TEMA CENTRAL: “UNA IGLESIA POBRE PARA LOS POBRES”

 

El Papa Francisco al explicar por qué había elegido el nombre de Francisco, dijo: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre para los pobres!”. Es todo un programa para la Iglesia de hoy que el Papa expresó reiteradamente, sobre todo en Evangelii Gaudium (nn. 53-60, 197-291). Hay una leve, aparente diferencia con lo que había dicho el Papa Juan XXIII: “La Iglesia es de todos, pero especialmente de los pobres”. Es a la vez “de” los pobres y “para” los pobres. Muchos se preguntan: ¿Cómo puede una Iglesia ser pobre y ser al mismo tiempo “para “ los pobres , es decir poder ayudarlos en forma eficaz a través de obras como hospitales, universidades, escuelas, obras asistenciales y de promoción? Además es convicción de muchos que el escándalo de la pobreza en el mundo es el más grande desafío de la sociedad y de la Iglesia. ¿Cómo entonces se nos pide luchar contra la pobreza y al mismo tiempo ser pobres? Antes que nada el significado de la frase del Papa Francisco hay que entenderlo a la luz del evangelio y de lo que fue históricamente el movimiento de san Francisco en la edad media, como alternativo a una Iglesia poderosa y rica y que el Papa Francisco quiere actualizar. Y también como una postura coherente con lo que dijeron el Concilio y los obispos latinoamericanos en Medellin y Puebla. Por lo demás no hay contradicción entre Papa Juan y Papa Francisco. La Iglesia ha de ser de los pobres y para los pobres.

 

¿CUAL POBREZA?

Al hablar de Iglesia pobre, hay que aclarar los términos. Se puede hablar de pobreza material cuando falta la alimentación y lo necesario para la vida. Según UNICEF cada día mueren 40 mil niños por hambre o a consecuencia de la misma. Decía hace 5 años el ex secretario general de la ONU Kofi Annan: “Prácticamente la mitad de la humanidad subsiste con dos dólares diarios o menos, en un mundo con una riqueza sin precedentes”. En este caso se está hablando de “ pobreza absoluta”; es la que deja a la persona por debajo de las necesidades mínimas de subsistencia en cuanto a alimentación, ropa, vivienda.. y es la que se encuentra sobre todo en los países del sur del mundo. Hacen parte de esta pobreza absoluta otras pobrezas por falta de atención médica, analfabetismo, distintos tipos de esclavitud, cuarto mundo.. Más allá del proletariado ( los que trabajan bajo patrón), hay en la actualidad tantos otros pobres excluidos, descartados, marginados. En todos estos casos sería mejor hablar de “indigencia” , pobreza absoluta o miseria. Es una situación absolutamente contraria a los designios de Dios y la Iglesia, siguiendo a Jesús, ha hecho una opción radical en favor de ellos. En el evangelio de Lucas los bienaventurados de Jesús son estos indigentes: mudos, ciegos, paralíticos, leprosos, marginados. Jesús les promete el Reino , en el sentido de que el Rey se hará cargo de ellos. Sin embargo si el amor y la compasión de Dios llevó a Jesús a ponerse al servicio de los más pobres, de los últimos, de los indigentes, eso no significa que la indigencia sea una bienaventuranza. Tampoco lo es la riqueza o la opulencia, de la que los Evangelios advierte los graves peligros. En el pasado, esta pobreza extrema se daba por la escasez de recursos; ahora por la mala distribución de los mismos. Antes se daba por la explotación de los trabajadores, ahora por la exclusión de masas enteras de personas que no producen (desempleados, economía informal, cuarto mundo, personas sin títulos o especializaciones). Por otra parte el sistema productivo con la nueva tecnología necesita cada vez menos trabajadores. El sistema capitalista vigente, fundado en la acumulación de dinero, es como un tren en el cual estamos metidos todos y en el que tenemos que seguir si no queremos estrellarnos; hasta que no se cambie el tren. Hay también una “pobreza relativa” cuando se han cubierto las necesidades fundamentales y se vive con los suficiente.

