VATICANO: REHABILITAN A DOS PROFETAS

Primo Mazzolari y Lorenzo Milani no fueron simplemente dos curas párrocos de periferia, sino grandes profetas que han marcado con fuerza la Iglesia antes del Concilio. El 20 de junio el Papa Francisco se ha ido, por unas horas, a rezar sobre la tumba de ambos: la de Mazzolari (+1959) en su parroquia de campaña en Bozzolo (Cremona) y en la de Milani (+1967) en su iglesita de montaña en el Mugello (Florencia). Estos curas a lo largo de toda su vida fueron tachados de rebeldes, comunistas y perseguidos por las autoridades de la Iglesia; fueron dos sacerdotes ejemplares con los que la Iglesia tenía una deuda pendiente. Fueron dos modelos de “Iglesia en salida”, con olor a oveja, capaces de comprender los signos de los tiempos, siempre al lado de los más débiles, pobres con los pobres. “Nos ofrecen un mensaje del cual hoy hay tanta necesidad”, dijo el Papa.

A Mazzolari, a cada libro que escribía, se lo condenaba al Índice del Santo Oficio y siempre él se declaraba “obedientísimo en Cristo”. De él dijo Juan XXIII: “Fue la trompeta del Espíritu Santo en el valle del Pó”. Y Pablo VI: “Mazzolari caminaba adelante con un paso rápido y con frecuencia no se le podía seguir el ritmo; así sufrió él y nosotros también. Es el destino de los profetas”. Ahora se está abriendo su proceso de beatificación. Mazzolari fue el párroco de los lejanos, así como Milani fue “un gran educador enamorado de Cristo, de la Iglesia y de sus jóvenes”, según el Papa. De Milani también dijo el Papa: “Él soñaba la escuela como un hospital de campaña para socorrer a los heridos, recuperar a los marginados y descartados”. Francisco agradeció al Señor “por habernos dado sacerdotes como don Milani que vivió de modo ejemplar su servicio al Evangelio, a los pobres, a la Iglesia”. Francisco había sido invitado por un ex alumno de Milani, Michele Gesualdi autor de “El exilio de Barbiana”, a visitar “aquella pobre tumba que nos convoca a la radicalidad del evangelio”. Allí, en un cementerio casi abandonado, Milani quiso ser sepultado revestido de la vestimenta litúrgica para la misa y los zapatos de montaña. Su estilo no era eclesiástico, más bien estridente y polémico pero siempre dictado por una extrema fidelidad a la Iglesia y a su conciencia. Había dicho: “Yo no renuncio a la Iglesia por defender mis ideas. No me importa nada de mis ideas; yo en la Iglesia estoy por los sacramentos, no por mis ideas”. Él quería devolver la palabra a los pobres y un primer lugar en la Iglesia. Decía: “Espero que el paraíso no sea una iglesita reservada  a obispos y curas. Yo espero en una multitud de campesinos y obreros en la que se encuentre mezclado algún cura u obispo”. No era un cura clerical; era el cura de todos.

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