(aniversario) MADRES DE LA PLAZA

Hace 40 años el 30 de abril de 1977 en la tarde apacible de un sábado se reunieron por primera vez en la Plaza de Mayo, cerca del monumento a Manuel Belgrano, 14 madres buscando a sus hijos desaparecidos.

Cada una de ellas había recibido un papel secreto de la líder del grupo, Azucena Villaflor de Vincenti, que las citaba a reunirse allí. El papel decía: “Tenemos que buscar juntas, porque juntas podremos llegar a algo; separadas no lograremos nada”. El objetivo era que la gente y las autoridades las vieran. Habían recorrido cuarteles, morgues, comisarías, ministerios, iglesias, los despachos de la vicaría castrense y no habían logrado ninguna información. Recuerda una de ellas: “Nos sentamos en un banco y Azucena empezó a sacar un tejido para disimilar que estábamos charlando, porque había estado de sitio y no se podían hacer reuniones en la vía pública. Cuando los policías nos ordenaron movernos, nos tomamos del brazo de a dos y empezamos a dar vuelta al monumento, pero ni media vuelta dimos; los policías nos echaron ese sábado”. Las siguientes rondas se empezaron a hacer los jueves alrededor de la Pirámide de Mayo, cerca de la Casa de Gobierno. Las madres caminaban en forma silenciosa  pero el gobierno las tildó enseguida como “las locas de la plaza”, quitándole importancia al hecho. Todos sabían que ellas exigían la aparición de sus hijos, el derecho de sus hijos a un juicio justo o por los menos que se les concediera la dignidad de un entierro cristiano si estaban muertos. Se fueron sumando después otras madres, hasta llegar al centenar y junto con todo esto se multiplicaban los habeas corpus, los reclamos, las visitas a organismos de derechos humanos. Aquel 30 de abril fue el primer paso, la primera de las 2 mil marchas que se harían después. Cuando desde la Casa de Gobierno llegaron los soldados para dispersarlas, les dijeron a las mujeres: “Aquí no pueden estar, circulen..”, y las empujaban con la punta del fusil. Se tomó esa orden de “circular” en sentido literal y allí empezaron las rondas.

AZUCENA VILLAFLOR

En una procesión al santuario de Nuestra Señora de Lujan las madres adoptaron como señal convenida un pañuelo blanco en la cabeza. Más tarde comenzaron a escribir sobre sus pañuelos los nombres, fecha de nacimiento y de desaparición de sus hijos. La difusión nacional e internacional del hecho impidió al gobierno intervenir con la fuerza, si bien todo se realizaba bajo la vigilancia de la policía montada a caballo. Solo en enero de 1979 serán detenidas más de 50 madres y algunas de ellas desaparecieron. El 5 de octubre de 1977 se publicó en los diarios una nota firmada por 237 madres valerosas pidiendo verdad y justicia sobre los desaparecidos. En realidad  muchos de esos desparecidos habían muerto bajo las torturas, enterrados en fosas comunes y en algunos casos arrojados desde aviones al Rìo de la Plata entre Argentina y Uruguay, desde tal altura y a tal velocidad que sus cuerpos tuvieron que desintegrarse en el impacto. Es de destacar entre esas víctimas de los vuelos de la muerte la personalidad de la fundadora de las madres, Azucena Villaflor de Vincenti. Era una gremialista de formación católica y madre de Nestor que con su novia desaparecieron en un operativo de los “grupos de tarea”. Fue ella que cansada de idas y venidas en la sala de espera del Vicariato de la Marina, propuso a las demás ir a la Plaza de Mayo. El 8 de diciembre de 1977, día de la Virgen, al salir de la parroquia de la Santa Cruz de los religiosos pasionistas, donde las madres se habían reunido para redactar una solicitada que saldría en La Nación dos días después, Azucena fue secuestrada por un “grupo de tarea” junto a las religiosas francesas  Alice Domon y Leonie Duquet y a otras compañeras. El secuestro se debió a que en el grupo de madres se había infiltrado el capitán de marina Alfredo Astiz con falso nombre y simulando ser hermano de un desaparecido. Con descabezar el grupo eliminando a las líderes, se pensaba que el grupo se derrumbara. Azucena y compañeras fueron torturadas y arrojadas al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte” y  en referencia a las religiosas hasta hubo quien se burló de las “monjas voladoras”. Se les daba a los “subversivos” una dosis de pentotal para atontarlos y una inyección para dormirlos; después se les sacaba la ropa y se los tiraba al río. El río devolvió después sus cadáveres sobre una playa de la provincia de Buenos Aires, donde estuvieron sepultados como desconocidos (NN) por casi tres décadas y ahora descansan en la parroquia de la Santa Cruz.

Había dicho la hermana Alice a la agencia France-Presse poco antes del secuestro: “No acompañamos a las madres para decirles buenas palabras y consolarlas; queremos estar con ellas, ayudarlas material y espiritualmente, siempre al servicio de Cristo y del Reino. No tenemos derecho a callarnos. Sea lo que fuera que hayan podido hacer los secuestrados, no hay derecho a  torturarlos ni a matarlos. Dios les pedirá cuenta algún día”.