BIENVENTURADOS LOS POBRES DE ESPIRITU

La que Jesús declara bienaventurada en Mateo es la “pobreza de espíritu”. Es la que Jesús pide a los cristianos. ¿De qué se trata? Lamentablemente hoy la palabra “pobreza” tiene siempre un significado negativo. Pero no debería ser así. En realidad esta palabra viene del latín: “paupertas” de la que surge “pauper” (=pobre); y no es la del que no posee nada o es indigente. El pobre tiene poco, pero lo suficiente para vivir con dignidad . Es la situación del que no es ni rico ni miserable. Y cuando se habla de “pobreza digna” se habla de cultura del trabajo, del gusto a lo sencillo, de solidaridad, de valores humanos. Estos pobres son la riqueza de la sociedad. Son las personas verdaderamente ricas, no por lo que poseen sino por la cantidad de cosas materiales que no necesitan. En la Biblia estos pobres tienen una centralidad única. La historia de Grecia, de Roma y de las grandes civilizaciones es la historia de los ricos y poderosos, mientras que en la Biblia son los pobres los que hacen la historia, siguiendo un designio marcado por Dios. El pobre de la Biblia es privilegiado por su humildad, mansedumbre, confianza en Dios. Con Jesús estos pobres son declarados bienaventurados. El mismo Jesús nació y creció pobre, pero no como un mendigo de la calle ni tuvo un estilo de vida como Juan el Bautista. Vivió de su trabajo como José su padre legal. Al empezar su ministerio público, se rodeó de trabajadores que vivían compartiendo sus bienes. El sueño de Jesús es el Reino de Dios, que no es pobrerío ni un reino de poder y riqueza, sino de hermanos que saben compartir. La “pobreza de espíritu” que Jesús declara bienaventurada no es la indigencia sino la pobreza relativa del pobre que confía en Dios. Esa bienaventuranza no se debe a la falta de bienes materiales, sino a la búsqueda prioritaria del Reino de Dios, de su voluntad. El Reino de Dios no se identifica con el progreso material que puede ser ambiguo y lo supera; es antes que nada obra de Dios en el mundo e implica aceptar su señoría en nuestra vida. Es distanciarse de la obsesión de los bienes materiales. También implica luchar contra la miseria que envilece nuestra dignidad de hijos de Dios y contra el acaparamiento de bienes que nos cierra a Dios y a los hermanos, creando injusticias y desigualdades.

LA POBREZA EVANGELICA

Nosotros estamos acostumbrados a contraponer la fe al ateísmo. Para la Biblia no es así (en aquel tiempo no había ateos); la fe se oponía a la idolatría. Y el dinero puede ser un ídolo para muchísima gente ayer y hoy. El Evangelio de Lucas (16,13) lo llama “Mammon”, un falso dios sobre el que se apoya toda nuestra seguridad. Por eso Jesús invita a elegir entre Dios y el dinero. La Iglesia antigua dejó sin traducir esta palabra aramaica, mammón, justamente por considerarla el nombre de un ídolo. Jesús nos invita a rechazar el ídolo del dinero y a poner en primer lugar el Reino de Dios y su justicia ( Lc 12, 22-31). No es una invitación a no trabajar y a no progresar, sino a trabajar para un ideal superior. La finalidad primera de nuestra vida no puede ser ganar dinero sino servir y ser útiles a la familia y a la comunidad. La pobreza es uno de los signos distintivos de Cristo, la que exigió también a sus misioneros (Mt 10,5-10). Los Padre de la Iglesia, bebiendo del Evangelio, enseñaron que Dios creó la tierra para todos y que nadie tiene derecho a ser rico mientras haya gente que le falta lo necesario; insistieron en que hace falta una redistribución de los bienes por los poderes públicos y que los bienes de la Iglesia pertenecen a los pobres. Por justicia debemos repartir lo que nos sobra y devolver a los pobres lo que les pertenece; desprenderse de lo superfluo, es dejar de ser ricos. Hay muchos cristianos que no tienen conciencia de esta pobreza evangélica, la que debemos practicar todos; y otros muchos que no la consideran un valor. Hoy en día, metidos en la cultura consumista, se piensa que los bienes temporales resuelvan todos los problemas humanos. No solo están los ricos que viven una vida opulenta y derrochona, sino también los pobres que desean y aspiran a lo mismo. La pobreza evangélica debe testimoniar que la felicidad no está en las cosas. Esta pobreza evangélica, que nos hace imitadores de Cristo, no es la miseria ni tampoco una pobreza únicamente interior, espiritual. Por eso difícilmente se da en medio de la opulencia (“Es más fácil para un camello entrar en una aguja que..” ). Siempre hay que recordar que la pobreza evangélica, como todo en el evangelio, está en orden a la caridad. Y para no caer en la ilusión y la hipocresía, nos obliga a renunciar a lo superfluo para dárselo a los más pobres (Lc 11,41), y a prescindir de todo lo que no sea necesario. Lo necesario no se puede cuantificar porqué depende de muchos factores. El cristiano debe aspirar a tener también los bienes que son necesarios para su condición social, su profesión. Un coche puede ser necesario, pero no un coche de lujo. Cuando se habla de que los bienes superfluos son de los pobres, se habla de los bienes de consumo ; los bienes de producción si son utilizados para el bien común deben promoverse. Obviamente para el que se deja llevar por la mentalidad consumista, nunca nada será superfluo. Se está llegando a la conclusión aún a nivel científico de la necesidad de un cambio en el estilo de vida y de que la única forma de que no haya pobres tan pobres es la que no haya ricos tan ricos, porqué los recursos de la tierra son limitados. Como ya se dijo, esta pobreza está en función del amor, del supremo mandamiento de Jesús, de la solidaridad. Por lo tanto la pobreza evangélica será más perfecta en cuanto permita amar y servir más y mejor, a los hermanos necesitados. Su fundamentación está puesta en nuestro modelo que es Cristo, el que siendo rico se hizo pobre ( 2 Cor 8,9 ) para enriquecernos.

