(editorial) LA BARCA EN ZOZOBRA

A los cuatro años de su pontificado, a diferencia de tiempos pasados en los que se priorizaban la doctrina, la moral y la disciplina eclesiástica, el papa Francisco ha intentado salir de los problemas internos de la Iglesia para lanzarla a la misión hacia afuera. Sus prioridades son la evangelización, la opción por los pobres y la pobreza, la denuncia de un modelo socio-económico inicuo, la paz, la defensa del ambiente, la reconciliación entre cristianos, la cultura del encuentro con religiones y culturas.

Pero en el campo de la reforma de la Iglesia auspiciada por el Concilio ha encontrado mucha resistencia, y no a nivel popular sino de eminentes autoridades de la Iglesia, de movimientos conservadores y medios de comunicación que añoran el pasado y practican persistentes ataques al Papa. Los relevos de los cardenales George Pell y Gerhard Muller demuestran que el Papa sigue con coherencia, si bien con dificultades crecientes y en medio de escándalos, su lucha por la transparencia económica y la reforma de la curia vaticana; por una Iglesia más abierta, dialogante y sensible a los sufrimientos de la gente. Muchas veces la sed de poder y la corrupción se instalan también en la Iglesia. Este Papa no piensa fomentar el poder de Roma sino la unión de los cristianos, ni el poder del Papa sino la sinodalidad de las Iglesias locales, ni el clericalismo sino el protagonismo de los laicos y en especial de las mujeres, ni las condenas, sino el diálogo. Los problemas en la Iglesia se originan sobre todo en quienes, más papistas que el Papa, se niegan a dejar el poder y se creen los defensores de la verdad, de la moral y de Dios. Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad San Egidio de Roma asegura que “el Papa tiene mucha oposición dentro y fuera de la curia vaticana y lo sabe. Esta oposición viene de los que tienen la psicología del hermano mayor de la parábola que dice: yo estoy en casa y no quiero salir al encuentro de ese desgraciado”. Riccardi es historiador y niega que la Iglesia, a pesar de las zozobras, esté en crisis: “Si esta Iglesia ha producido este Papa, significa que el Evangelio sigue vivo en ella”. El Papa además, y sobre todo, sigue siendo Pedro y tiene la misión de confirmarnos en la fe y ser el fundamento visible de la unidad de la Iglesia. Es hora de recordarlo. Sus orientaciones son claras. Si no convencieran sus palabras, sobran los gestos. El Papa, como ha hecho con el nuevo vicario de Roma, acaba de nombrar en Milán, una arquidiócesis de 5 millones de católicos, como arzobispo no a un “príncipe de la Iglesia” sino a un simple cura, Mario Delpini, un hombre sabio y capaz que vive de forma muy pobre en una casa parroquial que comparte con curas ancianos y circula por la ciudad en bicicleta. ¿No es esta la Iglesia pobre para los pobres que desea el Papa?

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