 

LAS MADRES Y LA IGLESIA

La mayoría de estas mujeres eran católicas empezando por la fundadora y se reunían habitualmente en la parroquia de la Santa Cruz. La Iglesia como institución, excepto en el caso de unos muy pocos obispos y curas, tuvo una postura distante y ambigua. El obispo Jorge Novak de Quilmes, uno de esos pocos, escribió: “Pasé horas y horas escuchando, frente al horror de los relatos de los secuestros, frente al dolor y a las lágrimas de las madres. Esto me moldeó como pastor y absorbió gran parte de mi vida”. Novak había abierto las puertas de su despacho a todos y todos los días. “Yo nunca dudé en recibir a los familiares de los desaparecidos porqué siempre fue mi principio que la Iglesia debe estar abierta a todos; yo no pensé si convenía o no convenía, si traía buena o mala fama. Tengo colgada en la pared del despacho una frase de San Agustín que es mi guía: Las puertas están abiertas y más las del corazón”. Era Novak que todos los meses rezaba una Misa para los desaparecidos en parroquias distintas y el aviso se hacía boca a boca. Cuando  en el 77 propuso a la asamblea plenaria de obispos que se constituyera una comisión a nivel nacional para la defensa de los derechos humanos siguiendo el ejemplo de la Vicaría de la Solidaridad de Chile, todos votaron en contra, excepto Jaime de Nevares y Miguel Hesayne. Las madres consiguieron que el Papa Juan Pablo II las  recibiera en una breve audiencia y el mismo Papa fue el primero que a nivel internacional denunció las desapariciones en Argentina. La catedral de Buenos Aires estaba cerrada los jueves por la tarde cundo las madres  hubieran podido utilizarla como refugio en algunos casos contra los gases lacrimógenos arrojados por la policía . La postura de las madres siempre fue la de no aceptar la muerte de sus hijos hasta que no se castigaran a los culpables. Cierta jerarquía de la Iglesia y en especial los capellanes militares han causado un daño enorme a la Iglesia y a ellos también se los ha encubierto. Recién ahora está siendo procesado el ex capellán de la Jefatura de Policía de Rosario en aquel tiempo, Eugenio Zitelli. Es el segundo miembro del clero después Christian von Wernich, procesado por crímenes de lesa humanidad. El fallo contra von Wernich rezaba así: “Es tan torturador el que enchufa el cable en la pared, como el que enciende la radio para que no se escuchen los gritos, o el que llega después a aconsejarle a la víctima que hable para no seguir siendo torturado”; es evidente la alusión en el último caso a los capellanes militares. Sin embargo hubo 102 capellanes que actuaron en unidades militares y centros clandestinos según el Centro de Estudios Legales y Sociales (CIOS) y las madres siguen lamentando que von Wernich no haya todavía sido excomulgado por la Iglesia.

 

HABLA UN CAPELLAN  MILITAR

En una entrevista a una importante revista católica italiana un capellán militar de aquel tiempo afirmaba: “La comisión de Ernesto Sábato habla de 30 mil desaparecidos, pero en realidad habrán sido al máximo unos cinco o seis mil. Los militares han querido purificar el país del comunismo, pero duraron demasiado; tendrían que haberlo hecho todo, en menos tiempo. Querían limpiar la nación de la gente contraria a los militares y contraria también a la vida religiosa y espiritual. El general Videla es un buen católico. Videla no dio órdenes personalmente de matar a nadie; inclusive llegó a salvar personas que sabía que eran gente honesta, que no eran comunistas. En lo que era mi ámbito de acción, siempre tuve hombres fieles y cristianos. Eran militares siempre dispuestos a la obediencia, al silencio, a cumplir las órdenes que venían de arriba. Lo del obispo Angelelli fue un accidente de ruta y lo de las monjas francesas es porqué se habían metido a defender una situación para la que no era necesario inmiscuirse. Nuestros superiores eclesiásticos siempre nos han dicho de no criticar, no meternos en política, limitarnos a ser sacerdotes. Yo siempre he buscado saber lo menos posible de lo que sucedía, dedicándome a mi misión estrictamente religiosa. Obviamente sabíamos que había campos de concentración. Fueron años difíciles, pero si los militares no hubieran actuado tal como actuaron, hoy la Argentina sería peor que Cuba” (extractos de una entrevista a la revista “Iesus” de julio de 1997).

 

LAS MADRES HOY

Con la democracia, hubo una escisión entre Hebe de Bonafini (Madres de Plaza de Mayo) y Nora Cortiñas (Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora), la que se concretó en 1986, ya durante el gobierno de Raúl Alfonsin. Nora Cortiñas, apoyada por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Perez Esquivel, reivindicó para la asociación independencia  política mientras el grupo de Bonafini se politizaba cada vez más. El nuevo grupo rechazó además todo tipo de autoritarismo en la organización y cualquier manejo turbio de fondos públicos. Hoy las madres de ambos grupos, de distinta forma, siguen luchando no solo en nombre de sus hijos sino de todas las víctimas de la violencia, los trabajadores, desocupados, inmigrantes. No quieren oír hablar de perdón y reconciliación, antes que no se sepa la verdad y no se haga justicia. Se les preguntó por qué en sus comienzos no habían recurrido a los organismos de derechos humanos: “Había siempre un escritorio por el medio, algo burocrático; mientras que en la plaza nos sentíamos todas iguales, sin ninguna antesala y nos apoyábamos entre nosotras”. Después de 40 años han desfilado todavía algunas de las primeras; una de 92 años, otra agarrada al bastón o al brazo de los nietos, otra en silla de ruedas. Mujeres indomables, siguen luchando por  memoria, verdad y justicia.

                                             Primo Corbelli 

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