(editorial) La no violencia: un estilo de política para la paz

Con este título el papa Francisco ha enviado a la Iglesia y a las personas de buena voluntad el mensaje para la Jornada de oración por la paz el pasado 1° de enero. Entre las novedades que el servicio de Francisco presenta a la Iglesia y al mundo, esta, que el mensaje del pasado 1° de enero hace entrever, es seguramente una de las más importantes, sino la fundamental. Y no tanto porque hablar de no violencia en la Iglesia, hace solo pocos años atrás, era sospechoso; tampoco porque el mensaje choca con la doctrina de la guerra justa que, desde san Agustín y llegando al Catecismo de la Iglesia Católica del 1992, siempre se justificó en la Iglesia; y tampoco porque fue una bandera, por así decirlo, llevada adelante por varias confesiones protestantes. Más bien porque el mensaje se fundamenta en el tema fundante del magisterio del Pontificado de Francisco y que aquí se muestra como revolucionario: una revolución que, por supuesto, no es para nada novedosa, ya que se abreva directamente del Evangelio de Jesús; una revolución que deja entrever un nuevo tiempo en nuestra conflictiva historia.

¿Cuál es la novedad que puede realmente dar comienzo a una época nueva, a una historia diversa? La novedad  consiste en el hecho de que una guerra religiosa no es más posible. ¿Qué sería más obvio hoy, cuando el extremismo islámico que se ha vuelto Estado amenaza a Roma y desafía con el terrorismo al Occidente, sino estar de lleno en una guerra religiosa? Si en algún momento una guerra religiosa pudiera ser justificada, la de hoy con el Isis o Daesh lo sería. En cambio, esta guerra no se da. Y tampoco Trump podría provocarla. Tal vez podía lograrlo Bush. Pero Trump no puede hacerlo. Puede hacer la guerra, pero no una guerra religiosa. Y una guerra religiosa hoy no es posible porque en Roma está un papa que se llama Francisco. Y no se puede hacer esta guerra -no porque Francisco sea un pacifista- sino porque Francisco ha cambiado la imagen de Dios en el mundo, quitando legitimidad al Dios de la guerra, declarando – ¿infaliblemente? – que el Dios de la guerra no existe; y ha anunciado con autoridad no a un nuevo Dios, sino a un Dios desconocido, un Dios no violento, un Dios que, como ha repetido durante un Angelus, es el gran amigo, el aliado de la humanidad, el padre misericordioso, la causa de nuestra paz. Si Dios es así, la guerra religiosa no se puede realizar. Se puede hacer guerra por el petróleo, por conquistar algo, por los mercados, pero ya no se puede hacerla en el nombre de Dios y en el nombre de los valores que de Dios proceden.

Alguien puede objetar: “pero no alcanza que así sea el Dios de los cristianos: así debe ser también el Dios de los islámicos”. Y de hecho es así, como han escrito los más altos representantes de la Umma islámica dirigiéndose al autoproclamado Califa Al Baghdadi, recordándole que es un gravísimo error y una ofensa al Islam transformarlo en “una religión de dureza, brutalidad, tortura y asesinato”. Y mientras el papa Francisco habla de un Dios misericordioso, los líderes de la comunidad musulmana dicen que los enviados de Dios, como el profeta Mahoma, han sido enviados como “misericordia para todos los mundos” y no con la espada: porque a pesar que Mahoma la usó, en un determinado momento histórico, es absolutamente falso que la misericordia pueda ser vehiculada por la  espada.

Hay quienes dicen que al fin y al cabo el papa Francisco no hizo nada nuevo: como si las ideas no fueran nada o no influyeran las motivaciones en las decisiones humanas.  Jesús tampoco dejó organizaciones o instituciones nuevas: trató de vivificar las que estaban con la sabia que de Dios procede. La predicación de Francisco y lo que suscita entre los creyentes y los agnósticos genera la esperanza: de un tiempo donde las religiones seguirán siendo muchas, pero todas juntas en camino al mismo Dios; que no podrá jamás ser el Dios idolátrico de la violencia, de las condenas y de la guerra. Y no solo la Iglesia estará en salida de sí misma: más bien todas las religiones estarán en salida de sus estructuras de muerte, de sus armaduras que van de la mano con el poder, de sus propias formas de cristiandad.

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