UNA IGLESIA DE LOS POBRES DEBE SER POBRE

Al hablar de Iglesia de los pobres, el Papa Juan hablaba en realidad de una Iglesia al servicio de los más pobres, los últimos de la sociedad, los que viven en la miseria y la indigencia. Pero no de una forma paternalista desde arriba como bienhechores, sino desde la humildad y la condivisión de bienes. Se habla hoy de la Iglesia como Pueblo de Dios, pero la identificación de la Iglesia con el pueblo aún no se percibe. Muchos hacen donaciones a los pobres, pero no experimentan ninguna pobreza en su vida. “Para abrirse a una civilización del amor, hay que caminar hacia una civilización de la austeridad”, escribió el teólogo Ignacio Ellacuría, antes de ser asesinado en El Salvador. Hasta un historiador laico como Gary Cross escribió: “Privarse de una cantidad de bienes superfluos es el único camino para liberarse del círculo vicioso del consumismo que nos lleva al sobre-trabajo para una sobre-ganancia y un sobre-consumo que se necesitan entre sí en forma creciente; todo esto nos impide gozar la vida”. Es la antigua doctrina de los Padres de la Iglesia: dar lo superfluo a los pobres es cumplir con la justicia y compartir lo necesario es caridad ( o solidaridad como se prefiere decir hoy). Escribió el Premio Nobel Kennet Galbraith: “El norteamericano medio consume por los menos cuatro veces más de lo que necesita para una vida decorosa”. Hay que construir hoy una sociedad de lo suficiente y los cristianos han de dar el ejemplo porqué nunca se ha visto que un país o una clase social hayan reducido su nivel de vida en forma voluntaria. Tarea de la Iglesia del futuro será educar a ser más con menos y a poner en práctica lo que ya decía el Mahatma Gandhi: “Vivir más simplemente para que otros simplemente puedan vivir”. La Iglesia, como Jesús, es servidora y como servidora ha de ser pobre. Quien no experimenta ninguna pobreza, difícilmente puede entender a los más pobres; ni los ve, porqué la verdadera pobreza se esconde. Muchos en la Iglesia piden hoy que los obispos sean menos “excelencias” y más cercanos, más hermanos. Decía Antonio Rosmini hace más de un siglo: “Precisamente cuando la Iglesia está cargada con los despojos de Egipto como otros tantos trofeos, cuando parece que se ha convertido en el arbitro de los destinos humanos con su poder, es cuando se vuelve impotente: es el David sofocado bajo la armadura de Saúl; es el tiempo de su decadencia. ¿Dónde encontraremos un clero inmensamente rico que tenga el valor de hacerse pobre? ¿O que pueda ver por los menos que ha llegado la hora en que empobrecer a la Iglesia es salvarla?”. Hasta mediados del siglo XIX con el Papa Gregorio XVI la Iglesia hacía alarde de títulos, prestigio, riqueza, poder como algo que enaltecía la religión. No es casualidad que en ese siglo los más desheredados abandonaron la Iglesia. Todavía a comienzos del 1900 el escritor católico Charles Peguy escribía: “Si la Iglesia ha cesado de ser la religión oficial del estado, no ha cesado de ser la religión de la burguesía y de los ricos; esto es lo que percibe el pueblo”. El redescubrimiento de la pobreza evangélica ha marcado a fuego la personalidad de grandes cristianos en el siglo XX como Charles de Foucauld, Magdeleine Hutin, Simone Weil, Teresa de Calcuta, Lorenzo Milani, Papa Juan y entre nosotros Helder Cámara, Manuel Larrain etc. Esto ha ayudado a promover una Iglesia cada vez más alejada del poder y cercana a la gente. “Iglesia de los pobres” significa una conversión profunda. Es la Iglesia que acoge en su seno a los más pobres como los privilegiados de Dios y partiendo de ellos y con ellos se pone al servicio de toda la comunidad. Siempre la Iglesia ha trabajado “para los pobres”, pero hoy la forma mejor de trabajar para ellos es trabajar con ellos, a su lado. Es necesario que sean ellos los protagonistas del cambio social. Más que promover grandes obras asistenciales , que son supletorias porqué es el estado el que ha de encargarse hoy de ellas, la Iglesia ha de promover a la gente. Un verdadero logro no es la construcción de una capilla, sino que los vecinos la sientan suya por sentirse involucrados totalmente en ella.. También a nivel de Iglesia, el clericalismo y el paternalismo son fruto de una profunda desconfianza en la gente, una forma de dominación. Para ser una Iglesia de los pobres, la Iglesia ha de bajar del pedestal, ha de cambiar de lugar social, adoptar el punto de vista de los pobres, con ellos elaborar análisis y decisiones, organizar la evangelización desde ellos para llegar a todos. No significa necesariamente ir a vivir a un rancho. Es un cambio de estilo de vida y de mentalidad que concierne tanto al clero como a los laicos. Concierne también a los religiosos y religiosas que a pesar de la renuncia a poseer bienes propios, viven muchas veces institucionalmente una vida asegurada y burguesa. Muchos profetas y pastores en el pasado reciente han hablado de la necesidad de dejar atrás una Iglesia rica y poderosa; se los ha citado mucho, pero escuchado poco.

