(Biblia): El profeta desobediente (libro de Jonás)

Hay un pequeño libro ubicado en la colección de los libros proféticos que desentona respecto a los demás.

En primer lugar porque quien habla no es el profeta que le da título, sino un narrador que cuenta la historia del profeta.

En segundo lugar porque a diferencia de Jeremías e Isaías, este Jonás no es un obediente “hombre de Dios” que aunque le cueste, se enfrenta a quien sea para trasmitir el mensaje del Señor.

Por el contrario, Jonás es llamado por Dios para anunciar a los asirios, (el prototipo del Imperio esclavizador y cruel de la antigüedad) acerca del castigo que Dios les tenía reservado, destruyendo su ciudad capital Nínive.

Ciertamente era una misión muy difícil y peligrosa, pero Jonás no tiene al parecer ningún conflicto interior. Decide escapar de Dios y mandarse a mudar al lugar más apartado del mundo conocido. Saca un pasaje para Tarsis (en la actual España) para escapar del Señor. ( Jon 1,1-3)

Así, además de rebelde y desobediente, es tonto. ¿Quien en su sano juicio puede creer que se puede escapar de Dios?

Así que el pretendido “héroe” de esta historia es un anti héroe, un malvado que se aparta por cobardía o conveniencia de Dios, a quien dice servir.

Este libro fue escrito en una época posterior al destierro de Israel, donde el odio hacia los extranjeros paganos que habían conquistado al otrora independiente pueblo de Israel era muy fuerte.

Es más, muchos aguardaban el “día de la venganza” de Dios cuando destruiría a los pueblos que esclavizaban a Israel.

Este libro relativiza todas estas miradas, ya que el Profeta, el piadoso israelita es un pecador que no quiere cumplir con Dios, y sobre todo anunciando una noticia que todos los israelitas anhelaban escuchar; nada menos que la destrucción de la odiada Nínive.

Jonás tragado por un “pez”

Pero claro, no se sale con la suya. Una gran tempestad azota el mar, y el barco fenicio en que intentaba huir amenaza con hundirse.

El capitán del barco asustado le pide a todos los presentes que oren a sus dioses, puede ser que alguno de los tripulantes hubiera ofendido a uno de ellos y por eso estaban a merced de la tormenta. Pero el causante del descalabro dormía en la bodega.

Jonás informa a los paganos que viajan con él, que él es el causante de todo y que deben arrojarlo por la borda y el mar se calmará. Pero los “perversos paganos” no desean matarlo, así que reman tratando de escapar. Al fin, viendo que van a morir todos, lo arrojan al mar. Pero enseguida le piden perdón al Dios de Jonás por lo hecho. (Jon. 1, 7-16)

Así Jonás es tragado por un pez. Sería inútil que tratáramos de elucubrar y divagar tratando de ver cual tipo de animal se tragó a Jonás. Más que un libro profético, estamos en presencia de una “parábola” que tiene como objetivo hacernos entender algunas cosas sobre Dios, Israel y los demás pueblos.

La misión hecha de mala gana.

Jonás se arrepiente de lo que hizo y en el vientre del pez, ora al Señor. Un hermoso salmo recoge su plegaria de arrepentimiento. (Jon. 2,2-10) Esto hace que el compasivo Dios de Israel le ordene al pez vomitar al profeta, y dejarlo en una playa cercana a la ciudad condenada a la destrucción.

Pero aquí no acaban las “fechorías” de Jonás. Según dice el libro, para recorrer la gran ciudad de Nínive se precisaban 3 días. Pero Jonás no se esfuerza demasiado, camina por la ciudad durante un sólo día, advirtiendo sobre su destrucción. Como ven obra de mala gana y obligado. (Jon.3, 1-5)

Pero un hombre completa su tarea. ¿Quién? El menos pensado, un villano. Nada menos que el rey de Nínive. Este completa la misión del profeta, enviando mensajeros desde su palacio para que recorran la ciudad y le ordenen a todos los ninivitas que hagan penitencia y le recen al Dios de Israel. (Jon. 3,6-9)

Nada que ver con lo que se esperaba que hiciera. No se comporta como el faraón de Egipto que endurece su corazón y no escucha a Moisés. Por el contrario, el abominable gobernante de esa ciudad malvada, se comporta con una gran humildad, poniéndose en manos de Dios y rogando con sinceridad por el perdón de sus pecados y los de su pueblo. Así los “malvados asirios” ayunan y oran, y reparan las injusticias cometidas.

Dios entonces se apiada de ellos y decide no destruir la ciudad. (Jon. 3,10)

El enojo irracional del profeta.

El profeta furioso se retira al desierto y se queda contemplando desde allí la ciudad con la esperanza de verla destruida.

El viento del desierto lo golpea, y el sol lo castiga, así que Dios hace crecer un árbol de ricino que le da sombra. El profeta persiste en su terquedad inútil, y por eso Dios envía a un gusano que seca al arbolito.

El profeta grita su furía y Dios le pregunta si hay razón para esto. El profeta grita despechado que la razón de que no quisiera cumplir su misión, era que él sabía que Dios era misericordioso y que terminaría perdonando a los asirios, y que él quedaría mal, puesto que sus profecías no se iban a cumplir.

Dios asombrado de tanto odio le responde:

“Jonás, tu te afliges por un ricino que tú ni sembraste ni cuidaste y que murió en el correr de un día, después de su nacimiento. ¿Cómo esperas que yo no sienta compasión por la ciudad de Nínive, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien y el mal, y además una gran cantidad de animales?” (Jon. 3,10-11)

Conclusiones.

Este libro es un cuestionamiento a todos los que creen ser justos. No hay pueblos buenos ni pueblos malos. Hay pueblos que tienen líderes deshonestos y obran maldades, y hay pueblos que aún habiendo tenido buenos líderes terminan muchas veces viviendo en el odio y desoyendo lo que sus buenos líderes les han aconsejado.

Es que todos somos pecadores. Y por tanto pretender como pretendían los israelitas de la época en la que se escribió el libro de Jonás (¿sólo de esa época?) que Israel es el único pueblo justo, y que por eso Dios debe castigar a los pueblos que le han perseguido, es simplemente una mentira, que no le hace justicia ni a Dios ni a Israel.

Y sin embargo… ¿Cuántas guerras santas hemos organizado los judíos, luego los cristianos, y ahora los musulmanes radicales? Se ve que no hemos aprendido nada. No creemos verdaderamente en la misericordia de Dios.

Dios ama a todos los pueblos, y ninguno de nosotros, aunque tratemos de ser fieles creyentes, nos podemos autotitular buenos y puros, porque no lo somos.

¿Por qué creen ustedes que Jesús lloró sobre Jerusalén? Porque sabía que sus hijos seguían pensando como Jonás. Y también sabía que en el futuro Jerusalén sería destruida a causa de la terquedad nacionalista de sus hijos, que prefirieron jugar con los romanos a la guerra santa, en lugar de escuchar a Jesús.

La intolerancia fanática de los líderes políticos y religiosos de hoy se parece a la de Jonás.

Sería saludable que los gobernantes y sus pueblos leyeran asiduamente este hermoso libro del profeta Jonás, al que Jesús usó como paradigma para explicar su misión salvadora. ( Mt. 12,41)

Eduardo Ojeda.

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