nos está pidiendo mucho más a todos, de eso no cabe duda. Según Marita Alonso, desde las prácticas eclesiales y sociales «también nos cuesta integrar la creatividad, abandonar la seguridad de la “distancia óptima” para ir al encuentro de los otros, desprendernos de teorías para ir más livianos al encuentro humano. Soportar la incertidumbre de acompañar procesos dinámicos, cambiantes, con metodologías flexibles, en construcción, y dispuestos a aprender cada día transitando el proceso con un colectivo».

Movernos todos de lugar, sí. Y comprender que hablar de inclusión es también hablar de amor, de aceptación, de empatía, de dolor. De una balanza desequilibrada que necesitamos nivelar para romper los mecanismos que perpetúan la desigualdad.

Un camino de santidad

La nueva edición de este libro coincide con el inicio formal de la causa de canonización del Padre Cacho. Linda coincidencia. Y más lindo aún que la Iglesia coincida con la proclamación de los vecinos de Aparicio Saravia que, veinticinco años atrás, declararon santo a Cacho, sin necesitar más aval que la propia experiencia. Primero está la vida, siempre. Después, viene la posibilidad de nombrarla, de atraparla en pensamientos, en categorías. Los vecinos que caminaron junto a él pudieron, de a poco, poner palabras a esa historia que cambió sus vidas. Descubrieron en los gestos de ese hombre que se jugaba cada día por ellos, algo sagrado. Fueron testigos del milagro que significa unirse y lograr cosas impensadas. De las entrañas de un basural nace un centro comunal, de los ranchos nacen casitas, de la basura surge la vida. El milagro de transformar un barrio. La posibilidad de cruzar fronteras, de encontrar fortaleza donde había debilidad, de encontrar solidaridad, valor, sentido, nuevas versiones del sí mismo donde había etiquetas impuestas por otros y desvalorización personal.     Canonizar a Cacho implica proponerlo como modelo e intercesor ante Dios, en cualquier rincón del mundo. Colocar a Cacho en el altar significa poner allí su causa. Con él llegan sus vecinos, su barrio, su Dios: Un Dios herido por la marginación de todos estos hijos suyos. La pobreza que existe entre los hombres es lo que más afecta a Dios y nuestra vinculación a él pasa por la comunión con esa sensibilidad.

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