OCPCION POR LA JUSTICIA

La austeridad en sí misma no significa nada. Inclusive nos puede hacer duros, con el pretendido derecho a juzgar y despreciar a los demás. Otra cosa es cuando esa sobriedad y sencillez de vida, nos sirve para cortar distancias, bajar del burro, acercarnos al herido al borde del camino, ponernos a su mismo nivel con el riesgo de correr la misma suerte y luchar junto a él para que ya curado pueda ponerse de pie y caminar por su propia cuenta. Jesús se hizo pobre por amor a los pobres, no por amor a la pobreza. Esto implica contacto personal, superar los prejuicios, tener alguna forma de convivencia y presencia en los lugares donde la gente vive y sufre, donde escasean las oportunidades de trabajo, de educación, de salud y vivienda; donde el frío es más frío , el calor más agobiante y la soledad más soledad. Allí se ve al mundo de otra manera. En la primera comunidad cristiana el amor entre hermanos hacía que todo lo pusieran en común y por eso no había indigentes. Todos trabajaban y aportaban para mejorar la situación de todos; todos daban y todos recibían. La pobreza evangélica nace del amor y se expresa en el servicio, en la condivisión de bienes; no solo de los bienes materiales sino también espirituales: ciencia, capacidad, talento, tiempo.. La admiración de los paganos para con los cristianos no era porque eran pobres sino pobres que se querían y ayudaban como hermanos. En el pasado muchas veces la Iglesia se olvidó de la predilección de Jesús para los más pobres y olvidados. Hasta en la canonización de los santos, según un estudio hecho en 1972, se calculaba que el 78% de los 2.489 santos canonizados de la Iglesia procedía de las clases altas, un 5% de la clase baja. Se había legitimado teológicamente las desigualdades. Llegó un momento en que los desheredados abandonaron la Iglesia. Hasta que Juan XXIII y el Concilio emprendieron un programa de retorno al Evangelio. La Iglesia de América Latina estuvo en la avanzada al proponer la “opción preferencial por los pobres” donde lo de “preferencial” es redundante porqué toda opción implica una preferencia y podría inclusive hacer pensar que la opción es facultativa. Mucha gente dice: todos somos pobres. Hay que entender que cuando se habla de “opción por los pobres” se habla de pobres que viven en la pobreza absoluta , de empobrecidos, oprimidos y excluidos, marginados. Y hay que entender que antes que nada es una opción por la justicia y por lo tanto no es ni preferencial ni optativa. En las grandes asambleas episcopales de Medellin , Puebla y las siguientes la Iglesia del continente se ha comprometido a luchar por la justicia, los derechos humanos y un nuevo ordenamiento de la sociedad. No deja de suscitar sorpresa el hecho de que la Iglesia haya hablado de opción por los pobres en un continente donde estos pobres son la inmensa mayoría; esto podría llegar a indicar que las fuerzas activas de la Iglesia se han encontrado y se encuentran fuera del mundo de los pobres. Y esto puede explicar también, por los menos en parte, porqué las clases populares y los sectores periféricos han quedado a la merced de nuevas iglesias, sectas y movimientos religiosos. Muchos hablan de “amor preferencial” por los pobres como si se tratara de una simple actitud caritativa. O de una “ayuda a los menos afortunados y favorecidos por la vida”, como si el mundo estuviera dividido entre los que tienen suerte y los que no la tienen. Esta opción por parte de la Iglesia es una postura nueva, una elección de campo que ha traído ya muchos mártires. Implica un verdadero y nada fácil cambio de mentalidad, como el que tuvo el arzobispo Romero del El Salvador. Actualmente cuando se habla de derechos humanos, muchos piensan en las pasadas dictaduras militares y en las organizaciones que surgieron después en defensa de las víctimas; y por lo tanto piensan que el problema de los derechos humanos pertenece al pasado. Sin embargo, además de los políticos, existen también los derechos económico-sociales. Son los derechos de los pobres y estos siguen siendo violados, atropellados tanto y más que antes, bajo la dictadura del capitalismo neoliberal.

