(nunca sin el otro) ALICE DOMON: LA UTOPÍA DEL REINO

Han pasado 60 años del asesinato de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet en la Argentina de los años setenta. Y todavía no se ha valorado la significación que tuvieron en el gran movimiento postconciliar de inserción de la vida religiosa en los medios populares.

 

Alice, igual que Leonie, pertenecía a la congregación de las Hermanas de las Misiones Extranjeras de París. Adoptó en su vida religiosa el nombre de Maria Catalina; por eso la gente la llamará cariñosamente “Caty”. En 1967 se trasladó a la Argentina en una casa de la congregación en la diócesis de Morón donde se encontró con Leonie y con ella trabó una gran amistad. Enseñaban catecismo a un grupo de niños con síndrome de down y entre ellos había un hijo del dictador Jorge Rafael Videla. Efectivamente este conocía a las dos Hermanas que cuidaban de su hijo Alejandro. En 1969 Alice optó por vivir con otra compañera entre los más pobres en la villa miseria n.20 de Lugano y allí mismo fueron haciendo su casita de chapa y madera, una pieza de tres metros por tres. Vivían gracias a su propio trabajo en el servicio doméstico.

Escribía Caty desde Villa Lugano el 31 de octubre de 1972: “Me parece que esta es la solución cristiana para la Iglesia: ser más pobre, repartir las riquezas entre todo el pueblo de Dios. Esto no tiene nada que ver con el comunismo. Esto es lo que Dios nos pide hoy. El sermón de la montaña no es una mentira y cuesta solo al principio”. Las Hermanas durante cuatro años estuvieron con los villeros, compartiendo con ellos su vida en nombre de Jesús. Caty colaboró con el presbítero Hector Botan que presidía el Equipo Sacerdotal para las Villas creado por el cardenal Juan Carlos Aramburu. A fines del 73 viajó a Corrientes donde las Hermanas tenían otra casa en Perugorría. Desde allí se largó a trabajar en medio de los tabacaleros; sembró y cosechó tabaco como un peón cualquiera y se asoció a las Ligas Agrarias que tenían el apoyo del obispo Alberto Devoto de Goya. En aquel entonces escribía: “Creo que la mejor manera de evangelizar es transpirar junto a los demás campesinos bajo los rayos del mismo sol y comer en la misma mesa o bien sobre un cajón de manzanas. Así uno se siente más hermana o hermano de ellos”. Fue en ese tiempo, después de una visita a Francia, que ella y su compañera Leonie decidieron pedir la autorización y la obtuvieron de dejar la congragación para poder insertarse cada vez más en los medios populares. Después de 18 años en la congregación escribía Caty: “Es para una inserción más profunda entre los pobres que doy este paso  después de haber largamente orado y madurado esta decisión. He dicho varias veces que creo en la vida religiosa, que es una vida de amor a Dios y a los demás. Pero no en la que normalmente se vive en el convento… Demasiado a menudo nuestra formación como buenas religiosas nos impide ver, sentir y comprender a las demás personas y así poder amarlas verdaderamente”.

 

“VALE LA PENA DAR LA VIDA”

Las dos Hermanas siguieron practicando sus votos religiosos y siempre se consideraron religiosas al servicio de la Iglesia local. Después del golpe de estado militar del 76 Alice decidió volver a Buenos Aires para averiguar sobre la desaparición de compañeros de las Ligas Agrarias, como una manera de ayudar a sus familias; y se hospedó en lo de Leonie. Ya Leonie Duquet vivía en Ramos Mejía en una casita con techo de chapa al lado de una capilla. En sus idas y venidas Caty descubrió y se puso en contacto con las Madres de Plaza de Mayo. Se comprometió con el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) que se había creado el 24 de febrero de ese año entre iglesias evangélicas con la participación del obispo católico Jorge Novak. Se vinculó entonces con el obispado de Quilmes. Alice escribió a sus familiares en Francia: “Hay una persecución creciente contra todos los que trabajan por los pobres; no sé donde llegará. No puedo decir que esto me angustie. Estoy tranquila porque estoy convencida de que vale la pena dar la vida, si es necesario, en solidaridad con aquellos que más sufren”. Había escrito a una amiga con problemas: “A nuestra edad la soledad se deja sentir y solo el amor puede llenar el vacío; y tanta gente que conozco tiene para mí el rostro del amor. Nunca podré olvidarlos; ellos son los que han dado un sentido profundo a mi vida. Me siento solidaria con todos los que sufren a causa de la justicia”.

 

LOS VUELOS DE LA MUERTE

Las Madres de la Plaza se reunían en la iglesia de la Santa Cruz en Capital Federal. Esa iglesia ha sido declarada hoy lugar y monumento histórico nacional por su compromiso por los derechos humanos. El párroco era el pasionista p.Mateo Perdía que les abrió todas las puertas. Alice  se integró al grupo y en la última carta a su hermana a fines de 1977 escribe: “Siento muy de cerca la situación de las familias destruidas por la separación forzada. Quiero ayudar a la gente a que descubra lo que el Señor nos dice en este momento. Es una situación nueva y no existe un libro escrito de antemano. Tratamos de buscar la respuesta del Señor a la luz del Evangelio. Estoy totalmente convencida de que esta situación de pasión está profundamente vinculada a la pasión de Cristo y precede a la resurrección”. Son sus últimas palabras escritas. En una entrevista tres meses antes del secuestro decía: “Lo que viven esas madres, su sufrimiento y coraje no pueden dejarnos en la indiferencia. Yo no juego ningún rol; soy una simple religiosa y estoy cerca de ellas. No hago política y no pretendo en absoluto cambiar el mundo; pero no  podemos por ningún motivo estar ausentes donde hay tanta gente que sufre. ¿Cómo es posible llamarse cristianos y no acudir en su ayuda?”.

El 8 de diciembre de 1977, al salir de la iglesia de la Santa Cruz por la fiesta de la Virgen, un grupo de tareas secuestró a Alice y a otras madres y las introdujo a la fuerza en diez vehículos. Dos días después secuestraron también a Leonie que sabían que comulgaba con las mismas ideas de Alice y reunía gente en su casa. Había habido antes una previa investigación de un infiltrado con nombre falso en el grupo de las Madres, la del -hoy condenado a prisión perpetua- oficial de Marina Alfredo Astiz. Todas estas mujeres fueron concentradas y torturadas en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). Hubo una repercusión internacional y una protesta del gobierno francés por el secuestro y posterior desaparición de las monjas francesas. Como respuesta el 14 de diciembre los militares de la marina fotografiaron a Alice Domon y Leonie Duquet con una gran bandera de Montoneros de fondo, la que fue publicada en todos los diarios y noticieros, como para convencer a la opinión pública de que las monjas eran subversivas, guerrilleras y marxistas. En realidad Alice y Leonie habían decidido entregar su vida por Cristo en pos de la utopía del Reino. Sus cuerpos y los de otras madres  fueron arrojados al Río de la Plata desde un avión en los llamados “vuelos de la muerte”. Arrastrados por la marea, los restos fueron recalando en una playa argentina y fueron enterrados clandestinamente (NN) en un cementerio de la provincia de Buenos Aires; allí fueron hallados e identificados recién en el año 2005. Los restos de Leonie descansan en el Jardín de la Memoria en la iglesia de la Santa Cruz. Los restos de Alice no fueron encontrados. Ella que quería compartir la suerte de las víctimas y de los desaparecidos, sigue desparecida.

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