OPCION POR LA SOLIDARIDAD

La justicia social busca la igualdad entre las personas, el respeto por los derechos humanos y un orden social justo. Pero para eso no basta el compromiso personal; es necesario cambiar también las estructuras. Se acusa a veces a la Doctrina Social de la Iglesia de ingenuidad por poner énfasis tan solo en la buena voluntad del individuo sin buscar el cambio de los condicionamientos estructurales o estructuras de pecado que obligan muchas veces a actuar contra consciencia. Y por eso la opción ha de llegar a ser una opción también política. Hoy se habla mucho también de solidaridad. La solidaridad es sentirse responsables de los más débiles y estar dispuestos a compartir lo propio con ellos. No se trata de dar, sino de compartir; y no ocasionalmente sino en forma permanente. Implica cercanía, contacto, organización tal como se da en el movimiento obrero. Esta palabra tomó el relevo de la palabra “fraternidad” en el contexto anticristiano posterior a la revolución francesa. Ahora es asumida por la Iglesia como una virtud, preanunciada por la comunión de bienes de la primera comunidad cristiana y la enseñanza de los Padres de la Iglesia. La solidaridad va más allá de la justicia porqué llega a renunciar a los derechos propios en bien de los más desprotegidos, ya que los bienes de la tierra son de todos y para todos. Presupone la justicia, pero la completa atendiendo a las diferencias inevitables. Es una exigencia indispensable no solo para los gobernantes, sino para todos y hoy se realiza a través del Voluntariado, Cáritas, las ONG etc. También las obras de misericordia de la Iglesia han de ser antes que nada obras de justicia y solidaridad, no tan solo obras de beneficencia. El pobre no ha de ser usado en ningún sentido; Cristo se identifica con él. Han de denunciar públicamente en nombre de Cristo las injusticias que causan la miseria y reivindicar los derechos de la gente. En la Iglesia hoy hay comisiones permanentes de Justicia y Paz. La asistencia directa al que mendiga, sino se lo conoce tiene el riesgo de caer en manos de la mendicidad profesional muy frecuente. Si la ayuda quiere ser eficaz, mejor orientarse hacia instituciones especializadas y serias como Cáritas. La ayuda de carácter asistencial debe prolongarse solo el tiempo necesario para que terminado ese proceso la persona aprenda a bastarse a si misma con el estudio y el trabajo. Por otro lado hay que tener cuidado cuando siempre se busca ir a las causas y denunciar, porqué se puede caer en el olvido de todo tipo de asistencia que puede ser urgente y necesaria. Con la intención de reformar las estructuras y cambiar el mundo, muchos pobres concretos y cercanos son olvidados o si reciben algún subsidio son tratados como números, fichas, objetos. Siempre será necesario el amor cristiano y la solidaridad aún en las sociedades más justas, enseñó el Papa Benedicto. Tampoco hay que reducir la opción por los pobres a la única dimensión socio-económico o política. A los pobres está reservado el Reino de Dios por lo que también ellos tienen derecho a conocer a Cristo y su Palabra para no transformarse ellos también el día de mañana de oprimidos en opresores. La causa de los pobres no es en contra de nadie, sino a favor de todos. Más allá de la Iglesia, son muchos los que trabajan al servicio de los pobres en forma eficaz y con ellos hay que trabajar. Lo específico de la acción cristiana es la motivación. Nosotros optamos por Cristo; y no hay amor por Cristo si esto no se traduce en amor eficaz al pobre. Nosotros luchamos por el Reino y donde Dios reina, no puede haber pobres.

Primo Corbelli

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